Capítulo 12
Teodoro se detiene. Ignora cuánto tiempo ha estado caminando.
Más de lo habitual, porque siente un hormigueo nervioso en las piernas.
Nota el sudor en su espalda, el aliento entrecortado.
Pasan de las once y el sol calienta con fuerza.
Se refugia en la sombra fresca de un árbol y un escalofrío le sacude el cuerpo.
Repara en la bolsa de la compra. Todavía la lleva agarrada en su mano aunque por un instante considera abandonarla allí, en un banco, para quien la quiera.
Claro que luego habría de conseguir otra, así que la despliega y la vuelve a doblar con cuidado, de forma metódica esta vez, a ver si de esa manera se hace más llevadera.
Para llegar hasta aquí ha tomado la avenida ancha, hacia el norte, sin un destino fijado de antemano.
Le empujaba tan solo el deseo de alejarse de su calle.
Ha cruzado la carretera de circunvalación por la pasarela, la frontera del barrio, y después ha seguido su marcha hasta llegar a…
¿dónde se encuentra? Uno de los barrios del centro, por completo diferente a Los Olivares.
Observa los edificios antiguos que se alzan a su alrededor.
Muchos de ellos están rematados en sus esquinas por cúpulas abuhardilladas de pizarra negra y festones dorados.
En los balcones hay volutas blancas que a Teodoro le recuerdan al merengue que, cuando era crío, le daban el día de la patrona.
Como entonces, en las puertas, delante de enormes rejas, conserjes trajeados siguen encargándose de impedir el paso a personas como él.
«Al menos me dejan caminar por las aceras», se consuela.
Aquí son mucho más anchas que en su barrio, están limpias y tienen abundantes y frondosos árboles bajo los que pasear y observar las lujosas tiendas.
Tarda unos segundos en darse cuenta de que se halla embobado ante uno de esos escaparates.
La imagen que le devuelve el cristal es desvaída, como la de una fotografía lavada.
Da un paso hacia su izquierda y encaja su cabeza sobre el busto del maniquí que hay en el interior de la tienda.
El reflejo de Teodoro luce así una chaqueta de fina tela azul marino.
Por debajo, una camisa clara y una corbata floreada, alegre aunque sin extravagancias.
«Un conjunto elegante», piensa. Y parece fresco, perfecto para un baile frente al mar.
Él solo tiene un traje. Uno que todavía le sirva.
El resto se le fueron quedando pequeños en torno al abdomen con el tiempo.
El que sobrevive en su armario es el que usó en la boda de su hija Lourdes, y ya entonces pensó que tal vez aquel fuese el último que estrenara.
Salvo, quién sabe, para el bautizo de algún nietecillo que pudiera llegar.
Cinco años de aquello y la posibilidad de que su hija tuviera hijos se había esfumado hacía dos, cuando ella y su marido se divorciaron.
De la noche a la mañana, así es como se enteraron de la noticia.
O de la mañana a la noche, porque fue a eso de las nueve, recién sentados a cenar, cuando él y Gloria recibieron a su hija en casa.
Venía con los ojos hinchados por haber estado llorando, pero sin lágrimas ya en su rostro.
Lourdes parecía querer decirle algo, o puede que tan solo deseara lanzarse a sus brazos, pero al final su hija se limitó a exponer los hechos, fríos, y retuvo su cuerpo frente al de él.
Fue su madre la que la acogió en un abrazo, las mujeres saben de esas cosas, y él quedó por ahí, alrededor de las dos, preguntando a Lourdes qué había pasado. «Nada, que se acabó», le dijo ella.
Y eso fue todo. O al menos todo lo que ella le contó, porque Teodoro sospechaba que había más.
Conocía a su hija, y siempre ha sido muy suya, una mujer de carácter complicado.
Y su yerno…, un pan sin sal que no se había puesto firme cuando tocaba.
Que no se auguraba un futuro juntos ya lo vio él desde el principio, aunque tal vez habrían aguantado de haber un chiquillo de por medio.
Pero nada, ellos se quedaron sin matrimonio, y Teodoro sin nieto y sin estrenar traje.
Tampoco es que haya usado mucho el que tiene guardado en el armario: en el funeral de Gloria y en pocas ocasiones más desde entonces.
De pronto, el recuerdo del hombre asalta su mente.
Se coloca en medio de forma abrupta, sin pedir permiso.
Llevaba varios minutos sin pensar en ello.
«Puede que haya sido al pararme», sospecha Teodoro, pero no puede estar toda la vida de pie, yendo de un lado para otro, en algún momento tendrá que detenerse.
Y cuando lo haga, allí estará el hombre, esperándole, gritando de nuevo en la calle las mismas palabras, esas que Teodoro no ha entendido.
El hombre sostendrá otra vez al niño bajo su brazo y el pequeño volverá a llenar de aire sus pulmones, y llorará, y pataleará con fuerza, hasta que deje de hacerlo.
Otra vez. Una y otra vez.
Teodoro saca el móvil del pantalón. Vibra a cada poco con los mensajes del grupo.
Nadie habla ya del viaje y casi lo preferiría, todo está teñido por la guardería.
Qué pena más tremenda , lee Teodoro. No hay derecho a algo así.
Angelitos. Y varios dibujos, e incluso un vídeo en blanco y negro de niños jugando en los parques, con música de piano…
«¿Quién hace estos vídeos? ¿De dónde salen?
», se pregunta. Teodoro, ha sucedido justo en tu calle, ¿estás bien?
Y más mensajes preocupándose por él caen sobre su pecho hasta amenazar con romperle las costillas y sepultarle.
Se decide a escribir: Estaba fuera cuando ha pasado.
Tenía médico. Aún no he regresado. No tarda alguien en responder que menos mal que se encuentra bien.
Al poco, otro envía un mensaje. El último que lee antes de guardar el móvil en el bolsillo: Era musulmán.
Un atentado, seguro que ha sido un atentado .
Nada que Teodoro no hubiera sospechado en cuanto le vio la cara al tipo y, sobre todo, al asistir en directo al horror de lo cometido.
«Si alguien se hubiera encargado a tiempo de ese malnacido…
De todos ellos», piensa Teodoro. Vuelve a tener el recuerdo del hombre clavado entre los ojos, y el llanto del niño resonándole dentro de la cabeza.
Lo revive con tanta intensidad que, sin darse cuenta, su cuerpo ha recuperado el movimiento y camina de nuevo, alejándose aún más de su casa, tratando, sin mucho éxito, de escapar y dejar atrás cuanto ha visto.