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Capítulo 21

Mientras camina acelerado hacia la salida del parque, Julio revisa el móvil por si la jefa de gabinete de Frisas hubiera escrito de nuevo para retrasar la reunión.

Pero su suerte parece que ha empezado a evaporarse: la cita se mantiene a las dos de la tarde, en media hora.

Tampoco él se atreve a pedir más tiempo, la vicealcaldesa podría echarse atrás. Habrá que correr.

Greta llora. No ha dejado de hacerlo de forma desesperada desde que le ha dicho que debían marcharse.

Incluso el viejo, para calmarla, ha intentado hacerle una carantoña al despedirse, pero ella ha retirado la cara.

Atrás dejaba la zona de juegos, a su nuevo amigo y al tricerátops de goma.

Julio ha tirado de ella parte del camino, pero ahora decide cogerla en brazos y apretar el paso.

Cuando suben al taxi, Greta sigue llorando.

Desde el asiento delantero, el taxista dice algo a Julio que él no alcanza a entender. El llanto agudo de Greta desbarata cualquier intento de comunicación entre ellos. El taxista lo repite, se esfuerza por hacerse oír, pero su hija también redobla esfuerzos hasta casi quedarse sin aire.

—¡Greta, por Dios, para ya!

Y, contra todo pronóstico, Greta se calla. Tal vez sea porque no esté acostumbrada a que su padre le grite de esa manera. Sigue lloriqueando, con menos intensidad y sin mirarle, está avergonzada. Julio también.

—¿Adónde, caballero?

—A Buenas Vistas. —Es la zona residencial al oeste de la ciudad en la que se encuentra la urbanización de sus padres. Harán una breve parada allí y continuarán hasta el ayuntamiento—. Lo más rápido posible, por favor.

—Haré lo que pueda… Si el tráfico nos lo permite.

El coche da un acelerón y cambia de carril.

Julio suspira. Por un momento, esta mañana, al buscar el bote de café en los armarios de su cocina, ha llegado a creer ingenuamente que esa podría ser su mayor preocupación de la jornada.

Esperaba tener un día tranquilo, disfrutar de su portada, y con suerte cobrar alguna factura atrasada.

Ahora, cuando pasa de la una y media, todos sus planes parecen a punto de desbaratarse.

Contempla a Greta de reojo, los músculos de su cara se han relajado y mantiene la vista fija en el respaldo del asiento delantero, más allá de sus zapatitos manchados de polvo.

Julio tiene el álbum de dibujos y pegatinas en la mochila, pero en vez de eso, pone en manos de su hija el cenicero metálico.

El viejo se lo ha regalado antes a Greta, para apaciguarla, aunque las lágrimas le han impedido darse cuenta.

En cambio, ahora el objeto metálico despierta su curiosidad y su imaginación no tardará en transformarlo en una nave espacial, un barco, o una fortaleza…

No quiere pensar en lo que dirá su madre cuando vea aparecer a su nieta con la ropa manchada y eso en la mano; Julio tiene otras preocupaciones.

—No pagamos por las informaciones, señor Yáñez.

—¿No?

Julio trataba de aparentar sinceridad.

—No sería ético.

—¿De verdad? —Había una genuina extrañeza en la voz del viejo, como si las palabras de Julio provinieran de un mundo lejano. Sobre todo, esa de «ética»—. Pero ustedes quieren el vídeo, ¿no?

Él no se ha atrevido a responder en voz alta, pero sí ha afirmado con la cabeza.

—Pues habrá que llegar a un acuerdo, ¿no le parece?

Y sin decir más, el viejo ha cedido a Julio la iniciativa en esa partida recién comenzada. Ha reaparecido la tentación de abandonar, dejar en manos de Mariana el alcanzar un acuerdo o no con Teodoro. Y todos contentos… No, todos no. Julio no lo estaría.

—Pensé que estaba usted interesado en que denunciáramos lo que ha hecho ese salvaje.

En ocasiones, apelar a una supuesta responsabilidad cívica le ha funcionado, aunque esta vez tiene sus dudas, y algo de ese recelo se ha debido de filtrar en su voz, pues el viejo no retrocede un ápice en sus intenciones.

—Si ese desgraciado no se hubiera quitado de en medio, y me dejaran, yo mismo le ahorcaría. Pero no hablamos de eso.

—Escuche, en algunos casos excepcionales puede haber una contraprestación, pero suele ser una cantidad pequeña, casi simbólica.

—Ya… ¿Cómo de simbólica?

Suerte ha tenido de recordar a tiempo el consejo de su exmujer.

Cuando estaban casados, Silvia no dejaba pasar la oportunidad de aleccionarle acerca de cómo desenvolverse en el hostil entorno empresarial.

Al negociar tu salario, nunca, bajo ningún concepto, seas el primero en dar una cifra.

Habían pasado años desde aquella conversación.

Fue mucho antes incluso de que se plantearan tener hijos, pero la imagen de Silvia permanecía fresca en su memoria. Preguntarán e insistirán para que te expongas y digas una cantidad, una horquilla… Nunca cedas, cariño.

Jamás.

—Solo por hacernos una idea… —ha comenzado a decir Julio. Dosificaba sus palabras poco a poco, como pesadas rocas asentándose en el fondo marino—: ¿En qué cantidad había pensado?

El viejo se ha llevado la mano arrugada al mentón.

Ha rascado los pelos canos de una barba descuidada mientras en su boca ronroneaba la duda.

Casi podía escuchar los cálculos que Teodoro realizaba.

A juzgar por el aspecto desaliñado del anciano, Julio ha supuesto que se conformaría con poco.

Con algo de suerte, no le supondría una gran inversión hacerse con el vídeo.

—Será mejor que ustedes me hagan una oferta, al fin y al cabo son quienes saben de esto.

«Estupendo —piensa Julio—. ¿Y ahora qué, Silvia?».

El taxi deja atrás las calles, evita el tráfico con soltura, y Julio, mientras tanto, no deja de realizar cálculos.

Es mitad de mes y ya ha pagado los recibos habituales: alquiler, luz, gas, teléfono…

Además, hace unos días, transfirió a Silvia la mensualidad para los gastos de Greta.

Todo ello ha dejado un saldo en su cuenta que no supera los mil euros.

Uno de sus peores meses en lo que va de año.

Tampoco era una sorpresa y, consciente de ello, Julio había diseñado un plan para estas dos semanas.

Tan solo había que contener un poco los gastos y aguantar unos días hasta que el Liberal y Revelaciones le pagasen lo que le debían. En eso, ambos medios se parecen.

Julio, por tanto, lo tenía controlado. Aparte de la compra de esta tarde en el supermercado, no esperaba muchos más desembolsos.

Nada de citas en lo que resta del mes. Tampoco es que le apetezca conocer a alguien, pero se fuerza a salir y contrarrestar un aislamiento social cada vez más tentador.

En vez de eso, había previsto dos semanas de paseos por el parque, visitas gratuitas a museos, o incursiones en la biblioteca.

Y, por supuesto, disfrutar con Greta cuanto tiempo les fuera posible.

En resumen: nada de lo que preocuparse, salvo que hubiera un gasto imprevisto…

—Disculpe, ¿le importaría subir un poco el volumen?

El taxista le mira por el retrovisor y acto seguido pulsa un botoncito del salpicadero.

… la tensión aumenta en las inmediaciones de la mezquita, donde un centenar de personas se ha congregado en señal de protesta por el ataque a la guardería.

Efectivos de la Policía han establecido un cordón de seguridad para evitar enfrentamientos como los que hace unos minutos se han producido entre los manifestantes y algunas de las personas que trataban de acceder a la mezquita…

—Gracias —dice Julio.

El conductor baja el volumen y de nuevo busca a Julio en el espejo.

—Hay que tener cuidado con esta gente —comenta el hombre.

Julio sabe a quién se refiere, pero no le apetece entablar una conversación ahora, y mucho menos una discusión, así que opta por el silencio.

—Yo solo quiero vivir tranquilo —continúa el taxista—. Trabajar, sacar a la familia adelante… Una vida normal, lo que buscamos todos, ¿o no?

—Sí, supongo.

—Pero estos buscan otra cosa… —Señala a la radio, como si todas las personas a las que se refiere se hallaran atrapadas ahí dentro—. Quieren follón, meter miedo. Están llenos de odio, ¿no le parece?

Julio no responde, y aunque el taxista sigue con su razonamiento, él ya no se encuentra ahí, ha huido, siquiera con la vista, por la ventanilla.

Se pregunta qué sucederá cuando aparezca el vídeo.

Si se publica, claro. Aunque pocas dudas alberga respecto a eso.

De una u otra forma algún medio lo sacará, y cientos de miles de personas, si no más, habrán visto el asesinato de ese niño antes de que acabe el día.

Lo que Julio desconoce a esta hora es si él habrá tenido algo que ver con ello o el viejo acabará por cumplir su amenaza.

—¿Es una broma? —ha respondido Teodoro—. No puede estar hablando en serio. ¿De verdad cree que le voy a dar el vídeo por cien euros?

—Entonces dígame usted una cifra.

Comenzaba a impacientarse. El tiempo se escapaba, la negociación no se había movido del punto inicial y la exclusiva del vídeo se alejaba cada vez más de las manos de Julio.

—¡Cien mil! —Y Teodoro ha enmarcado su ocurrencia palmeándose la pantorrilla y sonriendo—. Absurdo, ¿verdad? Pues eso.

Era el mismo tono resabiado que empleaba un maestro de su colegio cuando quería ridiculizarle a él o a alguno de sus compañeros frente al resto de la clase por ignorar una respuesta sencilla.

—Hágame otra oferta, muchacho, pero una que al menos pueda considerar.