Capítulo 22
Arranca un trocito de papel, se seca la humedad y lo deja caer por entre sus piernas al inodoro. Se sube las medias, con cuidado de no romperlas ni dejar dobleces. Coloca la falda en su sitio, con la blusa bien metida por dentro. Carmela presiona el botón y la cisterna se vacía.
Enjuaga sus manos y las seca por completo antes de coger el móvil que ha dejado junto al lavabo.
Se sienta sobre la tapa del inodoro. Será una llamada rápida.
Mientras los tonos se suceden, piensa en si el baño privado del alcalde será igual que el que tiene ella.
Tal vez el del Manso cuente con algún otro elemento adicional.
No se le ocurre qué más podría haber allí que no haya aquí, pero siempre hay detalles, por necesidad debe de haber algo que marque la diferencia entre ambos cargos.
—¿Qué tal estás?
Es casi lo primero que pregunta su madre, y aunque lo hace siempre que habla con ella, Carmela sabe que hoy no es un día cualquiera. Su madre está preocupada por saber cómo se encuentra, si ha descansado y, en especial, si hay alguna novedad respecto al asunto de los correos.
Carmela procura no descargar en sus padres las inquietudes cotidianas de su actividad política, pero anoche, antes de que Fer llegara al apartamento, avisó a su madre.
No quería que esta mañana, cuando estuviera aseando a su padre, preparándolo antes de que lo recogieran para llevarle al centro, la noticia los asaltara por sorpresa en la radio del baño.
Su madre le confirma que han escuchado música mientras lavaba a su padre. Carmela no le menciona su visita al centro de mayores esta mañana. Confía en que la cuidadora también haya cumplido con su palabra de mantenerle alejado de las noticias.
—Son todo mentiras —le dice a su madre. Lo mismo que ya le dijo anoche—. Solo buscan hacerme daño.
—Señal de que lo estás haciendo bien.
—Vosotros no os preocupéis, todo se aclarará.
—He visto lo de la guardería —dice la madre para cambiar de tema—. Es horrible, Carmeli. Ni tres años tenía el niño, y esa pobre chica… La otra sigue en el hospital.
—No dejes que papá…
—Aún no han traído a tu padre —corre a apuntar ella—. Lo he estado viendo por televisión, pero he tenido que apagarlo: me estaba poniendo enferma. No puedo imaginar el dolor de esa madre, de esas familias.
—Tú sabes bien lo que es que te arrebaten a alguien.
Han enmudecido por unos segundos, indecisas a recorrer una conversación transitada ya en demasiadas ocasiones durante los últimos años.
—No es lo mismo, hija, tu padre está vivo.
A Carmela le irrita la resignación de su madre frente a los reveses de la vida. Esa búsqueda de consuelo absurdo en la idea de que todo podría haber acabado peor de como lo hizo. Pero no desea discutir.
—Tal vez luego vaya a veros. Si consigo hacer un hueco antes de la cena de esta noche en el ayuntamiento.
—Creo que me comentaste algo de eso, pero no lo recuerdo, hija, lo siento, son tantas cosas.
—Se entregan los premios a los empresarios del año. De momento, no se ha cancelado.
—Está bien, Carmeli, Ten cuidado, hija. —Y su madre cuelga.
Antes de realizar la segunda llamada abre el grifo del lavabo y deja correr el agua.
Ayer mismo, uno de los hombres de la agencia de Ernesto hizo un barrido y limpió a fondo, tanto en su despacho como en casa.
Sin embargo, no solo los micros le preocupan, también la puerta, el poco espesor de esa madera es cuanto la separa de los oídos curiosos de Florencia si a esta le da por entrar en su despacho.
Ernesto le dijo hace tiempo que el agua enturbia el sonido. Además de ese, Carmela aplica sus otros consejos. Mantiene un volumen de voz bajo, evita referencias a nombres reconocibles y, sobre todo, hace preguntas cortas y deja que sea el excomisario quien hable.
—El registro de la vivienda ha dado sus frutos —dice Ernesto—. Faizullah llevaba solo unos meses viviendo allí. Visado emitido en Pakistán, todo legal. Se trata de un piso pequeño, alquilado a través de una inmobiliaria, y no consta que tuviera problemas para acceder a él. Raro.
—¿Por qué?
—Los yihadistas cambian de residencia a menudo, pero casi siempre a pisos de conocidos, lugares abandonados… No suelen firmar un contrato de arrendamiento con su nombre y apellidos.
En lo que Ernesto no duda es en que el asesino estaba decidido a actuar. Han hallado, apuntados en unas hojas, los horarios de la guardería, y también había escrito en ellas el día de hoy.
—A ver qué sacan del móvil —sigue el excomisario—. De momento supongo que estarán rastreando las redes sociales.
—Por si ha publicado algo antes del atentado, ¿no?
—Sí —responde Ernesto—, suelen hacerlo cuando el ataque es inminente. Ojalá largaran antes, facilitaría el trabajo a los compañeros.
Es lógico, supone Carmela. Su martirio tiene un doble propósito: advertencia para los infieles, motivación para sus hermanos. Por lo que se sabe hasta el momento, este había ocultado su intención y había mantenido en secreto su plan hasta el último día.
—¿Algún otro detalle?
—Creen que estaba casado. O lo estuvo. Había unas pocas fotos de él con una mujer y dos niños. Se les está intentando localizar, aunque no hay indicios de que vivieran con él.
Por un momento, a Carmela le ronda por la mente la posibilidad de que, después de todo, se trate del impulso asesino de un machista. Uno al que su mujer ha conseguido dejar atrás y que, desesperado, arrasa con todo.
—Y hay algo más, Carmela…
Al escucharle, su espalda se arquea como la de un contrabajista antes de atacar la primera nota.
Conoce a Ernesto desde que era una cría y sabe cuándo sus palabras anticipan dificultades en el camino.
Su entonación ha sido la misma que empleó en aquella lejana noche en el hospital, hace más de diez años.
Entonces todavía trabajaba en el cuerpo y fue allí, a los pies de la cama en la que su padre yacía en coma inducido, cuando Ernesto se lo comunicó a Carmela.
Sabían, casi con absoluta certeza, quién era el desgraciado que había atacado a su padre.
Un yonqui al que algunos testimonios situaban cerca del callejón cuando sucedió.
Tal vez alguien le diese un soplo, quizá fuera casualidad.
Aún no habían encontrado la barra con la que habría golpeado a su padre, pero podían apretarle en un interrogatorio y sacarle cosas…
Sin embargo, antes de continuar, había algo que Carmela debía saber: puede que todas aquellas pruebas no bastasen en el juicio.
O, aunque al final le condenaran, quizá la pena no fuera suficiente para ella.
Del mismo modo, también ahora hay algo más que Carmela debe saber y que tal vez ensombrezca sus posibilidades de avanzar.
—Fermín Castillo anda metido en el caso.
Carmela chasquea la lengua. Le sorprende que el propio Ernesto quebrante de manera tan evidente una de sus normas de discreción.
—Tranquila, de momento la línea debería de estar limpia.
—¿Quién es Fermín Castillo?
—Un cabrón estirado que trabaja en inteligencia. Si está en esto, puede que el asunto esté cogiendo altura.
—¿Tú qué crees?
—No sé. Tal vez Faizullah fuera un soplón y ahora quieren taparlo. Con Castillo se complica todo un poco más. Intentaré enterarme de cuanto pueda, pero sabe cómo poner candado a la investigación. —Ernesto espira con fuerza y tras vaciarse le pregunta—: ¿Alguna novedad con lo tuyo?
—Sí, ya sé quién ha sido —dice Carmela.
A Ernesto le gustaría saber de quién se trata, pero no hay mucho tiempo, todavía le quedan varios asuntos que tratar con él y, después de todo, Florencia ya es historia. Le dice que le dará los detalles en persona en cuanto se vean.
—Una pregunta, Ernesto… ¿Sabes si el Manso ha vuelto a beber? ¿Te han llegado rumores? Me han dicho que hace un mes se corrió una buena.
—Primera noticia.
Imagina las carcajadas del excomisario cuando le cuente el supuesto plan del Manso para integrarla en su partido y que sea alcaldesa. Ernesto habrá escuchado muchas mentiras durante su vida, pero pocas tan buenas como esa.
—Y tampoco has oído nada acerca de su hija, ¿verdad?
—¿Como qué?
—Como que esté enferma.
—No, Carmela. Aunque puedo hacer algunas preguntas.
—Por favor.
El Manso parecía realmente afectado con lo de su hija. Quién sabe, incluso puede que esa parte sea verdad.
—¿Los has visto? Han salido por la tele —le dice ufano Ernesto.
Carmela sabe perfectamente a lo que se refiere y a qué se debe su orgullo: uno de los que acompañan a Fer en la mezquita es su propio hijo. Sin embargo, ella no está tan serena como Ernesto, le preocupa que su plan se desmorone. Sabe de lo que es capaz Fer. Los dos lo saben.
—Tranquila —añade Ernesto como si hubiera percibido su inquietud—. Les he dejado claras las instrucciones.
La voz de Florencia interrumpe entonces desde detrás de la puerta:
—¿Carmela? —Esta vez ni siquiera se ha molestado en dar unos golpecitos antes—. ¿Estás ahí?
—Sí —responde ella sin moverse.
—Ya ha llegado Julio Parcas.
«Por fin», piensa Carmela al observar su reloj de pulsera. Hace rato que se ha sobrepasado la hora establecida.
—Dame cinco minutos.
Escucha cómo Florencia se aleja y cierra la puerta del despacho.
—Debo colgar —dice a Ernesto—. Ya está aquí Parcas.
—¿Has visto lo que te he enviado sobre él?
—Sí, interesante. —El correo no era muy largo, pero con abundante y jugoso material—. ¿La información es buena?
—Confirmado por uno que lleva toda la vida trabajando en el Liberal . Me debía una.
—Gracias, Ernesto.
—De nada, niña.