Última hora Capítulo 19
46%

Capítulo 19

Greta lanza un chillido que prolonga conforme se desliza por el tobogán. Julio la recibe al final con los brazos abiertos.

—Otra vez.

Atiende la petición de la pequeña y la ayuda a subir de nuevo a lo alto.

Es poca pendiente, pero, a juzgar por su agitación, Greta debe de estar recibiendo una abundante dosis de adrenalina en cada viaje.

Una sensación que, tal vez, no sea muy diferente del vértigo que él siente desde hace unos veinte minutos.

Una incomodidad que se acrecienta conforme se acerca el momento de encontrarse con su cita.

—Otra, papá —dice Greta nada más llegar abajo.

Julio observa alrededor del parque infantil. Hay algún otro niño, varias madres que hablan en un corrillo y una pareja de policías que patrullan, no muy lejos. Greta insiste y Julio accede. Ni rastro del hombre por el momento.

Los acontecimientos más recientes parecen haberse precipitado hasta conducirle a ese parque, pero los experimenta como si pertenecieran a otra vida, una que hubiera usurpado y en realidad no le correspondiese vivir a él.

Sin embargo, cuando ha tenido que tomar la decisión, no ha dudado.

En Revelaciones , Julio ha escrito en un papel el número que aparecía en la pantalla del teléfono.

Después ha indicado al hombre, en el otro extremo de la línea, que en dos minutos le devolvería la llamada.

Es lo que ha tardado en abandonar junto a Greta la redacción del diario y contactar de nuevo con él, ya en la calle y lo suficientemente lejos del portal.

Había insistido al hombre para que le contara por teléfono todo lo que él supusiera relevante acerca del ataque en la guardería.

El otro, aunque había confirmado algunos detalles, se había mostrado inflexible en su demanda: lo mejor sería que se vieran en persona.

Dos niños recién llegados ocupan el acceso al tobogán.

Greta estudia la situación y decide trasladarse a un caballito de madera anclado al suelo por medio de un muelle.

Julio aprovecha para sentarse en un banco cercano desde donde ve a su hija cabalgar al galope, adelante y atrás sin moverse del sitio.

Greta está feliz. «Y podría estarlo más a menudo», piensa Julio mientras la observa.

Tal vez podría estar mejor atendida. Estar mejor, así de sencillo.

La propuesta que sus padres le hicieron hace ya un tiempo debe de seguir vigente.

Julio la descartó nada más escucharla, pero no deja de reaparecer a cada poco en sus pensamientos, de insinuarse tentadora frente a él…

Menos mal que su cita acaba de presentarse. O eso cree.

La figura ha irrumpido en su campo de visión por la izquierda del parque infantil.

Todavía distantes se miran el uno al otro.

No hay certeza en los ojos del anciano, pero sí una intuición que le lleva a acercarse hasta el banco en el que está sentado Julio.

De largo sobrepasa los setenta y parece acalorado, tiene los pómulos enrojecidos.

A simple vista no podría asegurar que su ropa está sucia, aunque los zapatos lucen gastados.

Una barba incipiente de dos o tres días armoniza con su cabello cano, aún abundante y algo alborotado, como si hubiera despertado de un sueño intranquilo.

Bajo un brazo lleva lo que parece una bolsa de la compra enrollada.

La extiende y mete la mano en ella para sacar el objeto que ha de servir para reconocerse entre ellos.

Le resulta incluso más extraño ahora que cuando el hombre se lo ha anunciado por teléfono, pero ahí está: un cenicero metálico que, por un instante, desvía los rayos solares y los concentra en el rostro de Julio.

Se levanta y estrecha la mano del anciano.

Después, le invita a tomar asiento a su lado.

Greta ya se ha cansado del caballito de madera y ahora está en el arenero, junto a otro niño.

Eso le da algo de margen para la entrevista, encuentro o lo que sea esto que está a punto de tener.

«Ha sido por instinto», piensa Julio mientras deja que el hombre tome aliento. Esas decisiones inconscientes que, aun sin poder explicarlas, nos ayudan a sobrevivir. A veces, el instinto te aleja del peligro. Otras, te brinda oportunidades ventajosas frente al resto.

Al tener al hombre ahí, Julio se alegra de haberse dejado arrastrar por el instinto, aunque muchos en su profesión lo llaman olfato.

Durante demasiado tiempo ha creído tener atrofiado ese sentido, pero no es así.

Sabe que el anciano tiene una historia que contar y decide darle tiempo, aunque no le sobre: queda una hora y cuarto para su otra cita en el ayuntamiento y todavía debe llevar a Greta con sus padres.

Ya puede oír las palabras de su madre cuando vea a su nieta con la ropa llena de polvo.

El anciano ha dejado el cenicero a un lado del banco, sobre la bolsa de la compra doblada, a pesar de que no hace viento. El sol no llega a atravesar el follaje que les cubre.

—Dijo que se llama Julio, pero he olvidado su apellido.

Descansa sus manos venosas sobre las rodillas.

—Parcas, señor Yáñez.

Él sí se ha aprendido el suyo. Y lo ha buscado en internet, porque nunca sabes lo que puedes encontrar, pero no ha obtenido resultado alguno.

—Conocí a un Parcas, hace muchos años, en la mili. Creo recordar que era del norte, de un pueblo ya cercano a la frontera.

—Yo soy de aquí. No tengo familia fuera, al menos que yo sepa.

Hay dureza en la cara del anciano. Sus rasgos parecen afilados durante años por el aire, y su piel pulimentada por la fina arena en suspensión. Julio busca la libreta en su mochila.

—Señor Yáñez…

—Llámeme Teodoro.

Él extrae el cuaderno y pasa páginas hasta dar con una en blanco. Pulsa el extremo del bolígrafo para que aparezca la punta. Con delicadeza la posa sobre el papel. Lo último que desea es asustarle.

—Antes me ha dicho que vive cerca de la guardería, ¿verdad?

—Más que cerca. Vivo enfrente.

—Entiendo.

Julio trata de no parecer ansioso por saber.

—Y ha visto lo que ha sucedido.

—Así es.

Ahora sí, Julio agarra firme el bolígrafo, preparado para escribir.

—¿Quiere contármelo?

El anciano junta las manos. Las frota entre sí, despacio, no tanto para desentumecerlas como para dilatar el tiempo, quizá una decisión.

Está a punto de romper a hablar, desea hacerlo, Julio lo intuye.

Lo sabe desde que ha oído su voz en el teléfono.

Cuánto ha visto o sea capaz de recordar es lo que Julio ignora.

Puede que, incluso una vez que Teodoro haya acabado con su historia, Julio acabe por desechar la información si no es relevante.

En ese caso se centrará en la entrevista a Frisas.

Con disimulo observa el reloj. Comienza a palpitar cierta inquietud.

Teodoro sigue callado, quieto, con la mirada caída sobre la gravilla que hay a sus pies.

Julio teme que todo se haya perdido, que el viejo se eche atrás.

—Teodoro, ¿qué ha visto esta mañana?

El anciano se lleva una de sus manos al bolsillo del pantalón y saca un teléfono móvil.

—Si quiere, puedo enseñárselo.