Capítulo 14
—Soy el padre de Greta. —Es cuanto dice al telefonillo gris que hay en la puerta de la guardería, aunque al instante añade—: Soy Julio Parcas. Vengo a recogerla.
Y muestra su cara a la videocámara que, vigilante, le apunta desde lo alto.
—Sí, un momento, por favor —le responde una voz joven a través del interfono.
Julio no sabe si se trata de la misma chica con la que ha hablado antes desde la redacción. Tampoco ha querido mencionar el hecho. Resultaría extraño: un tipo telefonea a la guardería, advierte de un posible ataque, y, apenas media hora después, se presenta allí reclamando a su hija.
Le incomoda esperar ante la puerta. Como si, tras lo sucedido esa mañana, la sospecha también fuese a recaer sobre él.
Tal vez el asesino guardaba relación con alguno de los niños de la guardería.
«¿El padre de alguno de ellos?». Hasta ahora no había pensado en esa posibilidad.
Decide alejarse unos metros de la entrada.
Fue Silvia quien escogió la guardería y Julio todavía recuerda el amplio repertorio de argumentos desplegado ante él: bilingüe, horario extendido, fines de semana, enseñanza por competencias, últimas tecnologías, menús especializados según las necesidades de cada niño…
Él no quiso discutir. Tampoco habría sabido cómo ni por dónde empezar a exponer sus reticencias, más allá de decir que era una guardería cara.
Muy cara. Igual que lo habían sido las condiciones de la hipoteca, y el crédito para el coche, y la clínica privada, o el mobiliario del cuarto de Greta…
Por aquel entonces, Julio ya había asumido, no sin vergüenza, su incapacidad de aportar la mitad de todo aquel desembolso.
«No te preocupes por eso», solía decirle Silvia, que ya disfrutaba de una buena posición en la empresa.
Y también, cada vez con más frecuencia, Julio aceptaba la ayuda que sus padres le prestaban.
«¿Por quién vamos a hacerlo si no es por nuestra nieta? ».
Aquella noche en la que Silvia le enumeraba las bondades de la guardería, él solo era capaz de pensar en que Greta se había dormido y eso les ofrecía una posibilidad.
«La llevaremos a esa guardería, de acuerdo, pero acércate, ven al sofá conmigo, déjame que te acaricie, que te desnude…
». Puede que acabaran haciéndolo, no lo recuerda.
O tal vez no, y lo que con tanta fuerza se había impreso en su memoria justo era el negativo de esa imagen: el deseo insatisfecho.
No follar esa noche habría sido lo normal.
Sus relaciones habían comenzado a espaciarse desde el nacimiento de Greta.
Luego, con la reincorporación de Silvia al trabajo, aún lo harían más.
Y durante el segundo año de la niña se produjo un hecho sintomático de que algo no iba bien: la frecuencia de sus encuentros sexuales era cada vez menor, pero su intensidad era inversamente proporcional.
No era extraño que, en ese tiempo, una pelea pudiera acabar en sexo.
Reconciliatorio, necesario para reencontrarse con el otro, aunque agresivo y descarnado, y que tras su paso no dejaba nada, solo acrecentaba el vacío entre ambos.
Poco antes del final se quedaron casi en exclusiva con las discusiones, y luego ni eso.
Señal inequívoca de que lo suyo había acabado.
Las once y treinta y cinco, y aunque Julio tiene margen hasta la entrevista de la una, vuelve a pulsar el interfono.
—¿Va todo bien? —pregunta en cuanto le responde la voz de la chica.
—Sí, disculpe, ahora sale Greta. No conseguíamos localizar a la mamá.
—Yo soy su padre.
—Lo sabemos, señor Parcas. Nos lo ha confirmado la mamá de Greta.
—¿Por qué la han llamado?
—Es el protocolo. Teníamos apuntado que vendría ella y siempre que hay cambios consultamos con la persona responsable de la niña.
—Le digo que yo soy el padre, he venido muchas veces a recogerla.
—Sí, lo entiendo, pero el teléfono que nos consta en el sistema es el de ella y es nuestro…
—Protocolo. Está bien, aquí la espero.
Minutos más tarde a Julio le parece que quien corre hacia él es una versión reducida de Silvia.
Su mismo pelo rubio, que bajo el sol primaveral desprende matices rojizos.
Y los ojos, de un azul de ciencia ficción, idénticos a los que su exmujer lucía de pequeña, si bien con el tiempo se tornaron grises.
Greta llega hasta donde él se encuentra, se deja atrapar en los brazos de su padre.
Julio la inunda con sonoros besos, en la mejilla, en el cuello, hasta provocar la risa en la niña.
Después ella se suelta, necesita espacio, recuperar el aliento para mostrarle algo.
—Mira, papá.
El papel se ha arrugado un poco al quedar atrapado entre los dos, pero Julio lo extiende y lo alisa sobre su pantorrilla. Dos manitas impresas en color naranja.
—¿Lo has hecho tú? Es muy bonito.
Greta le mira con el orgullo de una artista consagrada y asiente. También cuando Julio le pregunta si se lo regala. Por supuesto, parece responderle con la mirada.
—Esta tarde lo colocaremos en casa, ¿te parece bien? Le buscaremos el lugar que se merece.
—Sí.
Julio dobla con cuidado el dibujo, lo mete en mitad del bloc de notas que lleva en la mochila.
Un pensamiento le atraviesa la mente. Dibujos así habrán quedado olvidados en la guardería de Los Olivares.
Y allí seguirán, sobre las mesitas, a la espera de que alguien los recoja todos uno de estos días.
Tal vez los guarden y, con el tiempo, muchos de esos dibujos acaben llegando a sus destinatarios.
O puede que los olviden en un cajón hasta que el papel amarillee…
Una melodía sorprende a Julio. Es Greta quien la tararea y de vez en cuando libera algunas palabras como pompas de jabón.
Imagina que, en el interior de su hija, la música y la letra de la canción deben de sonar nítidas, alegre como una fiesta de cumpleaños.
Su hija baila feliz, él también es feliz.
—¿Con la yaya?
Se lo vuelve a preguntar como si Julio no le hubiera respondido a lo mismo tan solo un rato antes.
—Eso es, ¿te apetece ver a los abuelos?
Greta no dice nada, pero mueve la cabeza con decisión arriba y abajo.
Tres veces. Lo que significa mucho. Las piernas le cuelgan en el asiento del autobús y hasta ahora las balanceaba adelante y atrás, pero se ha interrumpido.
Mira pensativa por la ventanilla. Un parque se extiende y por el césped corren varios perros.
Julio aguarda paciente la pregunta que ya intuye.
—¿Y Ástor?
—Si tu abuelo todavía no lo ha echado de casa…
Ella aprieta el entrecejo: ¿eso es un sí o un no? Sus palabras deben de resultarle, en ocasiones, del todo indescifrables. No quiere pensar en cómo será la comunicación con ella cuando crezca.
—Sí, cariño, podrás jugar con Ástor.
Le alegra la noticia y comienza a dar palmaditas sordas.
Julio aprovecha para comprobar su móvil mientras tanto.
Varios mensajes esperan su respuesta, pero no hay rastro del que más le importa ahora, así que marca de nuevo.
Que su padre no responda al teléfono es lo habitual, por eso ni lo ha vuelto a intentar.
Lo imagina, en este mismo momento, enfundado en ropa deportiva de colores chillones, caminando por los montes que empiezan detrás de la urbanización, como hace cada mañana durante dos horas al menos.
Se resiste a llevar el móvil consigo. «Bastante localizado he estado ya toda mi vida», suele responder.
Siempre hace la misma ruta, por lo que sabrían dónde empezar la búsqueda si un día no regresara a la hora prevista.
Su madre, sin embargo, solo puede estar en un sitio, el único lugar en el que no corre a descolgar una llamada en cuanto suena: la iglesia.
Y ahí debe de seguir, a juzgar por los tonos no atendidos.
Alguno de los dos habrá regresado para cuando él llegue. Eso espera.
Violan nuestra libertad y forma de vida. Atentan contra los valores tradicionales de nuestra nación y civilización occidental. Y mientras, muchos miran a otro lado, consienten esta deriva. ¡Basta ya! Tenemos derecho a defendernos y lo haremos.
No ha tardado en dar con el mensaje de Frisas en las redes sociales.
Lo ha publicado hace unos minutos y ya acumula cientos de comentarios.
La mayoría de ellos a favor, pero también los hay en contra.
A ella y a su partido no les va mal esa confrontación.
Encienden el fuego gracias a la fricción y cada día se esfuerzan por mantenerlo vivo.
Lo que está apagado es lo referente al caso Construtec.
Se reavivará en unos días, pero hoy y mañana, y parece que durante un tiempo, la actualidad girará en torno a la guardería.
—Un cocodilo , papá.
La valla que señala Greta muestra el dibujo de un cocodrilo sonriente, con los dientes redondeados, sin filo. Lleva un pantalón corto, camiseta y gorra de campista y su pulgar hacia arriba invita a visitar el zoo.
—Sí, hija, un cocodrilo.
Julio no soporta los zoos, pero disimula y sonríe a su hija.
Alberga la esperanza de que no se acuerde del cocodrilo durante el fin de semana.
La obstinación es algo que Greta comparte con Silvia y a pesar de que este rasgo podrá serle útil en ciertos aspectos de la vida, de momento Julio solo ha experimentado sus inconvenientes.
Suena el móvil, aunque de inmediato desaparece la ilusión que se había compuesto en su rostro al pensar que eran sus padres y que por fin daban señales de vida.
—¿Dónde andas, Parcas? —Ricardo Sosa, el director de Revelaciones , ha disparado tan pronto como Julio le ha respondido.
—De excursión, con mi hija.
—Pues recoge el mantel del pícnic, que tenemos faena. Estamos preparando un buen despliegue con lo del atentado. Pásate por la oficina y te explico. Hay varias puertas a las que podemos llamar.
—Imposible, Ricardo.
—¿Qué?
—Debo dejar a Greta con mis padres, tengo una entrevista a la una.
—¿Quién es Greta? ¿Tu hija?
Tal vez lo peor de todo se encuentre en que Julio recuerda haber enseñado a Sosa más de una foto de Greta. Tampoco lo toma como una afrenta personal. Lo sospechaba y ahora simplemente lo ha confirmado: solo una cosa en este mundo capta el interés de Sosa.
—Hay mucho dinero en juego, Parcas —le dice—. Ven y trae a la niña si quieres. Diez minutos, nos reunimos con los chicos, organizamos algunos trabucazos y listo.
Observa a Greta. Los zoos no solo le parecen crueles y tremendamente aburridos, además son carísimos. La niña le devuelve la mirada.
—Es una buena oportunidad —dice Sosa—. De esta sacamos una buena tajada. Te lo aseguro.
Julio pulsa el botón de parada del autobús y extiende la mano hacia Greta. La niña la agarra con fuerza, da un saltito y aterriza de pie.
—Diez minutos, Ricardo. Y te pienso pasar el ticket del taxi.
Cuelga.
Las puertas del autobús se abren y los dos son arrojados a una solitaria parada. Sin soltar la mano de Greta hace un último intento por localizar a alguno de sus padres, sin éxito. Extiende el brazo haciendo una señal a un taxi que se aproxima en la lejanía.
—¿Vamos a casa de la yaya?
—Sí, cariño, ahora en un rato, pero antes tenemos que ir a un sitio.
—¿Dónde?
—¿Quieres ver dónde trabajo? —Greta le vuelve a ofrecer extrañeza en su cara como respuesta. Ha subido los hombros en una mezcla de ignorancia e indiferencia—. Ya, te entiendo. Tranquila, pronto estarás con la abuela.