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Capítulo 26

Frisas podría recordarle lo dicho media hora antes en su despacho y asestarle un buen golpe a su orgullo de periodista íntegro.

¿Dónde queda eso de interponer distancia con el poder cuando compartes asiento en un coche oficial?

Y se lo tendría merecido, aunque la vicealcaldesa pasa por alto el ensañamiento.

—Así que también cubre el atentado.

Lo dice sin mirarle. Frisas está ocupada en teclear a toda velocidad en su teléfono móvil. Julio solo alcanza a ver que se trata de un mensaje de varias líneas.

—No estaba previsto, pero ha surgido la oportunidad.

—Debería pedir un aumento al Liberal … —Deja de teclear y relee el mensaje entre dientes.

—Con gusto lo haría, pero no estoy en nómina. Se trata de una colaboración puntual, una especie de favor.

Parece dar por aprobado el mensaje, pulsa una última vez la pantalla y el móvil emite un ding de campana. Después lo deja dentro del bolso.

—Habrá sido extraño regresar al sitio del que le echaron, ¿no?

A Julio tampoco le sorprende en exceso la afirmación: contaba con que Frisas le investigara, pero sí le intriga averiguar cuánto más sabe de él.

—Para ser exactos, fui yo quien decidió salir. Voluntariamente.

—Sí, claro, también me han contado esa versión.

—Vicealcaldesa…

—Por supuesto, hablemos de nuestro amigo .

Los dos escoltas ocupan los asientos delanteros. No giran sus cabezas, apenas si desvían su mirada de la carretera, pero nada hace suponer que hayan perdido su capacidad auditiva. Julio es directo en su pregunta:

—¿Ese hombre también está metido en el caso Construtec?

—Ya le he dicho que no hay tal caso. Pero si lo hubiera, él no se vería envuelto en algo así. Se mueve a otro nivel: presidentes, direcciones de partidos…

—¿En plural?

—¿Por qué limitar tus opciones a una sola?

Julio ignora quién es el empresario al que alude la vicealcaldesa.

La lista de candidatos podría ser amplia.

Las prácticas descritas por Frisas son habituales en las grandes empresas del país: donaciones a fundaciones y centros de estudios de los partidos, firmas de convenios de colaboración público-privados, concesión de créditos en condiciones ventajosas, nombramientos de expolíticos en sus consejos de administración…

—Reprobable —interrumpe Julio—, pero habría que demostrar si hay delito en algo de todo ello. Y usted misma ha dicho que él no se involucraría a ese nivel.

—No, salvo que fuera para hacer un favor a un viejo amigo.

Frisas rebusca en su bolso y extrae una pequeña libretita de esas que se usan para tomar una nota rápida, apuntar teléfonos… Escribe algo en una de sus hojas, la arranca y se la entrega a Julio: BOZA.

—¿Qué es esto?

—El nombre de una sociedad establecida en Panamá.

—Y el empresario del que me habla figura en ella.

—Con toda seguridad habrá interpuesto un testaferro, pero él es uno de los beneficiarios.

—¿Quién más?

—Otra persona a la que prefiero no nombrar.

—Alguien importante.

—Mucho. Y uno de sus pocos amigos de verdad. Créame: cuanto más subes, más difícil es tener a alguien a tu lado en quien poder confiar.

Julio vuelve a leer el papelito: BOZA. Lo guarda en el bolsillo.

«¿De qué están hablando?», piensa mientras observa su reloj.

Quedan quince minutos para las tres y cada vez se siente más despegado de la realidad.

Atrapado en un laberinto en el que cuesta vislumbrar una salida.

Lo que le ha contado Frisas podría ser mucho o…

—Podría no ser nada —dice Julio—. Un asunto sucio, de acuerdo, que ni siquiera tiene por qué ser ilegal.

—No, salvo que parte de ese dinero provenga de comisiones ocultas por vender armamento a países que, hasta hace nada, considerábamos una amenaza.

—¿Tiene pruebas de ello?

—Cualquiera que sepa por dónde empezar a investigar podría acabar encontrándolas… Aunque nadie dirá nada. Ningún medio quiere tener problemas con él, y mucho menos con su amigo.

Deben de ser dos personas muy poderosas para infundir ese temor al que se refiere Frisas. En ese escenario, y por lo que ella dice, Julio no pasaría de ser un leve incordio, un insecto que zumba en la oreja del león, pero que apenas alteraría el sueño del majestuoso animal.

—¿Qué le hace pensar que yo sí vaya a investigar este tema?

Ella le mira con extrañeza, las palabras de Julio parecen las últimas que Frisas esperaba escuchar en este momento.

—¡Nada, por supuesto! —casi lo dice con vergüenza, como si la respuesta a la pregunta de Julio fuera evidente—. Sé que no va a publicar nada de todo esto, Parcas. Es una de las razones por las que se lo cuento.

Está confuso. Siente que alguien le ha robado el suelo bajo sus pies y se precipita al vacío. Frisas adopta con él un tono sereno. El mismo, imagina Julio, que alguien usaría al aplicar una inyección letal.

—Creí que lo entendería, Julio. —Frisas sonríe, disfruta con la situación—. Lo único que necesito de usted es que transmita este mensaje.

Él trata de recomponerse, traga la poca saliva ácida que le queda en la boca, se humedece la garganta reseca.

—Lo lamento, vicealcaldesa, pero no soy tan inteligente como usted supone. ¿Qué mensaje?

— El Liberal va a dejar de inmediato toda esta persecución contra mí.

Frisas ha endurecido el rostro, como si de pronto se hubiera aburrido de practicar ese juego.

—Cuéntele a su director lo que hemos hablado. Y dígale el nombre de la sociedad de Panamá, así verá que no bromeo.

Julio no dice nada. Retiene un sonido gutural en el interior de la boca, lo paladea, le da a entender a Frisas que ha comprendido sus palabras.

—Respondo ante la redactora jefa. Será a ella a quien informe.

—Cierto, Mariana Quílez… Una pena que no haya podido acudir, me han dicho que forman ustedes un buen equipo. —Así que lo sabe. Julio lo sospechaba, pero esto se lo confirma. A Frisas se le retuerce su media sonrisa—. Chicos, parad cuando podáis, él se baja aquí.

El coche aminora la velocidad, cambia de carril hasta detenerse por completo a un lado de la calle. Julio no conoce del todo el barrio, pero supone que no deben de estar muy lejos de la guardería. Ya con la mano a punto de abrir la puerta, Julio oye nuevamente la voz de Frisas.

—Ganaré las elecciones municipales. El Liberal todavía está a tiempo de cambiar su apuesta y apoyarme.

—Una predicción un tanto arriesgada, ¿no cree? Aún queda un tiempo hasta que empiece la campaña, y pueden suceder muchas cosas hasta entonces.

—Sí, estoy segura de que pasarán, pero se equivoca en algo, Parcas: la campaña ya ha comenzado. Si lo desea, incluso puedo darle un titular.

—Por favor.

—«El alcalde debería pedir perdón a las víctimas del atentado».

Se debate entre si hacerlo o no, pero al fin Julio extiende su mano hacia ella que, por un instante, también duda.

Cuando se sueltan, Julio se vuelve y abre la puerta.

Agradece el aire exterior y solo desea alejarse, aunque entonces, ya de pie en la acera, recuerda algo. La oportunidad aparece de nuevo.

—No me ha preguntado por nuestra fuente en el ayuntamiento.

Ella pasa los dedos por las comisuras de los labios. Transmite confianza, y esa parece ser la última de sus preocupaciones ahora.

—Solo quería ponerle a prueba. Sé que ha sido Florencia.

—¿Su jefa de gabinete?

—¿Por qué cree que no nos acompaña ahora?

Ahora es Julio quien no puede reprimir una risa sincera, espontánea y, sobre todo, desconcertante para Frisas.

Le podría explicar que, en realidad, ignora quién es la fuente, el material llegó de forma anónima al periódico y Mariana le llamó para que la ayudase.

También le podría aclarar a Frisas cómo Florencia no solo no les ha filtrado nunca un solo detalle, sino que cada vez que han hablado con ella para intentar sacarle algo, ha defendido a su jefa con todas sus fuerzas.

Sin embargo, Julio no tiene tiempo, y tampoco cree necesario extenderse tanto para disfrutar de esa pequeña victoria.

—Se equivoca, vicealcaldesa: no es ella. —Y cierra la puerta del coche. Su cara aparece reflejada en el cristal tintado. No tiene tan mal aspecto como pensaba.

Se da la vuelta, reajusta su mochila en la espalda y comienza a caminar acera abajo.

El coche oficial también sigue su camino y a unos treinta metros gira a la izquierda, esa es la calle de la guardería.

Justo en la esquina hay una tienda de comestibles de las que abundan en el barrio.

Asomado a su puerta hay un tipo regordete de tez oscura y mostacho negruzco que esquiva la mirada.

Quedan diez minutos para las tres, y Julio siente el cansancio.

El estómago se le ha cerrado, la desgracia todavía flota en el aire de la calle, se percibe una especie de electricidad estática…

También siente que necesita ingerir algo fresco y con azúcar antes de enfrentarse de nuevo con el viejo.