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Capítulo 7

La llamo en cinco minutos. Carmela revisa su reloj de pulsera y comprueba con enfado que el plazo se ha cumplido.

Seis minutos desde que ha recibido el mensaje.

Se siente estúpida, ahí plantada. La humedad del césped empieza a traspasar la piel de los zapatos.

Por fortuna, el extenso jardín aún se encuentra despoblado de residentes.

Sin embargo, puede sentir sus miradas clavándose en su espalda.

Al bajar del coche ha visto a algunos de los ancianos asomados a las ventanas de sus habitaciones, dispuestos a que transcurra un día más, y con la esperanza de que un rostro familiar se presente hoy a visitarlos.

Otros cuantos la deben de estar observando a través de la cristalera del salón donde tienen el televisor y las mesas de juegos.

Muchos, la mayoría, la conocen. De sobra saben de quién se trata.

«Sí, sí, es la vicealcaldesa», reconstruye Carmela en su mente.

«¿A la que han cogido metiendo mano en la caja?

La hija de Paco, sí. Menos mal que el pobre no se entera mucho, menuda vergüenza si no…

». Sobre todo el enjambre de voces, en la imaginación de Carmela se impone una frente al resto, la de la cuidadora esa.

La que tiene rapados los laterales de la cabeza y los mechones morados.

«Seguro que no ha dejado de rajar con los viejos desde primera hora», supone la vicealcaldesa.

«Corrupta, facha, a saber qué más habrá dicho de mí.

¿Por qué la habrán contratado? En una residencia pública no hay nada que hacer, pero ¿aquí?

Deberían ser más selectivos, aunque es cierto que la profesión está repleta de gente así», piensa Carmela.

Sostiene el teléfono en la mano. Siete minutos.

Es el mismo modelo que tenía antes, pero este está limpio, y con un nuevo número.

Ernesto se lo hizo llegar ayer por la tarde a través de uno de los que trabajan con él en la agencia.

El tipo, al que Carmela había visto en alguna otra ocasión, le dijo que podía utilizarlo sin miedo.

También le transmitió un mensaje, de parte de Ernesto: ya estaban estudiando a los dos del Liberal .

Pronto le diría algo. Carmela espera que así sea, y contar con material interesante antes de verse con ellos a la una.

A pesar de ser nuevo, el número ha corrido rápido entre sus contactos más cercanos.

Desde primera hora no ha dejado de recibir emails , mensajes y varias llamadas.

Buena parte provenían de su jefa de gabinete, Florencia.

Insistía en anular el encuentro con los periodistas, pero Carmela ha zanjado la discusión: de momento se mantiene.

El resto de las llamadas y mensajes procedían de miembros del partido, nerviosos por lo publicado.

Todos le han dicho que la apoyan, que están con ella ante este ataque infundado.

Lo cierto es que solo tratan de averiguar el alcance de los daños y dilucidar si ha llegado el momento de amputar el miembro y deshacerse de ella. Ocho minutos.

—A la mierda, esto es una pérdida de tiempo…

Se produce entonces la llamada que esperaba y Carmela deja que suene. Un par de veces. Y una tercera, mientras respira hondo. Luego, descuelga.

—Disculpe que la haya hecho esperar. No estaba solo.

—¿Ha pensado en mi propuesta?

—Sí, claro, desde que me lo ha dicho esta mañana. Y ha sido difícil tomar una decisión, se lo aseguro. Lo siento, vicealcaldesa, esta vez no podemos hacernos cargo del asunto.

Carmela no cree lo que acaba de escuchar, ni siquiera que aguante de pie, pues siente que sus fuerzas han abandonado su cuerpo y todo da vueltas a su alrededor.

¿O es ella quien gira? Ante sus ojos pasan fugaces los rostros vigilantes de los ancianos desde la residencia.

Detiene el carrusel al que esa negativa le había subido de golpe y trata de asentarse sobre el césped.

—Creí que su medio podría encargarse, Sosa. Hacer el trabajo.

—Y podemos hacerlo, señora. Sabe bien cómo trabajamos, pero el pájaro al que apunta…

—Ha sido él —interrumpe Carmela—. La orden no ha podido salir de otro.

—No tiene que convencerme de eso, llevo años cubriendo a los conservadores, sé cómo se las gastan. Y el alcalde no es una excepción.

—¿Entonces? —Confía en que Ricardo Sosa diga algo, pero sigue callado—. Oiga, mi información es buena. Investiguen un poco y la porquería saldrá a presión. Asuntos mucho más grandes que lo publicado acerca de mí, se lo aseguro.

—La creo, vicealcaldesa, pero no se trata de qué es verdad y qué no. Son demasiado grandes como para no tener problemas si voy contra ellos.

—Y no es solo el ayuntamiento —Carmela continúa, como si no hubiera oído nada de lo dicho por el director de Revelaciones —. Ya sabe el apoyo de Zarra al alcalde, no me extrañaría que también le salpicara.

El silencio se apodera de la línea. Puede haber traspasado una frontera invisible al nombrarlo, pero qué demonios, no es ningún secreto que Zarra, al igual que otros empresarios, ayuda a los conservadores.

—Con más razón —dice Sosa.

—Tiene miedo.

—Esa es una forma de verlo, señora. Otra es saber qué batallas se pueden ganar y cuáles es mejor evitar.

—Esta la ganaré yo.

Arroja el teléfono al interior oscuro de su bolso.

Deja atrás el jardín y entra por la puerta principal del centro.

La mujer de recepción asiente con la cabeza y le autoriza el acceso.

Carmela avanza decidida por unos pasillos que conoce bien.

El sonido de sus pasos se extingue al llegar ante las puertas del gimnasio.

Una ventanita redonda se abre en una de las hojas y por ella se asoma Carmela.

Llega tarde. Su padre ya está en medio de la sala y un fisioterapeuta le ayuda a levantarse de la silla.

—Empezaremos con el desfile de modelos. ¿De acuerdo, Francisco?

Su padre está de espaldas a la puerta, aunque gira el rostro lo suficiente como para que Carmela compruebe que las palabras del chico le han hecho gracia.

Una sonrisa que la parálisis apenas le permite articular.

El fisioterapeuta coge a su padre por debajo de las axilas y le acerca hasta las barras.

Arrastra el pie izquierdo por el suelo de goma, pero el derecho aún conserva parte de su fuerza.

También los brazos con los que se apoya en las maderas.

El fisioterapeuta repara entonces en su presencia y alza las cejas, se excusa por no poder detener la sesión.

Carmela levanta la mano para tranquilizarle.

Solo quería verle. Él entiende el mensaje y sigue animando a su padre para que dé un paso, y luego otro más.

—Ha mejorado mucho —dice una voz a su lado.

Carmela ahoga su sorpresa. También evita posar su mirada más de un segundo en los laterales rapados de la cabeza que le habla, o en su pelo recogido en una coleta con trazos morados. Hay algo en esa mujer que desprecia profundamente.

—Gracias por su trabajo —dice Carmela.

—Avanzaríamos más si estuviera interno con nosotras.

«Esa manía de usar el femenino en todas las frases», piensa Carmela.

—Ya, nos lo dijo el doctor, pero preferimos que siga en casa. Allí está bien cuidado.

—Claro. No obstante, si en cualquier momento cambiáis de opinión…

«Y el tuteo». A Carmela también la irrita aquello.

—Sí, gracias. Lo sabemos.

La mujer da un paso hacia atrás, dispuesta a marcharse. Es evidente que tampoco ella disfruta de su compañía. Carmela agarra con la punta de los dedos su bata.

—Quisiera pedirle un favor. —La mujer escucha a Carmela. Frente a ella, con las manos en los bolsillos, relajada, segura de sí misma—. Me preocupa que mi padre se pueda alterar en exceso hoy.

—¿Alterar?

—Ponerse nervioso. Por las noticias, los periódicos, ya sabe.

Tal vez esté fingiendo y se haga la tonta, para obligar a Carmela a decirlo, a pedírselo de manera explícita. Ante el silencio se siente forzada a continuar:

—A veces mi padre oye algo en la tele, o a otro residente. Aunque no sepa bien lo que significa. Pero se queda con esa cantinela y luego la repite ante mi madre durante el resto del día.

—Sí, puede ser un comportamiento habitual en este tipo de pacientes.

—Se dicen tantas cosas. Barbaridades muchas de ellas. De mí o del ayuntamiento, de los políticos en general. Y últimamente…

No abre la boca. «Seguro que está disfrutando con esto —piensa Carmela—. Al final esta piojosa va a conseguir que le pida el favor».

—Entiendo —dice la mujer—. No puedo controlar a cada residente, pero estaré atenta al televisor del salón. Por lo general les suelen gustar más los concursos y los cotilleos que la información política.

—Gracias. —Carmela se sorprende de encontrar sinceridad en sus propias palabras—. De verdad, gracias.

La mujer mueve la mano restándole importancia y desaparece por un pasillo. Carmela observa una última vez por la ventanilla. Su padre casi ha llegado al final del recorrido y se dispone a girar. Ella se aparta antes de que la vea.

El coche se detiene frente a la puerta principal del ayuntamiento.

Carmela sale sin apenas dar tiempo al guardaespaldas para dejar el asiento de copiloto y escoltar a su protegida.

Los periodistas la esperan. Deshacen los corrillos que mantenían entre ellos, dan una última calada a los cigarros y se apresuran a rodear a la vicealcaldesa durante los escasos diez metros que hay hasta el interior.

No se detiene, pero tampoco se apresura.

Atraviesa la esfera de preguntas que la envuelve.

Se limita a dar los buenos días a todos, sonríe y no deja de hacerlo hasta hallarse dentro del edificio.

—Podrías haber accedido por el aparcamiento. —Florencia la espera en el vestíbulo.

—No les tengo miedo.