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Capítulo 18

Carmela se halla concentrada en el televisor encajado en la librería que flanquea su escritorio.

El reportero mira fijamente a la cámara.

Detrás de él, al fondo de la imagen, se adivina el exterior de la guardería, al otro lado de la calle.

Mientras informa, rótulos con letras en un rojo vivo se deslizan por debajo, confirman lo que hasta ahora se conoce.

Dos víctimas mortales: una educadora y un niño.

Otra monitora se encuentra en el hospital en estado grave.

Jahid Faizullah, el presunto asesino y sobre el que no constaban antecedentes, habría acabado con su propia vida tras cometer el crimen.

En el lugar de los hechos se ha hallado un cuchillo de grandes dimensiones.

De momento no se descarta ninguna hipótesis sobre el móvil.

La Policía ya ha iniciado sus pesquisas y, a estas horas, efectúa el registro de la vivienda en la que residía el atacante.

Está situada en las proximidades de la guardería, en el barrio de Los Olivares.

Los golpecitos en la puerta entornada del despacho preceden a la aparición de Florencia. La cabeza de su jefa de gabinete asoma por el hueco, solicita permiso antes de entrar. Siempre tan respetuosa con esos detalles.

—Adelante —concede Carmela, sin prestarle excesiva atención.

Florencia llega hasta el borde de la mesa y deja sobre ella una carpeta con documentos. Solo entonces Carmela gira por completo su sillón de trabajo hacia el frente.

—¿Para firmar? —pregunta a Florencia.

Ella asiente. Carmela la observa: ha vuelto a peinarse. Conoce de sobra lo maniática que su asesora puede ser en estos y otros asuntos. Le gusta volver a tensar su cabello a cada poco, rehacer la coleta rubia que le cae por la espalda. Empieza a firmar los papeles.

Una vez, al inicio de su relación, acudieron juntas a un salón de belleza.

No es que Carmela se preocupara en exceso por su imagen, nunca lo ha hecho, pero Florencia la convenció entonces de que su recién estrenado cargo como vicealcaldesa hacía necesario un pequeño retoque de estilo.

«Nada que cambie tu esencia —le prometió la asesora—, solo realzarla».

Carmela le preguntó por qué no podía lucir una simple coleta como ella.

«Ventajas de trabajar entre bambalinas», le respondió Florencia.

Uno tras otro pasa los documentos, los revisa en diagonal y estampa la firma en los lugares indicados.

Florencia espera de pie, paciente. Mientras, Carmela experimenta por dentro un revoltijo de sensaciones que le cuesta ocultar.

Hace tres años, después de las elecciones, la dirección del partido le impuso a Florencia, y lo más probable es que lo hicieran para tenerla controlada…

Poco le importó. La verdad es que apenas se conocían y a Carmela lo del salón de belleza le pareció una manera tan buena como cualquier otra de empezar esa relación con su nueva asesora.

Hoy es diferente.

Han sido tres años de trabajo duro hasta llegar aquí, de dificultades superadas, de confidencias entre ambas. La conoce bien, o eso creía. «Tener delante a esta puta traidora me pone del revés las entrañas», piensa Carmela.

—Ya he avisado a los periodistas del Liberal de que se retrasaba la reunión a las dos —dice Florencia mientras recoge la carpeta con los documentos firmados—. Mariana Quílez no puede asistir, así que vendrá solo Julio Parcas.

Sería mejor tener a los dos en su despacho, pero Carmela supone que con Parcas le bastará. Necesita un poco más de tiempo antes de encontrarse con él, resolver todavía un par de asuntos, por eso su petición de retrasar la cita.

—Sigo pensando que no deberías tener ese encuentro.

—Por favor, Florencia, avancemos. —Carmela ha levantado la mano frente a su asesora—. Después de la reunión con Parcas quiero acercarme a la guardería.

Sus palabras provocan el efecto esperado y el silencio se extiende de pronto por toda la estancia.

—No es buena idea, Carmela.

—¿No? —Hace un esfuerzo por recubrir sus palabras con falsa ingenuidad—. ¿Por qué no?

—Salvo que sea necesario es mejor no exponerse demasiado hoy. —Florencia señala el televisor encendido—. Están todos allí. Te preguntarán por el ataque…

—Atentado.

—Preguntarán sobre el atentado, pero a continuación saldrá el tema de los correos. Podemos conseguir que el asunto se enfríe en unos días, pero no si nosotras mismas se lo ponemos tan fácil a la prensa.

«Nosotras», repite Carmela para sí.

—Aunque me esconda, lo de Construtec no va a desaparecer. ¿O acaso crees que han publicado todo lo que tienen? —La asesora amaga con tomar la palabra, pero Carmela continúa—: Sé que buscas lo mejor para mí, pero no voy a cancelar la reunión y tampoco la visita a la guardería.

Ya sabe el consejo que Florencia le daría. Lo conoce al detalle. Y es lógico que su asesora piense de esa manera. Encaja con su traición y obedece a la estrategia marcada por el alcalde: «Rebajar la tensión».

Esas han sido las palabras exactas utilizadas por el Manso en el Bulebú Café un rato antes.

—No se trata de no ser dura —le ha dicho el alcalde—. A la gente le encanta eso de ti, les apasiona.

Y ha seguido enumerando sus múltiples virtudes: que era una mujer de palabra, con sólidos principios, combativa…

—¿Pero? —le ha interrumpido ella.

—Si queremos que esta operación salga bien, debes reducir la intensidad.

Recuerda que en el club de jazz había vuelto a salir música por los altavoces, aunque Carmela ya no era capaz de identificar a quién pertenecía. Tan concentrada como estaba en las palabras del alcalde.

—En nuestro partido —ha seguido él—, la melodía es la misma que en el tuyo, solo que nosotros la interpretamos con menos vehemencia. Acabarás por acoplarte a nuestro ritmo, Carmela. Te lo aseguro. Tan solo se trata de… rebajar la tensión.

Y ella ha dedicado al Manso la sonrisa más inocente que ha sido capaz de fingir, una que transmitiera que se había tragado enterita toda esa patraña.

—Soy la vicealcaldesa de esta ciudad —le dice Carmela a Florencia con tono conciliador. En la televisión se muestra la imagen de varias personas que lloran abrazadas—. Hoy debo estar cerca de la gente, a pesar de los riesgos que implique para mi carrera política. ¿No crees?

Florencia no sabe bien qué responder, pero termina por aceptar.

—Está bien —dice con timidez.

Su asesora parece algo confusa, y eso alegra a Carmela.

Se esfuerza por no exteriorizar la satisfacción que le produce ver a Florencia así: sumida en la incertidumbre por desentrañar sus verdaderas intenciones.

Imagina que tan pronto como salga de su despacho correrá a informar al Manso, su verdadero jefe.

Carmela no ha cesado de darle vueltas desde que ha abandonado el Bulebú, y cuanto más lo piensa, más sentido encuentra en todo aquello.

Florencia militó en la juventudes del partido del alcalde, e incluso coincidió ahí con Restrepo.

Es cierto que eso sucedió hace años y que ella nunca lo ha negado.

Tampoco es la única. El ochenta por ciento de los miembros de Unidad Nacional han recorrido idéntico camino.

Y ahora Florencia ha decidido traicionarla y regresar con ellos…

La imagen en el televisor cambia y esta capta la atención de ambas al instante.

Se miran la una a la otra, sin decir nada, y Carmela sube el volumen.

Otra reportera, que ya no se encuentra en la calle de la guardería sino en una plaza, narra lo que está sucediendo.

En una amplia explanada de cemento se ha concentrado una treintena de personas.

Ondean banderas españolas y corean diversas consignas: a favor de la unidad de la nación, contra los inmigrantes, o sobre la prevalencia del cristianismo…

Entre el agitar de telas bicolores se distingue al fondo, casi como un palacio pintado en un telón, la fachada blanca de la mezquita de Los Olivares.

—Esto se complica —le dice Florencia.

La multitud está compuesta en su mayoría por hombres que no sobrepasan los cuarenta años.

Visten vaqueros y deportivas, cuando no botas negras.

El color oscuro de sus camisetas les confiere cierta uniformidad, así como el pelo corto, aunque no tan rapado como solían llevarlo cuando Carmela era más joven.

A pesar de los años que han pasado, reconoce algunos de esos rostros.

Y entre ellos el de Fer, al que tan solo unas horas antes ha despedido en la puerta de su apartamento.

Confía en que se ciña a las instrucciones que le ha hecho llegar a través de Ernesto.

—Todo irá bien —responde Carmela a Florencia—. Es solo una protesta.

Unos pocos agentes de la Policía municipal se han desplegado entretanto por la plaza.

Constituyen una precaria barrera humana que separa a los manifestantes de las personas que entran y salen de la mezquita.

Se escuchan los primeros insultos hacia estos y, al poco, también alguno que otro dirigido al alcalde.

Carmela baja el volumen y se concentra en su ordenador.

—¿Quieres que repasemos la entrevista con Parcas? —se ofrece Florencia.

—No hace falta.

—Es importante, Carmela…

—Lo sé. —Se detiene. Respira un par de veces—. Sé lo importante que es, pero ahora tengo otros asuntos que atender.

El Manso se ha negado a revelarle cómo había conseguido los sondeos internos de Unidad Nacional, quién se los había filtrado.

Tampoco le hace falta: solo han podido salir de Florencia, igual que los correos del asunto Construtec.

De ella a Restrepo y de este al alcalde.

La observa, y entonces se da cuenta de que hoy va a ser su último día juntas.

También sabe que si esto le hubiera sucedido con dieciséis años no habría sido capaz de fingir y mantener la calma como hace ahora.

No participó en muchas peleas, eso era más propio de Fer y los otros.

Aunque a Florencia sí la habría agarrado por la coleta.

Con gusto habría tirado de ella hasta que echara la cabeza hacia atrás. Y entonces la habría abofeteado.

—Gracias por todo, Florencia. Avísame cuando llegue Parcas, y, por favor, asegúrate de conseguir cobertura con la visita a la guardería.

—De acuerdo, Carmela.

Ve cómo su asesora se da la vuelta y se encamina hacia la puerta, bamboleante la coleta.

«Rebajar la tensión». Nada más desaparecer de su vista, la asaltan de nuevo esas palabras del alcalde.

Carmela no puede evitar reírse. Seguro que estaría orgulloso de cómo ha manejado la situación con Florencia.

—Me encargaré de que te reciban con los brazos abiertos en el partido —le ha dicho el Manso en el Bulebú al final de su conversación.

Según él, hay una mayoría de conservadores que apuestan por la reunificación en la derecha.

—Y ese proceso podría comenzar en esta ciudad. Contigo. ¿Qué me dices, Carmela? ¿Te gustaría ser candidata a la alcaldía con nosotros?

Para entonces, el alcalde ya debía de estar absolutamente convencido de haber engañado a Carmela, así que ella solo ha tenido que sonrojarse un poco, mostrar nerviosismo, una sonrisa tímida para demostrar sentirse halagada y darle la misma respuesta por segunda vez en el día.

—Cuenta conmigo.