Capítulo 33
Dicen haberle visto en la segunda planta, así que Carmela inspecciona una por una las salas de reuniones del segundo piso hasta dar con él en el salón de actos, el espacio que alcaldía utiliza habitualmente para las recepciones, festejos, reconocimientos…
Y para los premios a los empresarios del año que esta noche se entregarán ahí.
Una cita demasiado importante como para cancelarla, a pesar de lo de esta mañana y de que se acabe de confirmar la tercera víctima mortal.
Miembros del equipo de audiovisuales del ayuntamiento van de un lado para otro.
Desenrollan cable negro a su paso y terminan de colocar altavoces y pantallas a ambos lados del salón.
Mientras, camareras ordenan las sillas en filas que se suceden hasta el fondo de la sala y colocan los carteles de reservado.
Carmela recorre el pasillo central en dirección al escenario.
Allá, subido a la tarima, a un metro sobre el suelo, un becario con la cara colorada carga con un atril de metacrilato.
Lo mueve de un lado a otro según las indicaciones que Guzmán Restrepo le da desde abajo.
—Un poco más a la izquierda —dice al chico—. No tanto, no tanto, solo un poco.
El chico se seca el sudor con la manga de la camisa y obedece a Restrepo. Carmela no está segura de si es el mismo becario que hace unas horas le entregó la cita para acudir al Bulebú. Todos le parecen similares, versiones prototípicas de futuros Restrepos.
—Gíralo un poco hacia el centro, que no esté tan frontal.
El joven hace lo que Restrepo le manda.
—¡Ahí! Marca con cinta y que nadie lo mueva. ¡Rober! —Restrepo grita y ni tres segundos tarda en aparecer un tipo pequeño, con barriga y pantalones vaqueros caídos. Años de experiencia en el ayuntamiento encargándose de estos asuntos.
—Dime, Guzmán.
—Ya sabes: sin sombras en la cara del alcalde, rellena con luz por debajo. Y si esta vez alguien mueve el atril de su sitio se las verá conmigo, ¿está claro?
—No te preocupes, yo me encargo.
Restrepo se gira dispuesto a marcharse cuando se topa con Carmela, plantada en mitad del pasillo.
—Te he estado buscando, Guzmán. ¿No has visto mis llamadas?
Él observa su móvil y asiente, pero ni siquiera trata de justificarse.
—Estoy algo ocupado con el evento de esta noche, vicealcaldesa.
Intenta rebasarla por un lateral, pero ella es más rápida y le retiene cerrando su mano en torno a su brazo.
—Tenemos que hablar, Guzmán. —Él la mira encendido y ella accede a liberarlo—. No puede esperar.
Restrepo está conforme. Le pide que le siga y la precede atravesando el escenario hasta salir por uno de sus laterales y hallarse entre bambalinas.
Hay un electricista trabajando, pero Guzmán le dice que les deje a solas cinco minutos.
Igual que el becario, tampoco este duda en acatar la orden de Restrepo.
Carmela se pregunta si con ella habría sido igual de obediente.
Cuando están a solas se decide a hablar:
—Fuiste tú quien filtró mis correos al Liberal .
Restrepo tiene una mano metida en el bolsillo del pantalón y ahí la deja, sin inmutarse lo más mínimo.
—Así es.
No le supone incomodidad alguna reconocerlo, como si todo este tiempo hubiera estado aburrido, esperando a que Carmela lo descubriera.
—¿Por qué?
—¿Es necesario decirlo?
—Sí, quiero saberlo.
Resopla con tedio, como si lo que fuera a decirle debiera ser algo ya por todos conocido.
—Nunca me ha gustado su partido, vicealcaldesa. Pactar con ustedes, concederles tanto protagonismo…
—A nadie le gusta tener que llegar a acuerdos, pero nos necesitábamos.
—Fue un error, aunque se decidió así y no tiene sentido volver sobre aquello. Sin embargo, cuando hace un mes el alcalde me contó sus planes para las próximas elecciones…
—Entonces, ¿es cierto? ¿Piensa retirarse?
—Sí, también a mí me costó creerlo. Traté de convencerle, desde luego, pero fue imposible, está decidido a hacerlo.
Restrepo se queda en silencio, como ausente. Con toda su atención puesta en la contemplación de una uña. Esa minúscula parte de su cuerpo parece lo único importante para él en ese momento.
—Lo de su hija… ¿Es muy grave?
Restrepo se olvida de su uña y vuelve a concentrarse en Carmela.
—Debe de serlo para tomar semejante decisión.
—Tú no crees que reunir ambos partidos sea una buena idea.
Ahora es Restrepo el sorprendido.
—¡Por supuesto que es una buena idea! Todos sabemos que la única manera de volver a gobernar en España pasa por la unión. No se trata de eso.
—Entonces, ¿qué?
En ese instante el electricista aparece de nuevo en bambalinas, pregunta si puede reemprender su tarea, necesita acabar antes de las cinco. Restrepo ni siquiera le responde, levanta la mano y hace un gesto para que se retire.
—Pero es que…
—¿No ves que estamos hablando? —le dice Carmela al hombre.
Él busca amparo en Restrepo y al no encontrarlo se retira.
El silencio vuelve a rodearles.
—El error del alcalde —continúa Restrepo— ha sido ignorar a su propia gente. Olvidarse de quién le ha hecho llegar hasta aquí.
«Así que la cuestión es esa y no otra», piensa Carmela, que no da crédito a lo que acaba de escuchar. Debe controlarse para no romper a reír.
—¿A eso se reduce todo el problema, Guzmán? ¿Acaso esperabas ser nombrado su sucesor?
—Por favor… —Restrepo niega con la cabeza mientras levanta la mano para indicar a Carmela el lugar en el que se encuentran: la parte trasera del escenario—. Conozco cuál es mi sitio, vicealcaldesa. Y me gusta mi trabajo. El protagonismo y los focos se los dejaría a usted.
Al estar tan cerca de él, Carmela puede observar en detalle la piel de Restrepo. Sin una gota de sudor, sin un leve rubor que indique que alberga vida bajo ella.
—No sé si acabo de entender lo que me propones, Guzmán.
—Yo creo que sí lo entiende, señora. Usted será la próxima alcaldesa, pero yo seré su jefe de gabinete.
—Así de sencillo, ¿no? —Restrepo encoge los hombros ante el comentario de Carmela. Sí, al parecer sería así de fácil—. ¿Y qué pasa con Florencia?
—Es buena en su trabajo. Tendrá más ofertas en el futuro.
—Lo habías planeado todo, ¿verdad?
—Hum, no crea… Además, rara vez resultan las cosas como uno las prevé. Por ejemplo, en ningún momento había supuesto acabar el día proponiéndole trabajar juntos.
—¿Y por qué lo haces ahora?
—Es necesario planificar, pero lo importante es saber adaptarse a las circunstancias, aprovechar las oportunidades cuando aparecen. Usted tiene una oportunidad. Ambos la tenemos.
—Todavía no he dicho que sí.
—Confío en que lo haga cuando oiga lo que he pensado.
Restrepo la invita a dejar atrás la oscuridad de las bambalinas y buscar otro lugar más discreto en el que seguir la conversación.
—Creo que ya es hora de que me tutees, Guzmán.
Y ambos se van juntos.