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Capítulo 20

—¿Ya? —pregunta Teodoro cuando Julio levanta la vista de la pantalla del móvil—. No hay prisa, por supuesto, puede verlo las veces que necesite.

Han sido varias. Seguidas. Ha perdido la cuenta.

Con el volumen muy bajo las primeras veces, tal y como le ha advertido Teodoro que lo hiciera.

Al final, durante las últimas, Julio ha decidido colocarse los auriculares.

Unos arbustos protegen su espalda, pero Julio no ha podido evitar girarse cada vez que el vídeo se reproducía.

Se fija en la pantalla en pausa. No es largo: un minuto y cuarenta y tres segundos.

—Tenga. —Julio le devuelve el teléfono.

Teodoro guarda el móvil en el bolsillo.

—Temía que la batería no aguantase —murmura el anciano.

Ambos permanecen sentados en el banco. Delante de ellos, a solo unos metros, Greta sigue jugando con el niño. Julio repara en que los muñecos son dinosaurios de goma. Los entierran y desentierran. Crean montañas de arena y hacen que los dinosaurios suban hasta la cima para luego tirarlos. Juegan.

—¿Su hijo?

—Mi hija… —acierta a decir Julio. En su mente las imá genes no se han detenido. El eco de los gritos alcanza todos los recovecos—. ¿Qué grita el hombre?

Por el rabillo del ojo ve cómo Teodoro alza los hombros y esconde el cuello.

—Repite varias veces lo mismo —sigue Julio—. Parece árabe, ¿no?

—Desde luego suena igual. Será eso que suelen decir de que Alá es grande y no sé qué más.

« Allahu akbar ». Eso gritaban los terroristas a los que grabaron en Francia después de cometer el atentado en aquel desfile de moda. ¿O eso había sido en Londres?

—Él dice otra cosa.

—¿Importa? —zanja Teodoro.

Probablemente el anciano tenga razón.

Tal vez Julio haya preferido centrarse en el audio incomprensible para evitar hacerlo en las imágenes, que lo desbordan todo y no precisan de interpretación alguna.

El inicio del vídeo es casi un plano fijo, algo tembloroso, de la puerta abierta de la guardería.

Está tomado desde una posición elevada, de un lado de la calle hasta el otro.

Desde esa posición no se llega a ver por completo el cuerpo caído de la chica en el umbral, solo sus piernas.

No se mueve. Del interior de la escuela proceden los gritos que escapan hacia la calle.

Julio ha identificado los chillidos de una mujer, los llantos de varios niños, y la voz del hombre.

Segundos más tarde no quedan más que los lloros de los pequeños y, de entre todos ellos, uno concreto que se torna cada vez más nítido hasta aparecer en la acera.

Bajo el brazo, el asesino carga con un niño que patalea y llora inconsolable.

La ropa oscura del hombre está empapada en lo que Julio supone es sangre.

Tiene las manos teñidas de ella y trazos sanguinolentos le atraviesan la frente y las mejillas, como si hubiera intentado limpiarse.

Pero en su rostro pardo y de oscura barba cerrada, lo que más llama la atención de Julio es el destello blanco de sus ojos abiertos, fuera de sí.

El niño se revuelve, pero el hombre lo sujeta con firmeza.

En la otra mano lleva el cuchillo, que alza mientras grita.

El mismo mensaje, varias veces, hasta imponerse sobre la voz aguda del niño.

Parece empeñado en que el mundo le escuche.

Entonces desliza el cuchillo en un movimiento rápido y el llanto del pequeño cesa.

No lo deja caer sino que continúa aferrando su cuerpo sin vida.

El asesino levanta en ese instante la vista hacia el viejo.

Hay algo raro en la manera en la que le mira, como si no le viese realmente o su mirada pudiera atravesarle.

Tampoco parece extrañarse de encontrar a alguien que le está grabando con el móvil, señala con el cuchillo hacia donde está Teodoro y grita de nuevo su consigna.

Antes de acabar la frase se ha clavado la punta del cuchillo en la garganta.

Hunde la hoja en la carne, de abajo hacia arriba.

Unas últimas palabras parecen borbotear por la herida abierta y, a continuación, se desploma.

Todavía sostiene el cadáver del pequeño cuando llega al suelo.

—¿Lo conocía?

—¿Al tipo? —pregunta Teodoro—. No lo había visto nunca.

—Mira hacia donde se encuentra usted. Le apunta con el cuchillo.

—Quizá sea porque le he gritado… Antes de entrar en la guardería la ha emprendido a golpes con la puerta. Estaba loco y le he llamado la atención para que parase.

—¿Qué ha hecho él?

—Nada. He pensado que podía tratarse de un robo y se detendría al verme, pero él me ha mirado por unos segundos y ha continuado. Justo una mujer pasaba en ese momento por la acera y por poco le cuesta la vida.

Julio asiente con la cabeza, le invita a seguir con la narración.

—La mujer se ha topado con él por sorpresa y nada más verlo se ha alejado corriendo. «Policía, policía», gritaba. El asesino ha ido tras ella unos metros, pero enseguida ha vuelto y ha continuado golpeando la puerta hasta que…

El anciano se detiene.

—¿Qué? —pregunta Julio.

—No sé en qué pensaban esas chicas para abrir la puerta.

Julio trata de hacer memoria acerca de lo visto en el vídeo.

El cristal de la puerta es traslúcido y tal vez la chica supuso que alguien necesitaba ayuda en la calle.

Repasa las notas de su libreta sin saber bien qué busca ahí.

Intuye que las imágenes le acompañarán durante un tiempo, pero confía en que acaben por sumergirse en el recuerdo.

Se levanta del banco y va hasta la barandilla colorida del área de juegos.

Necesita estirar las piernas, pensar. Y también alejarse del viejo.

Cómo ha sido capaz de grabar aquello, de sostener el móvil durante casi dos minutos.

Sin embargo, lo que a Julio más le aterra es imaginar qué habría hecho él.

Greta sigue jugando en la arena. Le presta su vocecita a un tricerátops, no para hacerlo bramar o rugir, sino para cantar una canción. El otro niño no parece muy convencido.

—¿Qué quiere hacer con el vídeo? —pregunta Julio cuando regresa al banco.

Teodoro ladea la cabeza. Se limpia la comisura pastosa con la punta de la lengua.

—Suelo leer Revelaciones . He supuesto que les interesaría.

—¿Lo ha visto alguien más? ¿Se lo ha enviado a alguien?

—No.

—¿A la Policía?

Vuelve a negar en silencio. A Julio le parece sincero.

Observa el reloj, sin disimulo alguno esta vez, una hora para el encuentro con Frisas.

Podría rechazar la oferta del viejo. Indicarle la dirección de Revelaciones , o mejor la del Liberal .

Le dará el contacto de Mariana, ella sabrá qué hacer.

Lo mejor es disculparse con él, desaparecer del parque, dejar a Greta con sus padres y poner rumbo al ayuntamiento.

Sin embargo, sus palabras avanzan en otra dirección:

—Está bien, Teodoro, publicaremos el vídeo.

El viejo asiente. Es parco en sus gestos, como si en ningún momento hubiera contemplado una opción distinta.

Son muchas las preguntas que Julio desearía hacerle, pero no hay tiempo ahora.

Hacerse con el vídeo, dejar a Greta, ver a Frisas.

De camino revisará las imágenes con un poco más de calma.

Esa forma de mirar hacia el anciano es extraña.

Tal vez algún contacto de Chumy en la Policía pueda facilitarle información para completar el perfil del asesino.

Hablará también con Mariana, desde luego.

El Liberal querrá publicarlo y Julio cree que mejor ahí que en Revelaciones .

«¿Cuánto podría pedirles por esto? —piensa Julio—.

Entre mil y dos mil, seguro. Aceptarán. Siempre que sean los primeros…

». Julio guarda la libreta en la mochila.

—Teodoro, lo más sencillo será que me reenvíe el vídeo.

—Claro, como usted considere.

—¿Sabe cómo hacerlo? Si quiere, puedo ayudarle.

—Gracias, no soy un experto con estos chismes, pero antes quería preguntarle algo.

—Por supuesto, dígame.

Teodoro muestra la misma tranquilidad que ha lucido hasta entonces durante toda la conversación. Observa a Julio desde su lado del banco. En su rostro tiene instalada una media sonrisa, amable, que no se altera.

Mucho menos cuando le pregunta a Julio:

—¿Cuánto van a pagarme por el vídeo?