Capítulo 24
Como si aún no se lo creyera, Julio recorre con la punta de la lengua el interior de su boca. Desliza el músculo carnoso sobre el esmalte de cada pieza dental asegurándose de que todas están en su sitio.
—¿Te encuentras bien, Julio? —pregunta Frisas.
Desde el primer instante en el que ha puesto un pie en su despacho, parece empeñada en mostrarse cercana. Como si confesara que el perfil combativo que exhibe en público es una representación, y que ahora, a solas los dos, Julio tiene la oportunidad de conocer a la auténtica Carmela.
—Perfectamente. Gracias, vicealcaldesa.
—Por favor, llámame Carmela.
Antes de continuar, Julio se reacomoda en el sillón de cuero blanco, cruza las piernas y se recuerda no llevar en exceso la mano al pómulo dolorido. Carmela ocupa el sofá que está a su lado.
—No creo que sea posible, señora Frisas.
—¿El manual de conducta del Liberal prohíbe el tuteo?
—No, en absoluto. —Julio intenta calmarse y hacer como ella: fingir que está a gusto en esa conversación—. Más bien es una norma autoimpuesta: tratar de usted a los políticos me ayuda a recordar cuál es mi trabajo y posición. Espero que no le moleste.
—Entiendo. Desea poner distancia entre ambos. —A él se le escapa una mueca nerviosa, pero sí, se trata justo de eso—. Tanta que hoy, por un momento, incluso he temido que se hubiera echado atrás.
—Lamento el retraso, vicealcaldesa. La mañana está resultando… intensa.
—¿Me va a preguntar sobre el atentado? Quisiera decir algo al respecto.
—Si no le importa, me gustaría empezar haciéndole unas preguntas acerca del caso Construtec.
—No hay caso Construtec, pero adelante: usted es el periodista.
En su boca, la palabra suena despojada de cualquier dignidad que la profesión pudo tener en un pasado.
—Encenderé la grabadora.
Frisas no se inmuta y Julio siente que la mirada de la vicealcaldesa sobrevuela por encima de su hombro.
Lo más seguro es que haya aterrizado en la pantalla sin sonido que él tiene a su espalda.
Supone que en ella seguirán alternándose las imágenes del exterior de la guardería con las de la mezquita.
Julio confía en que no haya aparecido ningún vídeo que arruine su futura exclusiva.
Aparca sus pensamientos y se concentra en lo que tiene por delante, pulsa el botón rojo de la grabadora y repasa en su libreta las preguntas que ha preparado junto a Mariana.
—¿Recibió algún pago de la empresa Construtec a cambio de la adjudicación de obra pública?
Ella vuelve la vista hacia él. Serena. Incluso diría que parece aburrida, como si esperara esa cuestión y ya la hubiese respondido repetidas veces, aunque lo cierto es que Frisas aún no ha dado explicación alguna sobre el caso.
—No. Claro que no.
Responde con la misma contundencia con la que Julio ha planteado la pregunta. Diría que es ella la que ahora desea marcar distancias entre ambos. Después de todo, ella es la vicealcaldesa y él, un simple periodista.
—En varios de los correos que hemos publicado, usted solicita a directivos de esa empresa unas supuestas comisiones…
—No es cierto —interrumpe ella.
—Perdone, vicealcaldesa, pero…
Y vuelve a cercenar la frase de Julio:
—No es verdad. La palabra «comisión» no aparece en ningún lado.
Frisas ha hecho los deberes: está en lo cierto.
Durante cerca de dos semanas, Julio y Mariana habían revisado al detalle todos los documentos que les habían filtrado.
No había una referencia explícita a comisiones, pagos, o regalos a cambio de concesión alguna.
Tampoco Julio podía esperar que cayese en la primera pregunta. Revisa sus apuntes.
—Emplea expresiones como: «devolver el favor» o «ayudar con la campaña». ¿A qué se refería con ello?
—Sinceramente, no lo sé. Esas conversaciones se produjeron hace tiempo, no las recuerdo bien.
—Visto desde el presente, señora Frisas: ¿a qué cree que podría estar usted aludiendo con esas palabras que escribió entonces?
—Supongo que a recibir el apoyo de esas personas durante la futura campaña.
—¿Apoyo de qué forma?
—Mediante su voto, por supuesto. Igual que haría con un amigo o un familiar. Espero que no me persigan por pedir el voto, es mi trabajo. ¿Tiene sed?
Julio niega con la cabeza mientras contempla a Frisas levantarse del sofá e ir lentamente hacia un extremo del despacho donde hay una pequeña nevera escondida dentro de un mueble.
Coge un refresco y lo vierte en un vaso.
Da un trago largo antes de volver al sofá.
Se sienta y tras cruzar las piernas, observa su reloj.
Julio hace lo mismo, queda poco más de media hora para cumplir el plazo impuesto por el viejo.
—En otro correo usted escribe… —Y Julio se demora en leer la frase en su libreta que sabe de memoria—: «Espero recibir algún sobre por Navidad».
Frisas da otro trago y alza un poco sus hombros.
—Estaría hablando de una felicitación navideña.
—Hay quien pudiera pensar en sobres con dinero.
Ella cambia el gesto, como si por primera vez se abordara un tema serio en la conversación que requiriese de toda la institucionalidad de su cargo.
—Por desgracia, la corrupción fue una de las razones que nos llevó a fundar Unidad Nacional. Pero recuerde que esas prácticas que describe se dieron en otros partidos. Usted sabe mejor que yo de lo que hablo, ¿no es así?
Sí lo sabe, o al menos supone a lo que se refiere, pero Julio compone su mejor cara de ignorante y deja que la vicealcaldesa juguetee un poco con él.
—Tengo entendido que usted ya estaba en el Liberal cuando hicieron caer al presidente.
—Así es… Entonces, señora Frisas, solo para que quede claro: ¿no se refería a sobres con dinero en concepto de comisiones?
—Le repito lo que ya le he dicho. Además, ¿se siguen haciendo las cosas de ese modo? Más allá del delito me parece todo bastante vulgar: billetes arrugados pasando de mano en mano… Un poco sórdido, ¿no cree?
Algo cambia en Julio, el flujo de sangre que irriga su rostro se ha interrumpido. El fajo de cuatrocientos euros enrollados se le clava en la ingle. Ya es tarde para pedir algo de beber y apenas ha recuperado el pulso cuando entra en el despacho la jefa de gabinete.
—Disculpe, vicealcaldesa. Me pidió que la avisara cuando faltasen diez minutos.
—Gracias, Florencia, enseguida terminamos. Por favor, que tengan el coche preparado.
Cuando la asesora desaparece, Julio vuelve a quedar a solas frente a Frisas, que aguarda atenta, como una depredadora entre la maleza dispuesta a lanzarse sobre su presa.
Él no sabe por dónde continuar. Quedan muchas preguntas por hacerle, pero Julio asume que no va a ser fácil atraparla.
Lo negará todo. De momento. Aunque Julio también sabe que las evasivas no le servirán siempre.
No con todo lo que aún guardan de ella. Que Frisas caiga es solo cuestión de tiempo.
Y es entonces cuando se da cuenta de que, por encima de otras, hay una pregunta que desea hacerle.
Cierra la libreta y la deposita sobre la mesa de cristal, el bolígrafo encima. A continuación apaga la grabadora.
—¿Por qué ha accedido a hablar con nosotros? —Al fin una pequeña victoria: Frisas no esperaba la pregunta de Julio—. Imagino que en otros medios serían más amables con usted.
Piensa en Ricardo Sosa. Tal vez, a esta hora, en Revelaciones , ya se hayan hecho eco de la exclusiva del Liberal y renieguen públicamente de la que ha sido su protegida durante tres años.
—No estoy en política para que me arropen y me den palmaditas en la espalda. Hace tiempo que lo asumí.
No se arrepiente de haber apagado la grabadora. Por vez primera en la conversación percibe algo semejante a la sinceridad en sus palabras. Enarca las cejas y la invita a que continúe hablando.
—Siempre he luchado por lo que creía. Y si su periódico me ataca, yo me defiendo. De lo contrario, las personas que me apoyan podrían pensar que tengo miedo o algo que ocultar.
—No la atacamos, vicealcaldesa, cumplimos con nuestra labor.
—Que es…
—Controlar al poder, por ejemplo.
Una risa abierta brota de la vicealcaldesa. Tampoco él se cree del todo lo que ha dicho, y enunciar un principio como ese tal vez suene demasiado grandilocuente a estas alturas.
—No le tenía por un ingenuo, Julio. Un medio es un negocio. Y sería estúpido dejar que los beneficios recayeran en algo tan voluble como la verdad.
Julio no sabe adónde quiere ir a parar Frisas. Puede que solo se trate de un juego, pero decide seguir callado de momento, atento a sus palabras.
—Imagine que llega a sus oídos un escándalo de corrupción en el que está involucrado un gran empresario de este país. Y supongamos que ese hombre es accionista del Liberal a través de un fondo de inversión. Estoy convencida de que sacarían el asunto en portada.
—Yo trabajo por libre, siempre podría ir a otro medio con esa información.
—Nadie se atrevería a tenerlo en su contra. Trituraría a quien lo intentase.
De un rato a esta parte ha crecido en su interior la sospecha incómoda de que Carmela Frisas se entretiene con él como un gato haría con un ratón.
Le deja ir y venir, disfrutar de una engañosa igualdad, cuando le bastaría con un zarpazo para destriparle.
Y Julio se está cansando. Nunca se ha fiado en exceso de los gatos.
—Vicealcaldesa —Julio observa su reloj—, nos quedan pocos minutos y tengo la impresión de que desea contarme algo. Si es así, la escucharé. De lo contrario, deberíamos dejarlo aquí.
Frisas entrecruza los dedos y Julio percibe la rigidez en sus músculos. Si no desconfiara tanto de ella, diría que está algo nerviosa. Apoya el mentón en sus nudillos, casi como si rezara, hasta que expulsa decidida el aire por la nariz.
—¿Cuál es su fuente en el ayuntamiento?
—¿Cómo dice? —A Julio en verdad le parece no haber oído bien.
—Me gustaría saber quién les filtró mis correos.
Ahora es él quien está desconcertado y trata de recomponerse como puede.
—Sabe que no voy a decírselo. ¿Por qué iba a hacer algo así?
—A cambio, yo le podría contar algunas cosas interesantes acerca de ese empresario del que le he hablado antes.
—Pensaba que era solo una suposición.
Ella niega con la cabeza. La puerta del despacho vuelve a abrirse de repente. Florencia aguarda en el umbral, de pie. No hay más tiempo.
—Vicealcaldesa —le dice ella—, es la hora.
—Gracias, Florencia. —Se pone de pie y Julio hace lo mismo. Se dirige a él—: Voy a visitar la guardería.
En ningún momento se interrumpe el contacto visual entre ambos. Frisas espera una respuesta y parece saber bien las cartas con las que cuenta. Sin embargo, lo que más inquieta a Julio no es eso, sino la intuición de que esa mujer sabe cosas sobre él.
—Yo también debo ir hacia allí —aventura a decir Julio.
—Una perfecta coincidencia, ¿no le parece? Podemos seguir la conversación en el coche.