Capítulo 7 #2
La asesora amaga con responder, pero opta por la prudencia.
Es una de las cualidades que más valora en ella, la ayuda a templarse en más de una ocasión, aunque tal vez no se lo dice tanto como debiera.
Carmela ha recorrido varios metros del vestíbulo cuando se percata de que Florencia no avanza a su lado.
«¿Qué sucede?», se pregunta. El rostro de Florencia es serio.
—Quiere verte. En su despacho.
—¿Ahora?
Florencia asiente. «Tarde o temprano iba a suceder —piensa Carmela—, así que cuanto antes tenga esa conversación con el Manso, mejor».
Suben en el ascensor acompañadas por un silencio plomizo.
El ímpetu inicial se ha tornado en preocupación que Carmela siente extenderse por su cuerpo.
¿Qué puede esperar del alcalde? Al salir del ascensor entrega el bolso a Florencia para que lo lleve a su oficina mientras ella encara la otra dirección, la que desemboca en el despacho del Manso.
Lo que separa sus despachos va más allá de los metros que median entre ambos, y esa diferencia siempre ha estado ahí, desde el inicio del mandato conjunto hace tres años.
Sin embargo, la distancia ha crecido en los últimos tiempos.
La división en la coalición de gobierno es manifiesta, aunque todos se esfuerzan en negarla.
Mantendrán esa calma tensa hasta que las elecciones, previstas en seis meses, inauguren oficialmente las hostilidades.
No es sencillo fijar un punto de inicio en las discrepancias.
Hace tiempo que el Manso viró al centro en busca del voto moderado.
Había discutido con él, en privado y en público.
Afeó al alcalde sus visitas a los barrios llenos de inmigrantes.
No para condenar la delincuencia o para apoyar a los comercios de toda la vida, sino para participar, según él, de una «multiculturalidad que nos enriquece».
En una de esas excursiones incluso se había atrevido a tomar parte en la fiesta del cordero.
Carmela había criticado la deriva de los conservadores, que consideraba una concesión a la izquierda.
«Errores gigantes de políticos pequeños, débiles y acomplejados —declaró en un programa de radio—.
Traicionan a sus votantes, pero ni yo ni mi partido los abandonaremos».
Eso había sucedido dos semanas atrás. Más o menos, supone Carmela, cuando el Manso y los suyos debieron de filtrar sus correos al Liberal .
La secretaria que precede al despacho la saluda.
—Buenos días, señora. Adelante, la está esperando.
Carmela abre la pesada puerta de madera y entra.
Una estancia amplia, con altas ventanas que derraman luz sobre la extensa alfombra.
Al final de esta se encuentra la mesa del alcalde.
El Manso atiende una llamada de teléfono con semblante grave, le hace un gesto para que se acerque.
Al llegar al centro de la sala, Carmela tiene un presentimiento que la lleva a girar sobre sus talones.
El rostro plástico de Guzmán Restrepo la observa desde un rincón.
Tiene una línea recta en la boca y sus labios apenas son visibles.
El jefe de gabinete del alcalde sonríe por educación y casi puede oírse el crujir de sus comisuras sintéticas.
Su rostro es el de un joven, sin atisbo de barba en un rostro pálido, libre de arrugas, y con el pelo de color castaño, enfermizamente bien peinado, sin canas a la vista.
Tan joven aparenta ser que Carmela ha elucubrado con frecuencia si Restrepo no sufrirá una enfermedad del desarrollo, la carencia de alguna vitamina, el bloqueo de algún gen.
Y lo cierto es que, a pesar de su aspecto de muñeco de látex, Restrepo sobrepasa los cuarenta y lleva más tiempo en el partido que el propio alcalde.
En las juventudes, en la junta del distrito central, en la secretaría de comunicación del partido, incluso estuvo un tiempo al lado del presidente del gobierno antes de volver a la política local para integrarse en el equipo del Manso.
Carmela no esperaba tener que vérselas con los dos.
—Carmela —dice el alcalde nada más colgar el teléfono—. Por favor, siéntate.
Le indica una de las dos sillas que hay delante del escritorio.
Carmela revive el momento cuando, con diez años, la llamaron para que se presentara ante el director del colegio.
Había habido un robo y querían nombres. Ella no dijo nada y asumió el castigo.
No sabe qué hará frente a lo que esos dos pretendan arrojarle ahora.
—Pensaba que podríamos hablar en privado.
Carmela dice esto mientras Restrepo camina en silencio a su espalda. Repta por la alfombra hasta llegar a su lado y se sienta en la otra silla vacía.
—Carmela… —comienza el Manso.
—Escucha, antes de que digas nada, lo que publican hoy…
—No se trata de eso, vicealcaldesa —corta Restrepo sin dignarse siquiera a mirarla. Parece aburrido, como si ya conociera la película que proyectan en la pantalla.
—La Policía me acaba de informar. Hace unos veinte minutos se ha producido un ataque en una escuela infantil. Todavía se desconoce el número de víctimas.
—¿Niños?
—Sí, pero no han sabido decirme cuántos están heridos y cuántos han… —No es capaz de acabar la frase. El Manso tan solo deja que las palabras se apaguen por sí solas.
—¿Quién ha sido?
—De momento han localizado a un atacante. Muerto, aunque podría haber más de uno.
—Pero ¿quién es? ¿Quién podría hacer algo…?
—No lo sabemos, están tratando de identificarlo.
El alcalde mira a su asesor y este le sostiene la mirada con frialdad.
—¿Dónde está la guardería? —pregunta Carmela de repente.
Sospecha de qué se trata. Lo ha intuido desde que el Manso ha empezado a hablar, pero ahora quiere oírlo de su boca. Está asustado, y aunque trate de aparentar tranquilidad, Carmela sabe que está paralizado por el terror, como si lo hubieran atornillado al sillón.
—Acaba de suceder, Carmela, conforme nos vayan informando de los detalles os los haremos llegar. Guzmán se coordinará con vuestro equipo para estar alineados.
—¿Dónde ha sido?
Carmela no desestima la pregunta que ha hecho y permanece muda para subrayar que espera una respuesta. El alcalde observa otra vez a su asesor, casi pareciera que le está solicitando permiso para hablar.
—La guardería está en Los Olivares —dice el Manso.
Lo sabía. Uno de esos barrios tan exóticos y étnicamente diversos a los que él había honrado con su presencia en varias ocasiones.
Carmela hace lo posible por fingir que escucha atenta lo que el alcalde y Restrepo le explican a continuación.
Le hablan del comunicado que van a lanzar desde el ayuntamiento, de la forma en la que ambas oficinas se deben coordinar, y hasta hay una petición expresa de apoyo y lealtad que el Manso se atreve a solicitar a Carmela en estos momentos tan complicados.
—Sí, por supuesto —responde ella—, puedes contar conmigo para lo que necesites.