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Capítulo 29

Carmela se concede un minuto para tomar aire.

Solo eso. Lo hace en la tranquilidad del asiento trasero del coche oficial.

Percibe, como si fuese la primera vez, el aroma a estreno que cada día encuentra al montarse en él.

Acaricia el tirante tapizado de cuero negro.

Fresco en verano, acogedor en invierno. Todo resulta tan distinto de la furgoneta que durante años tuvo su padre…

Siempre con esa neblina de humo de tabaco que aún no se ha disipado de sus recuerdos.

Cada compartimento rebosaba de casetes de jazz , que más tarde serían sustituidos por discos compactos.

E impasible al paso del tiempo: el mismo modelo de ambientador en forma de abeto penduleando del retrovisor.

Siempre fue un hombre de costumbres. Si algo le gustaba y no daba problemas, no veía la necesidad de cambiarlo. Tal vez eso propició lo ocurrido.

Cualquiera que hubiese observado la rutina de su padre durante una semana le podría haber cazado de la misma forma en la que lo hizo aquel yonqui.

Sabía en qué descampado solía aparcar la furgoneta, la caminata de cinco minutos que había hasta llegar a casa, el callejón en el que ocultarse e incluso, quizá, el bolsillo de la chaqueta en el que guardaba la paga.

El desgraciado debía de saber que muchos sábados su padre se dedicaba a hacer trabajos que, pese a ocuparle todo el día, estaban mejor pagados, como portes especiales o mudanzas a otra ciudad.

«La guinda del pastel», los llamaba su padre.

El malnacido que le atacó sabía, desde luego, que aquel sábado por la noche su padre regresaba a casa con un buen dinero en efectivo.

Lo que ese hijo de puta ignoraba, y ya nunca sabrá, es lo que habría sucedido a la mañana siguiente si él no le hubiera golpeado.

Como cualquier otro domingo, su padre habría dormido hasta tarde.

Y antes de la comida, mientras su mujer acababa de prepararlo todo, él habría salido a dar un paseo con su hija.

Habrían ido al parque, o a la plaza del mercadillo a curiosear antiguos cromos de fútbol, o al bar de la esquina a tomar el vermú con los del barrio…

Conforme Carmela había ido creciendo, también habían cambiado las actividades y sus intereses, pero nunca el hecho de saber que los domingos, antes de la comida, era un momento reservado para ellos dos.

Tan fácil como vigilar a su padre durante siete días y descubrir que la misma rutina se repetiría a la semana siguiente.

Ahora, tras muchos años dándole vueltas, Carmela duda de que el yonqui fuera el único implicado.

Semejante labor de seguimiento, si bien sencilla, exigía constancia, meticulosidad y discreción.

Pero, sobre todo, requería una paciencia que difícilmente tendría un colgado como ese.

Sin embargo, en aquel entonces, mientras pasaban los días desde que su padre fuera atacado, y a medida que los médicos no mejoraban su pronóstico, Carmela no pensaba en ello, ni tampoco quería pensar, lo que necesitaba era pasar a la acción.

Hacer algo que le permitiera arrancarse esa rabia adherida a sus tripas.

Ernesto, el amigo policía de su padre, fue quien le dio esa oportunidad en forma de nombre, rostro y lugar: pasadas las vías del tren, bajo el puente, donde aquel tirado y otros como él acudían a picarse después de pillar.

Lo hicieron de noche. La cara vacía del desgraciado se afilaba aún más debido a los claroscuros provocados por una hoguera cercana.

Nadie salió a defenderlo cuando Fer y los otros cayeron sobre él.

Lo arrastraron cogido por el pelo y lo alejaron del fuego, hasta ahogarlo en la oscuridad más absoluta.

Y aquello bastó a Carmela, al menos durante un tiempo.

«Que no se emocionen demasiado», le ha advertido hoy a Ernesto.

Carmela sabía que habría cámaras y solo espera que los chicos no lo olviden. Lo último que necesita es que todo se descontrole antes de que ella aparezca.

—A la mezquita —dice al conductor, y el coche arranca de inmediato.

«Lo de ayer fue un error», piensa Carmela.

Cualquiera podría haber visto a Fer entrar en su apartamento.

Quizá alguien lo haya visto salir esta mañana.

No obstante, lo que ahora la inquieta no es tanto eso como haber alimentado esperanzas en él.

Se había jurado no volver a hacerlo, pero…

Antes no ha mentido a Parcas: es difícil encontrar a alguien con quien sabes que estás a salvo.

Ni siquiera con Florencia ha llegado a tener esa intimidad.

Ayer por la tarde fue ella quien le avisó de la publicación que iba a sacar hoy el Liberal .

Le ofrecían hacer declaraciones, pero Florencia le aconsejó no responder.

Ella se encargaría de negarlo todo y ganar tiempo.

Le dijo a Carmela que se fuera a descansar y ella obedeció, pero al llegar a su apartamento casi pudo palpar la soledad. Entonces es cuando llamó a Fer.

«En una pelea no puedes dudar. —Eso le había dicho Fer en una ocasión—.

Golpea primero. Con toda la fuerza de la que seas capaz».

Le dio ese consejo muchos años atrás, en una de esas largas tardes que pasaban juntos en el parque del barrio.

«Quizá solo tengas una oportunidad, pero si sacudes bien a tu enemigo no necesitarás más».

Esta mañana, al despertar y verle dormido a su lado, esas palabras de Fer han regresado con toda claridad a ella. Concedería la entrevista, daría con la rata y acabaría con el Manso. Con el nuevo día, su plan de defensa se había convertido en uno de ataque. Ahora solo había que llevarlo adelante…

—¿Por qué no nos movemos?

—Lo siento, señora, un autobús escolar ha hecho una parada.

No sabe si ha respondido el conductor o el escolta que va en el asiento del copiloto.

Ambos funcionan como si formasen parte de un mismo organismo.

Carmela suspira y se deja caer en el respaldo.

A esas horas, también a su padre lo habrán llevado de vuelta a casa.

Revisa el teléfono, tiene varias llamadas que no ha atendido.

Algunas son de Florencia, otras de un número desconocido que aún no tiene guardado en la agenda de su móvil nuevo.

Quizá sea Restrepo. Ambos estarán molestos por sus declaraciones en la guardería. Más tarde se ocupará de ellos.

El coche avanza lento por la calle de un solo carril.

Y de igual modo siente cómo sus ideas comienzan a atascarse.

«¿Y si Parcas dice la verdad y Florencia no es su fuente?

», piensa Carmela. Aunque le cuesta creer que su asesora no esté metida en la conspiración para hacerla caer.

Incluso si no fue ella quien filtró los correos, alguien debió pasarle los sondeos internos al alcalde…

«¿Quién, si no Florencia, podía hacer eso?

». O quizá Parcas solo busque enredar las cosas, ponerla nerviosa para atraparla en un descuido…

—¡Pitad o haced algo, por Dios!

Los dos escoltas se miran entre sí. Uno aprieta tímido el claxon, un par de veces y rápido, el otro baja la ventanilla y asoma la cabeza, aunque sin decir nada.

«Inútiles».

Carmela acaba por decidir que poco importa si Florencia es la chivata o no. Para ella, es una secundaria en todo esto y de nada sirve que malgaste un segundo más preocupándose por su asesora. «Está acabada».

«Debo centrarme en el alcalde y en el lameculos de Restrepo —piensa Carmela—. A esos dos se les ha acabado meter mano en el Liberal ». Sabe que en cuanto llegue a oídos de Zarra que Carmela está al tanto de sus chanchullos en Panamá y que está dispuesta a contarlo, este le parará los pies al Manso.

No puede evitar sonreír. Después de todo, tal vez Carmela sí acabe siendo la próxima alcaldesa. «Aunque no de la forma en la que el imbécil del alcalde ha intentado venderme».

—¡Por fin!

La calle se despeja y el coche accede a una avenida más grande, ganan velocidad en dirección a la mezquita. La vibración nerviosa de su móvil termina de traerla de vuelta al presente.

—No me gusta. —La voz de Ernesto se entremezcla con ruido de fondo, gente que habla, un teléfono—.

Espera… —Tras unos segundos, escucha un golpe seco, puede que una puerta, y sobre el silencio regresa la voz firme del excomisario—.

Me huele mal, Carmela. El tema está más enfangado de lo que pensaba.

—¿Qué has averiguado?

—Poca cosa y eso ya es sospechoso de cojones.

Faizullah entró en el país hace tres meses.

Obtuvo el visado en la embajada española de Pakistán.

Un antiguo colega que trabaja en extranjería conoce al compañero que le hizo los papeles en el aeropuerto.

Se acordaba del tipo y cuando lo ha visto esta mañana en televisión casi se queda seco.

—¿Cómo podía acordarse? Has dicho que fue hace meses.

—Aquí viene lo bueno. Si se acuerda es porque cuando Faizullah iba a cruzar el control aparecieron dos tipos del servicio de inteligencia.

Se identificaron ante el compañero, le enseñaron una autorización firmada por un gerifalte y el morito pasó por delante sin que nadie le hiciera una sola pregunta.

Carmela observa por entre los dos asientos delanteros. Advierte la explanada de la mezquita, unos doscientos metros al frente. Toca ligeramente el hombro al conductor y le hace un gesto para que se dirija hacia allí.

—No tengo mucho tiempo —le dice al excomisario.

—Escucha esto: Faizullah consiguió la vivienda sin problema alguno. En la inmobiliaria han dicho que pagaron un año por adelantado. Como avalista figura una tal Rosa María Giner.

—¿Quién es?

—Lo investigaré, pero me juego una cena contigo a que se trata de un nombre inventado o bien el de alguna funcionaria del Ministerio de Exteriores o Defensa.

—Vale, espera, ¿lo que me estás diciendo es que…?

—Todo apunta a que era un espía, Carmela. Por eso, Castillo está en el caso desde el principio, para que la porquería no salga disparada en todas las direcciones.

El coche se ha detenido lo más cerca posible de la mezquita. El copiloto mira por el retrovisor. Preparado para salir en cuanto Carmela le haga una señal. Por la ventanilla tintada observa la plaza que se extiende frente al templo.

—He llegado a la mezquita —dice Carmela a Ernesto.

—¿Cómo anda la cosa por ahí?

Hay dos grupos enfrentados. «Los moros», identifica Carmela.

Chavales en su mayoría, vestidos con chándal casi todos, algunos llevan la camiseta del equipo de fútbol de la ciudad.

Junto a ellos también hay otros hombres más mayores, incluso algún anciano, y mujeres con pañuelos en la cabeza.

Todos increpan al otro grupo, el que está a unos metros de ellos, y al que un cordón policial contiene.

En esta segunda multitud, que ha crecido hasta aproximarse a la centena, Carmela no tarda en localizar a Fer. Se mantiene en tercera línea, discreto como le han pedido. Se limita a ondear una bandera y sumarse a las consignas que corean los suyos. Carmela no llega a oírlas, pero las imagina.

—¿Estás seguro de todo lo que me has contado?

—Bastante. Todo lo seguro que uno puede estar con estos asuntos.

—No entiendo por qué lo ha hecho.

—Ni idea, y tal vez nunca lo sepamos. De lo que no hay duda es de que el tipo trabajó para nosotros. Y cuando eso se conozca más de uno va a tener que dar explicaciones.

—Gracias por todo.

—Anda, calla. Oye, por cierto, tengo a los chicos investigando lo que me has pedido del Manso… En cuanto sepa algo de ese capullo, te llamaré.

Cuelga el teléfono. Escucha crujir el traje del guardaespaldas cuando los músculos de este se activan debajo de la tela.

—Cuando quiera, vicealcaldesa —dice el escolta asomando el rostro por encima de su hombro. Es mucho más joven de lo que recordaba.

Carmela mira a su izquierda. Fer anima al resto de sus compañeros.

Al mismo tiempo les muestra el dedo corazón a los musulmanes y les grita.

Entonces, de pronto, se gira hacia donde se encuentra el coche y la observa.

Carmela siente cómo la mirada de Fer traspasa el cristal tintado tras el que se oculta y va a clavarse directamente en ella. Ambos saben que están ahí. Fer sonríe.

En su rostro aparece la misma inocencia bobalicona con la que, siendo adolescentes, esperaba a que Carmela bajara de casa.

Cuando ella salía del portal, él estaba ahí, sentado en el banco de madera, fumando, limpiando sus botas negras con el dedo mojado en saliva.

Tan chulito él, fuerte, arrogante y con el pecho hinchado.

Y, al mismo tiempo, tan desarmado al verla, tan despojado de pronto de esa bravuconería y tan hasta el cuello de amor.

Así la mira ahora y, por un instante, ese gesto de ilusión amenaza con quedarse fijo en su cara para siempre.

La esperanza que exhibe todavía resiste unos segundos más, hasta que Carmela, finalmente, ordena arrancar al conductor y marcharse de allí.

Y esos rasgos de felicidad que había en Fer, y que parecían esculpidos para la eternidad, empiezan a reblandecerse, como una figura de cera abandonada al sol.

Sus músculos faciales se descuelgan hasta reconfigurarse: primero en una mueca de incomprensión y más tarde en un gesto de decepción.

El coche avanza mientras tanto por la calle, rodea la plaza de la mezquita y Carmela aún puede contemplar a Fer una última vez.

Juraría que hay furia contenida a punto de desbordarse y lo comprende.

Luego, el conductor gira y el coche se suma al resto del tráfico de la larga avenida que lleva al ayuntamiento.