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Capítulo 34

Julio avanza por uno de los pasillos de la redacción, dos pasos por detrás de Mariana, que abre camino. En cuanto han salido del despacho del Nuevo, ha intentado hablar con ella, protestar, pero le ha indicado que se contuviera. «Aquí no», le ha dicho entre dientes.

Llegan al otro extremo de la redacción y entran en la sala destinada a archivo y almacén de material. Mariana cierra la puerta y entonces sí le deja hablar.

—¿Qué cojones sucede, Mariana?

—Ya lo has oído: mantenemos el enfoque.

—Sí, lo he oído, pero no entiendo qué significa.

Mariana cierra los ojos, arruga el entrecejo y se masajea las sienes por unos segundos. Siempre ha sufrido dolores de cabeza, que aumentan en intensidad conforme se acerca el final del día. En especial en días como estos.

—Seguridad, mano dura en inmigración, lucha antiterrorista…

—No me fastidies, Mariana, ¿terrorismo? Es un loco. Un tipo que ha enloquecido tras perder a su familia.

—Y que se ha vengado matando a tres personas, una de ellas un niño. No lo olvides.

Es evidente que la decisión del director también le desagrada. Por lo menos, tanto como a él, si no más. Julio es consciente de que este no es el primer sapo que debe tragarse desde que se cargaron a Urrieta.

—El resto de los medios tirará del hilo y antes o después se conocerá la historia de Faizullah. ¿Qué diréis entonces? ¿Seguiréis con la versión del yihadista?

Ella no dice nada y eso es casi peor, su mutismo le resulta más incómodo todavía. La observa dar unos pasos hasta sentarse sobre una caja de folios, parece agotada.

—¿Recuerdas cuando fantaseábamos con fundar un nuevo periódico? —pregunta a Julio—. Tú, Chumy, yo…

—Me acuerdo. Aunque, en realidad, creo que nunca se lo llegamos a contar a Chumy.

—Ah, ¿no?

—Decidimos guardarlo para nosotros dos —responde él.

—Mejor así. Los deseos vuelan si se dicen en voz alta.

Entre ellos se desliza el recuerdo de ese camino antaño compartido, y que bien saben ambos dónde y cómo acabó. Mariana inspira con fuerza e hincha los pulmones.

—Parece que se van a mover los sillones en el ayuntamiento —dice de pronto—. Y el periódico no va a dejar pasar esta oportunidad.

En la memoria de Julio aún permanece fresca la charla de esta mañana con el Nuevo.

Todo lo que le ha soltado acerca de la importancia de una derecha unida, de presionar a la vicealcaldesa para lograr su dimisión…

Ahora sospecha que esas palabras han quedado anticuadas, como las de un diario de ayer.

—Vamos a ir a por el Manso —confirma Mariana.

—¿Cómo?

—Nos han pasado cierto material contra él.

—Y decidís sacarlo ahora, de repente.

—Yo no decido nada. Creía que eso ya te había quedado claro.

—Hace unas horas tu jefe me sermoneaba acerca de que la clave era reagrupar a la derecha.

—El plan es ese, pero sin el alcalde al frente. No después de publicar lo que tenemos contra él.

—¿Construtec?

A Mariana le cuesta alzar la mirada hacia él y, cuando lo hace, tampoco puede mantenerla por mucho tiempo.

—Si fuera eso, no me avergonzaría, pero es algo peor, es personal… Quieren destruirle.

Valiente .

Incluso se atrevieron a ponerle nombre a su fantasía de periódico. Lo hicieron en esos ratos que alargaban juntos para no tener que regresar a sus respectivos hogares. Valiente . Pretencioso como solo puede ser el nombre dado a algo que sabes que nunca harás realidad.

—¿Es por la amenaza de Frisas? —pregunta Julio.

Mariana inclina la cabeza hacia un lado y suelta un leve suspiro. Eso ha contribuido, es evidente, parece indicar con su gesto. Julio rebusca en su bolsillo y extrae un papel arrugado.

—BOZA —dice Julio mientras le alcanza el papelito a Mariana—. Antes, cuando te lo he contado, no parecías muy sorprendida.

—Déjalo, Julio.

—Tú sabes algo de todo esto. Sabes a quién del Consejo de Administración señala Frisas.

—No, no lo sé.

Julio conoce esa mirada.

—Pues al menos tienes una sospecha.

Mariana ya no es Mariana sino que vuelve a ser la Quílez. La redactora jefa que nunca dejará de asombrarle. La que desde su puesto parecería no enterarse de lo que acontece, pero en la distancia controla el campo de batalla. «Un gran apodo el de Napoleón…», piensa Julio.

Algo de esa admiración por ella ha debido de aflorar en su rostro, porque Mariana resopla y comienza a explicarse:

—Tal vez lo estés leyendo mal.

Coge un bolígrafo que hay en una estantería cercana y traza una línea vertical en el papel. Se lo devuelve a Julio, que lo lee en dos golpes de voz:

—BO/ZA.

—Si se trata de una sociedad, podría ser la unión de dos apellidos.

—Zarra —dice Julio.

Por la cara de ella, sabe que ha dado en la diana: sus sospechas son las mismas.

«¿Cómo no lo he visto antes?», se pregunta.

Uno de los mayores empresarios del país y muy próximo a los conservadores.

Es verdad que, en rigor, Armando Zarra no forma parte del Consejo de Administración del Liberal , aunque tampoco lo necesita para controlarlo.

La mayoría de los consejeros le deben el puesto a él.

Y por si eso no bastara, su corporación de empresas es el mayor anunciante del periódico.

—Zarra… —murmura Julio—. Otra vez Zarra.

Los rumores dicen que fue él quien ordenó acabar con Ícaro Urrieta hace un año.

Y Guzmán Restrepo el encargado de llevarlo a cabo.

Presionó a los miembros de la redacción que se negaban a firmar la carta contra el antiguo director.

Con Mariana no lo consiguió y fue entonces cuando Restrepo lo intentó de nuevo…

Esa vez a través de Julio. O la convencía él, o su mujer, Silvia, recibiría un amplio reportaje fotográfico de Julio y Mariana compartiendo mucho más que cierres de edición.

Lo cierto es que, hace un año, Silvia y él ya vivían separados.

Su infidelidad no se había puesto encima de la mesa cuando empezaron los trámites del divorcio, pero tener la certeza de algo así la habría destrozado.

O eso es lo que Julio se ha repetido desde entonces para justificar su cobardía.

La misma que le impidió empujar a Mariana a firmar algo que él mismo se negaba a hacer.

Quizá podría haber hecho otra cosa, pero en ese momento le pareció la mejor solución: tras caer Urrieta, sin que la firma de Mariana llegara a ser necesaria, también él dejó el Liberal .

—De acuerdo —dice Julio tratando de olvidar esa parte del pasado—, Zarra es uno de los dos de la sociedad en Panamá. ¿Quién es el otro?

—Lo ignoro.

—Según Frisas es alguien muy poderoso, y amigo íntimo de Zarra. ¿Alguna idea? —Mariana sacude la cabeza a ambos lados. En verdad parece ignorar de quién puede tratarse—. Vamos, piensa.

—¿Qué crees que hago?

—Apellido que empiece por Bo, con poder, amigo personal de Zarra…

Un haz de luz penetra por una claraboya en el preciso instante en el que sus miradas se encuentran. O quizá la luz ya estaba ahí, pero ahora le conceden relevancia porque parecen haber dado con la respuesta al mismo tiempo, aunque ninguno de los dos se atreve a pronunciarla.

—El rey —dice al fin Julio en voz baja.

—No puede ser, es imposible…

Mariana lo niega varias veces, si bien con cada una se convence más y más de que sí lo es: pocas personas con más poder en España, amigo desde la infancia de Zarra… Y tampoco es la primera vez que se rumorea acerca del enriquecimiento ilícito del monarca.

—Todo encaja —dice Julio, mientras Mariana vuelve a presionar sus sienes. La cabeza debe de estar a punto de estallarle.

—Vale —concede Mariana—, supongamos que son ellos, ¿qué más tienes?

—¿Te parece poco? Zarra y el rey comparten una sociedad opaca en Panamá con dinero procedente de la venta de armas, comisiones dudosas y a saber qué más.

—Todo ello, te recuerdo, según Carmela Frisas. Alguien de la que, por cierto, sí tenemos indicios sólidos de su corrupción.

—¿Desde cuándo eres la abogada de Zarra?

—¿Y tú desde cuándo armas toda una historia basándote en un papelito que te da una política? —Se levanta de la caja en la que estaba sentada—. Y no seas tan capullo como para hablarme así. ¿Crees que eres el único al que jodió Zarra?

Ambos se alejan como si de un ring se tratara: uno a cada lado del espacio delimitado por las estanterías de material. Necesitan enfriarse, calmar los ánimos. Darse la espalda para poder hablar sin la carga de la vergüenza y la culpa.

—Perdona —dice Julio desde un extremo.

—No, perdóname tú también. Estoy cansada.

Se giran y se observan. Se reconocen.

—Un día largo —dice él.

Y vuelven a acercarse para acabar de coincidir en el centro.

—Julio, no digo que no haya que investigar a Zarra, pero sabes qué implica meterse en un asunto así.

—Tiempo, dinero…

—Y puede que no trabajar de nuevo —completa Mariana.

—Frisas estaba en lo cierto: ningún medio se atreverá con algo tan grande. Y el Liberal menos que ninguno.

Mariana está contenida, como si no se atreviera a dirigirle la palabra.

—Julio, el asunto Construtec vuelve a la nevera.

Tampoco es que la confirmación sorprenda a Julio. Hace rato que las piezas simplemente han ido cayendo como losas delante de él y ahora dibujan de forma perfecta el nuevo camino que seguir.

—Ella es la elegida, ¿verdad? —Mariana no responde, pero asiente escueta con la cabeza—. Denunciamos su corrupción y horas más tarde la alzamos como sustituta del Manso. Sinceramente, dime qué hacemos aquí.

—El atentado de esta mañana va a endurecer el discurso y creen que Frisas puede ser la mejor candidata para los tiempos que vienen.

—No ha sido un atentado —murmura Julio sin apenas fuerzas.

—¿Qué crees que pensará la gente cuando se publique tu vídeo?

Durante varios minutos ella sigue hablando.

Le indica que entregue el vídeo a Lolo para que lo edite.

Ella, por su parte, hará todo lo posible por agilizar el pago.

Julio trata de escuchar, pero siente que ahora es él quien necesita sentarse.

Desde ahí abajo sigue oyendo la voz de Mariana, aunque cada vez más lejana, sus palabras se distorsionan… Carecen de interés para él.

Por su mente desfila el asesino y el niño, también el viejo.

Ve a Frisas y a sus padres. Recuerda a los nazis cayendo sobre el chico magrebí en la mezquita.

Aparecen Silvia… y Greta. Se aferra a la imagen de su hija para que no pase de largo.

Quizá está viendo una película de dibujos en el sofá mientras su abuelo cabecea en la butaca.

La imagina llorando cuando más tarde le diga que deben marcharse de esa casa enorme llena de juguetes.

Dejar a Ástor para irse a su pequeño piso interior.

Y Julio se sorprende pensando que no le importa si su hija se queja, o incluso si llora a pleno pulmón cuando la recoja. Su hija está bien. Greta estará bien.

—Lo siento —dice Mariana antes de abrir la puerta del archivo—. Tal vez esperabas que me enfrentara al Nuevo, o que me fuera del periódico, pero…

A punto está de añadir algo más, aunque finalmente no lo hace y sale. Julio se queda solo, sentado sobre esa caja de hojas en blanco. Aguarda unos segundos. Espera que una solución aparezca, pero cuando esta no lo hace, también él decide marcharse.

La luz de media tarde sumerge la redacción en una tonalidad anaranjada.

«La hora de la verdad», como solían decir.

Se empiezan a cerrar más y más páginas para el ejemplar de mañana; los nervios se incrementan; se extinguen las conversaciones triviales; y cada redactor reza en silencio para que nada relevante ocurra en su sección que le obligue a estirar el cierre.

Es tan intensa la luz que Julio tiene que entornar los ojos.

Carga con la mochila en la que lleva el portátil y se dirige al departamento de imagen.

Lolo está al fondo. Mariana ya le habrá informado de lo que Julio va a entregarle y del trabajo que debe llevar a cabo: difuminar al niño y a la monitora y eliminar el sonido.

Una labor sencilla. En menos de veinte minutos estará listo, y un poco después ocupará la portada digital del periódico.

En ese intervalo, Julio habrá tenido tiempo suficiente para pasar por administración y firmar el documento que acredite el compromiso de pago de dos mil euros.

Más de mil trescientos euros de beneficio en una sola mañana.

Su padre estaría orgulloso. Silvia también.

Atraviesa el campo de mesas cuando, por el rabillo del ojo, un movimiento reclama su atención. A su izquierda, Chumy se ha puesto de pie, estira el cuello y le interroga empujando el mentón en dirección a Julio.

—¿Es que no te cansas de venir a molestar? —le dice el veterano.

Ni siquiera se había dado cuenta de que pasaba al lado de su puesto.

—Sin mí estaríais perdidos.

—¿Seguro, chaval? Parece que el favorito del Nuevo irá mañana en portada.

Le señala a Suso Llaneras, varias filas de mesas más allá.

Los rayos de sol le iluminan el rostro y hacen brillar su cabello rubio.

Es un tipo grande y fuerte, de esos que no necesitan ir al gimnasio para que les quede bien una camisa.

Chumy y Julio observan cómo, justo en ese momento, una redactora se ha acercado a Llaneras para darle un recado.

Él se alegra de escuchar lo que le acaba de decir la chica, tanto que la coge en volandas y ella se queda petrificada sin saber qué hacer. Julio ladea la cabeza hacia Chumy.

—Llevan todo el día tratando de hablar con familiares de las víctimas —explica Chumy—. Supongo que al fin habrán encontrado a alguien dispuesto a contar su historia.

«Alguien que aporte contexto personal a la tragedia», piensa Julio.

Seguro que Llaneras dirá cosas como esa.

—El tipo de reportaje por el que te dan premios que luego ofrendar al Nuevo.

—¿Celoso de la estrellita?

Julio señala con su pulgar la mochila que lleva a la espalda.

—La portada de mañana está aquí dentro.

—Ah, ¿sí? —responde Chumy con una sonrisilla incrédula—. ¿Y qué haces ahí parado?

No tiene respuesta.

Y aunque es consciente de que debería moverse, Julio permanece inmóvil, en mitad de la redacción, mientras todo a su alrededor sigue un ritmo acelerado.

Se encuentra en una confluencia de pasillos que, de forma engañosa, parecieran conducir a muchos destinos.

Lo cierto es que solo hay dos posibles direcciones.

—La verdad, Chumy: no sé lo que estoy haciendo.