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Capítulo 36

—El ataque de esta mañana en la guardería.

Es lo que ha respondido Restrepo cuando Carmela le ha preguntado por qué había cambiado su postura respecto a ella de forma tan radical.

Hasta ayer filtraba información a la prensa para echarla del ayuntamiento y hoy se postula como su próximo jefe de gabinete.

Después Restrepo ha querido darle más explicaciones.

Le ha dicho que se trataba de la coyuntura política, de saber adaptarse e interpretar los tiempos políticos.

Ella simplemente lo llamaría supervivencia.

Carmela recuerda su conversación de hace unos minutos mientras se afana en recoger de su despacho todo aquello que pueda necesitar.

No regresará al ayuntamiento hasta dentro de tres horas, y entonces lo hará para asistir a los premios a los empresarios del año.

Restrepo le ha confirmado que ella y Zarra podrán verse a solas, sin el alcalde.

Recopila unos documentos para guardarlos en el portafolios cuando el móvil vuelve a sonar.

No quiere ni asomarse a mirarlo porque sospecha quién puede ser, pero acaba por hacerlo y no se equivoca.

Fer la ha llamado varias veces desde que no ha aparecido en la explanada de la mezquita.

Incluso hace un rato, por si acaso no hubiera quedado clara su intención, Fer le ha enviado un mensaje: ¿Por qué no has venido?

Para añadir a continuación el reproche : Te esperaba.

Hablará con él cuando tenga un respiro. Y acabará por entenderlo, siempre lo hace.

—¿No lo coges? —dice Florencia desde la puerta del despacho.

Los papeles se le caen al suelo y Carmela trata de disimular el susto. No esperaba verla de nuevo tan pronto. No lo deseaba. Y el teléfono sigue sonando.

—Nada urgente, luego contestaré —dice mientras se agacha a por los documentos y los guarda en la carpeta.

Por fin el timbre de llamada cesa y Carmela respira aliviada. Escribirá a Fer desde el coche: tiene que parar. Vuelve a repasar el escritorio bajo la atenta mirada de Florencia que poco a poco se ha acercado hasta ella.

—Carmela —Su tono no insinúa nada bueno—, necesito que me creas: en ningún momento he querido perjudicarte al hablar con el alcalde.

—Lo sé.

—No tuve nada que ver con los correos. Fui una idiota, lo reconozco, pero Guzmán me engañó…

—Tranquila, Floren, todo está bien. Está siendo un día largo y aún nos queda esta noche. Hablaremos mañana con calma del plan del alcalde, ¿te parece bien?

Procura serenarla, le da una palmadita cariñosa en el hombro y sonríe.

—De acuerdo.

—Me voy, tengo que cambiarme. Te veo luego.

—El vestido azul sería el más apropiado.

—Eso pensaba. Gracias, Florencia.

Y se marcha del despacho sin volverse a observarla una última vez.

Restrepo no es mejor que una serpiente, pero lo necesita si quiere convencer a todo el partido conservador, además de contar con el apoyo de Zarra.

Por otro lado, Guzmán nunca sería tan estúpido como lo fue Florencia para dejarse engatusar por un amor pasado.

Sube al coche oficial y le da las indicaciones al conductor. Él y su compañero asienten. Al unísono, como de costumbre.

—¿Hay algún cable entre vosotros?

Ninguno de los dos responde. El coche arranca y salen del garaje del ayuntamiento.

Conforme cruza la ciudad, Carmela nota cómo su cuerpo pierde la tensión.

Se deja acoger por el asiento de cuero y cierra los ojos unos segundos.

Restrepo le ha detallado los acontecimientos que faltan por suceder en las próximas horas.

Como si de instrucciones para montar un mueble se tratase. O para cometer un crimen.

Esta tarde aparecerá publicado un vídeo del ataque en la guardería.

Las imágenes, por lo que Restrepo le ha transmitido, son atroces.

Esa es la expresión que ha utilizado y hasta él parecía conmovido.

Le ha asegurado que, sin duda, eso fijará el debate en torno a la seguridad, la inmigración, la cuestión nacional… Todos ellos puntos fuertes de Carmela.

—Es una desgracia —le ha dicho Restrepo—, pero hemos tenido suerte: esta será la mejor lanzadera para su incorporación al partido e iniciar la campaña para las municipales.

Además, es probable que, tras publicarse el vídeo, los disturbios en torno a la mezquita se intensifiquen durante la noche.

De momento hay trece heridos y dos detenidos…

Mientras eso sucede, está previsto que Zarra y ella mantengan un breve encuentro en el cóctel de los premios empresariales.

—Algo discreto para sellar la paz —le ha sugerido Restrepo—. Una formalidad para escenificar que usted ha olvidado cualquier sociedad opaca en Panamá…

—Siempre que Zarra me garantice que el asunto Construtec está enterrado.

Habrá tiempo de reunirse con calma más adelante y dar forma al plan para convertirla en la próxima alcaldesa.

—Sin embargo, para que eso ocurra —le ha advertido Restrepo—, primero debemos dejar libre el puesto.

Porque el de esta noche será el último acto en el que participe el alcalde.

Mañana, al mismo tiempo que la ciudad y el país entero se despierte reclamando contundencia y mano dura contra los inmigrantes, el Liberal sacará, en exclusiva, unas imágenes del Manso tirado en la moqueta de una habitación de hotel, completamente borracho y con su vómito a escasos centímetros.

—Son de hace un mes —le ha confirmado Restrepo.

Ella ha asentido.

—Eso encaja con la confesión acerca de su recaída que el alcalde me ha hecho antes en el Bulebú.

Carmela no podía creer la perfección del plan trazado por Restrepo.

Todavía ahora le cuesta hacerse a la idea de cuánto han cambiado las tornas desde que empezó el día.

El contraste entre lo que la opinión pública demandará mañana de sus dirigentes y la imagen del Manso, hundido por su adicción, será demoledor para la carrera del alcalde.

Es la oportunidad que ella ha esperado tanto tiempo.

El móvil vuelve a sonar y, aunque harta, esta vez sí Carmela decide responder.

—Tienes que parar —le dice a Fer nada más descolgar.

—Joder, Carmela, por fin consigo hablar contigo… ¿Por qué no has venido?

—Escucha —le interrumpe ella. Debe ser tajante al respecto—.

Es más complejo de lo que tú llegas a ver.

Las cosas han cambiado desde que hablamos: no podía aparecer, ¿lo entiendes?

—Él no responde. Carmela lo imagina al otro lado del teléfono, avergonzado como un chiquillo sorprendido en una travesura—. Dime que lo has entendido.

—Sí, vale…

—¿Vale qué?

—Que sí, hostias, que lo entiendo… Tendrás tus razones, supongo.

—Me juego mucho en estos días.

Él vuelve a permanecer callado. Llama desde la calle, de fondo se oyen sirenas.

—¿Quieres que nos veamos? —le pregunta de repente Fer—. Me apetece verte.

Carmela resopla. «¿Por qué será todo tan complicado? ¿Por qué Fer no ha perdido aún esa ilusión?». Pero Carmela es incapaz de hacerle sufrir así en este momento y decide posponerlo. Solo un poco más, uno o dos días más. El momento de destrozarle.

—Hoy no puedo, no tengo tiempo. Voy a ver a mis padres ahora y luego debo prepararme para una gala que hay esta noche.

—Ah… Bueno, puede ser otro día, Carmeli.

Se refrena antes de reprocharle que la llame así. Y debería callarse, y no decir nada más, pero le miente antes de colgar.

—Claro, otro día.

Revisa la web del Liberal . Sin rastro del vídeo por el momento.

La noticia principal sigue siendo el ataque.

Por debajo de ella: la muerte de la segunda chica y los incidentes en los alrededores de la mezquita.

Los violentos, aunque no especifican a quiénes se refieren, se han dispersado por las calles adyacentes al templo.

Han incendiado contenedores, han arrojado objetos a la Policía y han roto algunos escaparates.

Casi sin darse cuenta, Carmela ha comenzado a redactar un mensaje que, tras varias modificaciones, queda así:

Es mi labor, y la de todos los que formamos parte de este consistorio, llamar a la calma y a la serenidad ante el auge de violencia que estamos observando en Los Olivares. Todo mi apoyo a las fuerzas de seguridad para que restauren pronto el orden.

Lo relee una última vez antes de enviárselo a Restrepo para que le dé su opinión y esta no tarda en llegar. Un mensaje apropiado para la responsabilidad que ejercerá dentro de poco, responde Restrepo. Y añade: Prudente, pero firme, sin la tibieza de la que adolece el alcalde.

«Por supuesto», piensa Carmela. Porque ella no es como el Manso. Y esa misma advertencia le ha hecho antes a Restrepo:

—Si me la juegas como a él, te destrozaré.

Pulsa el botón y el móvil hace un ruidito de confirmación.

Ojalá pudiera contar algo de todo esto a sus padres, pero aún es pronto. Sin embargo, sí puede pensar en ello, disfrutar visualizándolo en su mente hasta que llegue el día de decírselo. Su entusiasmo es el de una chiquilla que volviera a casa con la mejor nota de la clase en la mochila.

Se acuerda del niño de esta mañana y su sonrisa se modera.