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Capítulo 28

—Disculpe, estaba usted comiendo —dice Julio cuando accede al salón.

Sobre la mesa hay una bandeja con un plato a medio acabar, migas de pan dispersas y un plátano ennegrecido. Una botella con un cuarto de vino se interpone entre la silla vacía y el televisor.

—No se preocupe, casi había terminado. No será la primera vez que como frío. Mientras haya apetito no es tan grave.

El piso huele mal. A una mezcla de olores que se hubieran ido superponiendo durante años.

El tufo a basura acumulada en la cocina, y que Julio ha arrastrado consigo al pasar por delante, se mezcla ahora con el de orina reseca en las ropas del viejo, o tal vez el olor ácido provenga de los cojines del sofá en el que Teodoro le indica que se siente.

Julio lo hace en una esquina. No parece que haya más personas en la casa.

Le gustaría descorrer las cortinas y abrir la ventana, dejar que el aire fresco de la calle entre a raudales.

—Desde aquí grabó el vídeo, ¿verdad?

Teodoro asiente.

—¿Quiere verlo otra vez?

No lo cree necesario, y sin embargo Julio se sorprende respondiendo al viejo que sí, que desearía verlo de nuevo. Quizá porque sea lo esperable antes de una transacción de este tipo. Lo ha visto en las películas: comprobar la mercancía antes de pagar cualquier cantidad.

—Me he asegurado de que tenga batería.

Teodoro le acerca el móvil y lo deposita en sus manos, como si de un presente se tratara.

Julio pulsa en la pantalla y la imagen paralizada cobra vida.

Los gritos y llantos desde el interior de la guardería vuelven a reproducirse.

La naturalidad con la que el asesino aparece en la puerta no deja de sorprenderle.

Todo está ahí de nuevo: las manchas de sangre en el rostro, el pequeño bajo su brazo y los gritos del hombre.

Esa plegaria enfermiza. Hablará con Mariana para buscar un traductor.

Mientras el vídeo se acerca al momento del sacrificio, Julio, sin darse cuenta, escapa de la pequeña pantalla y se fija en la bandeja de comida… Silvia estaba a punto de reventar.

Julio recuerda que, por aquel entonces, su mujer estaba cerca del límite. Cada día repetía a Julio que solo deseaba dar a luz. Acababa de salir de cuentas, por lo que aquello podía suceder en cualquier momento, pero tampoco esa parecía que fuera a ser la noche elegida.

En las noticias destacaron que Greta Thunberg estaba de visita en la ciudad para ponerse a la cabeza de las manifestaciones contra el cambio climático.

Recuerda que Silvia dijo estar harta de que esa cría les regañara a todos.

Se trataba justo de eso, pensó Julio, de que alguien los abroncara, pero Silvia soportaba poco a muy poca gente en aquella época:

—Solo quiero dar a luz y volveré a amar a la humanidad —se justificaba.

Le pidió que cambiaran de canal y aterrizaron en una película clásica en blanco y negro, que tal vez hubieran visto antes, pero no recordaban.

Una comedia que parodiaba la poca firmeza moral de tres representantes de la URSS que llegan a París para vender las joyas de una noble.

Cuando la transacción no se realiza porque los tres delegados han sido embelesados por el capitalismo, Moscú envía a una de sus mejores agentes para averiguar cuál es el problema.

Esa mujer es Ninotchka y el personaje lo interpretaba…

—Esa es la Garbo, ¿no? —preguntó Silvia.

—La segunda Greta de la noche.

Silvia y Julio se miraron en el sofá. Se rieron, dejaron de prestar atención a la película, y comenzaron a hablar de aquello como una posibilidad real.

—A tus padres no les gustará —dijo ella.

—Tienen el resto de la vida para acostumbrarse.

Lo sellaron con un beso y lo repitieron varias veces: Greta, Greta.

Después Silvia juró no tener hambre cuando Julio se levantó del sofá para preparar la cena.

Pese a ello, él hizo la tortilla de cuatro huevos.

A ella siempre se le antojaba picar de su plato.

Añadió espinacas y atún, fibra y proteína.

Con el huevo bien cuajado, casi quemada la tortilla, para que Silvia accediera a comerla con tranquilidad.

En la bandeja puso dos rebanadas de pan con cereales y pasas, un yogur griego y un par de piezas de fruta, simulando que era todo para él, aunque asumiendo que su mujer acabaría, además de con media tortilla, con alguna de las otras dos opciones del postre. Puede que con las dos.

Si recuerda perfectamente la cena que preparó esa noche es porque nunca se la llegaron a comer.

Greta había esperado a tener un nombre para decidirse a nacer.

Así que la bandeja quedó intacta en la mesita del salón hasta que Julio regresó solo a casa al día siguiente, para darse una ducha, cambiarse de ropa y recoger algunas cosas antes de volver al hospital en el que había dejado a su mujer y a su hija recién nacida.

La comida estuvo ahí durante toda la noche.

Pertenecía a una vida pasada que ya nada tenía que ver con la actual.

No fue hasta después de habérsela comido cuando se dio cuenta de su imprudencia.

Podría haber sufrido una intoxicación de la forma más estúpida.

Habría enfermado justo en el momento en el que Silvia le necesitaba.

Pero Julio no había pensado en nada de todo aquello.

Simplemente tenía hambre, así que se sentó en el sofá y disfrutó de esa comida en la soledad del piso, a una hora extraña, fuera de cualquier horario convencional, como cuando era un joven sin responsabilidad alguna.

Y esa última cena, a mitad de la tarde del día siguiente, le supo a gloria bendita.

El vídeo ha llegado al final.

Menos de dos minutos. Julio se repite que hace lo correcto. Su trabajo es dar noticias, contar los hechos y esto lo es. Si no lo publican ellos, otros lo harán.

—¿Ha traído el dinero? —pregunta Teodoro.

Él asiente. Se levanta del sofá con el miedo de llevarse ese olor pegado a él. Se sienta a la mesa, junto al viejo. Empuja a un lado la bandeja con la comida y saca el fajo de dinero. Lo cuenta de forma pausada mientras pone los billetes en un montón delante de Teodoro.

—Está todo, Parcas —dice el viejo después de recontarlo—. Sin embargo, he estado pensando… Y seiscientos veinticinco no es suficiente.

«Hijo de puta», piensa Julio, que nunca ha sido un tipo violento, pero fantasea con serlo ahora.

Teme que su cordura se quiebre como una ramita y se lance por encima de la mesa a estrangular al viejo.

Quizá sea lo que le ha sucedido al asesino esta mañana.

Basta con que una pieza se rompa en el interior para ser absorbido por la oscuridad.

—Creo que novecientos sería un precio más justo.

«Sanguijuela». Habrá pensado que Julio no se va a echar atrás a estas alturas. Por eso tampoco ha querido tensar en exceso la negociación.

Llegados hasta aquí, ¿qué suponen unos pocos billetes más?

—No —responde Julio.

También eso lo ha visto en las películas, y en alguna otra ocasión, como cuando le presionaron para que se fuera del Liberal .

Si tragas con sus exigencias, estás perdido.

El extorsionador hará contigo lo que quiera.

Hasta Silvia le daría la razón en esto y casi siente su presencia detrás de él, apoyando la mano en su hombro.

«Bien hecho, cariño», imagina que le diría su exmujer.

—¿Cómo ha dicho? —Teodoro está sorprendido.

Y en Julio revive el coraje necesario para repetir su negativa.

—No le voy a dar más dinero por el vídeo, señor Yáñez. Lo que habíamos acordado, eso es todo.

Puede que, de forma inconsciente, Julio trate de desbaratar todo el plan, llevar a cabo una especie de autosabotaje que le libere de tener que pasar por todo aquello.

—Pero ¿qué le ocurre? —El viejo no da crédito a lo que oye—. Es solo un poco más.

Lo cierto es que Teodoro está perdido, aunque él aún no lo sabe. No lo ve con la claridad con la que lo hace Julio. Quizá por esa ceguera, Teodoro vuelve al ataque.

—Se lo podría ofrecer a otro medio. Usted mismo me lo dijo. ¿No es consciente de eso o qué le pasa?

Podría. El uso del condicional no hace sino espolear a Julio. Podría haber utilizado una frase rotunda. El viejo podría haber dicho que ahí se acababa la conversación. Y también podría haber mostrado determinación. En cambio, Teodoro ha decidido mendigar y Julio lo aprovecha.

—Teníamos un acuerdo: seiscientos veinticinco. Aquí los tiene. En menos de un minuto pueden ser suyos: cogeré el vídeo y saldré por la puerta. Así de sencillo. Los dos estaremos contentos.

—¿No ha escuchado lo que le he dicho?

—Por supuesto que puede ofrecérselo a otros, pero tendrá que ser rápido. Más de lo poco que yo tardaría en bajar a la calle y hablar con alguno de esos policías para que se pasen por aquí a preguntar.

Por primera vez desde que se conocen, el viejo parece realmente impresionado.

—Aunque esto no tiene por qué acabar así, Teodoro. Le ofrezco el dinero que usted ha pedido. Ahora. ¿Qué me dice?

El viejo tarda, como si el brazo le pesara una tonelada, pero finalmente accede a darle la mano con desgana. Justo en ese instante, se diría que para celebrar un acuerdo que hasta hace un minuto parecía perdido, el móvil empieza a sonar. La cara de Teodoro se ilumina.