Última hora Capítulo 3
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Capítulo 3

Es mitad de abril y, aunque durante la jornada el sol caldeará las calles de la ciudad, a esta hora de la mañana aún hace fresco.

Carmela no renuncia por ello a su ritual diario en la terraza de su ático.

Lo hace envuelta en una manta, con un gran tazón de chocolate caliente en una mano y un cigarrillo de tabaco negro en la otra.

Imperial, los mismos que fumó su padre durante años.

Ha dejado el teléfono dentro de casa. No desea que nadie la interrumpa en esos pocos minutos que cada día guarda para sí.

Sabe que, una vez que arranque, ya no habrá descanso hasta pasada la medianoche.

Llamadas y reuniones con su equipo, pleno del ayuntamiento, actos institucionales como el premio de esta noche…

Y hoy, sobre todo, el encuentro con esos dos.

Desoyendo el consejo de Florencia, su jefa de gabinete, acaba de citar a Mariana Quílez y a ese otro periodista del Liberal del que hasta ayer ni siquiera sabía su nombre.

Julio Parcas. No debería olvidarlo, porque él y su jefa de redacción, además de los hijos de puta que les han pasado la información, se han puesto como objetivo acabar con ella.

«Basta», se censura Carmela. No quiere destinar estos escasos minutos a preocuparse por la entrevista, ni a intentar recordar ahora todo lo que escribió o no en aquellos correos.

Si los habrán publicado íntegramente o, lo más probable, aún falta por sacar lo más jugoso.

Ni siquiera un instante se concede para imaginar la patada con la que le volaría los dientes a la rata que lo ha filtrado.

Es cuestión de tiempo descubrir al esbirro.

Por el momento, de lo que no duda es de que la orden de venderla ha venido del Manso.

Quién, si no el alcalde, autorizaría un movimiento así contra el partido que es su socio de gobierno.

El muy rastrero se esconde tras su apariencia amable y moderada mientras suelta lastre antes de las elecciones.

Interrumpe su pensamiento. Suficiente. Esconde la nariz en el tazón y aspira el aroma amargo del cacao.

Siente el calor antes de beber y al hacerlo deja que el espeso líquido cubra su labio superior, como cuando era pequeña.

«Mira, papá, tengo bigote, como tú», decía ella orgullosa, y los dos reían hasta que la madre aparecía para poner orden: «Carmeli, como te manches la ropa te vas a enterar.

Y tú, Paco, no me entretengas a la niña, que siempre llegamos tarde».

Se relame los recuerdos adheridos al labio antes de dar una honda calada al cigarrillo.

Retiene el humo en sus pulmones hasta sentir el picor y después libera una densa bocanada que se aleja rápida sobre los tejados.

Para cuando la nube blanquecina se ha dispersado, su mirada está fija en el horizonte, en el extrarradio de la ciudad que comienza a partir de la carretera de circunvalación.

Allá se insinúan los enormes bloques de pisos en los que aún viven sus padres.

Aquellos grandes cubos de ladrillo rojo marcan un pasado al que no piensa volver, por mucho que algunos lo deseen. Aplasta el cigarrillo en el cenicero.

—Hala, Carmeli, hora de ir al colegio.

Termina de ponerse los pendientes frente al espejo que hay sobre la cómoda. Rebusca en un cuenco repleto de pulseras y collares. Hace ruido a propósito, pero el bulto que hay a su espalda permanece inmóvil bajo las sábanas. No la engaña, Carmela sabe que está despierto.

—Levanta, Fer, tengo que irme.

Él ahoga su gruñido de protesta contra la almohada.

—Solo un rato más —dice él, y asoma por fin la cabeza—. Cerraré bien al salir, lo juro.

—Te lo dije, son las normas.

—Joder con tus normas, Carmeli.

—No me llames así.

—Anoche no te importaba.

Se gira para responderle que anoche queda muy lejos de hoy, pero él se le adelanta, de un tirón retira la sábana y sobre la cama queda expuesto su cuerpo desnudo.

Carmela contempla su erección. Más allá de esta, en segundo plano, puede ver el tatuaje del águila imperial en mitad del pecho de Fer.

El ave extiende sus alas y posa sus garras sobre una esvástica laureada.

Tiene otros tatuajes repartidos por su cuerpo, pero ese es especial.

Hará más de quince años desde que Fer se presentó por sorpresa en la Facultad de Derecho.

Le hizo señas a Carmela desde el pasillo para que saliera de clase, la cogió de la mano y la llevó corriendo hasta los baños.

Se lo acababa de hacer, la piel alrededor de la tinta todavía estaba enrojecida.

«Estás loco», dijo ella. «Sí, Carmela, loco por ti», y la atrajo hacia él.

Fer estrangula la base del pene.

—¿Me vas a dejar a medias?

Carmela señala el reloj que hay encima de la mesilla.

—Tú haz lo que quieras, pero en cinco minutos me voy.

—Eres la hostia —responde Fer mientras se levanta de la cama.

Todavía desnudo se encamina hacia la cómoda. Llega por detrás, la besa en el cuello y a continuación se asoma por encima del hombro de Carmela.

—Queda una, ¿la quieres?

Ella niega con la cabeza. Fer se inclina y esnifa la solitaria raya que se extiende sobre un libro de fotografía de animales.

Carmela se retoca el pelo y con ello se sacude de la cabeza la voz de su padre.

Se sorprendería al verla amanecer junto a su novio de juventud.

«Ese chico solo sabe perder el tiempo —le decía siempre—, no quiero que te haga daño». «No me lo hará, papá».

Fer repasa la cubierta del libro con el dedo y lo frota contra las encías.

Envuelve a Carmela en un abrazo por la espalda y apoya el mentón en su hombro.

Vuelve a ser el muchacho de barrio que titubeaba cuando la invitó a salir por primera vez, el que callaba ante todo lo que Carmela le contaba acerca de la universidad, o el que absorto la escuchaba hablar de política.

—Van a por mí, Fer, y están cerca de lograrlo.

La abraza con más fuerza y a ella le parece apropiado corresponderle con un beso en la sien.

—Escúchame, Carmela, lo que necesites, ¿vale? Sea quien sea.

Permanece junto a él por unos segundos antes de liberarse de sus brazos. Ojalá su problema se pudiera solventar con la brutal simpleza que Fer propone. La moqueta del ayuntamiento no es la tierra del parque en el que tantas veces lo vio pelear. Hoy necesita otro tipo de ayuda.

Cuando Fer está listo, Carmela lo acompaña hasta la puerta del apartamento. Observa por la mirilla y la abre. Sobre el felpudo hay un montón de periódicos que Fer recoge para ella. Entonces él se lanza a robarle un beso, pero ella vuelve rápido la cara.

—Tengo los labios pintados.

Se despide de él y cierra la puerta. Escucha cómo Fer entra en el ascensor.

La cabina desciende por el hueco junto a la propuesta que él le hizo anoche.

La misma que le ha repetido hace unos minutos y que ella ha fingido no oír: verse de nuevo esta noche, u otra, tal vez ir a cenar, o al cine si le apetece.

Carmela suspira ante tanta inocencia y se concentra en las portadas de los periódicos.

En la del Liberal aparece su foto y extractos de algunos de los correos.

El coche la espera abajo, pero aguanta aún dos minutos antes de salir de casa.

Pasan de las nueve y media, su día está a punto de arrancar, pero aún tiene algo que hacer antes de ir al ayuntamiento.