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Capítulo 5

El problema surge al embocar el torno de entrada a la redacción del Liberal .

Julio acerca al lector la tarjeta que le dieron y, sin esperar confirmación, se lanza a por él, confiado en que el brazo metálico cederá, pero este permanece firme en su sitio.

Lo intenta de nuevo, sin éxito, al tiempo que trata de disimular una vergüenza nerviosa que trepa por su espalda.

Otras personas también desean acceder al periódico.

Algunas son antiguos compañeros que lo reconocen.

Otras fingen no verlo. Y el resto no sabe quién es.

—¿Puedo ayudarle?

La voz de la chica proviene de la izquierda. Su cara amable al otro lado del mostrador de recepción le es familiar, la ha visto varias veces durante estos días, pero es incapaz de asociarla con un nombre. Muchos rostros nuevos se han incorporado al periódico desde que él se fue.

—Creo que no funciona —dice Julio.

Abandona la fila y entrega la tarjeta a la chica, que la recoge sin dejar de lucir una sonrisa. Le recuerda a la de Greta, igual de inocente que la de su hija. Un lector oculto a la vista de Julio ofrece el diagnóstico.

—Su permiso de acceso ha caducado. Es temporal para los…

—Colaboradores externos.

Mientras la chica telefonea para confirmar que no se trata de un peligro, Julio se entretiene observando la pared que hay detrás de ella. Ampliadas y enmarcadas, cuelgan algunas de las portadas más exitosas del Liberal en toda su historia.

Ícaro Urrieta lo fundó a finales de los setenta, tras una década como corresponsal en Estados Unidos.

Había regresado a España deslumbrado por la capacidad del periodismo para hacer caer al presidente Nixon y, desde entonces, buscó incansable destapar su propio Watergate.

Fue su propósito durante los más de cuarenta años que había dirigido el periódico.

Y no pocas veces acertó con sus investigaciones y exclusivas.

Dicen, aunque Julio lo considera una leyenda, que en el escritorio de su despacho, Urrieta hacía una muesca por cada secretario, ministro o alto cargo abatido por los artículos de sus periodistas.

Claro que también falló en varias ocasiones.

La presión por destapar grandes escándalos había crecido al mismo tiempo que menguaba el rigor en la información.

Proliferaron las pruebas endebles, los informes policiales adulterados y las fuentes poco fiables que apenas si resistían una mínima comprobación seria.

Fueron años difíciles los que vinieron a partir de 2008, recuerda Julio.

Para el Liberal y para toda la profesión.

Las nuevas cabeceras digitales se multiplicaban, los ingresos publicitarios se desplomaban y la crisis económica mundial había arrancado páginas de los diarios en papel y periodistas de las redacciones.

Y hace un par de años, cuando más hundido parecía estar el Liberal , Ícaro Urrieta se dio de bruces con lo que siempre había perseguido: su Watergate particular.

Una fuente del más alto nivel filtró al mismo Urrieta una ingente cantidad de información acerca de la financiación ilegal de su partido.

La trama implicaba a numerosos gerifaltes, varios ministros y culminaba con el trofeo más anhelado: la presidencia del gobierno.

Solo había un problema: se trataba del partido conservador, al que históricamente había apoyado el Liberal , y de su líder, que tiempo antes se había presentado a las elecciones como un político honrado, con las manos limpias y la cabeza alta.

Urrieta no era tan ingenuo como para creer en la amistad entre un político y un periodista, pero sí había estado muy próximo al presidente.

Lo entrevistó en varias ocasiones, había comido con él en la residencia presidencial e incluso le ofreció consejo en varios asuntos cuando el presidente así se lo solicitó.

El director nunca le dijo nada a Julio, pero seguro que a Urrieta no debió de resultarle fácil tomar la decisión de ir a por el presidente.

—Ya puede pasar, señor Parcas.

La voz de la chica le arrastra de vuelta al presente. El tratamiento formal le hace sentir mayor y manifiesta la diferencia de edad que hay a ambos lados del mostrador.

—Se le ha renovado el acceso por una semana más. —Le devuelve la tarjeta—. Es lo máximo que permite el sistema.

«Es un trabajo puntual», le advirtió Mariana hace diez días, cuando le pidió que la ayudara con la investigación de Frisas. La redactora jefa tenía encima de la mesa más información de la que era capaz de analizar en tan poco tiempo. Él aceptó el encargo.

—Una semana es una eternidad en esta profesión —le dice a la chica mientras recoge la tarjeta—. Gracias.

Julio se impone la tarea de averiguar el nombre de la recepcionista, aun sin saber si dispondrá de tiempo suficiente para poder usarlo de nuevo.

El corazón del periódico, la sala de máquinas, la galera…

Metáforas con las que, en algún momento, Julio se ha referido a la redacción.

Un enorme espacio diáfano, con un ventanal continuo en su lado izquierdo por el que penetra la luz y en el que, como en un gigantesco lienzo, se hallan dispuestos los edificios del centro de la ciudad.

«Es difícil no sentir cierta nostalgia», piensa Julio.

Un pasillo central atraviesa el ruido de teclados, de teléfonos que nadie atiende.

Las hileras de mesas se suceden a ambos lados.

Muchos puestos todavía están vacíos, en otros los redactores bostezan mientras revisan los correos electrónicos.

Aquí un grupito comenta el partido de ayer, allá se habla con expectación de la fiesta a los empresarios del año que esta noche se celebra en el ayuntamiento.

Un antiguo compañero le saluda y algún otro incluso le felicita por la portada, pero la mayoría rehúye su mirada.

Imagina los comentarios acerca de él, o de Mariana.

Tampoco se lo recrimina. Debe de resultarles incómodo ver a alguien que les recuerde su traición.

Al fondo se encuentra el despacho acristalado del director.

El «Nuevo» director, debe recordarse Julio, aunque se cuestiona lo apropiado del adjetivo: pronto se cumplirá un año desde que largaron a Urrieta y pusieron a este.

Si Julio no duda con las fechas es porque casi coincide con el tiempo transcurrido desde que él dejó el Liberal .

El Nuevo está apoyado en el borde del antiguo escritorio de Urrieta, se reajusta la corbata y toma aire antes de enfrentarse a Mariana.

La redactora jefa permanece de pie frente a él y tiene cara de llevar tres días seguidos trabajando, o tres meses, toda la vida en realidad.

Discuten y Julio apostaría a que el Nuevo está sufriendo un dolor de cabeza con la intensidad de un tornado.

Entonces, como si Mariana hubiera sentido la presencia de Julio, se da la vuelta y lo ve.

No hay duda de que está cabreada. Extiende la palma de la mano: cinco minutos, y le indica a Julio la sala de reuniones.

No son ni las diez, y las cosas no suelen mejorar conforme avanza el día.

Esos pocos minutos de los que todavía dispone, Julio los aprovecha para saludar a Chumy.

El veterano periodista está al teléfono.

En su bigote entrecano se han mezclado, durante años, el humo de miles de cigarros con el regusto de otras tantas copas vaciadas tras cada cierre de edición.

Actualmente sus vicios se limitan casi en exclusiva a los dulces.

Julio le señala la camisa. Él maldice en silencio, se limpia lo mejor que puede el pegote de nata y suspira: quien sea que está al otro lado le está agotando.

Al lado de Chumy, ocupando el que fue su sitio, hay un chico joven cuyo nombre ha olvidado. Otro que entró cuando él ya se había ido. Tal vez un enchufado del director, del Nuevo director. Prueba suerte con el nombre de Miguel.

—Manuel —responde el chico.

—Eso quería decir. —Julio sonríe—. ¿Y cómo va todo?

—Muy bien, gracias.

—Aprovecha, Manuel. Aquí aprenderás de los mejores.

El joven asiente con timidez. Chumy sigue al teléfono, pero vigila a Julio de reojo, con la serenidad de un perro viejo.

—¿En qué andas metido, Manuel? —Julio pone la mano sobre el hombro del joven y se acerca un poco a la pantalla de su ordenador.

El chico va a desembuchar cuando Chumy cubre con su mano el auricular y le interrumpe:

—Manu, a este ni media, que te birla la perdiz.

—Me ofendes, Chumy.

—Vamos, no me distraigas al chico y ve a hacer lo que tengas que hacer. Por cierto: ¿qué haces aquí?

—Reunión con la Quílez.

—Suerte, anda rebotada.

—¿Tú crees? Yo la veo muy contenida.

Observan el despacho del director. Mariana, con su metro sesenta y cinco, ocupa mucho más espacio al gesticular con los brazos y agitar unos papeles.

—La de hoy es por Llaneras —aclara Chumy sin levantar la mano del auricular—. El reportero estrellita ha vuelto a hacer de las suyas y el Nuevo, en vez de apoyar a Mariana, se lo consiente… En fin, ¿qué tal Greta?

Julio va a responder, pero Chumy levanta el índice y le detiene para centrarse de nuevo en la conversación telefónica.

—Espere, señora, cuénteme eso con más detalle… Sí, el trabajo de su marido con el reloj de la plaza Mayor.

Chumy toma notas en su cuaderno mientras Julio se fija en su pantalla.

Le faltan dos columnas y media para acabar el texto.

Lo ilustra la foto de un señor mayor con aspecto de desequilibrado y rodeado de relojes.

Durante décadas Chumy se encargó de sucesos, aunque desde hace un par de años cubre temas más amables y menos exigentes: eventos de sociedad, premios de la asociación de empresarios…

«Hay más porquería en esos cócteles que en las calles —le dijo una vez a Julio—.

La diferencia es que los ricos se perfuman más».

Otras veces, como esta, le toca escribir semblanzas de personajes pintorescos de la ciudad cuando fallecen.

Suelen ser historias bonitas y, si no, él se encarga.

—Perfecto —dice Chumy a la mujer—, con eso me basta. Si necesito algo más, la volveré a llamar. Va a quedar un artículo estupendo, se lo garantizo.

—La fascinante historia del relojero loco —dice Julio una vez que Chumy ha colgado.

—Un respeto, el hombre tuvo una vida interesante.

A lo lejos ve cómo Mariana abandona el despacho del director.

—Luego me la cuentas, me debes un café. Ahora tengo audiencia con Napoleón.

—Si te oye llamarla así, te arrancará las gónadas.

—Lo sé.

Chumy vuelve a teclear y Julio se desliza rápido entre las mesas para llegar al mismo tiempo que Mariana a la puerta de la sala de reuniones. Se hace a un lado, inclina algo la cabeza y le hace una pequeña reverencia.

—Déjate de tonterías que ya traigo el horno caliente.

Julio entra tras ella y cierra la puerta a su espalda.

—Es por Suso Llaneras, ¿no?

Parece sorprendida de que Julio esté al tanto del asunto.

—No quiero hablar de eso.

—¿Porque es un imbécil pero no te puedes referir así a uno de tus redactores, el cual es, además, el niño bonito del Nuevo?

—No, porque tenemos trabajo que preparar, y porque no comparto mis opiniones con personal externo. Así que vamos rapidito, ¿quieres?

—Como ordene, Sire .

Mariana no puede evitar que la línea de sus labios se arquee al escuchar el tratamiento con el que tantas veces Julio se había burlado de ella en el pasado. Nunca en público, para eso estaba el mote de Napoleón que todos en la redacción manejaban. Sire era algo privado, exclusivo de ellos dos.

—Os tengo que presentar —dice Mariana—. Os llevaríais bien. A veces sois casi casi igual de cretinos. —Julio está contento de haber logrado su objetivo—. Bien: ¿qué podemos esperar de Frisas? ¿Por qué accede ahora a entrevistarse con nosotros?

—Para explicarse, para ganar tiempo y manejar el escándalo…

—¿Seguro que le ofreciste hacer declaraciones?

—Ya te he dicho antes que sí.

—Con lo publicado hoy le hemos declarado la guerra. No quiero fallos en este asunto.

—Mariana, llevo un año fuera del periódico, pero no se me ha olvidado cómo hacer mi trabajo.

La redactora jefa se mordisquea una uña. Por algún lado le tienen que salir los nervios de estar intentando dejar de fumar. Cuando repara en que Julio la está mirando se detiene y esconde sus manos bajo la mesa.

—A lo mejor nos sorprende y quiere pedir perdón a los ciudadanos —dice Mariana.

—No tiene pinta de ser de las que se repliegan.

Se observan mutuamente, en silencio. Paladean una vez más esa complicidad que antaño tuvieron y que han recuperado en estos pocos días en los que han vuelto a trabajar juntos. Esa capacidad de pensar al unísono.

—Y, en tu opinión, ¿de qué tiene pinta?

—De ir al ataque, jefa. Frisas siempre busca el enfrentamiento. Siempre.