Capítulo 10
Durante un rato Teodoro ha revisado los mensajes del grupo con cierto desasosiego, aunque finalmente con alivio por no producirse novedades más allá de los acostumbrados saludos y buenos días que como cada mañana se han multiplicado hasta el hartazgo.
En este tiempo también ha habido alguna nueva incorporación al viaje a la playa.
No era eso lo que preocupaba a Teodoro, que casi lo había borrado de su mente.
Más bien temía otra cosa: el mensaje que estaba esperando y que hace solo cinco minutos ha aparecido.
¿Os habéis enterado de lo de la guardería?
, ha escrito uno de repente. La mayoría no tenía ni idea de a qué se refería, pero al poco: Justo lo están dando por la televisión, ha respondido otro.
Y a continuación otro, y luego otro más: Es horrible .
Solo algún despistado seguía deseando los buenos días o preguntando cuáles eran las fechas exactas del viaje, porque temía que le coincidieran con unas pruebas médicas pendientes desde hace tiempo.
Pero pronto todo el grupo se ha enterado y contagiado con los mismos mensajes de dolor y tristeza, con muchos de esos monigotes amarillos que Teodoro nunca ha sabido muy bien qué significan o cuándo utilizarlos.
En este caso la carita con lágrimas no dejaba lugar a dudas.
Y por fin, abajo del todo, ha saltado el otro mensaje que más le atemorizaba leer y sin embargo esperaba. Se ha introducido en medio de la conversación:
Oye, Teodoro, ¿tú no vives en esa calle?
En ese instante ha dejado el teléfono a un lado, como si quemara.
Ha oído el tintineo juguetón de la botella reclamándole desde dentro del armarito y solo cuando ha encendido el televisor el sonido del cristal se ha acallado.
Pocos segundos ha tardado en dar con un canal en el que estuvieran hablando de la noticia.
Por una vez ha sabido lo que se siente al ir por delante de aquellos figurines que aparecen en la pantalla, que informan a unos metros bajo su ventana.
Conjeturan, no saben bien qué ha pasado, poco más que se trata de una guardería, aunque ellos la llaman escuela infantil.
Aseguran que hay, al menos, un fallecido, el supuesto autor de los hechos.
Teodoro sabe que ni es supuesto, ni es el único fallecido.
Junto al hombre, sin ir más lejos, yace otro cadáver, el del pequeño, al lado de su asesino.
Y de momento también sabe más que los policías, que tratan de reconstruir lo sucedido, cuando él lo ha visto por la ventana, cubierta ahora por las cortinas, y a la que no se atreve a asomarse.
No aguanta más, se levanta y se dirige hacia el armarito, pero se detiene a mitad de camino.
Las fotos de su mujer e hijos parecen haberse girado y le siguen con la mirada.
—¿Y qué queréis? Lo hecho hecho está.
Maldice y huye de los retratos, se va al dormitorio. Abre el ropero y saca una camisa limpia, se pone otros pantalones y los zapatos con ayuda de un calzador largo que tiene desde hace años. Una chaqueta ligera de punto, por si acaso.
Va a salir por la puerta de casa cuando se detiene un segundo.
Lo piensa una vez más y al fin vuelve sobre sus pasos, coge el teléfono que había dejado en la mesita del comedor y se lo echa al bolsillo.
Antes de salir se acuerda también de llevar consigo una bolsa de plástico de esas grandes que tiene para hacer la compra y sale por la puerta.
Escucha que en el rellano de arriba dos vecinos hablan.
—Entonces he oído los gritos y los lloros del crío —le dice uno a otro—, pero para cuando me he asomado ya era tarde.
Teodoro se pega a la pared y procura no hacer ruido. Su vecino de rellano no le preocupa, está de viaje.
—Yo le he dicho a mi mujer que había pasado algo, y ella que nada, que no sería nada… Y mira, al poco ya estaba aquí la Policía…
No espera al ascensor y Teodoro baja por la escalera a pesar de que un punzón ardiente se le clave en las rodillas con cada peldaño.
Cuando llega al portal ve a una multitud agolpada fuera.
Un cordón policial contiene a las personas a este lado de la calle.
Se abre paso como puede entre la gente. Muchos de ellos son vecinos, rostros conocidos, otros, curiosos.
Todavía ningún padre o madre, deduce Teodoro.
No estarían así, sin lágrimas en los ojos, sin derrumbarse o sin traspasar esa fina cinta de plástico.
Desde la última fila y entre las cabezas de las personas consigue ver el panel blanco que han puesto delante de los cuerpos caídos y sobre el que impactan ahora los rayos del sol.
Ese refulgir parece hipnotizar a todos los presentes, momento que él aprovecha para girar y echar a andar por la acera, pero a los dos pasos se interpone un policía de uniforme.
—Disculpe, caballero, buenos días. —Teodoro lo observa. Un chaval joven con barbita. No sabe por qué ahora todos llevan barba—. ¿Vive usted en este edificio?
Es seguro que le ha visto salir, así que mueve la cabeza arriba y abajo. El agente saca una pequeña libreta, y le pregunta por su nombre y piso. Si no le importa, por supuesto. Como si tuviera alternativa.
—Teodoro Yáñez. Vivo en el primero B. ¿Quiere la documentación?
—No es necesario, gracias. Tan solo estamos preguntando a todos los vecinos. ¿Ha visto usted algo de lo sucedido?
Teodoro niega con la cabeza.
—A lo mejor ha oído algo…
Al otro lado de la calle, por la puerta de la guardería, sale un enfermero con un niño en brazos, el pequeño está asustado, llora a pulmón abierto, pero parece que está bien. Después le sigue una camilla ocupada por una chica de las que allí trabajan, una mascarilla de oxígeno le cubre la cara.
—Señor, ¿ha oído algo? Cualquier detalle que recuerde puede ser de gran ayuda.
—Estaba dormido, lo siento. Me he enterado cuando han venido ustedes. Por las sirenas.
El policía traza una raya horizontal en la libreta a continuación de su nombre y Teodoro respira de nuevo.
—Voy al supermercado. Vivo solo.
—Entiendo. Muchas gracias, señor, eso es todo.
Y le hace un gesto con la mano para que avance por la acera.
Se aleja Teodoro sin querer mirar hacia atrás.
En el corto trayecto que le separa de la calle transversal se cruza con una mujer que llora y avanza entre gritos en dirección a la guardería, la acompaña un hombre que trata de sostenerla para que no caiga desmayada.
Ambos parecen no pisar el suelo y avanzan como suspendidos en el aire, empujados por la suave brisa que a ratos sopla.
Teodoro acelera el paso en dirección contraria, hacia la calle ancha, la que le aleje cuanto antes de allí.