Capítulo 8
Destellos azulados entran por las ventanas.
Tiñen las paredes del salón. Las fotos enmarcadas que hay por todo el mueble alternan su color.
Teodoro las observa desde el sofá, y los tres le devuelven la mirada.
Diferentes Glorias, Lourdes y Guillermos.
A distintas alturas, con edades diversas.
Instantes pasados desde los que le hablan.
Sus voces ausentes transportan reproches y le obligan a apartar la vista de ellos.
Sobre la mesa ha dejado el móvil, junto a los restos del desayuno y el vaso vacío de licor.
Él permanece sentado, lejos de la ventana, sin atreverse a mover un músculo.
Quizá sea incapaz de hacerlo. Intenta reordenar su pensamiento, recordar lo sucedido…
¿Hace cuánto? Ni media hora. Acude a su memoria un primer momento en el que Teodoro ha corrido por el pasillo.
Avanzaba tapándose la boca con una mano mientras con la otra empujaba puertas.
Pensaba que iba a echarlo todo cuando ha levantado la tapa del retrete, pero tan solo un hilo de baba se ha desprendido de su boca.
Ojalá lo hubiera arrojado todo. Al menos se habría purgado.
Porque, tras haber visto aquello, por fuerza algo malsano ha debido de quedársele dentro, adherido a las entrañas.
Después de refrescarse la nuca con agua ha regresado al salón.
Primero fue Gloria, su mujer. Con el virus.
En aquellos días todo era el virus. El gobierno estaba sobrepasado.
Una semana ordenaba una cosa, y a la siguiente, la contraria.
Inútiles. Con la presidenta del gobierno en la televisión cada dos por tres.
Y todo para que su mujer se acabara muriendo igual, sin apenas poder verla y estar con ella en el hospital, enterrándola casi a escondidas.
Pero la culpa fue de él. No de los políticos, ni de los que crearon el virus, ni siquiera de las energúmenas aquellas que días antes de que todo explotara se manifestaban como locas y lo propagaban a diestro y siniestro.
No. Al parecer, la culpa era por completo suya.
Por no creer en aquello, por haber permitido que Gloria siguiera yendo a la compra, por haber tardado en avisar al médico…
Un sinfín de acusaciones que su hijo le arrojó a la cara cuando las lágrimas no se habían secado aún.
Semanas después del entierro, Guillermo aceptó un trabajo en otra ciudad y se marchó. Él había sido el segundo.
No lo desea, pero algo le ha atraído hacia la ventana, como una fuerza que tirara de él.
En parte se oculta tras las cortinas. No dejan de acudir ambulancias.
El ruido es insoportable. No hay lloros porque a los niños que han sobrevivido los han debido de evacuar a otro sitio.
Algunos policías han acordonado la zona.
Otros se sitúan alrededor de los dos cuerpos a los que en un primer momento los sanitarios han tratado de auxiliar sin éxito y que ahora están tapados por unas finas telas metalizadas, igual que el de la chica de la puerta.
Los tres se hallan en el mismo sitio en el que Teodoro los ha visto caer, sobre dos charcos de sangre que por fin han detenido su avance.
«¿Habrá más dentro? —se pregunta—. ¿Cuánto tardarán en avisar a los padres?
». La sed ha regresado, pero guarda la botella en el armarito.
Necesita estar sereno. Entonces piensa en que podría llamarla.
Tal vez la marcha de su hija Lourdes fue la más dolorosa de las tres.
Por ser la última y asimismo inesperada, pero sobre todo por mostrar en crudo cuáles habían sido sus verdaderas intenciones durante los meses anteriores.
Porque lo único cierto es que su hija, tan pronto como vio que Teodoro no consumía las horas en la soledad de su casa, y que empezaba a hacer vida junto al grupo de viejos al que le había apuntado, tomó el mismo camino emprendido por su hermano pequeño tiempo antes y también se largó.
«Guillermo me ha conseguido esta oportunidad en su empresa —le dijo entonces su hija—. Trabajaremos juntos, ¿no es increíble?». A Teodoro, en efecto, le pareció muchas cosas. «Increíble» era uno de los adjetivos.
Lourdes le intentó tranquilizar asegurándole que estarían en contacto.
«A menos de tres horas en tren si sucede algo», le dijo ella.
«¿Y qué va a pasar?», respondió él. «Nada, pero cualquier cosa, me escribes».
Y eso había hecho Teodoro desde entonces.
Le mandaba algún mensaje, a veces la llamaba, aunque hasta él sabía cuándo sus intentos de contacto se tornaban pesados.
Las contestaciones tardaban en llegar y cuando lo hacían eran cada vez más escuetas.
Aun así, no había perdido la costumbre de escribir esos mensajes, si bien depositaba en ellos pocas esperanzas de respuesta.
¿Qué tal va todo, hija? Espero que estéis bien. Dale recuerdos a tu hermano.
Ayer, además de estas líneas, le había reenviado uno de esos vídeos que cada día suele recibir a través del otro grupo.
Música, paisajes maravillosos y flores coloridas con frases que celebran la alegría de estar vivo, al tiempo que te apremian a aprovechar el día como si fuera el último.
Un horror, en opinión de Teodoro, pero es más fácil expedir esos mensajes que expresarse con sus propias palabras. Tampoco ayer le respondió Lourdes.
«Ahora estará en el trabajo —piensa Teodoro—.
Pero ¿para qué molestarla? Bueno, podría decirle lo que ha pasado, lo que he visto.
Tal vez ella sepa qué es mejor…». Si no se lo cuenta él, puede que su hija no se entere hasta el mediodía, cuando pare a comer.
Repara entonces en que ni siquiera conoce el horario de su hija, o si regresa a su apartamento a mitad del día.
Ignora si su oficina está lejos de donde vive.
Y tampoco podría asegurar en qué trabaja.
«En una gran empresa —responde Teodoro siempre que le preguntan, y añade—: En un buen puesto».
Lo ha contado tantas veces de la misma forma que ha acabado por creérselo.
—De momento, mejor callado.
Y decide correr las cortinas antes de que empiecen a llegar los padres.