Capítulo 6
El canto de los niños contrasta con la quietud de la calle.
«Casi parece una fotografía», piensa Teodoro asomado a la ventana.
Si no fuera por esa ligera brisa, suficiente para mover las hojas de los árboles.
Y de no ser por ese tipo, ese moro que no cesa de dar vueltas por la acera de enfrente.
De uno a otro lado de la guardería, como quien espera impaciente a que algo suceda.
Le recuerda al cuento aquel. Ese que tanto les gustaba a sus hijos.
A Lourdes, pero sobre todo a Guillermo. Era su hijo pequeño el que noche tras noche pedía que se lo leyeran.
«Mamá, mamá…», reclamaba el crío a su madre.
Y entonces Gloria les decía que de acuerdo, que se pusieran el pijama y se metieran en la cama mientras ella terminaba de recoger la mesa.
Teodoro los oía desde el salón. Por momentos sus hijos estallaban en carcajadas, en otros interrumpían a su madre con preguntas, pero la mayor parte del tiempo permanecían callados, escuchando a Gloria interpretar el papel del lobo con la voz grave.
«Soplaré y soplaré, y tu casa… ¡derribaré!
», recuerda que decía su mujer en uno de los momentos estelares del cuento.
Al final el lobo salía escaldado y sus hijos siempre lo celebraban con gran alborozo.
No importaba cuántas veces lo hubieran escuchado antes.
Teodoro subía entonces el volumen del televisor, para escuchar mejor lo que fuera que estuviesen echando por alguna de las dos cadenas.
Su móvil vuelve a sonar a su espalda. Ni asomarse quiere.
Supone que otro más se habrá apuntado al dichoso viaje o a la merienda de esa tarde.
Maldice lo largo que se va a hacer el día y piensa fugazmente en pedir el dinero a su hija, pero tan pronto como esa idea nace, la descarta. Vuelve a fijar su mirada en la calle.
El hombre se ha detenido por fin frente a la puerta de la guardería.
Teodoro observa que, a un par de metros del tipo, hay algo negro tirado en la acera.
«¿En qué momento se ha quitado la mochila?
». No tiene tiempo de responderse a la pregunta cuando oye un ruido seco, contundente.
Ha debido de ser el moro, que sin embargo permanece quieto, con las piernas abiertas y los brazos descolgándose a ambos lados de su torso.
Entonces el tipo vuelve a golpear la puerta de la guardería con el puño.
«Esta vez ha sido con más fuerza, con más rabia», piensa Teodoro.
Además ahora acompaña el golpe con gritos.
Palabras en un idioma que Teodoro no entiende.
Tras la tercera acometida del hombre, decide intervenir:
—¡Oye, tú!
Él se gira y apenas tarda un segundo en localizar la ventana.
Mira a Teodoro de manera extraña. «¿Le mira a él?
». Hay algo raro en su forma de observarle, como si pudiera atravesar a Teodoro.
Es más joven de lo que parece y ahora que le ve de frente tiene la certeza de que no es la primera vez que se cruza con él, no sabe cuándo, pero cree haberle visto antes.
El tipo le señala con la mano. Una mano extraña en la que lleva algo que Teodoro no consigue identificar.
Una mujer se acerca por un lateral y el hombre se vuelve hacia ella.
Solo entonces Teodoro distingue con claridad el cuchillo.
Largo y de hoja gruesa. Refulge bajo los rayos de sol que se cuelan por entre el ramaje.
Más gritos ininteligibles mientras blande el cuchillo hacia la mujer, lo sacude en el aire y ella sale corriendo, sin que él la persiga más de dos o tres metros.
Se oyen los chillidos de la mujer alejándose, alerta para que venga alguien, pide que alguien llame a la policía…
Teodoro tiene el móvil en la mano cuando otro ruido vuelve a sorprenderle.
«Es como en el cuento». El hombre arremete de nuevo contra la puerta.
Da un golpe con el puño y, como no surte efecto, una patada.
El cristal de la parte inferior se rompe.
Teodoro solo piensa en que aguante, que la puerta resista, que a ninguna de esas chicas se le ocurra abrirla.
Concentra sus patadas en el medio hasta que el marco de metal empieza a ceder.
La cerradura salta y la puerta se abre al fin.
En el rectángulo vacío aparece una de las jóvenes educadoras.
Todo se ha paralizado de nuevo. «Como una fotografía», piensa otra vez Teodoro.
Ni siquiera él mismo consigue moverse. Asombrado, es incapaz de dejar de observar esa escena fija que, sin embargo, vuelve a cobrar vida.
El hombre grita, se abalanza sobre la chica, descarga el cuchillo y lo hace varias veces sobre su cuerpo caído antes de pasar por encima y dirigirse al interior de la guardería.