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Capítulo 31

Recorre los pasillos del ayuntamiento lo más rápido posible.

Aun así, por el camino tiene que sortear a varios miembros de su grupo municipal que desean hablar con ella.

Quieren saber qué estrategia va a seguir el partido frente a todo lo que está sucediendo en las últimas horas: el ataque a la guardería, los altercados en la mezquita, el caso Construtec…

Saber, en definitiva, si deben prepararse para un más que probable adelanto electoral.

—Luego hablaremos —les contesta Carmela—, ahora tengo una reunión.

Pasa por delante de su despacho y, tras subir dos plantas más por las escaleras de emergencia, accede a la azotea.

Está despejada y resplandece bajo el sol.

Carmela se sienta sobre una de las estructuras que esconden los conductos de ventilación.

Saca el paquete de tabaco y enciende un cigarrillo mientras espera a que llegue Florencia.

Cualquiera diría que, a pesar de todo, se trata de un día agradable.

No tarda ni cinco minutos en aparecer por la puerta. Ahí está su asesora, con cara de no haber hecho nada. Inocencia pura. En una mano sostiene el móvil, de la otra cuelga una bolsa de papel reciclado.

—Tu discurso en la escuela está teniendo mucha repercusión en redes —le dice al acercarse hasta donde Carmela está sentada—. Pronto tendré un informe detallado de impacto en medios.

Carmela asiente, pero no comenta nada. No le extraña lo que Florencia le dice. Hace tiempo que muchas personas demandaban este mensaje. Y en este tono. Ella solo ha aprovechado la oportunidad.

—¿Qué es eso? —pregunta Carmela, y señala la bolsa.

—Supuse que tendrías hambre.

Coge la bolsa que Florencia le tiende, la abre y deja que su nariz se inunde con el olor a carne, pan tostado y salsa picante.

«Los mejores bocatas de la ciudad», le decía su padre cuando de pequeña iban al centro a ver una película y después a merendar.

El dueño murió hace unos años, pero su hijo se ha encargado de seguir la tradición familiar, y ahora con envío a domicilio.

Carmela sabe que en absoluto son los mejores bocadillos de la ciudad.

Y seguramente nunca lo fueron. A veces la carne está dura, o hay un exceso de aceite en el pan.

Sin olvidar que la salsa siempre acaba provocándole ardor de estómago.

Aun con todo, cada dos o tres meses, le surge el antojo.

Esta es otra de esas cosas íntimas que Florencia sabe acerca de ella.

—Gracias.

Carmela saca el bocadillo y retira el papel de aluminio de uno de sus extremos.

—¿Quieres?

—Te lo agradezco, pero ya he comido.

Le da un generoso mordisco al bocadillo de carne. La salsa le mancha las comisuras y pronto siente el picor que se extiende por el paladar y trepa por sus fosas nasales. Suspira con satisfacción sin dejar de masticar.

Delicioso. Después se limpia con una servilleta de papel mientras engulle.

—¿Por qué le diste nuestros sondeos al Manso?

A Florencia le cuesta disimular el asombro en su rostro, aunque mantiene su postura erguida, sin retroceder los pies un milímetro de donde los tiene clavados. Su respiración es profunda, calmada dentro de lo que cabe. No tiene sentido mentir más.

—Hace unas semanas el alcalde me pidió que te tanteara acerca de su plan para unificar ambos partidos…

—Para absorbernos, más bien —interrumpe Carmela antes de dar otro mordisco. Hace un gesto a su asesora para que prosiga.

—Le dije que lo más probable sería que te negases a escuchar siquiera su oferta.

—Carmela, con la boca llena, sacude la cabeza y confirma así la sospecha de su asesora—.

Creí que lo más conveniente sería avanzar hasta tener perfilada una propuesta concreta y presentártela. Pensábamos hacerlo en unos días.

—Vaya, qué casualidad.

—No te engaño, Carmela.

—Bonita escena: mi jefa de gabinete haciendo horas extras a mis espaldas con el Manso y Restrepo.

—No. Guzmán no participa en esto.

Ahora es Carmela la extrañada. No puede creerse lo que oye. El alcalde, supuestamente, quiere hacerse a un lado y favorecer a su rival directo… Pero ¿su mano derecha no está al tanto de todo ello?

—Por favor, Florencia, no soy tan estúpida. —Deja a medias el bocadillo. De pronto se encuentra saciada.

—No digo que no lo sepa, Carmela. Pero el alcalde me dijo que sería él quien llevase el tema personalmente. Y de forma expresa me pidió que no comentase nada con Guzmán.

Le arde la boca. No sabe si por el picante o por toda esta situación en general de la que cada vez entiende menos.

—Imposible, no me lo creo. O esos dos te han engañado, o me estás engañando tú… O bien los tres tratáis de hacerlo.

—No todos los conservadores están a favor de la unión de los dos partidos. Guzmán es uno de ellos. Por eso el alcalde no se fía de él.

Carmela se pone en pie. Se aleja unos pasos.

Necesita pensar con claridad y no lo consigue con todo aquello que acaba de escuchar a Florencia.

No puede ser cierto… Con gusto se fumaría otro de los dos o tres cigarrillos que se permite al cabo de la jornada.

Sin embargo, deja que el deseo se atempere.

Desde allí, la vista de la ciudad es imponente. No alcanza a vislumbrar dónde acaba. Ha soñado durante mucho tiempo con poder llegar a lo más alto y ahora… Pero se resiste a darle credibilidad, no es posible que ese momento lo tenga tan cerca. Alguien está mintiendo, tal vez todos ellos.

—¿El alcalde te ha contado por qué se retira? —pregunta a Florencia sin girarse hacia ella.

—Me dijo que era por un asunto personal. No me dio más detalles y tampoco pregunté.

Carmela regresa junto a Florencia. Es obvio lo que debe hacer con ella, así que se limita a recapitular los hechos que han llevado a ambas a esta situación.

—Filtraste información a nuestro rival político…

—Sí.

—Has trabajado en secreto junto a ellos. Y me lo has ocultado. Me has mentido.

—Así es.

—Sabes que debo despedirte.

—Lo sé, Carmela, sé que podía acabar así.

—¿Y por qué lo has hecho?

Ahora es Florencia la que cubre la distancia que las separa.

Unas sirenas interrumpen lo que estaba a punto de decir.

Pueden ser ambulancias, o coches patrulla en dirección a los disturbios en la mezquita.

Carmela no se ha olvidado de Fer. Ha visto varias llamadas suyas en su teléfono, pero ahora no tiene tiempo para eso.

Florencia deja que el ruido estridente se extinga antes de responder a Carmela.

—He hecho todo esto porque creo que es lo mejor para ti.

—Por favor…

—En menos de un año podrías conseguir la alcaldía.

—Venga, Florencia…

—Escúchame: podrías consolidarte dentro de los conservadores. Sabes que conozco bien el partido y les haces falta. Y, tal vez, en dos o tres años más, podrías intentarlo a nivel nacional.

—Lo tienes todo previsto, ¿no?

—Pero todo comienza por unir fuerzas. Sinceramente, Carmela, creo que tú eres una de las que puede hacerlo.

«Debe de ser una broma…». Joder, cómo le apetece ahora un cigarro.

—¿Te quedan chicles? —pregunta Carmela.

Florencia se palpa los bolsillos de la chaqueta hasta dar con el paquetito y se lo ofrece a Carmela, que saca dos y los arroja al interior de la boca. Mastica con fuerza y junto al jugo también libera algo de la tensión que ya empezaba a acumularse en sus mandíbulas.

—Dime la verdad: ¿estás metida en la filtración de los correos de Construtec?

La asesora permanece en silencio. Durante ese breve espacio de tiempo se alternan en la mente de Carmela todas las opciones que podría escuchar a continuación: sí; no; me obligaron… La que no contempla es la que justo acaba de salir por la boca de Florencia:

—Nunca haría algo sabiendo que puede perjudicarte.

—¿Eso es un sí o un no?

—No, Carmela. No tengo nada que ver con esos correos.

Habitualmente, su estómago suele tardar un poco más en protestar por el picante, pero en esta ocasión Carmela ya siente la acidez de los jugos gástricos agitándose.

Tiene a Florencia de pie frente a ella y escruta su rostro, busca en su mirada algo que le permita conocer la verdad…

Si no le está mintiendo y no ha sido ella, ¿quién entonces?

—Lo tuyo con Restrepo se acabó, ¿verdad?

—Sí —responde Florencia con rapidez. Con demasiada rapidez—. Hace meses de aquello.

Y acto seguido su asesora deja caer la mirada hasta el suelo.

—¿Seguro?

Florencia asiente varias veces. No es capaz de alzar los ojos…

Y luego comienza a llorar. De forma contenida al principio, pero sin barreras que detengan las lágrimas después.

Su cuerpo se vuelve más pequeño, se recoge sobre sí mismo, los hombros se curvan hacia el centro.

Sin dejar de llorar, trata de articular palabra, aunque es incapaz.

Da dos pasos hacia delante y otros dos más hasta encontrar los brazos abiertos de Carmela, que la recibe.

—Menuda estupidez, Floren… —dice Carmela mientras la abraza. Desliza su palma por la espalda de ella—. Lo que has hecho es una verdadera estupidez.