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Capítulo 30

Sobre la mesa del salón, entre Julio y Teodoro, el teléfono del viejo suena y se ilumina. Algo ha cambiado en él en cuanto ha identificado de quién se trataba. Durante una fracción de segundo, Julio piensa que tal vez el viejo ignore la llamada y puedan cerrar de una vez la transacción.

—Debo cogerlo, lo siento. —Acaba la frase sin mirarle siquiera, como si Julio se hubiera volatilizado—. Hija, ¿cómo estás?

Casi grita al decirlo. Libera las palabras como si las hubiera retenido encadenadas. Su entusiasmo es evidente y, sin embargo, pronto se enfría.

—Sí —dice el viejo con el rostro serio, y lo gira para ocultarlo a la vista de Julio—. Te he llamado varias veces…

Mientras tanto, Julio cruza y descruza las manos encima de la mesa, tamborilea…

No sabe qué hacer con ellas. Pasan de las tres y veinte, y aunque trata de incidir con su mirada en Teodoro, este la esquiva sin mayor esfuerzo.

El viejo se levanta de la silla y arrastra sus pasos hasta la ventana.

Mete su mano entre las cortinas y echa un vistazo furtivo a la calle.

Da la espalda a Julio, como si eso bastase para volver privada su conversación.

—Ya, ya lo sé… —El viejo ha menguado, titubea—. He supuesto que estarías trabajando, pero no pensaba que…

Restallan ráfagas de voz que saturan el altavoz del móvil.

—Perdona, Lourdes, no quería molestar…

La posibilidad de que el viejo finalice pronto la llamada es cada vez menor.

El reloj de pared acompaña a Julio en su pesimismo: en pocos minutos alcanzarán las tres y media.

En el Liberal ya estarán discutiendo la edición de la tarde, piensa.

Y habrán barajado diferentes portadas para mañana.

Ha considerado la idea de avisar a Mariana, aunque cree que es mejor esperar hasta tener el vídeo en sus manos.

—Sí, yo estoy bien. —Teodoro cruza el salón y desaparece por el pasillo—. La Policía aún anda por aquí…

Su voz se aleja, como la esperanza de Julio de poder largarse rápido de allí.

Se encuentra atrapado en ese salón, con la única compañía del televisor.

Sube el volumen. No solo para evitar oír al viejo al fondo de la casa, sino también para escuchar las novedades que se están produciendo en el exterior de la mezquita.

Desde la explanada, un reportero informa acerca de lo que Julio ya puede ver por sí mismo.

El mínimo cordón policial se ha roto y los ultras se han lanzado sobre el grupo de jóvenes, hombres y mujeres que había enfrente.

«Son los de siempre». Y el recuerdo de lo dicho por el taxista resuena como si perteneciera a un pasado lejano y no a hace poco más de una hora.

—Fascistas… —murmura Julio.

La cámara sigue de cerca al reportero que a su vez corre tras un grupo de radicales.

La confusión es absoluta, cada persona huye como puede en diferentes direcciones.

Un chico, tal vez magrebí, piensa Julio, tropieza en la carrera y cae al suelo.

Queda rezagado y solo. Intenta levantarse rápido, pero uno le alcanza con una patada en el estómago y cae de nuevo.

Al momento está rodeado por una jauría que le patea.

Trata de incorporarse, gatea buscando un hueco entre todas aquellas piernas.

La cámara, a unos metros, recoge el instante en el que una bota impacta en su cabeza.

El muchacho se desploma. Uno de ellos todavía pisotea su cuerpo inmóvil una última vez antes de salir corriendo a por otro…

—A ese ya le han quitado las ganas de ser un terrorista —dice Teodoro.

Sus palabras sorprenden a Julio por la espalda. Al girarse se encuentra con el rostro feliz del viejo. Parece sereno tras la conversación e incluso una risita se le escapa silbando por entre los dientes. En Julio se acelera su deseo de acabar cuanto antes.

—Es mi hija —dice Teodoro a modo de disculpa—. Vive en otra ciudad y siempre está tan ocupada que debo aprovechar cuando llama.

Se acerca a la mesa mientras explica todo esto. Apaga la televisión y rebaña el dinero que había quedado sobre la mesa.

—¿Usted tiene más hijos? —pregunta el viejo.

—No.

—Yo, además de esta, tengo otro: el pequeño. También está fuera. Es informático.

El viejo pone el móvil al alcance de Julio y golpea el aire con su mentón. Adelante.

—Enviaré el vídeo a mi móvil. —Julio desliza su dedo sobre la pantalla de cristal hasta dar con la carpeta de archivos—. Después eliminaré el vídeo de su teléfono, ¿de acuerdo?

—No se fía, ¿eh?

Su tono burlón a punto está de provocar que Julio se deshaga en explicaciones, pero el viejo se adelanta.

—No se preocupe, muchacho. Haga lo que considere oportuno.

Julio encuentra el vídeo. Un minuto y cuarenta y tres segundos.

Lo envía y una ruedita indica el progreso…

El ding en su propio teléfono confirma que el envío se ha completado.

Comprueba que se reproduce sin problema.

Después hace una copia en un servidor en la nube, lo revisa todo una última vez y, cuando está seguro, lo borra del teléfono del viejo.

—Ya está.

Le devuelve el móvil. Teodoro resopla con alivio, como si hubiera dejado caer al suelo una roca enorme. Quizá Julio debería sentir algo similar a la satisfacción, pero no hay rastro de ella. El reloj de pared marca las tres y media.

—¿Desea tomar algo?

Teodoro se sirve dos dedos de vino y vacía el vaso de un trago.

—No, gracias, debo volver al periódico.

Se levanta de la silla y el viejo hace lo mismo.

—¿Lo publicarán esta tarde?

—Sí.

Piensa en Mariana. No le cuesta imaginarla en este momento: posiblemente esté comiendo frente a la pantalla de su ordenador.

Leyendo teletipos, revisando las primeras páginas cerradas por sus redactores mientras hunde el tenedor en un táper de comida casera.

Siempre le ha gustado cocinar. También puede suponer su reacción cuando le cuente lo del vídeo…

—¿Le importa si echo un vistazo? —Julio dice esto al mismo tiempo que se aproxima a la ventana.

Detrás de él, el viejo emite un sonido afirmativo que no llega a salir de su garganta.

Julio mueve la cortina lo justo para ver cómo la nebulosa de periodistas ha empezado a dispersarse.

Se sitúa en la misma posición desde la que Teodoro ha grabado el vídeo.

Lanza su mirada al otro lado de la calle y aterriza sobre una mancha oscura, casi marrón.

Una sombra irregular en la acera sobre la que imagina al asesino con el niño bajo su brazo.

El hombre grita sin que Julio comprenda qué dice.

Le apunta con su cuchillo. Recuerda, una vez más, la mirada grabada en el vídeo.

Indirecta, perdida, esquiva. Como si nunca llegase a conectar con Teodoro y tan solo le rozara.

—Antes, en el parque, me ha dicho que no conocía al asesino.

—Así es.

Julio no se gira. Quiere observar unos segundos más al asesino a través del cristal. Le gustaría saber quién es ese hombre.

—¿Está seguro?

—Pues claro. Ya le he dicho que no. ¿Es que no me cree?

—Me pregunto por qué habrá mirado hacia aquí.

Desconfía del viejo, pero, después de todo, Julio se siente más animado que hace unos pocos minutos.

Su trabajo aquí ha terminado. Corre la cortina y se separa de la ventana.

Van juntos hasta la entrada y por el camino solo se oye el roce de las zapatillas de Teodoro contra el suelo.

En el recibidor los envuelve la penumbra y, tal vez amparado en esa oscuridad, Julio siente que le falta una pregunta por hacer.

—¿Por qué lo ha hecho?

—¿El qué?

—Grabar el vídeo.

Teodoro permanece callado. En esa ausencia de luz, Julio no distingue los ojos del viejo. Los supone escondidos entre sus párpados arrugados. Imagina un mirar carente de significado y explicaciones. Ve la sombra del anciano alzando los hombros y, a continuación, escucha su voz arenosa.

—No lo sé, hijo.

«¿Por qué lo ha hecho? Menuda pregunta estúpida», piensa Julio. Está plantado frente al frigorífico que hay al fondo de la tienda y es incapaz de decidirse por alguno de los sándwiches preparados que allí tienen.

Era la pregunta clave en cualquier noticia, lo aprendió en la facultad.

El porqué es lo más jugoso, el relleno del sándwich.

Conduce a los antecedentes y establece la causalidad de los hechos.

«Y siempre hay una causa, chaval». Esto no se lo había enseñado la universidad, sino Chumy.

«Y unas consecuencias —solía añadir el veterano—, por eso vendemos periódicos al día siguiente, y al siguiente…

». Su mentor y el viejo se habrían caído bien.

Finalmente elige dos de jamón y queso. Limpia con la manga la fina capa de polvo que recubre los envases de plástico. No hay tiempo para nada mejor, se los comerá de camino a la redacción.

Antes de llegar a la caja coge una bolsa de patatas fritas y una botella de agua.

No más bebidas azucaradas por hoy. Si Mariana le viera ahora le abroncaría, y con razón.

Es imposible saber qué dirá cuando vea el vídeo.

Prevé un pequeño debate, pero está convencido de que lo querrán publicar.

Difuminarán los rostros del niño y la maestra, lo traducirán y antes de las cinco ocupará la web del Liberal . Y mañana, la portada impresa.

Una mujer está pagando al hombre de la caja.

Ambos se comunican en su idioma, que a Julio le parece árabe.

Ella lleva la cabeza cubierta con un pañuelo y cuando mira hacia atrás se asusta al ver a Julio.

Él le sonríe, pero ella baja los ojos, se apura en recoger el cambio y se marcha con sus bolsas.

El tendero sí devuelve con un gesto el saludo de Julio.

Lo ha reconocido de antes, cuando ha entrado a comprar el refresco.

Revisa los artículos y teclea el importe de cada uno de ellos en la caja.

¿Cómo ha sido capaz?

Eso es lo que debería haber preguntado al viejo, si hubiera tenido el coraje suficiente para hacer la pregunta.

Aunque quizá la respuesta también hubiera sido «No lo sé».

«¿O acaso sabemos de lo que uno es capaz?

», piensa Julio, que en esencia está de acuerdo con Chumy y con eso de que siempre hay una causa, pero…

«¿Y si no la conocemos? —se pregunta—. ¿Y si no sabemos por qué hacemos lo que hacemos? ».

—Seis euros y cincuenta céntimos, por favor.

Julio mete la mano en el bolsillo y saca el dinero que le queda después de haber pagado por el vídeo.

Observa los billetes arrugados, mezclados, indistinguible su propio dinero del que ha robado a sus padres.

Entrega un billete de diez euros al hombre.

«¿Cómo ha podido él hacer eso?», se pregunta ahora Julio.

El hombre le devuelve el cambio y Julio ya va a guardarlo cuando se detiene.

—¿Usted habla árabe?

—Sí, ¿por qué?

—¿Podría ayudarme a traducir algo?

El hombre sacude la cabeza de arriba abajo sin dejar de prestar atención al dinero que Julio aún sostiene en la mano.

Al salir de la tienda, minutos más tarde, se tiene que recordar a sí mismo no correr.

No obstante, sí camina a paso vivo por la acera.

Desanda el tramo que le lleva de vuelta hacia la guardería y gira el rostro al cruzarse con los pocos periodistas que quedan.

Observa otra vez las ventanas de la casa.

No le cuesta identificar la que pertenece al salón de Teodoro.

A su lado, casi pegada, una ventana igual y que, sin embargo, corresponde a otro piso.

De esta cuelga la bandera de España que Julio ya había visto antes.

Pero no es hasta ahora cuando fija su atención en la figura que tiene bordada: un águila dorada con las alas extendidas y, sobre ella, la cruz roja de Santiago.

Aprovecha que en ese instante sale un vecino del edificio para colarse dentro del portal.

Será mejor cogerle por sorpresa. Revisa de nuevo los buzones hasta dar con el primero A, apunta el nombre de Agustín Quesada en su libreta y después se lanza escaleras arriba.

Presiona el timbre de Teodoro un par de veces.

Aproxima la oreja a la madera de la puerta, pero no oye nada al otro lado.

No hace ni un cuarto de hora que estaba en casa, no es posible que se haya marchado…

Aunque, en realidad, sí es perfectamente posible.

Golpea con los nudillos y otra vez pulsa el timbre.

Oye entonces una puerta abriéndose detrás de él, al otro lado del rellano, y la voz áspera del viejo.

—¿Qué hace aquí?

Por un momento, Julio no alcanza a entender lo que ocurre. Esperaba ver a Teodoro, pero no que apareciese por la puerta de la casa de enfrente.

—No sé si antes me ha dicho toda la verdad, Teodoro.

El viejo cierra la puerta del vecino y da tres vueltas de llave.

—Puede creer lo que desee, muchacho. Me trae sin cuidado. —Y pasa por delante de Julio sin apenas mirarle.

—Contésteme solo a una pregunta: su vecino, Agustín Quesada, ¿a qué se dedica?

—¿Para qué quiere saberlo? —responde Teodoro mientras busca la llave para entrar en su casa.

—¿Es militar?

Hay asombro en el rostro del viejo cuando se vuelve hacia Julio.

—Lo fue… ¿Cómo lo sabe?

—El emblema en la bandera: pertenece al Ejército de Tierra. Necesito hablar con él, Teodoro.

El viejo ha abierto la puerta de su casa y permanece firme en el umbral.

—Pues olvídese, está de viaje.

—Es importante.

Julio ha puesto la mano en la puerta para que no la cierre.

—¿Por qué? ¿Qué pasa con Agustín?

—Creo que el asesino sí conocía a su vecino.

Las palabras de Julio parecen haber prendido una luz en el interior de Teodoro. Como si un gran bloque de piedra encajara en un hueco perfecto para él sin dejar resquicio alguno. El viejo mira el rellano de reojo, las escaleras que suben y bajan.

—Hablemos dentro.

Y se hace a un lado para permitir, de nuevo, la entrada a Julio en su casa.