Capítulo 4
El aire todavía es frío. Aun así Teodoro abre la ventana del salón.
Alberga la esperanza de que los cánticos de los niños puedan escapar por los ventanucos de la guardería, atraviesen la calle y se cuelen en su casa para hacerle compañía.
De momento nada armónico procede de la otra acera.
Tan solo algún que otro grito aislado que el anciano no sabe si atribuir a la alegría o a la frustración de un crío.
El sonido de algún coche rasga de vez en cuando la calma de la calle.
Lo contrario a su teléfono móvil, que no deja de silbar e iluminarse con cada mensaje que llega.
¿Te apuntas, Doro?
No ha sido el último mensaje, aunque sí el que mayor incomodidad le causa.
En primer lugar está la certeza de la negativa.
La imposibilidad material de que sea de otra forma.
Además aún le falta la excusa con la que acompañará su respuesta.
Y todo ello mientras proliferan las adhesiones del resto.
Desde ayer, un anciano tras otro, apenas sin excepción, se han ido sumando con entusiasmo al plan.
Por encima de cualquier otra cosa lo que más le duele a Teodoro es ver su nombre así escrito.
Solo Ángela le llama de esa manera: Doro.
Y justo ha sido ella la que le ha hecho la pregunta directa.
Ángela, la única razón por la que, si pudiera, se apuntaría al viaje y precisamente a la que debe decir que no.
La culpa es de Lourdes. Debería haber rechazado el plan propuesto por su hija hace unos meses, cuando le vino con lo del curso ese.
«Estará bien —insistió ella—, conocerás a gente».
Él no deseaba conocer a nadie y tendría que haberse mantenido firme, pero su hija se da maña como lianta, así que Teodoro se calló, rumió durante días el folleto dejado encima de la mesa y llegada la fecha en cuestión apareció en el lugar indicado, aunque solo fuera por poder decirle a su hija que sí había ido al curso, lo había intentado y había decidido que aquello no era para él.
El profesor les trató como si fueran imbéciles.
Y durante buena parte de esa mañana Teodoro se sintió así.
Tecnología para mayores se titulaba el curso.
Él sabía usar el móvil, guardar números de teléfono y enviar mensajes, leer las noticias y consultar los resultados de las apuestas deportivas.
¿Qué más necesitaba? Pero aquel imberbe granujiento empezó a hablarles de estafas por internet, de suplantar identidades y de una cantidad ingente de cosas con nombres en inglés y que a Teodoro le sonaron a cuentos de viejas para asustar…
a otros viejos. La veintena de ancianos, sin embargo, asentía como buenos alumnos.
«Menudo chasco para el que trate de estafarme —se le escapó a Teodoro, harto ya de tanta palabrería—.
Ando más tieso que en mi entierro». Todos rieron su ocurrencia aunque a él solo le interesó una de esas risas, la de la mujer sentada a su lado.
Más tarde, al acabar la clase, supo que se llamaba Ángela.
Una canción infantil que Teodoro ya ha escuchado otras veces empieza a sonar enfrente.
Al poco se suman las palmadas enérgicas de las maestras a las que siguen otras más débiles de los pequeños hasta que, por fin, acompañando a la música, llega hasta él la voz conjunta de todos ellos y lo envuelve.
En ese instante los rayos de sol entran en la calle, proyectan el verdor de los árboles y templan el ambiente.
Teodoro sabe que ha llegado el momento de decir no, y mejor hacerlo cuanto antes.
—Maldita sea.
No ha contado las veces, pero está seguro de que en estos tres últimos meses ha salido de casa y acudido a más planes que durante todo el año anterior.
Ha asistido a otros cursos que impartían en el mismo centro de mayores.
Recuerda uno de fotografía que no estuvo del todo mal.
Ángela también se apuntó. Era gratis y, después de todo, le sirvió para ganar soltura con el móvil.
Ahora los mensajes que envía a su hija son más elaborados, aunque a veces pasan hasta dos días sin que ella conteste, o, cuando lo hace, es para algo tan escueto como mandarle un beso o desearle buenas noches.
Al menos ella contesta. Con su otro hijo, Guillermo, hace más de un año que no habla.
También en este tiempo ha visitado exposiciones de arte.
También gratuitas. Y horribles, aunque a Ángela y al resto no se atreviera a confesárselo.
Se callaba y se limitaba a permanecer cerca de ellos, de ella en concreto, con eso le bastaba.
Otras veces han salido todos juntos a dar un paseo y Teodoro, ignorando el dolor de sus rodillas, ha procurado aguantar hasta el final, o al menos hasta que ella se despidiera del grupo.
En una ocasión incluso la acompañó un buen trecho hasta su casa.
Muchas tardes el plan se reduce a merendar en una cafetería.
Entonces Teodoro se pone su mejor camisa y chaqueta, y procura estar el primero de todos para reservar los asientos e intentar que en el reparto Ángela vaya a sentarse cerca de él.
Todo iba bastante bien hasta que un día varios del grupo propusieron lo del musical.
Había descuento para mayores y además les saldría un diez por ciento más barato si compraban varias entradas.
Aun así, la broma no iba a costar menos de cincuenta euros.
«¡Un chollo!», dijeron los muy idiotas que habían tenido la idea, y el resto opinó igual, también ella.
Teodoro se excusó diciendo que tenía un compromiso con su hija, tal vez en otra ocasión.
Al poco, otro tuvo la genial ocurrencia de reservar para comer en un restaurante en el que luego se organizaba un baile.
Otro maldito chollo, como si lo viera. «Todo por menos de cincuenta euros —dijo el promotor de la iniciativa—, y está incluida la merienda».
Preguntó si no se podía asistir solo al baile, pagaría la parte correspondiente, que suponía menor.
«Imposible, Teodoro, es un paquete completo y cerrado».
Y con lo bien que debía de bailar Ángela.
Porque se la veía ágil y a pesar de que solía vestir pantalones anchos y blusas largas no se escondían del todo sus caderas.
«Vaya mujer debió de ser en sus tiempos —piensa ahora Teodoro al acordarse de ella una vez más—.
Pero ¿qué tonterías digo? ¡Es! ¡Ángela es una mujer estupenda!
». Aunque lo cierto es que aquella tarde de baile Teodoro dijo encontrarse acatarrado y la pasó en casa, viendo un partido de segunda división en el que ni siquiera había apostado.
La semana pasada, el derroche imaginativo del grupo al sugerir planes llegó a un nivel tan alto, tan lejos del alcance de Teodoro, que lo consideró algo irreal, una broma de mal gusto.
Una semana en Benidorm. A finales de abril, antes de que empiecen a subir los precios. Hotel de tres estrellas con pensión completa, enfrente del paseo marítimo y con baile todas las noches en la terraza. Muy buena oferta, ya veréis el folleto. ¿Quién se apunta?
Para culminar la desgracia, no era otra sino Ángela la que había planteado el viaje al que desde hace días no deja de sumarse gente. Esta tarde todos los interesados han quedado para merendar y llevar juntos el adelanto a la agencia de viajes.
A Teodoro se le están agriando las galletas del desayuno en el estómago conforme relee los mensajes.
¿Te apuntas, Doro? Deja el móvil encima de la mesa y va hasta el armarito que hay en un rincón.
Los niños han cambiado de melodía, y cuando terminen comenzarán con otra canción y luego otra y otra más, así suelen estar hasta pasadas las diez.
Saca la botella de brandi del interior del mueble y enciende la radio.
… la presunta implicación de Frisas en el caso Construtec podría acabar con el gobierno de coalición. Las elecciones municipales y autonómicas están previstas para dentro de seis meses…
—Bah.
Mueve el dial, las voces de los comentaristas se desajustan, aparecen otros sonidos de músicas modernas. Teodoro gira la rueda hasta dar con algo reconocible. Canta María Dolores Pradera.
… Y por esas cosas raras de la vida sin el beso de tu boca yo me vi. ¡Amor de mis amores! Dueño mío, ¿qué me hiciste…?
Se sirve un culín de brandi en un vasito que guarda al lado de la botella.
Lo vacía y se sirve otro, pero este segundo trago lo toma lento.
Está de pie. Cierra los ojos e imagina su mano deslizándose por la espalda de Ángela hasta apoyarse encima de su cadera, ambos se mecen con la música e incluso siente cómo la brisa de mar irrumpe en su salón.
Las voces de los niños parecen competir con la que procede de la radio para imponerse a ella, así que Teodoro se aproxima a la ventana para cerrarla.
Entonces lo ve, aunque tarda unos segundos en reconocerlo.
Es él, el mismo moro de antes. Ha regresado y vuelve a estar plantado frente a la puerta de la guardería, de espaldas a Teodoro.
Exactamente igual que hace un rato, solo que ahora lleva una mochila.