Capítulo 15
Ha seguido el camino hacia el centro de la ciudad.
Aquí la luz parece más intensa y abundante, tanto que elimina toda sombra.
No obstante, en cierto modo, al recorrer estas calles, Teodoro no puede evitar sentirse como cuando era un chaval, en el pueblo.
En cuadrilla se adentraban en la gruta que llamaban de las brujas.
Lo hacían con la inseguridad de alcanzar la salida que había más allá de las tinieblas.
Siempre con el miedo a perderse por uno de los túneles secundarios y no encontrar jamás el camino de vuelta.
En aquel entonces, al menos, contaba con el aliento de sus amigos alrededor, soltaban bravuconadas para espantar la congoja que caminaba con ellos.
La principal diferencia es que ahora, sumido en toda esta barahúnda de tráfico, ruido y personas que pasan a su lado sin apenas rozarle, se halla solo.
Perdido en medio de tanta luz. Pero no puede volver, no quiere.
No de momento al menos. ¿Seguirá todo el jaleo en su calle?
—Pues claro —masculla Teodoro.
Todo el día estarán. Y es probable que también mañana.
Una vez atendidos los niños y puestos a salvo, la Policía tendrá que investigar, aunque muerto el tipo no sabe si queda mucho más por hacer.
La maestra, el crío… Y, por lo que dicen, otra chica que está grave.
En realidad, casi parece poco para lo que podría haber sido.
En el móvil, una tras otra, le asaltan noticias de las páginas web que cada mañana suele consultar. Todas difunden la misma foto del asesino.
En ella aparece sin barba y a Teodoro la cara del tipo ya no le suena tanto como hace un par de horas.
Puede que se cruzara con él por la calle.
Si preparaba el atentado, habrá frecuentado la zona…
Aunque lo contrario también es posible, que no le conozca de nada y lo confunda con cualquier otro moro.
Cada día hay más. No dejan de cruzar, en patera, en los bajos de un camión…
Van en grupo. Jóvenes flacuchos, con chancletas y camisetas de fútbol que a saber de dónde las habrán sacado.
Te rodean por la noche, uno te agarra el cuello por detrás y entre varios te quitan todo.
O le arrean una pedrada a un escaparate y a hincharse.
Cada día más, los medios no dejan de sacar noticias sobre eso.
Siente flojera en las piernas.
Una pérdida de tensión en los músculos que le obliga a buscar la seguridad de una silla en una terraza cercana.
Un toldo proyecta su sombra sobre él. Tras unos pocos segundos sentado, Teodoro recupera el ritmo cardiaco habitual.
En el interior de la cafetería hay un camarero, si bien no repara en su presencia.
Toda su atención está puesta en el televisor, debe de estar viendo la noticia.
A Teodoro no le importa, su estómago está cerrado, no desea tomar nada.
Tan solo descansar unos minutos y después, acaba de cambiar de opinión, regresar a casa.
¿Qué sentido tiene esta huida? Bajará la persiana del dormitorio y se cubrirá con la colcha hasta los ojos.
Comerá cuando tenga hambre. Que pase la tarde, que llegue la noche.
Hasta que ma ñana, pasado mañana, o el día que sea, las cosas vuelvan a ser como eran.
«Al final todo vuelve a la rutina, a todo se acostumbra uno», piensa.
En ese instante suena su móvil. Demasiado cansado como para sobresaltarse por el timbre robótico, a Teodoro, en cambio, sí le sorprende ver de quién se trata.
«¿Qué querrá?».
Es lo primero que piensa. Teme que sepa algo, o sospeche.
«Pero ¿qué puede saber Ángela?», se dice Teodoro para tranquilizarse.
Y al instante sus preocupaciones se diluyen para dar paso a la alegría sincera que le produce hablar con ella.
Porque, sin ser consciente, Teodoro necesitaba escuchar una voz cercana, y cuando están a punto de cumplirse las doce, la de Ángela resulta perfecta para ello.
—Me tenías preocupada, Doro. —Una vez, uno de los monitores del centro social se atrevió a llamarle Doro. Cortó en seco a ese julandrón. Solo ella le llama así—. ¿Cómo te encuentras?
—Bien, mujer, yo siempre estoy bien.
Su vecino Agustín le enseñó a responder de tal forma a esa pregunta. «Si quien te la hace te quiere, se alegrará por ti. Y si no, le joderá más si cabe».
—¿Qué tal en el médico?
No está tan agotado como para que Ángela le atrape en ese renuncio.
—Análisis rutinario. En unos días me dirán los resultados, aunque ya sabes cómo son estas cosas: seguro que algo me sacan.
Del otro lado le llega una risa ligera que pronto cambia de densidad.
—Qué horror lo de los niños, ¿verdad? —El ánimo de Ángela se ha rebajado un punto.
El engranaje de imágenes que alberga dentro amenaza con ponerse en funcionamiento, así que Teodoro responde con sobriedad, le da la razón.
—El mundo se está volviendo loco —continúa ella—. Y esta gente cada vez es más… —No encuentra la palabra. Teodoro tampoco—. Desalmada.
Ambos permanecen en silencio por unos segundos.
—¿Estás en tu casa? —pregunta Ángela.
«¿Querrá visitarme? ¿Quedar conmigo? ¿Qué querrá?».
—No, estoy haciendo unos recados que tenía pendientes. ¿Por?
—Oh, por nada… Tan solo supuse que debías de estar viendo todo lo que sucede. En la televisión no cuentan demasiado. Según dicen, todo sucedió muy rápido, nadie vio nada. ¿Tú no oíste nada?
—Ya me había ido cuando pasó.
Ella comienza de nuevo. Le cuenta que todavía no se sabe la nacionalidad del asesino, aunque está convencida de que será iraquí, sirio, de alguno de esos países.
O de Marruecos, quién sabe. Y a continuación le dice que ya está bien, que no hay derecho a hacer una cosa así. Hay que ponerse serios con esta gente…
—Ángela, tú vas al viaje de Benidorm, ¿verdad?
Ella queda en silencio. Puede que sorprendida, piensa Teodoro, por la manera abrupta en la que ha cambiado de tema. Demasiado brusco tal vez, pero para su tranquilidad, Ángela responde:
—Por supuesto que voy. Me apetece mucho. —En su voz ha reaparecido la vitalidad y un viento fresco parece remover la tristeza que pesa sobre toda la ciudad—. ¿Contamos contigo?
—No lo sé… Todavía no lo sé.
—Sería estupendo que vinieras, Doro. Cuantos más seamos, mejor. Entre todos nos haremos fuertes en la pista de baile y nadie nos podrá mover de allí.
Escucha la risa delicada de Ángela. Imagina su rostro.
Puede verla ilusionada mientras le detalla las visitas imprescindibles que ha planeado por la zona, y algunos restaurantes recomendados que no pueden dejar de probar.
Acudir al viaje es un imposible. Nunca pasará de ser una fantasía para Teodoro.
Sin embargo, este momento es real, así que no la interrumpe, y deja que Ángela le cuente todos sus planes e incluso escucha con atención sus advertencias acerca de la temperatura del agua.
Cierra los ojos y casi siente el aire húmedo de la costa, a cientos de kilómetros de allí.
Cuando abre los ojos, la figura de un joven se ha materializado delante de él. Un torso musculado con una camisa blanca impoluta, una pajarita firme y un reluciente pelo engominado.
—Muy buenos días, caballero. ¿Qué desea tomar?
Teodoro tapa el auricular del teléfono con la mano. La voz de Ángela golpea contra su palma.
—Nada, gracias. Me iré en dos minutos, tan solo necesitaba descansar.
Y se dispone a regresar a su conversación con Ángela, pero la figura estática del camarero se lo impide.
—Las mesas son para los clientes, caballero.
Teodoro observa a su alrededor. La terraza está vacía a excepción de una pareja de trajeados en uno de los extremos. Teodoro se fija en el pesado cenicero que hay sobre la mesa…
—Ángela, disculpa, tengo que colgar. Ya hablaremos, ¿de acuerdo? —Escucha las últimas palabras de ella, le anima a apuntarse al viaje—. Bueno, lo intentaré. Adiós.
Cuelga y guarda el teléfono en el bolsillo. Contempla al camarero desde abajo, le sonríe, y a continuación inspecciona la carta. Los precios son exorbitados.
—Es un poco temprano, pero… al final me ha convencido usted. Tráigame, por favor, el plato combinado número dos.
—¿Con todo?
—Sí, sí. Huevos, filete, patatas y verduritas. ¡Con todo! Me ha entrado hambre de repente, ¿sabe? Aunque claro, es normal, hoy apenas he desayunado…
—¿Para beber? —El camarero no tiene ganas de charlar.
—Un zumo. De naranja natural si tiene. Espere, mejor un café con leche. Mire, traiga las dos cosas. Por un día no pasa nada.
—¿Algo más?
—Hombre, si tuviera usted el periódico…
—¿En papel?
—Sí.
—¿Se siguen publicando?
No sabe si el imbécil del camarero se burla de él, aunque razón no le falta. Él mismo lleva años sin comprar un periódico en papel. Ahora todas las noticias están en el móvil…
—¿Algo más? —insiste el camarero.
—No, eso es todo —dice Teodoro pensativo—. Gracias.
El camarero se da la vuelta y desaparece en el interior del local.
Se dirige muy tieso hasta la cocina donde comienza a recitar la comanda.
Todavía es pronto para las comidas. En el local solo está él en la sala y su compañero en los fogones.
De fondo, en la zona de bar, la televisión sigue encendida.
Una reportera informa desde la guardería con las pocas novedades que de momento se saben…
El camarero prepara mientras tanto el café y el zumo de naranja.
Los pone en la bandeja y aguarda frente al televisor, atento a las imágenes que ya ha visto varias veces desde esta mañana.
Al cabo de unos minutos suena un cling y un plato enorme con comida aparece por el hueco abierto en la pared.
Lo pone en la bandeja junto al café con leche y el zumo.
Sale cargado con todo ello a la terraza, con cuidado de no tropezar, aunque a punto está de caer y tirarlo todo al suelo cuando descubre que el viejo ya no está. También falta el cenicero.