Capítulo 11
Conforma un cuenco con las manos y deja que el agua del grifo lo llene hasta rebosar.
A continuación, Julio sumerge el rostro en ese pequeño estanque y siente revivir su piel al contacto con el agua fría.
Sus párpados cerrados retienen las imágenes vistas por televisión.
La aglomeración de personas tras el cordón policial, la intermitencia de luces sobre los paneles que cortan el paso a miradas morbosas.
Su imaginación, sin embargo, se salta todas esas barreras.
Es malvada, juega con él. Es capaz de situar a Greta en la escena, tenderla en medio de la acera, como si estuviera dormida, sobre una viscosa humedad carmesí que se filtra lenta por entre las losas de la calle.
Restriega por su cara una toallita de papel.
Le gustaría, además, arrancarse con ella estos pensamientos.
Quedan quince minutos para las once. Debe marcharse del Liberal antes de que el reloj comience a agrandarse y acabe por devorarle.
Ya es tarde para el café que ha dejado olvidado con Chumy.
Otro día, le ha dicho a su amigo antes de despedirse, aunque lo cierto es que su cuerpo sigue necesitando el aporte de cafeína: contra todo pronóstico el encuentro con Frisas se mantiene.
Hace solo unos minutos Florencia se lo ha confirmado en un mensaje en el que, por lo demás, descartaban hacer comentario alguno acerca del ataque. De momento.
Se abre la puerta de los servicios. Julio mantiene la calma mientras observa el reflejo del Nuevo acercándose por detrás. Tampoco el director disimula bien la sorpresa del encuentro inesperado.
—Ah, Julio… —Parece haberse acordado de algo al verle. No le tiende la mano y Julio lo agradece. Termina de secárselas con calma—. Ya me ha informado Mariana de que Frisas ha accedido a veros. ¿Sigue adelante?
—Sí, aunque iré yo solo. El día se ha complicado.
—Desde luego.
Y la voz del Nuevo queda suspendida en ese aire con olor a desinfectante. Nunca, en el año que lleva en el cargo, había sucedido algo similar a lo de la guardería.
—Enhorabuena por el artículo de hoy —dice el Nuevo mientras se retira a uno de los urinarios verticales que hay en un lateral—. Trabajos así dan sentido a lo que hacemos.
Es probable que Ícaro Urrieta pronunciara unas palabras muy similares hace poco más de un año, cuando denunció la financiación ilegal de los conservadores que finalmente hizo caer al presidente del gobierno.
—El mérito es de Mariana —responde Julio. Le gustaría escapar de ahí cuanto antes, pero sospecha que el Nuevo no ha acabado con la charla—. Mucha información y poco tiempo para investigar, ella supo en qué debíamos centrarnos.
Se oye la cadena y el agua corriendo. El Nuevo aparece frente a los lavabos. Observa a Julio a través del espejo.
—Es fácil perderse en estos asuntos. —Aplica abundante jabón en sus manos y las frota con fuerza entre sí, casi con rabia—. Uno empieza a sacar trapos sucios… y no sabe cuándo parar.
Julio entiende que se refiere a Urrieta. El antiguo director también quiso ir más allá del presidente. Investigar a las empresas que habían realizado aportaciones ocultas a los conservadores. Y ahí es cuando el Consejo de Administración del periódico intervino.
—Escucha, Julio, quiero que exprimas bien a Frisas. —El Nuevo se aclara las manos bajo el chorro de agua—. No puede salir de esta sin un rasguño. Seguro que dice que no recuerda nada o trata de echar la culpa a otros. Ahora es el momento.
Chumy le dijo una vez que se consigue más aparentando ser un poco menos listo que la persona que tienes enfrente.
—¿El momento de qué?
—Su dimisión, lo primero. Y después de eso ya veremos en qué condiciones llega su partido a las elecciones.
—Frisas es el mayor valor de su partido.
—Tres portadas más como la de hoy y sus propios compañeros la arrojarán por la borda. Antes incluso de que un juzgado la impute.
No es necesario convencerle de eso, Julio sabe que los peores golpes vienen de dentro de las organizaciones, de tus compañeros, o de tus redactores, que un buen día firman una carta conjunta para echarte del periódico que fundaste.
El Nuevo se ajusta la corbata frente al espejo antes de apoyar la mano en el hombro de Julio. Nunca ha tenido esa cercanía con él, y es normal, pues apenas coincidieron una semana en el periódico. Sin embargo, ahora le trata como un padrastro que busca ganarse al nuevo hijo.
—Mira —dice el director—, los experimentos populistas como el suyo están acabados. La derecha tradicional sabe que debe reagruparse si quiere gobernar de nuevo. Y el Liberal , a pesar de todo lo ocurrido, es su periódico de referencia.
Julio ya no disimula sus ganas de huir.
—Pronto saldremos de dudas acerca de qué piensa Frisas sobre ese plan.
El Nuevo le mira con seriedad por primera vez en todo el rato que llevan frente a frente.
—Sí, no dudo de que ella tendrá su opinión, pero que no se te olvide, Julio: nosotros seguimos teniendo la tinta.
El teléfono de Julio se ilumina con la llamada.
Su timbre clásico acompaña el chirriar del metro cuando este toma una curva.
En la pantalla, enmarcada en un círculo, aparece la foto de Silvia.
La tomó él, en México, y diría que han pasado tres vidas desde entonces.
Siempre que ve su imagen se plantea si no sería mejor borrarla y dejar solo su nombre.
Tal vez fuera suficiente con una S, una solitaria y anodina letra S.
Puede que así todo resultase más sencillo.
«Tendría que hacerlo», piensa, pero la imagen sigue ahí un año después del divorcio.
El teléfono insiste y un tipo sentado frente a él en el vagón le apremia con la mirada para que descuelgue.
—Te he llamado —dice Silvia.
—Estaba en la calle, no lo he oído.
Es cierto, aunque el hombre al otro lado parece no creerle. Julio reclama cierta complicidad que no recibe.
—Habrás visto lo de la guardería.
—Acabo de salir del periódico.
Por unos segundos la línea queda en silencio. «Puede ser un fallo de cobertura», piensa él. Desearía que la conversación quedase abandonada en uno de estos túneles, en cambio la voz de ella retorna contundente:
—Creo que deberíamos recoger a Greta de la guardería.
Haber tenido una relación de años con una persona permite establecer una conversación con asombrosa economía de medios. Escuchar la frase de Silvia le basta a Julio para reconstruir la cadena de pensamientos que han conducido a su ex a verbalizar el temor que la invade.
No importa que haya ocurrido en el otro extremo de la ciudad.
Ni que aparentemente se trate de un hecho aislado.
Tampoco que el atacante parezca ser un lobo solitario es relevante para Silvia.
Ni siquiera la debe de tranquilizar demasiado que el tipo esté muerto.
Nada de todo eso apaga el miedo que ahora tiene que estar experimentando.
Por su cabeza desfilará la pregunta de si no se tratará de una acción terrorista más grande, si no habrá más asesinos a punto de entrar en otras guarderías.
O tal vez la cuestión más inquietante y para la que no hay respuesta: cómo perdonarse a sí misma si a Greta le llegara a suceder algo… Cómo vivir después de eso.
Julio comprende el miedo de su exmujer porque es la misma incomodidad instalada en su cuerpo desde que ha oído la noticia, aunque no haya sido hasta ahora cuando lo ha admitido. Ojalá esta coincidencia empática evitara la discusión que surge entre ellos.
—Yo no puedo ir a por ella —contesta Silvia en cuanto Julio se lo propone—. Tenemos comité de dirección y estoy a punto de entrar, por eso te he llamado.
—Silvia, yo tampoco puedo.
—Típico de ti, debería haberlo supuesto. Estás de acuerdo, todo te parece estupendo, pero cuando te pido ayuda…
—No es eso, tengo una entrevista a la una, es importante.
—Quedan casi dos horas. Tiempo de sobra para ir a por ella y dejarla con tus padres.
—Es que… —Odia cuando su cerebro se satura y es incapaz de dar con una respuesta. Porque Silvia va a contraatacar.
—Venga, Julio, alguna ventaja habrá en que dejaras el periódico. Ahora puedes organizarte el tiempo como tú quieras. Otra cosa es que no desees hacerlo.
—¿Acaso crees que no quiero ir a por Greta?
Julio ha levantado la voz y el hombre de enfrente vuelve a mirarle. Definitivamente no obtendrá su apoyo, en ningún momento lo ha tenido.
—Es cuestión de prioridades —dice Silvia—, eso es todo.
—No, en realidad estás diciendo que tu trabajo es más importante, y que tu tiempo vale más.
Otra de las ventajas de haber convivido mucho tiempo con una persona es que los silencios pueden ser atronadoramente explícitos. Este lo rompe Julio cuando retoma la conversación para concluirla:
—Voy a por ella. —Y cuelga antes de oír el agradecimiento de Silvia. Eso le enfadaría aún más.
Se levanta del asiento. En la próxima parada efectuará el cambio de línea hacia su nuevo destino.
Murmura entre dientes. Alguno de los insultos va destinado a Silvia, pero la gran mayoría la reserva para él.
El hombre de enfrente por fin deja de observarle y baja su mirada hacia el suelo del vagón, no se atreve a alzarla.