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Capítulo 32

El director del Liberal , el Nuevo director, está sentado al otro lado de su escritorio.

Julio está enfrente. Acata los límites impuestos por ser personal externo.

En cambio, la Quílez, como redactora jefa, sí goza del estatus necesario para traspasar la frontera y situarse de pie junto al director.

Ha colocado el ordenador portátil de Julio en la mesa, justo delante del Nuevo, y Julio la conoce lo suficiente como para intuir cuáles son sus pensamientos: Mariana duda si advertir o no a su jefe sobre lo que está a punto de enseñarle.

—Tienes que ver esto —es cuanto finalmente dice ella. Y pulsa el botón.

Al principio, Julio vigila las reacciones en sus rostros, pero a los pocos segundos opta por darles intimidad y vaga con su mirada por el despacho.

En una de las fotos enmarcadas en la estantería aparece el Nuevo junto a dos críos.

Los tres están vestidos de ciclistas, sobre una bicicleta cada uno de ellos.

Su barriga destaca con la ropa ajustada.

La imagen es ridícula y no obstante despierta en Julio cierta envidia.

—Por Dios… —murmura el Nuevo.

Julio supone cuál es el momento alcanzado en el vídeo.

El asesino, a las puertas de la guardería, retiene al niño bajo el brazo mientras blande el cuchillo.

No tardan en comenzar los gritos acusadores en dirección a la cámara.

El Nuevo busca entonces una explicación en Mariana.

Ella pausa la reproducción y deja que sea Julio quien responda. Consulta su libreta antes de hacerlo.

—Creemos que dice: «Nos abandonasteis, ahora sufrid conmigo». Habría que confirmarlo con un traductor especializado en darí.

—¿Darí? —pregunta el director.

—El idioma en el que habla: persa darí —contesta Julio—. Una de las dos lenguas oficiales de Afganistán.

—Me había parecido árabe.

—Lo mismo pensé yo, pero el tipo de la tienda me dijo que no.

—¿Qué tienda? ¿Qué tipo?

—Después de conseguir el vídeo —explica Mariana—, Julio se lo enseñó al dueño de una tienda cercana, para ver si le podía echar una mano con la traducción… ¿Un argelino?

—Marroquí —responde Julio. El Nuevo tiene que girar la cabeza hacia él como si se encontrase en un partido de tenis—. Enseguida se dio cuenta de que no era árabe, e identificó que se trataba de persa. Tuvimos suerte: un primo suyo conocía a un afgano que fue quien…

—Faizullah era de Afganistán —se adelanta Mariana.

El Nuevo señala la pantalla de su ordenador.

—Un teletipo de hace cinco minutos confirma que tenía visado de Pakistán.

—Créame, era de Afganistán —responde Julio, y obliga al director a volver la cabeza de nuevo.

—Bueno ya está bien, no entiendo nada. ¿Me podéis explicar de qué va todo esto?

Mariana y Julio cruzan sus miradas. Efectivamente nada está saliendo como ambos habían previsto unos minutos antes, cuando Julio le ha contado toda la historia a ella a solas.

—Será mejor que primero acabes de ver el vídeo —contesta Mariana, y trata de poner así un poco de orden. De nuevo pulsa el botón.

Los gritos y llantos se reanudan. En esta ocasión, Julio no levanta sus ojos del Nuevo. Comprueba cómo su gesto se endurece más y más con cada grito hasta convertirse en una roca cuando el vídeo queda en silencio. También en el despacho se ha detenido el tiempo.

—¿Quieres verlo otra vez? —le pregunta Mariana al cabo de unos segundos.

—Creo que no.

Ella cierra el ordenador y regresa al lado de la mesa en el que está Julio, le devuelve el portátil. Los dos aguardan a que el director diga algo. Él parece buscar unas palabras que se le hubieran perdido por el interior de su mente. Es Mariana quien deshace la quietud.

—Julio, por qué no le cuentas lo que has averiguado.

Él revisa sus notas y empieza a hablar:

—Jahid Faizullah tenía dieciocho años cuando los soldados españoles llegaron a la provincia afgana de Badghis.

—¿De qué año estamos hablando? —pregunta el director.

—De 2005, aunque la guerra contra los talibanes había empezado en 2001. La misión de la tropa española era la reconstrucción de esa parte del país en la que Jahid vivía junto a sus padres, hermanos y el resto de la familia.

—Era un chico espabilado —añade Mariana, incapaz de mantenerse callada. A Julio no le importa, al contrario: le gusta verla defender la historia frente al director—. Trató de ganarse la vida en medio de la guerra.

—Así es —continúa Julio—. Aprendió algo de inglés al principio del conflicto, pero le sorprendió que los militares que patrullaban por las calles de su barrio no eran como los rubios y sonrosados americanos.

De hecho, esos soldados se parecían más a él y a sus amigos: tez morena, barba, cabello y ojos castaños u oscuros en su mayoría.

No tardó mucho en aprender lo suficiente de ese nuevo idioma y empezar a trabajar para la tropa española como intérprete.

Eso fue en 2007, un poco antes de que Faizullah cumpliera los veinte años.

—Espera —le interrumpe el Nuevo—, ¿dices que trabajó para el ejército español? ¿Haciendo qué?

—Recorría con ellos los pueblos y regiones de la provincia. Ayudaba en la comunicación con los jefes locales y, de paso, facilitaba a los soldados españoles toda la información que era capaz de recabar acerca de los talibanes.

—Se integró muy bien con la tropa —dice Mariana.

Julio consulta de vez en cuando su libreta para rescatar detalles de la historia que le han contado.

—Al parecer le gustaba mucho el fútbol y solía acudir al cuartel a ver los partidos.

—Eran buenos tiempos para eso…

—¿Qué? —le pregunta el director a Mariana algo confuso.

—Ganamos dos Eurocopas y un Mundial en los años que trabajó para nosotros —responde ella—. La mejor época para ser hincha de la selección española.

—Pero todo se acabó en 2013 —puntualiza Julio—.

La presencia española en Badghis llegó a su fin.

Se cedió el control de la provincia al ejército y policía del nuevo gobierno afgano.

Algunos soldados de la misión ofrecieron entonces a Faizullah la posibilidad de mudarse a España, tratar de conseguir un trabajo aquí… Lo descartó.

—¿Por qué?

—No lo sé, supongo que no es fácil tomar la decisión de marcharte de tu país. Además, en esa época había cierto optimismo acerca del futuro de Afganistán y la derrota definitiva de los talibanes, especialmente tras la muerte de Osama bin Laden.

—Estoy segura de que también le influyó que acababa de conocer a la chica que un par de años más tarde se convertiría en su esposa.

—¿Y qué pasó después? —pregunta el director.

Julio le resume al Nuevo lo poco que se conoce de los siguientes siete años en la vida de Faizullah.

—Se casó, tuvo dos hijos, y siguió trabajando como intérprete para otros gobiernos y alguna ONG.

—Un tipo inquieto, ¿eh? —dice el Nuevo—. De los que saben aprovechar las oportunidades que se presentan durante la guerra.

—De vez en cuando enviaba un email a alguno de sus antiguos amigos españoles, pero con el tiempo el vínculo se fue debilitando por ambas partes hasta prácticamente extinguirse…

—Hasta 2021 —interviene Mariana—, cuando Estados Unidos comienza a retirarse del país.

—Recuerdo aquel desastre —murmura el director entre dientes—. Todos los gobiernos sacando a sus últimos efectivos de Afganistán a marchas forzadas mientras los talibanes empezaban a recuperar el control del país.

—Hubo represalias —dice Julio—. Cuando los talibanes entraban en un pueblo o ciudad, arrasaban con los edificios gubernamentales, obligaban a las mujeres solteras a casarse con ellos, y pasaban a cuchillo a los que habían ayudado a los infieles invasores.

—Pero tengo entendido que se evacuó al personal que había colaborado con el ejército. Y a sus familias, ¿no?

—Correcto, así fue. —Mariana le da la razón a su jefe—. Pero con Faizullah hubo problemas.

Julio retoma el hilo de la historia:

—Todo se organizó rápido y en secreto. No había margen para el error: una sola oportunidad.

A las familias se les había dado instrucciones precisas: no compartir el punto de recogida con nadie, ni siquiera con los más cercanos; no incluir a personas que no estuvieran en la escueta lista; un máximo de diez kilos de equipaje por persona; móviles cargados; y estar a la hora exacta en el lugar indicado…

—Y nuestro amigo no lo consiguió —dice el director, capaz de intuir lo sucedido.

—Se desconoce si Faizullah tuvo miedo en el último momento o algún problema, pero no apareció.

—Quizá alguien de los nuestros la cagó —añade Mariana—. O tal vez nunca llegó a recibir el mensaje de evacuación.

—Sea como fuere, él, su esposa y sus dos hijos se quedaron allí.

Se movían de una parte a otra de la provincia, escondidos por familiares, o por alguno de los pocos amigos que se atrevían a darles cobijo.

Los talibanes azotaron a sus padres para que revelaran el paradero, pero ni siquiera ellos lo sabían.

—¿Y no podía avisar a nadie de fuera?

—En varias ocasiones intentó comunicarse con alguno de sus contactos en el extranjero, sin éxito.

A veces no llegaban sus mensajes. Otras, cuando sí lo hacían, la respuesta no era la esperada.

Su nombre figuraba en todas las listas y salir del país era imposible, y mucho más con dos niños a cuestas.

Tampoco podía exponerse públicamente en un trabajo.

Los ahorros conseguidos durante sus años de intérprete empezaron a agotarse.

Así que en 2023, antes de las primeras nieves importantes, Faizullah se aventuró a cruzar las montañas…

El director levanta la mano, parece necesitar un respiro.

—Espera un momento, ¿cruzar adónde?

—Pakistán —responde Mariana.

—La idea era que allí buscaría un trabajo, enviaría como pudiera dinero a casa, trataría de organizar el rescate de su familia… Quizá pensó que, desaparecido él, los talibanes se olvidarían de su mujer e hijos.

—De acuerdo, el tipo logró llegar a Pakistán, ¿y luego qué? ¿No tuvo problemas para venir a España?