Capítulo 27
El segundero avanza incansable. Teodoro no sabe los años que ese reloj de pared lleva con él, pero se atrevería a aventurar que lo compraron al poco de casarse, o quizá fuera en su viaje de novios.
Quedan diez minutos para las tres y empieza a dudar de que el periodista aparezca.
Revisa otra vez el móvil, tampoco ha llamado.
«¿Y si el cacharro se fastidia de pronto?
», teme Teodoro de repente. Una subida de tensión o algo similar.
Lo desenchufa. Por la batería no hay problema, tiene de sobra hasta que venga.
«Si es que viene», se dice. Llama de nuevo a su hija.
Es la segunda o tercera vez que lo intenta, con idéntico resultado.
Va a la cocina y saca de la nevera un táper con salchichas fritas.
Lo mete en el microondas. No quería que le cogiera comiendo, pero tiene hambre, y dada la hora que es…
De todas formas, no les llevará mucho tiempo.
Que le dé el dinero, haga lo que tenga que hacer con el teléfono y listo.
Claro que, si no se presenta, tendrá que pensar en otro plan.
Siente la misma pereza ante esa posibilidad que la mostrada por el recipiente de plástico, que gira lento en el interior del microondas. Oye movimiento en la calle.
Los periodistas que todavía están por abajo se revuelven, se acercan hasta un gran coche negro que Teodoro puede ver desde la ventana de la cocina.
Casi antes de que se detenga por completo baja del asiento del copiloto un tipo.
No es muy alto, aunque parece creado a partir de un bloque de granito.
Mira a su alrededor, rastrea posibles amenazas.
Teodoro se fija en que le abulta la sobaquera.
Abre una de las puertas de atrás y del coche sale una mujer, una chica joven en realidad, más incluso que su hija Lourdes.
Con el pelo largo, resultona, bien arreglada.
«¿De qué me suena esta?». La observa acercarse a hablar con uno de los policías que la saluda llevándose la mano a la gorra.
—Coño, la vicealcaldesa —resuelve Teodoro, y saca la comida del microondas al oír la campanita.
Vuelca el contenido humeante en un plato, lo coloca en una bandeja y regresa con todo ello al salón.
Enciende la tele y no le cuesta dar con un canal en el que ofrecen imágenes de su calle.
Uno de esos cámaras que están unos metros más abajo enfoca la guardería y a la vicealcaldesa, que mantiene una conversación con el policía.
DIRECTO . Es lo que aparece escrito en letras rojas parpadeantes en un ángulo de la pantalla.
Y tanto que sí. Casi podría oírla si abriera la ventana.
Sube el volumen del televisor, tal vez diga algo.
Corta un trozo de salchicha y se lo lleva a la boca.
Se caga en la Virgen por lo caliente que está, pero acaba por tragárselo.
Al inicio de la calle, Julio inclina la lata de refresco y apura las últimas gotas.
La aprieta después entre sus dedos y la arroja al interior de una papelera cercana.
¿De dónde surge ese impulso por deformar el bote de metal antes de deshacerse de él?
¿Por qué no dejar las cosas simplemente como están?
Cuestiones absurdas que le brotan hasta que el cajero automático queda libre.
Introduce la tarjeta, teclea el importe de doscientos cincuenta y pulsa el botón verde.
Mientras la máquina procesa el desembolso, Julio observa la calle.
A su izquierda, a unos cincuenta metros, se aglutinan los compañeros de prensa.
Hace unos minutos que Frisas ha llegado, aunque desde donde se encuentra no alcanza a distinguir si ya comparece ante ellos.
El dinero aparece por la ranura. Julio se apresura a cogerlo, lo cuenta y lo guarda en el bolsillo junto al resto.
Intenta no darle más vueltas. Ni a la lata deformada, ni a lo que va a hacer, y recorre rápido el trecho de acera que le separa de la guardería.
Coincide el momento en el que Julio alcanza el corrillo de periodistas con Frisas acercándose a la cinta de seguridad. Se multiplica el ruido, las preguntas se disparan desde todos lados al mismo tiempo, como flechas que trataran de asaetear a la política. Ella las ignora y toma la iniciativa.
—Quiero que mis primeras palabras sean para transmitir todo mi afecto y solidaridad con las víctimas y sus familias. Inocentes a los que hoy han arrebatado la vida de la manera más cruel y cobarde…
Los periodistas sujetan los micrófonos delante de ella. Julio escucha atento desde el anillo exterior del círculo. Dispone todavía de cinco minutos antes de reencontrarse con el viejo.
—Los terroristas no atacan solo nuestra ciudad. Buscan destruir nuestra civilización, nuestros valores y forma de vida. Y no es casualidad que golpeen en un barrio por el que hasta hace unos años se podía pasear sin temor…
Observa a Frisas por entre las cabezas de sus compañeros. La ve tranquila. Con una voz firme que gana en intensidad conforme se caldea el contenido del discurso.
—Hoy decimos basta. La gente ya no tiene miedo a defender el país que tanto les costó ganar a nuestros padres y abuelos. Y todas esas personas de bien deben saber que tanto yo como mi partido estamos con ellos.
—¿Cree que estamos ante un ataque terrorista? —pregunta uno de los reporteros.
—Pretenden atemorizarnos, así que sí: es terrorismo. Pero no lo van a conseguir, no vamos a quedarnos quietos.
Julio piensa en el tipo que hace unos minutos le ha vendido el refresco. Era extranjero, pero ¿de dónde? ¿Marroquí, argelino, sirio…? Al devolverle el cambio se ha fijado en su rostro. Estaba asustado.
—¿Qué propone, vicealcaldesa?
—Cada uno de nosotros debe actuar ante este desafío según su responsabilidad. Por lo que a mí respecta: les prometo que haré cuanto esté en mi mano para impedir nuevos asesinatos de inocentes, en esta o en cualquier otra parte de España.
—¿Acusa al alcalde de no haber hecho lo suficiente para evitar este ataque?
—Creo que su permisividad con la inmigración ilegal en la ciudad es el caldo de cultivo idóneo para que algo así acabe sucediendo. Debería reflexionar.
«No le engañaba», piensa Julio. Frisas atiza el primer golpe e inaugura la campaña.
¿Hasta dónde está dispuesta a llegar realmente?
Más tarde tendrá que hablar con Mariana, decidir qué hacer con la amenaza de la vicealcaldesa.
Parece capaz de morir matando, pero el Manso es una cosa y el supuesto pez gordo del Liberal otra bien distinta.
«¿Quién será el empresario al que Frisas acusa de tener una sociedad en Panamá?
». Julio siente cómo todas las dudas cuajan en el interior de su cabeza hasta formar una densa niebla.
—¿Qué opinión le merece la concentración que a estas horas se está produciendo frente a la mezquita del barrio?
—En muchos de esos lugares adoctrinan en el odio hacia Occidente y dan cobijo a terroristas. Quién sabe cuántos más esperan su oportunidad de atacar. Es un orgullo que compatriotas sin miedo protesten y planten cara.
—Ha habido algunos incidentes violentos —apunta la misma periodista—. ¿Condena esos hechos?
—Condeno la violencia terrorista sufrida en esta escuela infantil.
—Vicealcaldesa, esta mañana se han publicado unos correos que, supuestamente, la vincularían con la trama…
Por unos segundos, entre las cabezas de los reporteros, la mirada de Julio se cruza con la de ella. Hasta cree detectar un brillo especial en sus ojos al reconocerle en el corrillo, pero pronto se evapora esa ilusión y Frisas se concentra en responder al periodista que le ha hecho la pregunta.
—La adjudicación de las obras se realizó, en todo momento, acorde con la ley. Esto no es más que una campaña de difamación que pretende desprestigiar a nuestro partido y, más concretamente, a mi persona.
—¿Quién cree que está detrás de esa supuesta campaña?
—Mire, tenemos muchos enemigos porque nos atrevemos a decir la verdad cuando otros callan. Pero no me van a silenciar. Hoy estoy aquí para denunciar este ataque terrorista y para decir que el miedo se acabó. Ganaremos esta y todas las batallas que se nos presenten.
—Sí, señor. Así se habla —dice Teodoro en la soledad de su salón.
Le gusta la firmeza con la que se expresa la mujer.
Y su claridad: a diferencia de otros políticos, a esta sí la entiende.
Tampoco se trata de que ahora las mujeres desempeñen todas las profesiones que han ejercido los hombres.
Sin embargo, a Teodoro no le cuesta imaginarse a esta al frente de una gran empresa, en el Congreso, o incluso dando órdenes a la tropa o en el puente de un barco…
«Quizá demasiado guapa como para que esos mostrencos la tomaran en serio —determina Teodoro—.
Aunque esta es valiente como para hablar de los moros y de cómo se han apoderado del barrio.
Ella no puede llamarlos así, claro, o todo el mundo se le echaría encima, pero se comprende lo que quiere decir…
Y lo cierto es que son como animales. —Sigue dándole vueltas a sus pensamientos—.
Los veo a diario, arracimados a las puertas de las verdulerías que hay en cada esquina.
Sucios, escupiendo al suelo, y hablando en esa lengua suya que ni Dios entiende».
La vicealcaldesa anuncia que su grupo presentará en las próximas horas una propuesta para revisar y anular las concesiones y ayudas municipales otorgadas en estos años a centros islámicos.
—A por esos terroristas.
Y Teodoro se sirve otro poco de vino en el vaso.
La vicealcaldesa habla de retomar el control y orden perdido hace tiempo y Teodoro no puede estar más conforme: todavía tiene fresco el recuerdo de cómo era este barrio cuando compraron la casa.
—No les voy a fallar —dice Frisas mirando a la cámara.
Tal vez vote por ella. Bien que llevaba Gloria los asuntos de la casa, ¿no? Y se encargaba de las cuentas del día a día sin que se le pasara ni media… Pues lo mismo con esta chica: no tiene por qué hacerlo mal. Y unta el cuscurro en el aceitillo dejado por las salchichas en el plato.
Las palabras de Frisas quedan atrás cuando Julio se da la vuelta, y van debilitándose conforme se aleja del corrillo.
A unos pasos se alza el edificio en el que vive Teodoro.
Mira hacia el primer piso donde hay dos ventanas grandes, ambas con las cortinas echadas, aunque Julio alcanza a observar que son diferentes entre sí.
En una de las ventanas, además, cuelga por fuera del cristal una bandera española.
Sin moverse de donde está, a los pies del bloque de viviendas, Julio se gira sobre sus talones y observa la puerta de la guardería.
Traza en el aire la línea invisible por la que esa mañana, durante cerca de dos minutos, ha viajado la mirada del asesino.
Desde la acera de enfrente hasta introducirse por el objetivo del móvil del viejo.
En su mirada había ira, desesperación y locura, pero también a Julio le ha parecido intuir un reconocimiento.
Sin embargo, el viejo ha jurado que no lo conocía. Puede que mienta…
«Es la hora», se dice para aparcar a un lado las dudas e infundirse ánimos. Se acerca hasta el portal y pulsa el botón del primero B un par de veces. Al cabo de unos segundos, que a Julio se le antojan eternos, responde la voz del viejo:
—¿Quién?
—Soy Parcas.
—Ya era hora.
La corriente eléctrica parece que va a saltar del pomo de metal a su mano, pero queda contenida en este y la pesada puerta cede.
Julio se adentra en el portal, varios grados más fresco que el exterior.
A su derecha hay un espejo. Todavía siente su pómulo algo dolorido, aunque la rojez se ha atenuado.
Al fondo ve la cabina del ascensor y la escalera que sube por su derecha. Antes de ir hacia allí se acerca a los buzones y rastrea con el dedo hasta dar con él: Teodoro Yáñez Cabezas, Gloria Martín Crespo, Lourdes Yáñez Martín, Guillermo Yáñez Martín. No esperaba encontrar una familia.
Sube la escalera y se detiene antes de llegar al primer piso, justo en el descansillo que se oculta detrás del ascensor.
Extrae el fajo de billetes y vuelve a contarlo todo.
Reúne la cantidad exacta: seiscientos veinticinco euros.
«Viejo excéntrico». Guarda todo ese dinero en el bolsillo y lo poco que sobra lo mete en la cartera.
Sube el último tramo y llama al timbre de la puerta B.