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Capítulo 23

A pesar de haber hablado por teléfono con ella en varias ocasiones durante las últimas horas, hacía tiempo que Julio no veía a la jefa de gabinete en persona.

Sin embargo, no le cuesta reconocer a Florencia tan pronto como sale del ascensor situado al fondo del pasillo.

La observa avanzar en dirección al hall de visitantes en el que él la espera.

Camina con decisión, pero sin correr, hasta que su paso firme es interrumpido por un hombre que sale de un despacho y la intercepta.

Ambos intercambian unas palabras. Está de espaldas, pero Julio sabe de quién se trata.

Casi cualquier periodista que cubra temas políticos lo conocería.

Para aquellos que han formado parte del Liberal en estos últimos años la figura de Guzmán Restrepo es especialmente significativa.

Fue uno de los ejecutores de la caída de Ícaro Urrieta, cuando este no se conformó con haber logrado la dimisión del presidente del Gobierno, sino que empezó a investigar a los empresarios que habían financiado al partido conservador.

Aunque la orden viniera de arriba, alguien tenía que reunirse personalmente con los subdirectores del Liberal y convencerlos de llevarlo a cabo.

Y no solo a ellos. Restrepo se aseguró de tocar también al comité de empresa y a algunos de los pesos pesados de la redacción.

Julio no estaba entre ellos, pero Mariana sí, y en una de aquellas últimas noches que compartieron en la pasada primavera, entre copas y confesiones susurradas, Mariana le confirmó que era cierto: había recibido una invitación para reunirse con Restrepo y un miembro del Consejo de Administración del periódico.

Querían hablarle de un plan de futuro para el Liberal en el que ella jugaría un papel relevante.

Mariana rechazó asistir al encuentro salvo que le permitieran llevar consigo libreta y bolígrafo para tomar notas.

Si no la echaron cuando poco más tarde dieron el golpe es porque no hay muchos mejores que ella en su puesto. Después de todo, alguien debía encargarse de sacar el periódico al día siguiente de que Urrieta saliera por la puerta. Mejor tener a la Quílez en tu equipo que regalársela a la competencia.

En cualquier caso, la negativa de Mariana a sumarse al plan no fue determinante.

Tampoco lo fue la de Chumy, Julio y otros pocos.

La inmensa mayoría de la plantilla, y todos los subdirectores, firmaron aquella carta.

Se rumorea que el propio Restrepo redactó partes de ella.

Se nota en algunos párrafos, dicen, porque de joven fue un poeta frustrado y su escritura resulta un tanto barroca. Julio atribuye todo esto a la leyenda.

Escrita por él o no, aquella carta, llena de acusaciones a Urrieta y reclamaciones ante su forma de dirigir el periódico, arrojó al director a los pies del Consejo de Administración.

Es imposible gobernar un barco cuando más del noventa por ciento de la tripulación te da la espalda.

Urrieta salió del Liberal . Un par de semanas más tarde lo haría Julio.

Observa a Restrepo, habla con Florencia y parecen a punto de despedirse cuando, antes de hacerlo, en un movimiento fugaz, él acaricia el brazo de ella.

Es un detalle rápido, sutil, y probablemente sin importancia, pero que Julio sin embargo registra, más si cabe por el cambio que se opera en el rostro de Florencia al sentir el contacto.

Como si algo se hubiera iluminado en ella, y ahora se apague mientras continúa caminando hasta alcanzar el lugar donde se encuentra Julio.

—Llega tarde —le dice Florencia.

—Disculpe.

Julio recoge la mochila del asiento contiguo y se pone en pie.

—¿Le parece normal hacer esperar de esta manera a la vicealcaldesa?

—Perdón, pero casi nada de lo que está sucediendo hoy podría calificarse como normal.

Desandan el largo pasillo, uno al lado del otro. Pasan por delante de la sala de la que ha salido Restrepo, ahora cerrada. De reojo, Julio observa a Florencia, por si se produjera alguna reacción en ella, pero ella no se inmuta y prosigue con la reprimenda:

—Su agenda está muy comprometida y usted…

—Ya me he disculpado dos veces y aquí va la tercera: lo lamento, pero he tenido una mañana complicada.

—No me diga, la nuestra es un plácido paseo en barca.

Florencia pulsa el botón del ascensor y las puertas se cierran.

—¿Qué le ha sucedido en la cara? —pregunta Florencia.

En el espejo lateral del ascensor Julio ve su imagen.

La rojez del pómulo es más intensa que cuando ha salido de casa de sus padres.

La hinchazón, sin embargo, no ha ido a más gracias a la bolsa de guisantes congelados que le ha dado su madre.

La ha tenido puesta en la cara durante todo el trayecto en taxi hasta el ayuntamiento.

El dolor en esos minutos se ha ido diluyendo, o tal vez suceda como con todo aquello a lo que uno acaba por acostumbrarse: primero se vuelve tolerable y después olvidable.

—No he visto una puerta —responde Julio.

—¿De verdad?

—Claro.

Agradece salir del ascensor y dejar de enfrentarse a su reflejo. Florencia le guía hasta la sala que antecede al despacho de Frisas. Le indica uno de los sillones.

—Por favor, espere aquí, la avisaré de que ha llegado.

Después de quejarse por su falta de puntualidad, le hacen esperar un poco más para demostrar quién ostenta el poder.

Julio procura controlar los nervios, si Frisas le ha esperado es porque le interesa.

Sin embargo, es verdad que lamenta haberse demorado en casa de sus padres, y lo ocurrido allí… En fin, todo se ha complicado.

Tan pronto como se abre la puerta metálica que da acceso a la casa de sus padres, Julio suelta la mano de Greta.

Deja que recorra libre el jardín que conecta con el porche de entrada.

Una pequeña maldad por su parte, porque en esos veinte metros de césped, la niña habrá de tomar una decisión: saludar primero a su abuela, que ya la espera emocionada con los brazos abiertos, o a Ástor que, atento, ha salido de la caseta en la que dormitaba y ha comenzado a ladrar y mover la cola.

El pastor alemán apoya las patas delanteras sobre la malla metálica que delimita el espacio por el que le permiten moverse cuando sus padres están en casa.

Greta resuelve bien el dilema: da unos pasos hacia su abuela y la llama para que acuda.

Ella así lo hace y envuelve a su nieta en un abrazo cargado de besos.

Acto seguido, la niña se agarra a la falda de su abuela y tira de ella para ir juntas hasta la jaula de Ástor.

El animal salta alegre, lame los deditos de Greta por entre los agujeros de la malla e intenta alcanzar su rostro. Al parecer, todos felices.

—Hola, mamá —dice Julio al acercarse.

Un beso rápido en la mejilla y una advertencia, antes de que ella diga nada:

—Me voy en dos minutos, tengo una entrevista en el ayuntamiento.

—Bien, hijo, de acuerdo, pero al menos pasa y deja las cosas dentro.

Los tres abandonan el jardín. Atrás queda Ástor, gimotea en su jaula que recorre de un lado a otro.

Su padre lo compró hace unos meses. A través del mismo tipo que les instaló el sistema de alarma.

El hombre les había dicho que, si no les convencía, se lo devolvieran y él se haría cargo del animal.

A su padre le pareció un acuerdo estupendo: no tiene sentido mantener un bicho como este si no cumple con su función. Eso le dijo su padre.

—¿Estás sola?

—Tu padre acaba de llegar, se está duchando. Ahora lo aviso…

—No, deja, me voy enseguida.

La casa tiene dos plantas. Abajo cuenta con un enorme salón hacia el que Greta no tarda en poner rumbo. Arrastra el baúl de plástico con ruedas que hay en una esquina y lo lleva hasta el centro de la enorme alfombra. Empieza a sacar los juguetes y a disponerlos en el suelo.

—Es clavadita a ti —le dice su madre.

No es cierto. Cada vez se parece más a Silvia, por mucho que, de un tiempo a esta parte, su madre se haya empeñado en repetir lo contrario.

Julio cree que lo hace para demostrarle que ha superado la fase de negación de su divorcio, cuando su madre insistía en que él y Silvia continuaran juntos y pusieran el amor por delante de todo.

—Es lo que el Señor quiere —le decía a Julio—, aunque no os casarais por la iglesia. Para él todos los matrimonios son fruto del amor y quién, si no Dios, puede juzgar estas cuestiones.

Sin embargo, hace ya unos meses que su madre dejó atrás esa etapa, y cuando su divorcio está a punto de cumplir un año, ella ha encontrado esta manera de significarse y declarar que, puestos a elegir un bando, ella no puede estar de otro que no sea el de su hijo.

Todo ello a pesar de que Julio no le haya pedido nunca algo semejante.

En el salón de sus padres cabría holgado su apartamento. Un gigantesco televisor preside el espacio y aunque está encendido, Greta no le presta atención. Se concentra en crear estructuras verticales con bloques de madera. Se desmoronan, pero ella vuelve a erigirlas.

Las imágenes tras ella son las de medio centenar de personas, hombres en su mayoría y con ropas oscuras, que gritan:

—¡España cristiana y no musulmana! —Ondean las banderas españolas y su mensaje se simplifica—: ¡Putos moros!

—Ya era hora de que la gente reaccionase —dice su madre detrás de él. Baja el volumen del televisor y se santigua—. Llevo toda la mañana rezando por ese pobre niño y su maestra. El Señor ya los ha acogido en su seno. Él está con nosotros, siempre lo estará.

Julio recuerda las palabras dichas antes por el taxista. Se pregunta si no tendrá razón: en verdad el país no ha cambiado tanto, y las fuerzas que se creían extintas estaban tan solo aletargadas.

Su madre corta su pensamiento:

—Os quedáis a cenar esta noche, ¿verdad?

Él responde que todavía no lo sabe.

Igual que tampoco sabe qué le dirá Frisas. Ni si llegará a tiempo con el dinero para hacerse con el vídeo del viejo. O si el Liberal querrá publicarlo, y cuánto le pagarán por ello, y cuándo lo harán…