Capítulo 23 #2
—Podéis dormir aquí los dos si se hace tarde.
Y Julio se siente de pronto en medio de un remolino de agua densa que le succionara y del que no pudiese salir. Entonces surge la idea. Al principio es vaporosa…
—Si mañana tienes que trabajar —continúa su madre mientras—, la niña puede quedarse con nosotros. No creo que a Silvia le importe si falta otro día a la guardería. Y sabes que Greta es feliz aquí.
La idea esbozada en la mente de Julio acaba por sustanciarse:
—¿Todavía guardas los libros de cuentos que tenía de pequeño?
—¿Eh?… Claro, están arriba, en el cuarto de la niña, ¿por qué?
—Quisiera comenzar a leérselos a Greta.
—Una idea estupenda, hijo, esta noche los miras y te llevas todos los que quieras.
—Mejor cojo un par ahora y así no se me olvida.
Julio se encamina hacia la escalera. La sube tan rápido que a punto está de tropezar.
La planta de arriba tiene un amplio distribuidor y a su derecha está la que fue su habitación.
Más de una vez la ocupó de adulto, cuando las discusiones con Silvia acababan con él durmiendo fuera de casa por una noche.
Y también regresó a ese dormitorio al iniciar el proceso de divorcio, mientras buscaba apartamento.
Fueron un par de semanas, tres a lo sumo, en las que se acostó de nuevo en esa cama, con las piernas algo encogidas.
Rodeado de todos los viejos recuerdos que Julio no había querido llevarse en estos años y su madre había guardado, como si fuera la habitación de un hijo fallecido.
Desde el umbral, Julio ve la estantería y distingue los cuentos. Luego, se ocupará de eso.
Al fondo del distribuidor se encuentra el dormitorio de sus padres.
La puerta está entornada y hasta Julio llega el ruido de la ducha.
Se mezcla con el tarareo de un aria por su padre.
Entra en la habitación, que perfectamente podría ser la portada de una revista de interiorismo.
La luz matizada por las cortinas, la colcha tersa de la cama con cojines combinados de distintos tamaños, y los cuadros en las paredes, las alfombras iraníes, los muebles de anticuario…
En un lateral se encuentra el baño y su padre arranca otra vez la melodía.
No lo piensa más, Julio cruza el dormitorio hasta la cómoda.
Abre el primer cajón, rebusca bajo la ropa interior hasta dar con el joyero.
Levanta la tapa. Hay una primera bandeja aterciopelada con relojes, pendientes, pulseras…
Bajo ella, la caja tiene un segundo nivel en el que hay un sobre abultado.
Julio cuenta rápido y coge siete billetes.
Coge uno más y se mete los cuatrocientos euros en el bolsillo.
Quedan muchos más en el sobre y sus padres no los echarán en falta hasta que esta noche o mañana los reponga.
Pone la bandeja de joyas encima, cierra la caja y la cubre de nuevo con la ropa.
Hay menos ruido de pronto, el canturreo ha cesado y el agua ya no corre.
Julio empuja el cajón de la cómoda y vuelve a atravesar rápido la habitación hasta llegar a la puerta.
—Hombre, hijo, tú por aquí…
Él ya tiene la mano en el pomo cuando se da la vuelta hacia su padre.
—Solo había subido a saludarte, ya me iba.
Su padre lleva la toalla anudada a la cintura.
Está mayor. Más de lo que recordaba. La piel se descuelga en pliegues y los pocos pelos en el pecho casi no se ven debido a su blancura.
Su rostro, en cambio, está moreno y le hace parecer más joven.
Los dos quedan de pie, uno frente al otro, sin atreverse ninguno de ellos a dar un paso que acorte la distancia que los separa.
Una mueca forzada les basta para cumplir con la formalidad.
—¿Mucho trabajo? —dice el padre mientras se sienta en un lateral de la cama, de espaldas a él.
—Últimamente no me puedo quejar.
—He visto el Liberal de hoy. No sabía que hubieras vuelto.
Se seca las piernas con la toalla.
—Es una colaboración puntual —responde Julio desde la puerta—. Me pidieron ayuda con lo de Frisas.
El rostro del padre aparece por encima de su hombro.
—O sea, que no trabajas allí. Quiero decir: estás, pero no estás.
—Sigo por mi cuenta, sí.
El padre se traga su respuesta y se pone de pie.
Al hacerlo, la toalla queda en la cama y muestra su cuerpo desnudo.
Realmente ha envejecido en estos años. Julio desvía la mirada y ve que el cajón de la cómoda no se ha cerrado del todo.
Justo hacia ahí se dirige su padre para coger la ropa cuando se detiene y le habla sin mirarle:
—No lo entiendo, Julio. —Él calla. Incapaz de articular palabra. El padre tiene la mano sobre la cómoda y Julio se siente como si tuviera ocho años—. Deberías haber firmado esa carta.
Abre el cajón, saca unos calzoncillos y se los pone. Julio vuelve a sentir cómo fluye el oxígeno en su interior. El alivio, no obstante, es pasajero.
—No comprendo cómo pudiste ser tan irresponsable. Con Greta tan pequeña…
Ya ha tenido esa discusión en muchas ocasiones, pero ahora no dispone ni de tiempo, ni de ánimo suficiente como para explicar otra vez su salida del periódico.
—Tomé una decisión.
—Desde luego, hijo: una mala decisión.
El padre termina de vestirse. Un pantalón de chándal y una camiseta con unos colores y dibujos demasiado modernos para él. Se lo habrá comprado la chica que acude varias veces por semana a limpiar. También les hace recados como esos de vez en cuando.
—¿Has pensado en lo que te propusimos tu madre y yo?
—Sí. Bueno, no. Quiero decir que he estado muy ocupado. De todas formas ya hablaremos con calma, no tengo tiempo ahora.
—La niña estaría mejor aquí. Sabes que es verdad, Julio. Y tú también lo estarías: con más tiempo podrías buscar un trabajo más…
—Debo irme, llego tarde a una entrevista.
Su padre podría no decir nada. Despedirse de Julio con un simple «Nos vemos esta noche».
O un «Que te vaya bien». Pero al viejo empresario no le gusta retirarse antes de tiempo de una contienda.
Y tampoco que sean otros lo que huyen acobardados, sin combatir siquiera.
En ese aspecto siempre congenió con Silvia.
—¿Esa amiguita tuya sigue en el periódico? —le pregunta.
Julio siente licuársele las entrañas. Una mezcla pastosa de vísceras que obstruyen sus vías respiratorias hasta asfixiarle. Ignora de dónde saca un mínimo de lucidez para no responder a su padre. Solo desea salir de ahí.
—Adiós, padre. —Y Julio se gira decidido para largarse.
El golpe es seco.
Directo a la cara, al pómulo.
«¿De dónde cojones ha salido esa puerta?». Es lo primero que piensa. Lo segundo es la preocupación por no saber si se ha roto algo en el golpe. Y lo tercero es tener la certeza de que, definitivamente, llegará tarde a la entrevista con Frisas.