Capítulo 17 #2
Los chicos están discutiendo, aunque no sabe acerca de qué.
—Bajará el precio de los pisos en la zona —dice uno de ellos.
—¿Por un caso aislado?
El que responde es nuevo, entró hace unas semanas y Julio aún no había coincidido con él.
—Es un barrio muy peligroso. Ahora, más todavía.
—No es verdad —replica el nuevo con contundencia y se hace el silencio—. He revisado el índice de criminalidad y es similar al de otras zonas.
Al nuevo se le nota enojado por algo, tal vez tenga que ver con el trabajo, o con sus compañeros, quién sabe si no con la vida, pero lo cierto es que no encaja en el grupo. Julio no sabe qué es exactamente, pero ahí está, como si fuera obvio en cuál de todos ellos reside la diferencia.
Algo ajeno al grupo capta la atención de Julio.
En la sala de redacción han aparecido Amparo y Greta.
La mujer ha sentado a la niña en una de las sillas y ambas se entretienen con el álbum de recortables.
Greta sostiene en una mano un chupachup y en la otra una pegatina: parece feliz.
Azúcar, humo, testosterona desbordada en el ambiente…
Si su exmujer se enterase cargaría contra él, y no le faltaría razón. Consulta el reloj.
—Ricardo —interrumpe la animada discusión—, si tienes algo para mí…
—Claro, Julio, desde luego. Seguid vosotros —dice a los redactores mientras sale de detrás de la mesa—. Y pensad en más cosas si queréis que este periódico continúe, los sueldos no caen del cielo.
Pasa a Julio un brazo por encima de los hombros y lo lleva aparte, lejos de los oídos de sus retoños, que vuelven a enredarse en una conversación acerca de los negocios más productivos a los que llamar a la puerta.
El nuevo permanece apagado en su silla, parece derrotado.
Julio apostaría a que no durará mucho en Revelaciones . Mejor para el chico…
—¿Por qué no me contaste lo de Frisas? —le pregunta Sosa.
Julio no esperaba aquello, pero pronto se da cuenta de que no es tanto rencor como curiosidad lo que se esconde tras las palabras del director.
—Espero que no me hayas hecho venir hasta aquí solo para preguntarme eso.
—Te pagaré el taxi.
—Eres increíble, Ricardo. Tengo una reunión a las dos y aún debo llevar a Greta con mis padres.
Intenta alejarse, pero Sosa le retiene. Su voz es serena, a pesar de todo.
—Me lo tendrías que haber dicho.
—¿Qué quieres? Hago lo que puedo. Me busco la vida.
—Oye, a mí no me tienes que explicar cómo funciona esto. Si se presenta la oportunidad, la aprovechas. —Sosa enciende otro cigarrillo y esta vez suelta rápido el humo, como si le molestara en la boca—. Pero sabes todo lo que hemos apoyado a la vicealcaldesa desde aquí durante estos años.
—Yo colaboro contigo. Nunca he trabajado para Frisas o su partido.
—No me jodas, Julio. ¿Te vas a poner digno ahora? Sabes toda la publicidad del ayuntamiento que ingresamos gracias a ella. De ahí hemos comido muchos durante mucho tiempo. Tú también.
—De acuerdo —concede Julio. Toma aire y algo de espacio—. Hay algo que sí te puedo decir. —La cara de Sosa se afila, como la de un sabueso al dar con un rastro—. Te lo cuento por todos los años que hace que nos conocemos y por echarme una mano cuando salí del Liberal .
—Por las razones que tú quieras… Tan solo te pido que me des algo a lo que agarrarme.
—Frisas está acabada.
Ricardo le observa, estático. Tal vez espere que todo sea una broma de mal gusto y Julio rompa a reír en cualquier momento, pero él permanece serio.
—Tenéis más contra ella.
—Mucho más.
—Mierda.
Ahora sí, Sosa está abatido. Como si alguien le hubiera arrebatado los ahorros que durante tanto tiempo ha ido atesorando en una caja fuerte. Le da una última calada al cigarrillo y lo apaga en un cenicero cercano rebosante de colillas.
—¿Y ahora qué? —Sosa manifiesta una profunda indecisión ante los caminos que se abren—. Ya has visto cómo se ha puesto con el atentado. Va a por todas contra el Manso. Esta mañana he podido darle largas, pero volverá a pedirme ayuda.
—Ricardo, sabes mejor que yo cómo son estas cosas, lo has visto en otras ocasiones.
Durante varios días tan solo se hablará de la guardería, pero en una semana o dos…
la gente empezará a olvidarlo, pondrá su atención en otros asuntos.
Y te aseguro que en el Liberal seguirán apareciendo correos de Frisas.
—Vale, deja ya de fastidiarme el día… ¿Qué hago?
—Lo de siempre, Ricardo. Lo que has hecho siempre.
Julio le escucha maldecir entre dientes.
Sin duda sabe lo que va a hacer, y lo más probable es que Sosa haya tomado la decisión a primera hora de la mañana, nada más leer la noticia en el Liberal .
Aunque en ciertos momentos de sus carreras los políticos parezcan invencibles, al final todos acaban por caer.
Revelaciones tiene que seguir. Y Ricardo es consciente de que debe cambiar de montura.
Extrae otro cigarro del paquete que lleva en el bolsillo de la camisa, se lo pone en la boca y, cuando va a encenderlo, mira despistado hacia su derecha. Se le alegra el rostro por primera vez.
—Así que Greta.
—Sí.
La pequeña está sola. Concentrada en dibujar en el álbum. Amparo ha vuelto a su faena, pero a la niña parece no hacerle falta nadie, absorta como se encuentra en su propio mundo.
—¿Por la Garbo?
—No solo por ella.
—Cuidaos mucho —dice Ricardo expulsando el humo por la nariz. Da unas palmaditas en el hombro a Julio y regresa a la reunión—. Te llamaré esta tarde, puede que salga trabajo.
Ricardo regresa al grupito y pone orden entre los jóvenes redactores.
—Está bien, chicos, nuevo enfoque con este tema. Tú —dice señalando a uno de ellos—, investiga todas las medidas de seguridad ciudadana puestas en marcha por el alcalde en esta legislatura, especialmente en lo que a Los Olivares concierne.
—Menudo inútil el Manso —suelta otro provocando la risa del resto.
Entonces Ricardo golpea la mesa con la mano y el silencio se impone.
—¿Te parece bonito? —Al principio se dirige al chico que ha hablado, pero luego incluye a todos en la reprimenda—. En esta casa no se va a permitir que se falte al respeto a las instituciones. Y mucho menos en un momento tan duro para la ciudad y para el alcalde.
La sonrisa que Julio se traga tiene un amargor que solo da la experiencia.
Se dirige hacia la sala contigua en busca de Greta.
No hay nadie más que ella en la sala de redacción y Julio permanece por unos segundos a unos metros de distancia, sin pestañear, sin decir nada.
Almacena imágenes para el futuro, para cuando un día descubra que su hija se ha hecho mayor de repente, o por si algún día necesita recordarla.
—Algunos nunca olvidarán esa guardería… —Las palabras han abandonado su cuerpo igual que lo haría el último aliento de un muerto.
Greta advierte la presencia de Julio. Aleja los brazos del papel y le muestra la página coloreada. No se le da mal, casi no se sale de la línea, a lo mejor es pintora el día de mañana. «Aún queda mucho para eso», piensa Julio, pero sabe que no es verdad: un día cerrará los ojos y al abrirlos…
Suena el teléfono que hay en la mesa.
Padre e hija se miran. Se comunican sin necesidad de decir nada.
Sienten la conexión de los que son capaces de anticipar lo que va a ocurrir a continuación.
Greta coge el auricular con su manita, se ayuda con la otra para sostenerlo.
Se lo acerca a la cara. Emite una palabra indescifrable a medio camino entre un saludo y una pregunta.
A Julio le hace gracia, siempre se la ha hecho, la espontaneidad con la que su hija se aventura en cualquier terreno.
La niña escucha atenta lo que una voz debe de estar diciendo al final de la línea.
—Hola —dice ella. Y tras aguardar unos segundos en silencio lo repite—: Hola, hola, holaaa…
Antes de que vuelva a hacerlo, Julio da un paso y toma el auricular.
Greta se queja, reclama su derecho a seguir con la conversación.
—Sí, dígame.
—¿Oiga? —Es un hombre quien habla—. ¿Es el periódico?
—Sí. —Julio trata de calmar a la pequeña, que protesta y lucha por recuperar el teléfono.
—Pensaba que me había equivocado…
—Era una compañera. Hoy es su primer día. —Greta se ha dado por vencida y ha vuelto al dibujo del loro al que ahora aplica color en el plumaje—. Dígame, ¿qué desea?
—Les llamo por lo de la guardería…
Las palabras del hombre han sorprendido a Julio mientras tenía fija la mirada en el grupo de redactores de la otra sala. En concreto, en el nuevo, que sigue sin tomar parte en la reunión.
—Oiga, ¿sigue ahí? —dice el hombre al teléfono. Parece mayor y debe de llamar desde la calle, se oye el tráfico de fondo.
Julio se ha quedado petrificado. En ese instante, el nuevo alza la cabeza y, como si hubiera percibido una vibración en el aire, observa desde la distancia a Julio.
—Aquí estoy —responde Julio al hombre. La vista del joven periodista sigue fija en él—. Le escucho.
No sabe por cuánto tiempo podrá mantener la mirada al muchacho.
Cada vez la siente más densa y profunda como si ese novato tuviera la capacidad de ver dentro de él.
Lo que la vuelve del todo insoportable para Julio es que en los ojos del chico parece detectar, además, un atisbo de respeto hacia él.
Acaba por recuperar la movilidad y le da la espalda al nuevo, justo a tiempo para escuchar lo que el hombre al teléfono le dice en tono de confesión:
—Es que yo… vivo frente a la guardería. Lo he visto todo.