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Capítulo 13

Carmela acaba de teclear el mensaje en el móvil. Sin embargo, no se decide a publicarlo.

Consternada por el salvaje atentado en una guardería de Los Olivares. Desde el ayuntamiento trabajamos para dar todo el apoyo a las familias. Mi solidaridad está con los vecinos del barrio y de la ciudad entera. Pronto daremos con los culpables y pagarán por lo que han hecho.

Lo relee para sí una vez más antes de preguntar a Florencia.

—¿Guardería o escuela infantil?

Su jefa de gabinete camina a su lado, en dirección al salón de plenos del ayuntamiento.

Sin embargo, no ha escuchado su pregunta.

Está centrada en repetirle los diferentes compromisos de su agenda y cómo muchos se han modificado por lo sucedido.

Carmela chasquea los dedos para romper el estado de hipnosis en el que parece encontrarse la asesora.

—Floren, ¿escuela infantil mejor que guardería?

—Sí, mejor. —Y sigue con el repaso de las citas.

Carmela cambia el texto y pulsa el botón de publicar.

Llegan al final del pasillo y bajan las escaleras por las que hay un constante ir y venir de personas.

Hay trazas de conversaciones en el aire y todas hacen referencia a lo mismo.

Quedan menos de diez minutos para que comience una sesión que se prevé intensa.

—Han llamado del Liberal , he reconfirmado el encuentro como me has pedido. A la una. —Carmela asiente mientras revisa las primeras reacciones en la red a su mensaje—. Sigo pensando que no es una buena idea. Al menos deberíamos aplazarla.

—No, siempre hay tiempo para eso, seguimos adelante. ¿Tienes el orden del día?

Florencia abre una carpeta y pone en sus manos una hoja. Han desaparecido todos los temas previstos. El único punto ahora consiste en la aprobación por todos los grupos de una declaración conjunta de condena del atentado.

—¿Tenemos ya un texto? —pregunta Carmela.

—Todavía están negociando. Nos piden hacer referencia a la violencia machista…

Han llegado al salón. Se asoman por la puerta.

La mayoría de los sillones todavía están vacíos.

Deciden esperar fuera, a un lado del vestíbulo, bajo la mirada al óleo de los anteriores alcaldes, todos señores, todos mayores, muchos de ellos ya muertos.

Es uno de esos momentos en los que Carmela se fumaría dos cigarrillos seguidos.

Florencia parece intuirlo y le tiende el paquete de chicles.

—¿Frutas del bosque? —lee Carmela.

—No les quedaban de menta.

Se mete dos en la boca y mastica a conciencia, aprieta la mandíbula.

—Escucha —dice a Florencia—, no vamos a desgastarnos con la declaración. Si el alcalde está dispuesto a tragar con lo del género y toda la retahíla de peticiones, que la apoye él solo. Nosotros nos abstenemos y hacemos nuestra propia declaración. El enfoque está claro.

—Salvo que el tipo fuera un machista y al final haya sido un tema de celos. No lo sabemos todavía.

En las paredes hay televisiones por las que habitualmente se retransmiten los plenos. Hoy todas ellas sintonizan el canal de noticias autonómico en el que desde hace un rato no dejan de mostrar el rostro del asesino en una foto de archivo y su nombre.

—Vamos, Floren: Jahid Faizullah. Las cosas suelen ser lo que parecen.

—Ya. Solo digo que deberíamos ir con calma y dejar que el resto se posicione…

Carmela la interrumpe. Habla con cuidado de no elevar el volumen:

—Da igual si es un yihadista, un loco o un exnovio celoso. ¿De dónde ha venido? —A Floren no le queda más remedio que asentir en silencio a esa pregunta—. El marco en el que va a moverse este asunto es el de inmigración-inseguridad.

Las pantallas anuncian que la sesión comenzará en cinco minutos. A pesar de todo, Florencia no está convencida por sus explicaciones y vuelve a la carga.

—Acaba de suceder, lo más prudente sería la cautela.

—Eso se lo dejo al alcalde. Ya sabes que yo no soy así, y menos después de esta salvajada. ¿Qué harías con un perro rabioso? —Su asesora calla y Carmela sabe que ha llegado el momento de acabar esta pequeña discusión de la que ya empieza a estar cansada—. Floren: confía en mí. Me han informado.

—¿Quién?

No responde de inmediato. Valora si es necesario que Florencia conozca la identidad de su contacto.

—Alguien con información.

—¿De qué clase?

—Cuerpos de seguridad, lucha antiterrorista… y algunos otros temas. Ha trabajado toda su vida en eso —le dice Carmela para tratar de tranquilizar a su asesora—. Suele tener buen material.

—¿También de ti, Carmela?

—No seas paranoica. Es un viejo amigo de la familia. Me fío de él.

A Carmela le cuesta vencer la tentación. Le encantaría contarle a su asesora la conversación telefónica que, hace apenas unos minutos, ha mantenido con su contacto. Puede que así entendiera, con la misma claridad con la que lo ve ella, lo sucedido esta mañana.

—¿Cuántos?

Eso es lo primero que le ha preguntado a Ernesto.

Y él no ha parecido alterarse, ningún sonido al teléfono que denotara sorpresa.

Son muchos años los que el excomisario ha pasado en la Policía como para no haber aprendido a manejar con frialdad los datos.

Aunque sean de muertos, aunque haya niños de por medio.

—Tres confirmados: una de las muchachas que trabajaban ahí, el tipo y un niño. Dos años y medio tenía el crío.

—En las noticias hablaban de cuatro víctimas.

—La otra chica, en estado crítico. Veremos si sale de esta.

Por desgracia, la investigación no la lleva ninguno de los que formaron parte del equipo de Ernesto cuando estaba en activo, pero sí conoce a uno de los que están dentro. Lo tuvo con él en la comisaría de Delicias, hace ya muchos años. Un buen tío, por lo que le ha dicho.

—Un atentado, ¿no? —ha preguntado Carmela, aunque más bien se trataba de una confirmación.

—El modus operandi , desde luego, encaja con lo visto en otros lados. Tengo un amigo en información. Le llamaré a ver qué saben del tal Faizullah, si estaba controlado o ha salido de la nada.

Carmela estaba ansiosa por que Ernesto le diera detalles con los que trabajar, pero sus ilusiones se han visto, de momento al menos, frenadas.

—Dame tiempo, niña, pronto sabré más, cuando hagan el registro del domicilio. Vivía en la calle Peñuelas.

—No sé dónde está.

—No muy lejos de la guardería, al lado de la mezquita del sur.

Esa sí sabía perfectamente dónde estaba.

Infinidad de veces había pasado por delante.

De pequeña, muchos sábados por la mañana, acompañaba a su padre a hacer el reparto con la furgoneta y casi todas las veces, a la ida o a la vuelta, utilizaban la carretera de circunvalación y la veían.

A Carmela siempre le había llamado la atención el enorme edificio de piedra blanca.

Tenía infinidad de pequeñas ventanas de cristales coloridos y de su techo repleto de cúpulas de distintos tamaños emergía una esbelta torrecilla.

La mole destacaba entre la masa gris y fea del resto de las construcciones que se asomaban a la carretera.

Recuerda haber llegado a creer que se trataba de un antiguo palacio en el que por supuesto habitaban princesas y caballeros como los de sus cuentos.

Lo creyó mucho tiempo, incluso después de preguntárselo a su padre y este le confirmara que no, que ese era un lugar de los moros.

Y cuando ella siguió tratando de averiguar quiénes eran esos, su padre le dijo que nadie, nadie con los que mereciera la pena juntarse.

Sí, sabía dónde se encontraba la mezquita.

—¿Tú qué opinas? —le ha preguntado a Ernesto antes de concluir la conversación.

—Un lobo solitario, Carmela. Ahora lo que hay que comprobar es si esto forma parte de algo más grande.

Todo esto le gustaría contarle a Florencia.

Una parte al menos, lo justo para que su asesora dejase de cuestionar su estrategia, se callara y confiase en ella. Sin embargo, Carmela no dice nada, y cuando va a ponerle una mano sobre el hombro para terminar la charla, se percata de quién se acerca hacia ellas.

—No te gires —dice Carmela entre dientes—. Viene Restrepo. Dame un minuto y vuelves a buscarme.

—De acuerdo —responde Florencia antes de darse la vuelta.

Se cruza en ese instante con el jefe de gabinete del alcalde, ambos se saludan levemente con la cabeza y Florencia se va dejándoles a solas.

—Vicealcaldesa, si tiene un momento…

Ella desconfía del trato institucional, más cuando viene de un ser como Restrepo. Observa sus ojos, tan faltos de vida.

—Un minuto, Guzmán, el pleno va a comenzar.

Cuidado. Si Carmela tuviera dieciséis años y se encontrara en la calle, tensionaría sus músculos, echaría una pierna atrás y se prepararía para golpear con fuerza al que tuviera enfrente. Ahora todo es más sutil que cuando salía con Fer y el resto. También más peligroso.

—No nos parece muy acertado este mensaje. —Restrepo le muestra la pantalla del móvil. Carmela lee como si ya hubiera olvidado las palabras escritas hace solo unos minutos—. No sé si ha sido su equipo o…

—Sabes que soy yo quien lleva mis redes.

—Lo cierto es que hablar en nombre del ayuntamiento y decir que pronto daremos con los culpables… En fin, nos pone a todos en un compromiso.

—Lamento que no os agrade, pero no es mi partido.

—No, pero es el partido gracias al cual está usted en el equipo de gobierno.

—¿Sí? Yo creo que es justo al revés.

Suenan los últimos avisos por megafonía para que todos entren en el salón de plenos. El vestíbulo se vacía rápidamente. Restrepo fuerza sus comisuras al límite de su elasticidad, intenta componer una sonrisa que no termina de aflorar.

—No la entretengo más. Tan solo quería recordarle que si tiene cualquier duda acerca del mensaje que hay que transmitir, estoy a su disposición.

Y antes de que Restrepo se dé la vuelta para irse, ella le pregunta:

—¿Guardería o escuela infantil?

—¿Qué?

—Supongamos que quisiera publicar algo nuevo en redes. ¿Cuál de las dos expresiones crees más apropiada?

Mantiene la mirada de Guzmán, artificiosa como la de una máquina.

—Escuela infantil.

—Florencia me ha dicho lo mismo, pero no sé…

—Permítame el consejo, vicealcaldesa: apóyese en el equipo. Ahora más que nunca. —Por primera vez en toda la charla, Carmela siente un interés real por las palabras de Restrepo—. Me refiero al asunto de los correos. No es un buen momento para estar sola.

—Gracias, Guzmán. He de decir que me siento plenamente respaldada por los míos, pero extremaré las precauciones. Nunca se sabe quién puede estar detrás de estos ataques.

Florencia aparece en ese instante para reclamar su presencia.

—Ojalá pueda averiguarlo.

—Lo haré, estoy segura.

Pasa por su lado y entra en el salón. Carmela ocupa su sillón mientras se lee el orden del día, que comienza con la petición de un minuto de silencio.

Transcurrido este, todos los miembros de la corporación municipal se sientan y se disponen a escuchar al alcalde, que tiene el turno de palabra.

El Manso habla, pero Carmela está lejos de ahí, extrae su teléfono móvil y comienza a dar forma a un nuevo mensaje.