Última hora Capítulo 9
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Capítulo 9

Chumy encarama su cuerpo orondo a una de las banquetas que hay en la salita de café. Es una imagen que ha visto cientos de veces, pero Julio no consigue ahogar una risita al ver los pies del veterano colgando en el vacío.

—Tú invitas —dice Chumy.

—¿Por qué?

—Por graciosillo.

Julio introduce las monedas por la ranura y estas ruedan por el interior metálico de la máquina. Mientras, Chumy le pone al día acerca de la historia en la que trabaja.

—El relojero loco —apunta Julio.

Se trata del encargado del reloj de la plaza Mayor, y murió ayer.

Sin embargo, el artículo de Chumy va más allá del simple repaso biográfico del personaje.

Cuenta, además de la historia del reloj, su instalación en la plaza, e incluso un crimen cometido a sus pies en el XIX y que nunca se esclareció.

Son muchos años los que Chumy ha dedicado a cubrir sucesos.

Una vez le dijo: «No queda piedra en esta ciudad sobre la que no se haya derramado la sangre». Y Julio le creyó.

—Debemos reivindicar los antiguos oficios —dice Chumy cuando Julio pone el vasito de café en sus manos—. Antes de que desaparezcan.

«Como el de periodista», piensa Julio, pero calla e introduce más monedas en la máquina.

La defensa de Chumy es la de aquellos que cada día realizan sus viejos trabajos, de forma discreta, sin protagonismo.

Todo para que las agujas no se detengan, aunque nadie consulte ya la hora en la torre del reloj.

Tampoco se compran periódicos. Basta con encender el teléfono, ver cómo las noticias cambian cada pocos minutos.

Y eso ahora, en la actualidad. Ni siquiera se atreve a imaginar cómo será dentro de unos años, cuando Greta tenga edad suficiente para querer comprender el mundo en el que ha nacido.

Este siempre ha sido un trabajo efímero, pero antes, al menos, el esfuerzo lucía intacto durante todo un día.

—¿Te ha dado una embolia o qué? —le espeta Chumy.

La máquina de café está pitando desde hace unos segundos. Julio saca el vaso de cartón con cuidado de no quemarse, cosa que no consigue.

—Tú sí que vas a reventar pronto como no te pongas a dieta.

El veterano ladea la cabeza. Julio no apostaría por que vaya a cambiar demasiado a sus años. Se pregunta si él mismo es capaz de hacerlo a los suyos. Poco a poco.

—En unos meses ya no habrá excusa para no sumarme al régimen de mi mujer. Tengo que aprovechar hasta entonces. —Y culmina su frase dándole un mordisco a una rosquilla glaseada.

Con la jubilación de Chumy no solo desaparecerá uno de los más veteranos de la profesión, sino también uno de los pocos de la plantilla que se negaron a participar en la traición a Urrieta y firmar la carta.

Con su marcha, el Nuevo y el Consejo de Administración estarán más cerca de conseguir que, solo un año después de su golpe, parezca que en el Liberal nunca sucedió nada.

Son tiempos para nuevas caras, como la de Suso Llaneras al que Julio observa a distancia. Ha entrado en el despacho del Nuevo, le ofrenda una especie de trofeo, que el director toma entusiasmado en sus manos.

Ambos posan delante de Lolo, jefe de fotografía, que dispara una ráfaga de fotos con flash que iluminan todo el despacho, como si este se hubiera inundado de fuegos artificiales.

—El Premio Wow —aclara Chumy a Julio cuando este pide que le explique qué pasa ahí.

Cada mes, una agencia de publicidad hace entrega del premio al periodista, influencer o personaje similar, que más interés haya suscitado con sus artículos, vídeos…

o lo que sea que en muchos casos hacen. Llaneras, según le explica Chumy a Julio, ganó el del mes pasado con un reportaje acerca de una de las víctimas del violador del metro.

Poco parece importarle al Nuevo la demanda que, tal y como dice Chumy, y toda la redacción sabe ya, ha interpuesto la chica.

Según su versión, ella nunca aceptó conceder esa entrevista, ni hizo esas declaraciones, y ni siquiera autorizó publicar su foto, sino que Llaneras la cogió de una red social.

—Ahora entiendo el enfado de la Quílez.

Chumy asiente, aunque con poco entusiasmo y nada de esperanza.

—Con todas las visitas que tuvo el artículo hay dinero suficiente para pagar la multa… Si finalmente hay condena, claro.

El Nuevo y Llaneras siguen conversando. Ambos sujetan el premio, uno a cada lado, más fotografías.

El director palmotea la fornida espalda de Llaneras mientras Julio no deja de preguntarse cuánto dinero concederán por un premio así.

Entonces Chumy le sacude en la cabeza con algo y a punto está Julio de derramar el café.

El que fuera su mentor deja un ejemplar en papel del Liberal sobre la mesita.

—Menos lloros, chaval, que vas en portada.

Julio se ha sonrojado y siente el calor en sus mejillas.

—¿Qué te ha parecido?

—Me alegra que vuelvas a hacer periodismo. Mejor esto que andar por ahí con el trabuco.

«Menudo cabrón —piensa Julio—. Estará mayor, pero a Chumy sigue sin escapársele una». A pesar de que no haya firmado con su nombre ninguno de los trabucazos realizados para Revelaciones durante estos meses.

—¿Cómo lo has sabido?

—Este mundillo es pequeño y Sosa un bocazas. Además, corregí tus páginas durante años: reconocería tu abuso del gerundio entre mil artículos.

Por un instante Julio sopesa la opción de justificarse.

Explicarle que los trabucazos para Sosa son solo un trabajo temporal, hasta que encuentre algo mejor, pero lo descarta: Chumy ya supondrá cuál es su necesidad.

Nadie con un ápice de respeto por el periodismo trabajaría en Revelaciones por gusto.

—Anda, cuéntame el crimen del reloj.

—Pues verás… —Y Chumy se dispone a relatarle con detalle lo sucedido hace dos siglos—. Como casi siempre ocurre con estas cosas, todo empezó por un lío amoroso…

Mientras escucha la historia, Julio observa a lo lejos cómo Mariana irrumpe en el despacho del director y se cruza en la trayectoria de Lolo, que protesta por la instantánea arruinada.

La Quílez lleva un papel en la mano que entrega al director.

No se encuentran tan lejos como para que Julio no perciba el mudar de sus rostros.

La desaparición al instante del ambiente festivo que reinaba.

El Nuevo escucha a Mariana sin levantar la vista de la hoja.

Tras unos segundos es el director quien toma la palabra, parece dar instrucciones a los tres, que a continuación salen del despacho.

—… en esa época muchos matrimonios se concertaban y claro…

Julio ve a Lolo encaminarse hacia un extremo de la redacción, chasquea los dedos para reclamar la presencia de una de las fotógrafas de su equipo.

Conforme él le explica, ella introduce su equipo fotográfico en una mochila, coge el papelito que Lolo le entrega y abandona la redacción corriendo.

Llaneras, por su parte, ha llegado a su puesto, habla por teléfono, ni siquiera se ha sentado.

Julio fija su mirada en Mariana. Se dirige a la sala de reuniones en la que antes ha estado con él.

En su trayecto va dando un toque en el hombro a los jefes de sección a los que recluta: local, nacional…

—¿Me estás escuchando? —pregunta Chumy.

—Ha ocurrido algo.

Julio se pone de pie. En la boca de Chumy quedan suspensas unas palabras. Julio abandona su café, todavía caliente y que apenas si ha probado, y camina rápido por entre los escritorios hasta interceptar a Mariana.

—¿Qué ha pasado?

Ella no responde. Los jefes de sección ya están en la sala con rostros circunspectos. Intercambian los detalles que van recibiendo en sus móviles.

—Mariana… —insiste Julio.

Han encendido el televisor. El canal de noticias tiene un cartel rojo en una esquina. Ú LTIMA HORA: ATAQUE EN UNA GUARDERÍA llega a leer Julio antes de sentir cómo Mariana le agarra por el brazo.

—Un hombre ha entrado con un cuchillo en una guardería…

—Mariana le habla y Julio se fija en sus labios, cómo se mueven arriba y abajo, oye sus palabras, es cierto que no dejan de brotar por su boca, pero Julio no es capaz de comprenderlas, como si se alejaran flotando en el espacio, a la deriva, cada vez más débiles… —. Julio: no es la guardería de Greta.

—¿Qué?

Y ella se lo repite. Julio siente cómo poco a poco su cuerpo vuelve a experimentar la gravedad.

—¿De acuerdo? —se asegura Mariana.

—Sí… —La sangre vuelve a fluir por sus brazos agarrotados—. ¿Cuántos?

—El teletipo solo confirma que hay víctimas. Mortales. Parece que el agresor ha muerto, pero podría haber más.

La noticia se extiende por la redacción. Un rumor como de niebla se espesa entre los periodistas que se agrupan en torno a los televisores que hay repartidos por toda la planta. Algunos acuden rápido a sus móviles para llamar.

—¿Es un atentado?

—No lo sabemos todavía. Tengo que entrar en la reunión.

Julio la detiene.

—La reunión con Frisas.

—Tendrás que ir tú solo.

—La van a cancelar.

—Es probable. Llama y que te lo confirmen. —Mariana va a dar por terminada la conversación y entrar en la sala, pero se gira de nuevo—. Y de paso intenta sacarles una declaración sobre el ataque. Tal vez suelte una de las suyas.

—¿Por qué?

—Ha sido en Los Olivares.

Mariana entra en la sala y cierra la puerta de cristal.

Desde fuera, Julio la ve transformarse en la Quílez y ponerse en acción: ordena guardar silencio y acto seguido va distribuyendo el trabajo entre las distintas secciones.

El día será largo y Julio tiene la sensación de que hubiera comenzado de nuevo para todo el mundo.

Julio ocupa el primer puesto libre que ve, saluda a la redactora que está más cerca, una chica joven a la que tampoco conoce y que está concentrada en la pantalla del ordenador.

Julio llama al gabinete de la vicealcaldesa, pero Florencia no responde.

Lo esperado. Le escribe un mensaje de texto para confirmar la cita.

También le pide una primera valoración de la vicealcaldesa acerca del ataque.

En la pantalla de al lado, la chica lee la versión digital del periódico.

Su titular sobre los correos de Frisas ocupa todo el ancho de la página.

Julio es capaz de anticipar la derrota, lo que va a ocurrir.

Siente decaer su ánimo, aunque no es solo por eso, hay algo añadido.

Algo que ha ido creciendo dentro de él desde que Mariana le ha dicho que podría haber más.

Todavía no es capaz de identificar el sentimiento, pero sería algo parecido a una preocupación, un temor oscuro y pegajoso que comienza a solidificarse.

Julio se considera a sí mismo un tipo tranquilo, racional, frío.

Casi siempre en su vida se ha comportado de esa manera.

Silvia le acusaba de su irritante placidez.

Por ello, se repite ahora que no es momento de precipitarse, ni comportarse como un paranoico.

La guardería de Los Olivares está en la otra punta de la ciudad.

A cinco kilómetros o más de la de Greta.

Los barrios, de hecho, no pueden ser más diferentes.

Y mientras piensa en todo ello, Julio se descubre buscando en su teléfono hasta dar con el número de la guardería de su hija.

Contesta una chica. Julio se identifica como el padre de Greta. Ella parece no acordarse de él. Tampoco él sabe con certeza a quién tiene al teléfono. Pregunta si todo va bien por ahí.

—Sí, claro, ¿por qué?

Duda si aceptar el papel de ser él quien le dé la noticia. Antes de eso le vuelve a preguntar si todo está en orden, si no ha notado nada extraño hoy en la escuela.

—¿A qué se refiere?

Pero él no responde. Ha desviado la mirada hacia la pantalla de la redactora que tiene a su izquierda. Su titular sobre Frisas acaba de desaparecer del tercio superior de la página. Lo esperado. En su lugar aparece ahora, incluso un poco más grande, uno nuevo.

—Ha habido un ataque… —dice Julio.

—¿Perdone? —responde la chica al teléfono—. No le entiendo.

—En una guardería de la ciudad. Ha habido un ataque, un atentado. Les llamo porque… Deberían llamar a la Policía, ellos sabrán qué hacer, pero… Solo quería decirles eso: llamen a la Policía y, por favor, tengan mucho cuidado. ¿Lo ha entendido?

—Lo que dice, señor, no sé si… ¿Es una especie de broma?

—Escúcheme: cierren la puerta, pongan las noticias y llamen a la Policía. Solo les pido eso, por favor: miren las noticias.

No da más explicaciones a la chica, que todavía hace preguntas cuando Julio corta la llamada. Relee el nuevo titular: A TAQUE MORTAL EN UNA ESCUELA INFANTIL . El suyo se encuentra reducido, apartado a una esquina de la pantalla. Siempre ha sido un trabajo efímero.