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Capítulo 35

Teodoro contempla con satisfacción su rostro en el espejo.

Comienza a extender la loción por las mejillas.

Su piel ha recuperado la suavidad tras el afeitado.

Se masajea los carrillos, debajo de la nariz, el mentón y baja hasta el cuello y lo acaricia, pero retira sus manos en cuanto le asalta la imagen del niño.

—Estúpidas…

«Malditas niñatas estúpidas. ¿Cómo han podido abrir la puerta?», se repite a sí mismo. Cierra los ojos, aprieta los párpados con fuerza y los gritos acaban por desaparecer.

También se ha lavado los dientes a conciencia para eliminar todo rastro del vino de la comida.

Se concentra en el olor a menta fresca que asciende por sus fosas nasales.

Abre el armarito que hay a un lado del lavabo y coge la colonia que Lourdes le regaló las navidades pasadas.

El bote venía en una caja plateada y está casi nuevo, a la espera de días como el de hoy.

Su hija le dijo que Guillermo también había contribuido y él quiso creérselo.

Gritos de nuevo. Y esta vez son reales. Desgarros agudos similares a los de esta mañana.

Acude rápido al salón y se acerca a la ventana, aunque no ve nada distinto a lo que había una hora atrás.

Un par de coches patrulla y unos agentes montando guardia tras la cinta policial. Los periodistas ya se fueron hace rato.

El origen de los chillidos es un niño pequeño.

Patalea y protesta cuando su padre, Teodoro supone que es su padre, trata de sentarlo en una silla de paseo.

Intenta sujetarlo con el cinturón, pero el chaval se revuelve y salta al suelo como si el asiento ardiera.

Berrea y agita sus brazos hasta que el adulto acaba por ceder.

Ambos se alejan. El padre empuja la silla vacía con una mano, mientras con la otra hace lo posible por retener al pequeño, que ya no se conforma con caminar, ahora desea correr.

Teodoro no recuerda haber tenido que pelear tanto con sus hijos cuando eran pequeños. «Gloria sabía cómo llevarlos».

Corre las cortinas. Al girarse, su mirada se posa sobre los billetes.

Resopla. Podría haber conseguido más. Debería haberse plantado frente al periodista y pedirle doscientos o trescientos más.

Ni siquiera le ha sacado nada por darle el contacto de Agustín.

Ha sido todo tan rápido. Y con algo más de dinero…

Algo a lo que poder sacar provecho con un par de apuestas cantadas.

—Bah.

La inminencia del encuentro de esta tarde le ayuda a aparcar sus pensamientos.

Recupera la ilusión por ver la cara de Ángela cuando aparezca en la cafetería.

Y de ahí a la agencia, a entregar el adelanto para la reserva.

Se aproxima a la estantería, coge el montoncito de dinero, lo recuenta.

Siente la rugosidad de los billetes en las yemas de los dedos y sonríe, cómo no hacerlo cuando hace unas horas ni soñaba con la posibilidad de ir al viaje.

—Solo con un poco más que hubiera sacado…

Pasan de las cinco de la tarde. Debe vestirse si no quiere llegar a deshora.