Capítulo 17
—No toques eso, cariño, está sucio.
Demasiado tarde. Greta ha estampado una pegatina en la parte baja del panel de botones del ascensor. Un unicornio multicolor luce ahora junto al resto de los adhesivos desgastados que ofrecen servicios de toda clase. Lo observa, orgullosa de su obra señala el dibujo con su dedito.
—Precioso —concede Julio, para satisfacción de la pequeña.
Bajo el brazo, sujetándolo como puede, su hija porta un álbum enorme de recortables y pegatinas que le ha comprado en el quiosco que hay a los pies del edificio. Con eso estará entretenida, aunque confía en que se trate de una visita breve.
El ascensor emite un ding al llegar a la séptima planta.
El rebote brusco que hace al detenerse divierte a Greta.
A Julio, pese a estar prevenido, el corazón se le para un instante.
Las puertas de la cabina se abren con pereza a un rellano pobremente iluminado.
Es un antiguo edificio de viviendas en el que apenas ya nadie reside.
Los inmuebles se han ido ocupando con los negocios más variopintos: una agencia de detectives, un estudio de fotografía para mascotas, un hostal en la segunda planta…
Y en el 7 o B, tras la gran puerta de madera a la que acaban de llamar, la redacción de Revelaciones .
—Pero, bueno, ¿y esta niña tan preciosa quién es?
Recortada en el umbral, doña Amparo se asemeja a la guardia de una fortaleza.
Agarra firme el palo de la fregona que se prolonga hasta sumergirse en el agua grisácea del cubo.
Se hace a un lado para permitirles la entrada.
Julio teme que se haya apoderado de Greta esa vergüenza propia de los niños cuando se hallan frente a extraños, pero su hija no es de las que se amilanan.
—Soy Greta. ¿Y tú?
—Qué salá . Yo me llamo Amparo, ricura. Tengo unos caramelos por ahí guardados. ¿Quieres uno?
Greta se vuelve hacia Julio. Sin una sola palabra le pide permiso para dar la mano a esa desconocida e ir junto a ella tras el preciado tesoro.
—Gracias, Amparo. Serán solo cinco minutos, tengo que ver a Sosa.
—Tira, tira, tú no te preocupes. Por ahí dentro lo tienes, con los chicos. Andan todos revolucionados con lo que ha pasado. Qué crueldad…, ¿no te parece?
—Sí. —Julio es cuidadoso, sabe de la verborrea de Amparo.
—Adónde vamos a ir a parar, Dios mío. Esto antes no sucedía, pero ahora, con todos estos que vienen… Una ya no sabe qué pensar.
Julio decide centrarse en Greta.
—Pórtate bien, ¿vale? —Ella no responde. Debe de estar saboreando ya el azúcar en la boca—. Enseguida acabo y nos vamos a casa de la abuela, ¿de acuerdo?
Greta sacude la cabeza arriba y abajo, aunque Julio sabe que su hija tiene la mente puesta en las golosinas prometidas.
La deja ir con Amparo y ambas desaparecen por el pasillo de la casa, mientras él accede a lo que antaño fue un espacioso comedor, reconvertido ahora en la redacción del diario digital.
Son cuatro escritorios vacíos agrupados en el centro de la sala.
Julio sigue sin acostumbrarse a la idea de que, durante buena parte del siglo pasado, allí se reunirían para las comidas y cenas los miembros de una familia de la vieja burguesía de la ciudad.
Los imagina sentados alrededor de una amplia mesa de caoba, con menaje de plata sobre mantel de hilo bordado.
La estampa ha sido reemplazada en la actualidad por las mesas negras de IKEA, arracimadas las unas contra las otras, con ordenadores coreanos sobre ellas, teléfonos y montones de papeles.
Sus ocupantes no están, pero Julio oye un rumor de voces que viene de la sala contigua.
Desliza las puertas correderas y entra en el salón. Lo que en otra época fue el salón.
—¡Parcas! —La voz grave de Ricardo Sosa le recibe desde el fondo de la estancia en la que flota una neblina—. Adelante, llegas justo a tiempo. Acabamos de empezar.
La sala es más grande que todo el apartamento en el que Julio malvive, y cumple la función de despacho del director de Revelaciones .
Tiene una amplia mesa al fondo tras la que Sosa se encuentra de pie.
A este lado, sentados en semicírculo, los cuatro integrantes de la redacción, como fieles escuchantes de un predicador.
Todos ellos son hombres, de veintitantos años y fumadores.
O al menos no les importa tragar humo. Porque Sosa tiene claro que en su casa, así se refiere a Revelaciones , se hace lo que él dice, que para eso es suya, y todavía no vivimos en una dictadura caribeña. De momento, suele añadir.
—¿No venías con tu hija? —le pregunta mientras enciende un cigarro.
—Está con Amparo.
—Bien, bien… —Y libera una densa bocanada de humo—. Los chicos han estudiado el terreno. Álex, continúa.
Julio ni siquiera se sienta. Se apoya en la estantería que hay en un lateral.
Espera recibir pronto su encargo y marcharse.
Uno de los chavales toma la palabra, aunque podría ser cualquiera de los cuatro: todos con traje barato, corbata, y flequillos lacios que caen a un lado de sus frentes.
Siempre hay que estar preparado, acostumbra a decirles Sosa a sus pupilos.
Tal vez tengáis que colaros en un cóctel, o presentaros en el despacho de un directivo.
O acabar de madrugada, en un club, junto a ese ejecutivo, pagando a una para que se lo trajine.
Las oportunidades están ahí, le ha oído repetir en varias ocasiones a Sosa, pero hay que tener hambre…
—La guardería pertenece a una empresa familiar.
—El tal Álex repasa sus notas en un cuaderno—.
La abuela fue maestra y ya de mayor, a punto de jubilarse, se metió en esto.
El negocio lo llevan sus hijas. Tienen otras dos guarderías y no les va mal: en su web anuncian la apertura de una cuarta en el norte de la ciudad para el curso que viene.
—Necesitarán cambiar de nombre —apunta Julio desde la esquina.
—Y publicidad —dice Sosa—. Álex: investiga las medidas de seguridad que tenían, posibles brechas, inspecciones que les hubieran hecho… Habla con las maestras, a ver qué dicen.
—Pero… Es que una ha muerto y la otra…
—Con las de las otras guarderías —interviene Julio antes de que Sosa caiga sobre el chico—. Y pregunta también a antiguas empleadas. Busca en las redes, las guarderías tienen una alta rotación de personal y siempre hay alguien despechado con ganas de largar.
—¿Y los padres? —propone otro de los muchachos.
—Buena idea, Diego —responde Sosa—. Es probable que rasquemos algo de ellos, tal vez quieran demandar a la guardería. —Señala a los dos redactores que han intervenido hasta ahora—. Os ponéis los dos con eso. Reunid información y preparad un dosier para la visita a las propietarias. Más ideas…
Y los cuatro jóvenes arrojan al centro las diferentes posibilidades de negocio para Revelaciones en las que llevan pensando desde hace dos horas.
Cuando Julio salió del Liberal , Sosa fue de los primeros en ofrecerle un trabajo. Él lo agradeció, pero estuvo resistiéndose a aceptarlo hasta que hace unos meses accedió a colaborar. Nada fijo, sino proyectos puntuales.
Julio lo prefería así. Trabucazo a trabucazo… «Solo hasta que encuentre algo mejor», se repitió a sí mismo para convencerse.
—No firmaré los artículos —le dijo a Sosa.
A él le pareció bien.
Siendo sincero es el trabajo más rentable de todos los que realiza al cabo del mes.
Muchas veces, ni siquiera exige de él la redacción de una sola línea.
Como mucho, le basta con un par de días de trabajo, hacer algunas llamadas y rebuscar un poco.
Después, el día señalado, se cepilla los zapatos, se pone su mejor chaqueta y acompaña a Sosa a la visita que este haya concertado.
En ocasiones también llevan a alguno de los chicos, para que haga como que toma notas.
Todo depende del tamaño de la empresa a la que se dirijan, de lo mucho que necesiten impresionarles y del botín que esperen obtener de ellos.
En la visita a la empresa, Sosa siempre les explica el trato con sutiles eufemismos que permiten bordear el delito de extorsión.
En realidad es tan sencillo como contratar publicidad en Revelaciones a cambio de no hurgar en la compañía en busca de un chanchullo publicable.
Si el directivo de turno duda o pone objeciones, Julio interviene.
Empieza a enumerar las posibles fuentes a las que podrían acudir en cuanto salgan del despacho: exempleados, delegados sindicales, proveedores cabreados, becarias acosadas…
—Y créanme —les dice para acabar de convencerlos—, siempre hay alguien dispuesto a hablar.
Por experiencia tiene muy claro que no siempre es así, pero eso ellos no lo saben.
Además, antes de la reunión Julio ha hecho unas cuantas averiguaciones previas, indicios prometedores, solo para que vean que van en serio.
Si la negociación se complica, saca una carpeta y la pone encima de la mesa.
Ese gesto insignificante suele ser suficiente para que las empresas piensen en lo que de verdad esconden, y que por lo general acostumbra a ser mucho más grave.
La mayoría de ellas acepta el trato con tal de que Julio no inicie investigación alguna.
Son partidas casi invisibles en los presupuestos de las compañías, pero jugosos ingresos para Revelaciones , y también para él, que a final de mes emite una factura a Sosa con el concepto: «Trabajos varios de investigación periodística».
En estos meses había sacado el trabuco varias veces, aunque solo había tenido que dispararlo en un par de ocasiones.
Y había hecho diana: todo el mundo esconde algo…
Su móvil vibra un par de veces en su bolsillo. Un mensaje.
La vicealcaldesa necesita retrasar la reunión una hora. A las 14:00.
Julio responde a la jefa de gabinete que por él no hay problema. Respira aliviado. Son las doce y veinte y sentía que el tiempo comenzaba a estrangularle. Se da cuenta de que lleva ahí más rato del que había pensado en un principio, y también de que apenas ha prestado atención.