Capítulo 16
Desde los años cincuenta, el Bulebú Café ha ostentado el título no oficial de mejor club de jazz de la ciudad.
Abre a partir de las ocho de la tarde y la lista de espera para conseguir una mesa es interminable salvo que seas alguien.
Por su reducida tarima han pasado, y siguen haciéndolo, los mejores músicos y bandas.
Sin embargo, a muchos de los asistentes habituales del Bulebú no les interesa tanto lo que sucede arriba en el escenario como abajo, entre el público.
No es improbable, por ejemplo, que en la pequeña mesa de al lado, encajados en dos incómodas sillas de madera, un director de un banco comparta bebida con el presidente de un club de fútbol.
O, en un lateral de la sala, en sillones aterciopelados de rojo, una magistrada del Supremo celebre una fiesta a la que no faltan diputados de distintos partidos.
Los servicios del local, por su parte, suelen dar lugar a encuentros más que interesantes cada noche.
Ahora, a mitad de la mañana, la visión que Carmela tiene del interior del club es la de una sala vacía. Huele a alcohol derramado y en sus paredes oscuras solo reverbera el recuerdo de la música de anoche.
La nota le ha llegado a través de un becario, antes de terminar el pleno. A Carmela tampoco le ha extrañado en exceso, no es la primera vez que la cita allí.
Ha entrado por la puerta trasera. Da a un callejón maloliente al que también va a parar una de las salidas de emergencia del ayuntamiento.
A veces la usan como escapatoria. Hoy, por suerte, estaba despoblada de periodistas.
Un trabajador del Bulebú la esperaba y le ha precedido hasta la sala principal.
Las mesitas de mármol vacías parecen lápidas.
Sobre el escenario hay un piano reluciente, una batería y varios micrófonos de pie.
En el telón del fondo cuelga un letrero de neones apagados.
El tipo no dice una sola palabra. Su dedo señala un rincón de la sala donde brilla la débil luz de una lamparita de mesa.
Conforme se acerca, Carmela distingue entre las sombras el rostro del alcalde. También él ha acudido solo.
—¿Qué quieres tomar? —pregunta el Manso una vez que Carmela se ha sentado.
—Lo mismo que tú. Parece agua.
—Con gas. —El alcalde hace un gesto al empleado, el único que aparentemente hay en el local, para que traiga la bebida—. No es una copa, pero… Las burbujas hacen su función.
—¿Cuánto tiempo llevas?
—El mes que viene cumpliré cinco años. Cristina y Sofi me están preparando una fiesta. Se supone que es sorpresa.
—¿Sin recaídas?
No solo asiente con firmeza, sino que el alcalde forma orgulloso un círculo con sus dedos.
—Y no será porque en todo este tiempo mi vicealcaldesa no me haya dado motivos.
El camarero aparece con un vaso con hielo y limón para Carmela. Deja una botella de San Pellegrino en medio de la mesa y se retira. El Manso vierte el agua en el vaso de Carmela. Por unos segundos, ese gorgoteo transparente entre las piedras heladas es cuanto se oye entre ambos.
El alcalde ha cogido el móvil, lo acerca a la lámpara y lee:
—Consternada por el atentado…, daremos con los culpables…, pagarán por lo que han hecho… —Guarda el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta—. Esto tiene que parar, Carmela.
Bebe antes de responderle.
—¿Esperabas que dijera algo distinto? No creo que agachar la cabeza sea la mejor forma de acabar con los terroristas.
—Todavía no sabemos si ha sido un atentado.
La mesura y contención propias del Manso salen a relucir. Carmela se abstiene de replicarle. Por poco que esté dispuesto a reconocer, sabe que comparten la misma sospecha. En ese momento, por los altavoces empieza a sonar el aletargante saxofón de Coltrane.
—La gente está harta —dice Carmela—. De lo que ven en sus barrios. Del buenismo de la izquierda, y del abandono de la derecha.
—Y tú has venido a darles esperanza.
—Podríais haberlo hecho vosotros. —Despliega los brazos sobre la mesa, como si la posibilidad estuviera ahí, al alcance—. Escogisteis otra estrategia.
—Lo que no hacemos, Carmela, es dar la oportunidad a la oposición de criticar nuestras diferencias. Y lo haces hoy, precisamente hoy.
—Vosotros filtráis material a la prensa para que vayan a por mí. ¿Esa es la lealtad entre socios a la que te refieres?
Tal vez el Manso sea uno de los pocos habituales del Bulebú que no solo acude al local por negocios.
«Me gusta el jazz» , le confesó a Carmela la primera noche que la invitó a acompañarle.
Hace tres años acababan de firmar el acuerdo de gobierno municipal, pero los enfrentamientos durante la campaña aún estaban recientes.
El Manso debió de pensar que unas copas y algo de música suavizarían la relación entre las partes.
«Mi padre también es un fanático del jazz », contestó Carmela aquella noche lejana.
Esa coincidencia hizo que, en ese aspecto al menos, guardara por el alcalde cierta simpatía. Por un tiempo.
—No he sido yo, Carmela. Me he enterado esta mañana, por el periódico.
—No me lo creo.
—Es comprensible, pero piensa un poco: ¿por qué iba a agitar un avispero como el de Construtec? Puede afectar a muchos de mi partido.
—Para despejarte el camino antes de las elecciones.
El alcalde toma el vaso de cristal en sus manos, lo sopesa. Parece determinar si responder o no. Hacía tiempo que Carmela no veía esa indecisión en su rostro. Un redoble de batería precede a las palabras del Manso. Juraría que es Art Blakey, pero no está segura.
—No me voy a presentar.
Carmela tiene que hacer un esfuerzo para no atragantarse con un hielo.
—¿Cómo?
Sus ojos están clavados en los del alcalde. Escruta su mirada, intenta leer en ella cualquier trazo de mentira. Parece sincero.
—A mi hija acaban de diagnosticarle leucemia.
Tremendamente sincero.
—¿Qué?
A Carmela le gustaría decir algo más, tal vez un lo siento, algo…
, pero todas las palabras han huido. Él está sereno, o eso aparenta.
Como si fuera consciente de que una noticia así genera cierta incomodidad en quien la escucha.
Y como si supiese que eso era lo que iba a suceder porque ya ha pasado por ello más de una vez.
—Antes te he mentido: sí tuve una recaída. Hace un mes, cuando nos lo confirmaron. Estuve dos días sin aparecer por casa.
—Recuerdo que cancelaste tu agenda unos días. Supuse que había sido un viaje privado.
—Lo fue en cierto modo. —Se insinúa una sonrisa, que pronto retrocede—.
Fue como en los viejos tiempos. Como si no hubiera aprendido nada en todos estos años.
Igual que reencontrarse con un viejo amigo.
Bebí hasta desmayarme. Luego, despertaba, comprobaba que no había muerto y seguía bebiendo…
—Cuando parece que no va a añadir nada más, viene la sorpresa—: ¿Crees en Dios?
Un golpe seco, al estómago, a traición. Carmela trata de reponerse. Rescata fragmentos de su memoria en los que aparece rezando, con su padre al lado. Primero en la cama del hospital, en la de casa después.
—No mucho.
—Tampoco yo. Y me acabé de convencer de ello en esa habitación de hotel, al despertar la última vez. Creo que, de alguna forma, había estado esperando una intercesión, un milagro… Cualquier cosa que diera sentido a toda esta pesadilla de la enfermedad de mi hija.
—Y no pasó nada.
—Nada de nada. Ni alcohol quedaba ya en las botellas. Solo yo, tumbado sobre la alfombra, mirando como un desgraciado mi vómito.
—Esa fue la señal, ¿no?
El alcalde mueve la cabeza de arriba abajo con una templanza que a Carmela, no sabe por qué, le empieza a resultar irritante.
—Nunca como entonces he tenido tan claro lo que debía hacer. Cristina ni siquiera me lo había insinuado, no hizo falta. Estar con Sofi y con ella. Es lo único que me planteo por ahora.
Esta trompeta sí la reconoce. La furia libre de Miles Davis, uno de los favoritos de su padre.
Aunque sería difícil saber quién no lo era.
Tenía la furgoneta llena de cintas, de CD…
«Son lo que son —le solía repetir su padre—, pero los negros en esto son los mejores».
Ahora, de vez en cuando, ella o su madre le ponen sus viejos discos en casa.
Le acercan el sillón al altavoz. Quieren creer que algo cambia en la mirada ausente de su padre cuando oye la música.
Intuyen algo activándose dentro de él, un destello fugaz, tan sutil que bien podría considerarse inexistente.
—¿Y qué vais a hacer? —pregunta Carmela—. ¿Hay tratamiento?
—Sí, los médicos son optimistas. De momento, al menos, lo son.
—Hay que confiar en ellos. En que todo irá bien.
—A veces pienso que mi deseo de estar a su lado no es más que cobardía. Una forma de protegerme por si las cosas terminan saliendo mal.
—Estarás con tu hija, haréis todo lo que podáis y todo irá bien. No creo que seas un cobarde.
Sin darse cuenta, y al tiempo que decía estas palabras, Carmela ha puesto su mano sobre el antebrazo del alcalde. Cuando repara en ello ya es tarde para retirarla. Él ha puesto la suya encima. Siente su calor en el dorso.
Los ojos acuosos de él parecen a punto de rebosar.
—Por algo me llaman el Manso, ¿no?
Carmela carraspea hasta sentir dolor en la garganta y aprovecha para traer de vuelta la mano hacia su lado de la mesa. Deja tiempo al alcalde para que tome aire y se frote los ojos.
—Solo lo saben algunas personas de confianza, muy pocas.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí?
—No tenía pensado hacerlo así, y mucho menos hoy. En realidad quería hablar contigo un día de estos… Es por otro tema, aunque bueno, ahora que ya sabes toda la historia, tal vez comprendas mejor lo que…
—Por favor: sin rodeos.
—Vais a perder, Carmela.
—¿Qué? —De pronto siente calor. Bastante calor.
—No te digo nada que no sepáis ya. He visto vuestros sondeos.
El alcalde parece más grande, como si hubiera crecido y se hubiera vuelto más rocoso respecto al tipo que hace un minuto estaba a punto de llorar.
—No son malos.
—Me refiero a los que manejáis internamente, no a los que os fabrican en panfletos como Revelaciones . La tendencia es clara. Perderéis las próximas elecciones, y no seréis necesarios para el ayuntamiento.
Mira nerviosa a su alrededor, todo está oscuro más allá del pequeño haz de luz que cae sobre la mesa, como una fogata en mitad del bosque a punto de extinguirse.
—Ignoro los datos que te han filtrado. —Le encantaría saber quién es el chivato, de verdad que le gustaría tenerlo frente a ella—, pero te aseguro que no dicen eso.
—Desde que firmamos el acuerdo de gobierno habéis perdido diez puntos.
Tan solo en el último mes: dos y medio. Os desplomáis en hombres mayores con rentas bajas y sin estudios.
Sois la cuarta opción para las mujeres. El tirón que tuvisteis al principio en los barrios del centro o en las urbanizaciones de la periferia ha desaparecido.
Nuestro votante tradicional está volviendo a su casa.
Los hielos del vaso se han derretido por completo y solo quedan dos dedos de agua que Carmela se resiste a beber delante del Manso.
—Los sondeos también dicen que sigo siendo la política más valorada en la región. Más que tú.
—Cierto. Incluso superarías al imbécil de tu jefe si dieras el salto a la política nacional, pero… ¿cuántos puntos crees que has perdido con el asunto de los correos? Y eso solo en un día, ¿qué sucederá mañana, y pasado?
—Y pretendes que me crea que no habéis tenido nada que ver.
Carmela está de pie, dispuesta a salir de ahí lo antes posible, pero la voz del alcalde la paraliza.
—Siéntate. —La frialdad con la que lo dice es la misma con la que hace un momento desgranaba los datos. Hasta que la suaviza—: Por favor, Carmela, escucha lo que tengo que decirte.
Su tono es suave como una caricia. Su rostro se ha reblandecido y vuelve a ser el político afable que se muestra en los programas de televisión a los que acude con frecuencia. Carmela vuelve a sentarse, nota un ligero dolor de cabeza.
—Si caigo por lo de Construtec, no seré la única del ayuntamiento. Y Zarra tampoco se libra, me da igual que veranee con el rey.
—No digas barbaridades y deja a Zarra tranquilo. Este consejo te lo doy como amigo.
—¿Mío o de Zarra?
—En estos tres años te has propuesto demostrar que no tienes miedo. A mí, a la ciudad, a todo el que ha querido escucharte. —Carmela no sabe qué pretende el Manso, y su cuerpo se tensa ante esa incertidumbre—. Siempre peleando, como si la vida te fuera en ello. Pero hay que saber cuándo parar.
Y justo en ese instante, como para subrayar el discursito del Manso, la música que sonaba de fondo desaparece. El silencio cae pegajoso sobre ellos, Carmela siente el sudor en su ropa y ya empieza a cansarse de todo ese juego.
—¿Qué quieres?
Casi azota al Manso con sus palabras.
—Convertirte en la próxima alcaldesa.