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Capítulo 32 #2

—Después de todo lo que había superado en dos años, conseguir el visado en la embajada de Pakistán casi fue lo más sencillo.

El trámite se agilizó al mencionar unos cuantos nombres de sus antiguos amigos españoles.

Le dijeron que aquí tendría un lugar en el que vivir, un trabajo.

Estudiarían cómo conseguir la salida de su familia de Afganistán…

—Y él se lo creyó —dice el director.

—Cualquiera en su situación habría querido creer en eso, ¿no? —pregunta Mariana.

Por unos segundos los tres permanecen callados. Hasta que Julio continúa la narración:

—Vino a España convencido de que pronto todo se arreglaría y volvería a estar con su mujer e hijos.

Sin embargo, pasaron las semanas sin que nada cambiase.

Muy de vez en cuando sabía de ellos por algún mensaje que conseguían enviar.

Estaban bien, aunque preocupados por el acoso de los talibanes.

Estos preguntaban a todos los vecinos por Jahid y así averiguaron que había salido del país.

—Lo puedo imaginar —indica el Nuevo—: para ellos, además de un traidor, se había convertido en un fugitivo.

—Los días siguieron pasando en España sin que nadie le dijera cuándo podría estar con su mujer.

Todos con los que hablaba le decían que debía ser paciente y esperar un poco más, que no sería fácil sacarlos de allí…

Pero él sabía que el tiempo se les acababa.

El último mensaje de su mujer fue más escueto de lo habitual.

En él le decía que habían tenido que esconderse en la casa de una prima, aunque pronto tendrían que irse a otro sitio, pues al marido le desagradaba tenerlos ahí.

También le decía lo mucho que le quería, las ganas que tenían de reencontrarse con él…

Mariana toma el relevo por un momento:

—Hace solo dos días Faizullah recibió un mensaje de un amigo suyo en Afganistán. Alguien había delatado a su mujer e hijos y los talibanes los habían encontrado.

—¿Qué les pasó…?

Ante la pregunta del director, Julio niega con la cabeza. Y luego añade:

—Los tres fueron asesinados.

Ahora sí han enmudecido por completo, como si fueran conscientes de que con esas muertes la historia de Faizullah había llegado a un punto final del que ya no era posible retornar.

El Nuevo ha sentido la necesidad de levantarse del sillón y caminar unos pasos por detrás de su escritorio.

—¿Cómo narices has llegado a saber todo esto? —le pregunta a Julio.

—Me lo ha contado Agustín Quesada.

—¿Quién es?

—Comandante del Ejército de Tierra —dice Julio—. Uno de los militares que más tiempo estuvo en Afganistán. Y el primer nombre que Jahid dio en la embajada de Pakistán.

El director interrumpe su caminar. Mira a Julio y luego a Mariana, y de nuevo a Julio. Busca, sin hallarla, la relación existente entre Faizullah, Quesada y el vídeo del atentado. Es Mariana quien le da al Nuevo la pieza que le falta:

—Quesada vive enfrente de la guardería.

Él la observa. Por su rostro es evidente que al director le desagrada el carácter que ha tomado el asunto de pronto. El Nuevo no precisa de la ayuda de nadie para sacar sus propias conclusiones.

—Entonces, todo eso que grita en el vídeo…

—«Nos abandonasteis, ahora sufrid conmigo» —relee Julio en su bloc de notas.

—Sí, justamente eso… ¿Qué era? ¿Un mensaje para Quesada?

—No lo sabemos —responde Julio—, aunque bien podría ser un mensaje destinado a todos nosotros, ¿no le parece?

El Nuevo le devuelve una mirada incendiada y Julio se arrepiente de sus palabras nada más decirlas, pero no porque no crea en lo que ha dicho.

Recuerda que no fueron pocos los que en España apoyaron la guerra en Afganistán, y las que vendrían después.

También el Liberal se posicionó desde el inicio a favor de Estados Unidos y lo que por entonces se había dado en llamar «la fuerza liberadora de las democracias occidentales».

El propio Julio escribió muchas noticias a favor de la intervención…

Eso tampoco lo ha olvidado, aunque parece que hubiera gastado tres vidas desde entonces.

El director está a punto de responderle, pero Mariana es más ágil y se adelanta para salvarle el pellejo.

—En realidad —explica Mariana—, Quesada era de los pocos amigos que Faizullah tenía en España. Vivían cerca y sabemos que contactó con él varias veces para que intercediera a favor de una hipotética operación de rescate de su familia.

—Algo que —puntualiza Julio—, en palabras del propio Quesada: «Nunca sucedería».

—Mi opinión —continúa Mariana— es que Faizullah enloqueció. Y pensó en llevar a cabo este…

—¿Atentado? —propone el director.

—Más bien lo calificaría como un acto de venganza, de furia. Es probable que creyera que Quesada sería testigo, pero desconocía que él estaba fuera de la ciudad.

—En todo caso —dice Julio—, y a juzgar por el vídeo, es evidente que no deseaba ocultarse. Ni seguir adelante.

El director vuelve a sentarse. Resopla mientras juguetea nervioso con su estilográfica. Probablemente para calmarse la sostiene en el aire con sus dos dedos índice, uno en cada extremo de la pluma, hasta que la deja de nuevo en el escritorio.

—Hay algo que no acabo de entender: ¿por qué Quesada ha accedido a contarte todo esto ahora?

Julio recibe la pregunta del director, la amasa durante unos segundos y trata de responder de la forma más honesta que puede.

—¿Remordimientos por no haber hecho más? A veces el sentimiento de culpabilidad impulsa a las personas a confesar algo que no tenían previsto.

De nuevo es Mariana quien corta la disputa soterrada que Julio y el Nuevo libran y los devuelve a la actualidad.

—Es tarde, hay que decidir si queremos el vídeo de Julio o no.

El Nuevo no se inmuta. Observa a Julio y tensa más aún la mirada invisible tendida entre ambos. A ninguno de los dos le agrada adonde les ha conducido la situación, pero ahí se encuentran.

—De acuerdo —dice al fin el director—, vamos con ello. Mariana, habla con Legal, que lo revisen antes de sacar nada.

—Habrá que ocultar al niño —responde ella poniéndose de pie.

Julio hace lo mismo.

—Sí, que se encargue Lolo. —El director ya no les observa y vuelve a estar concentrado en la pantalla de su ordenador—. Y que difumine también a la chica que está en el suelo. Lo último que necesitamos es una demanda de los familiares.

—Está bien —responde Mariana, que ya encamina sus pasos hacia la puerta del despacho.

Julio la sigue.

—Una cosa más —dice el director a sus espaldas—: quitadle el sonido.

—¿Qué? —pregunta Julio, que ahora se halla en medio de los dos.

—De momento es suficiente con la imagen.

—¿Y qué pasa con todo lo que dice Faizullah en el vídeo? —insiste Julio—. Es la clave para entender su historia.

Por el rabillo del ojo observa cómo Mariana permanece quieta junto a la puerta, con la mano en el pomo, atravesándole con la mirada. El director ni siquiera se gira cuando le responde:

—Eso todavía está por confirmar.

—Tenemos grabado lo que ha hecho, lo que ha dicho y tenemos toda su historia contada por Quesada. ¿Qué hay que confirmar?

—Escucha —Y ahora sí el Nuevo le apunta con sus ojos por encima de la pantalla—: no vamos a alimentar teorías sin estar seguros y mucho menos si puede afectar a información sensible de seguridad nacional. No quiero recibir una llamada desde arriba.

—Pero esa es la historia.

—No, la historia es que ese salvaje ha degollado a un niño de tres años y ha matado a cuchilladas a dos maestras en una guardería. Y lo tenemos grabado.

—¿Dos? —pregunta Mariana desde la puerta.

El director vuelve la pantalla de su ordenador hacia Julio y Mariana, que se acerca para leer lo que en ella aparece. Un teletipo confirma que la chica que estaba en el hospital acaba de fallecer.

—Parcas, puedes seguir investigando. Cuando tengas algo más seguro lo estudiaremos. Hasta entonces mantenemos el enfoque y nada de meter al ejército de por medio, ¿de acuerdo, Mariana?

Únicamente se fija en ella, como si Julio se hubiera volatilizado y en el despacho tan solo quedaran ellos dos, nada de personal ajeno a la redacción.

Mariana asiente y acto seguido hace un mínimo, aunque suficiente, gesto a Julio para que dé por cerrado el asunto y se retiren.

Sabe que ha llegado el momento de obedecer.

Y lo hace, pero no sin antes decir algo más al Nuevo:

—Tuve la entrevista con Frisas.

—Lo sé.

—Amenazó con atacar a alguien del Consejo de Administración si el Liberal seguía publicando sus chanchullos en el caso Construtec. No me dijo de quién se trataba.

—Sí, Mariana ya me ha adelantado algo de tu encuentro. Lo hemos hablado, ella te informará.

Julio se da la vuelta y ve cómo Mariana asiente con la cabeza.

Le espera en la puerta. Julio camina lento hacia ella.

De pronto se siente agotado, como si sus piernas no le obedecieran y se fundieran con el suelo a cada paso.

Sale del despacho sin girarse, ni siquiera cuando oye las últimas palabras que el director, el Nuevo director, le dedica:

—Buen trabajo, Parcas.