Capítulo 25
La luz del sol penetra por los minúsculos agujeros de las persianas y se transforma en finos haces que arañan la penumbra del dormitorio.
Teodoro yace de costado, en el que siempre ha sido su lado de la cama.
Observa estático, tratando de adivinar la hora.
Recuerda haber caminado durante mucho tiempo y un hormigueo nervioso recorre sus piernas.
Se fija en el dinero que hay en la mesilla de noche.
Intenta coger los billetes, pero no consigue alcanzarlos.
Es entonces cuando oye la respiración de ella detrás de él.
Se da la vuelta en la cama y los muelles chirrían como el llanto de un bebé.
Allí está Ángela, que le muestra su espalda desnuda.
Teodoro posa su mano morena sobre la piel blanca de ella y cierra sus dedos ásperos en torno a su hombro, como un alfarero que modelase arcilla.
La atrae hacia él y el cuerpo de Ángela cae boca arriba sobre la cama.
El corte es profundo, del color de una granada madura, y recorre su cuello de un extremo a otro.
Es un surco seco, un cauce vacío. Hasta que de él empieza a manar la sangre.
Brota en un fluir continuo, como de manantial.
Resbala por el cuello de Ángela, por su pecho desnudo, hasta teñir el colchón como una flor roja que se expande.
Cada vez el flujo es más abundante y, aunque Teodoro se esfuerza por taponar la herida, el líquido caliente se filtra por entre sus dedos.
Ella trata de hablar, y a cada golpe de voz, la sangre se le escapa con más fuerza.
—No hables, mujer —susurra él.
Tampoco entiende las palabras de Ángela. Es otro idioma.
—Dice que quiere bailar, Teodoro.
A los pies de la cama, el asesino de la barba oscura traduce las palabras de Ángela.
—Dice que cuantos más seáis, mejor.
El hombre abandona la habitación. En la mano lleva un cenicero con el canto ensangrentado.
—¿Qué quieres comer? —pregunta ella, aunque ya no es ella la que está a su lado, sino su mujer, Gloria.
La herida del cuello ha desaparecido. Gloria sonríe, pero, al mismo tiempo, lágrimas corren abundantes por sus mejillas.
—Puedo hacer croquetas, si te apetece —dice Gloria sin dejar de reír y llorar. Llora más y más, hasta que la humedad del colchón, antes cálida y densa, se vuelve fría y cortante como un espejo roto…
Teodoro abre los ojos.
Siente las piernas heladas. Se quita de encima la colcha con la que se había cubierto y se palpa la ropa.
—Joder.
El pantalón, las sábanas, el colchón: todo empapado. A su lado, la vasta extensión de la cama vacía. Se levanta para dirigirse al baño y cambiarse.
Cuando minutos más tarde, ya aseado y con ropa limpia, entra en el salón, se extraña al ver las cortinas corridas.
Todavía se siente algo pesado por el cansancio, aturdido por el sueño profundo en el que ha caído nada más llegar a casa.
Entonces recuerda: él las ha dejado así esta mañana, antes de salir.
¿Quién si no? Y eso, a su vez, le hace recordar otra cosa que, con todo lo sucedido, había olvidado por completo.
Más tarde, después de que haya terminado con el periodista, pasará por casa de Agustín.
Su vecino de rellano tuvo que marcharse hace dos días de viaje y, como siempre que esto sucede, le ha pedido a Teodoro si puede darse una vuelta por el piso.
Antes era Gloria la que se encargaba de esas cosas: subir y bajar las persianas, regar algunas plantas que tiene, que no se acumule el correo en el buzón…
Ahora le toca hacerlo a él, porque Agustín, a pesar de ser veinte años más joven que él, tampoco tiene a nadie más que le mueva las cortinas.
En la calle ya no hay el alboroto de esta mañana.
No queda nadie en el interior de la guardería, salvo los agentes de Policía.
Hace horas que han retirado los cuerpos de la acera y las ambulancias se han marchado.
Solo algún vecino cotilla merodea por abajo.
También son varios los medios de comunicación que siguen apostados a este lado del cordón.
De vez en cuando, los periodistas lanzan preguntas a los policías que van y vienen, pero ellos las ignoran.
Teodoro no ve por ningún lado al agente que le ha parado esa mañana, quizá hayan cambiado el turno.
Observa el reloj de pared: queda media hora para que se cumpla el plazo puesto al periodista.
Se aleja de la ventana y consulta el teléfono móvil, unido mediante un cargador a un enchufe de la pared.
No alcanza a ver la cifra, pero el dibujito de la pila en la pantalla aparece casi lleno.
Aprovecha para revisar los mensajes del grupo.
También ahí ha decaído la frecuencia de publicación, siempre sucede a la hora de la comida.
En uno de los últimos mensajes, Ángela recuerda la cita de esa tarde: varios de los que se han apuntado al viaje merendarán juntos y después se acercarán a la agencia para hacer el pago de la reserva.
Teodoro se ilusiona al imaginar la cara de ella cuando lo vea aparecer por sorpresa en la cafetería.
Junto al teléfono, doblada por la mitad, está la hoja fotocopiada que Ángela le entregó hace un par de semanas.
Las repartió entre todos los que habían acudido, pero en la suya había escrito Doro en una esquina.
Tal vez con el resto hiciera lo mismo, pero él prefiere pensar que no.
Las fotos en blanco y negro seguramente no hagan justicia al hotel, a su piscina, al comedor, que se abre a una amplia terraza con vistas a la playa…
Teodoro añade colores mientras relee lo que ya sabe de memoria.
Siete días, seis noches. Ida y vuelta en autobús.
Pensión completa. Visitas al centro urbano, gimnasia, bingo, baile…
Seiscientos veinticinco euros. IVA incluido.
La vuelve a doblar y la pone debajo de uno de los marcos de fotos que pueblan la librería.
No sabe de dónde sale el impulso, pero cuando se da cuenta el teléfono ya va por el segundo tono.
Tras el tercero salta la voz grabada de su hija, que pide que deje un mensaje.
Teodoro balbucea y da los buenos días. Casi tardes ya, rectifica.
Explica que llamaba solo para ver qué tal iba todo.
Luego, pregunta si ha visto las noticias, lo que ha ocurrido, justo enfrente de casa…
Se despide, y le envía un beso. «Un beso para los dos», añade.
Seiscientos veinticinco euros.
No está mal, aunque con un poco más de dinero podría haber sacado algo de jugo.
Doscientos o trescientos más, por ejemplo, apostados al partido de esa noche.
La victoria del equipo local está a 1,20.
Una forma sencillísima de ganar algo extra…
Intenta no pensar más en ello. Es cierto: quizá podría haber logrado más, pero el tal Parcas parecía sincero, al límite de lo que podía ofrecer.
Y Teodoro es bueno detectando esas cosas.
A Agustín, por ejemplo, le pilla casi todos los faroles cuando echan la partida en el bar.
No es que su vecino sea malo en las cartas, tan solo es que él lleva más años acostumbrado a la mentira.