Capítulo 21 #2
Seguro que Silvia habría aprobado la habilidad negociadora del viejo.
No le ha costado imaginar lo que su exmujer le habría dicho de haber estado a su lado: «¿Ves cómo hay que hacerlo, Julio?
Las cosas se consiguen yendo a por ellas».
En momentos en los que él dudaba, ella solía ofrecerle consejos de este tipo.
«Si te dejas arrastrar por las circunstancias, si eres un pusilánime, acabarás por conformarte con las migajas que otros te den por caridad.
E incluso les darás las gracias, cariño».
Y lo cierto es que Julio siempre había envidiado un poco la determinación de Silvia, aunque nunca se lo dijera.
«Pero no se trata de ser buena o mala persona, Julio, sino de ser débil o no, de dejar que los demás se aprovechen de ti».
—Cuatrocientos —ha dicho Julio.
El destello en los ojos del viejo ha sido rápido, aunque no tanto como para que Julio no se percatara de que esa sí comenzaba a ser una cantidad estimable para Teodoro. ¿Cómo de cerca había ido el tiro?
—Mil.
Lejos, todavía lejos.
—Imposible, señor Yáñez, no puedo ofrecerle esa cantidad.
El cuerpo de Julio se había vuelto más ligero.
Sabía el dinero con el que podía contar y estar cerca del límite le liberaba.
Si alcanzaba el máximo y el viejo lo rechazaba, Julio ya no podría hacer más.
Es cierto que cuatrocientos era mucho, pero él obtendría entre mil y dos mil.
Además, la urgencia por publicar haría que se lo pagasen pronto.
Y más importante que todo eso: mañana ocuparía de nuevo la portada, y la historia seguiría durante los próximos días, semanas incluso.
Era una buena forma de volver a sentirse periodista.
—Novecientos —ha contraatacado Teodoro.
—Cuatrocientos.
—Hijo, no debería enrocarse usted en una cifra. Se supone que esto es una negociación.
Julio ha vacilado. Con toda probabilidad, su ex le habría desaconsejado esa estrategia, pero llegado a este punto a él no se le ha ocurrido nada mejor que decir la pura verdad.
—Le voy a ser sincero, Teodoro: cuatrocientos es prácticamente la mitad del dinero del que puedo disponer ahora. Tal vez de habernos encontrado otro día… Pero hoy es cuanto tengo. Eso y decir la verdad es lo único de lo que dispongo para negociar.
El viejo escuchaba atento. A medio camino entre la incredulidad y la comprensión por lo que Julio le trasladaba.
—Sabe que puedo ir a otro periódico.
—Lo sé.
—Seguramente conseguiría más dinero.
—Puede que sí, o puede que no.
—Dígame, ¿por qué no habría de intentar venderlo a otro?
—Solo usted puede responder a eso, pero tal vez prefiera cerrar un acuerdo ya y olvidarse del vídeo cuanto antes.
Puede que no desee empezar a llamar a más puertas.
O quizá tenga miedo a que alguien se le adelante, que aparezca otro vídeo y el suyo ya no valga tanto, tal vez nada.
No sé, a lo mejor lo ha pensado de nuevo y cuatrocientos le resultan ahora una cantidad suficiente.
—No, señor Parcas, cuatrocientos no es suficiente.
—Entiendo. —Todo estaba perdido pero, lejos de entristecerse por aquello, Julio se ha levantado del banco con ánimos renovados, como quien deja caer al suelo una pesada carga—. En ese caso…
—Pero seiscientos veinticinco euros sí lo son. También yo soy sincero: deme ese dinero y el vídeo es suyo. —Entre ambos había dejado tendida su mano huesuda.
Julio mira su propia mano como si no le perteneciera. Con la palma hacia abajo, descansa sobre el asiento central del taxi, entre él y Greta, y apenas siente un hormigueo en la extremidad. Greta se ha quedado dormida, el cenicero sobre el regazo. Pronto llegarán a casa de sus padres.
Es probable que el taxista no haya dejado de hablar durante todo el trayecto. Sin embargo, él ha permanecido ausente, recluido en sus pensamientos, hasta que oye decir al hombre:
—Son los fascistas de toda la vida.
—¿Cómo? —Julio no sabe de qué habla—. ¿A quién se refiere?
—Pues esos, los que han ido a la mezquita a armar jaleo. Llevaban un tiempo callados, pero son los mismos ultras de siempre. Por mucho que digan, este país no ha cambiado tanto.
—Ya. —Ahora sí Julio le presta toda su atención.
—A ver si me entiende: a mí los moros tampoco es que me gusten demasiado… Pero ¿qué tendrán que ver los que van a rezar a la mezquita con lo que haya hecho un chalado?
En ese momento, el coche se interna por las calles arboladas de la urbanización.
Los muros de las fincas flanquean los lados y no se ve a nadie por las aceras más allá de alguna persona enfundada en ropa deportiva caminando con brío.
El taxista mira a izquierda y derecha en busca del número quince hasta que lo encuentra.
—Aquí es —dice Julio—. Serán cinco minutos: dejo a mi hija y continuamos.
—No hay prisa, así estiro las piernas.
El taxista coge un paquete de tabaco que guarda en la guantera y se dispone a abrir la puerta cuando Julio se dirige a él:
—¿Usted cree que ha sido un loco o un terrorista?
—No lo sé… Pero un tipo que hace algo así no creo que esté muy bien de la azotea, ¿no le parece?
Julio asiente por dentro, pero no se mueve, tampoco él sabe lo que ha de pasar por la cabeza de alguien para cometer un acto como ese. ¿Por qué hacemos las cosas que hacemos?
Sale del coche llevando a Greta de la mano. En el hombro carga con dos mochilas, la suya y la de su hija. Deja que la pequeña vaya delante, con el cenicero en la mano. Hasta le atrae la idea de escuchar a su madre preguntar cómo ha llegado hasta su nieta un objeto como ese.
—¿Cómo que no se enciende? —ha dicho Julio.
El viejo le enseñaba el móvil, como si no supiera qué hacer con él. Julio ha pedido permiso y lo ha cogido en sus manos. Ha apretado el botón de encendido varias veces. Sin éxito. ¿Qué clase de broma era aquella? Ha mirado el reloj, no podía retrasarse más. «¡Joder! Piensa, Julio, piensa…».
—No hay batería así que de momento no podemos hacer nada —le ha dicho Julio—. Vuelva a su casa y cargue el móvil. Yo acudiré allí en menos de dos horas.
—Con el dinero.
«Sí, con los malditos seiscientos veinticinco euros». No le ha preguntado el porqué de semejante precisión y ni siquiera ha pensado en hacerlo después. Solo quería pagarle, hacerse con el vídeo y olvidarse del viejo para siempre.
—Sí, con el dinero.
—Está bien, lo haremos así.
Julio se había separado unos metros para recoger a Greta del suelo del arenero. Le ha sacudido el polvo de la ropa justo cuando ha comenzado a llorar. No se ha dado cuenta de que el viejo le seguía a unos pocos pasos por detrás.
—Vamos, bonita, no llores… —Teodoro le ha intentado acariciar la cabeza, pero Greta se ha escondido tras las piernas de Julio sin parar de llorar—. Mira lo que tengo, ¿lo quieres?
Y le ha ofrecido el cenicero, aunque la niña seguía inconsolable, así que el viejo se lo ha dado a Julio, que sin tiempo para pensar lo ha metido en el bolsillo de su chaqueta.
Se estaba despidiendo mientras oteaba en busca de la mejor salida del parque para tomar un taxi cuando el viejo le ha hablado por última vez:
—Le esperaré hasta las tres, pero si no ha aparecido a esa hora…
No ha hecho falta que acabara la frase. Apenas habían estado juntos treinta minutos, tiempo suficiente para saber que el anciano era capaz de cumplir su amenaza.