U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 21 Entra en la lista prioritaria #3
98%

Capítulo 21 Entra en la lista prioritaria #3

Un murmullo recorrió la sala. En la gran pantalla desplegada al fondo de la pasarela, una imagen cobró nitidez lentamente.

Primero, era tan solo un conjunto de sombras difusas, un juego de claroscuros.

Luego, los colores comenzaron a definirse: verdes vibrantes, destellos violáceos que parecían moverse con vida propia.

Mi respiración se volvió errática.

Conocía esa foto. La foto. La que había llevado a Marcos a ser entrevistado.

—Ava… —susurró Enzo a mi lado, con los ojos tan abiertos que parecía que iban a salirse de sus órbitas.

Antes de que yo pudiera procesar lo que ocurría, la modelo estrella del desfile apareció en escena. Vestía un diseño inspirado en la aurora austral, con los colores del cielo estampados en la tela y el brillo sutil de miles de microcristales recreando las luces danzantes del firmamento antártico.

El público enmudeció. Y luego, estalló en aplausos.

Yo solo podía pensar en una cosa: Marcos. ¿Él sabía esto? ¿Era cosa de Allegra o…?

Las luces se encendieron por completo, bañando la pasarela mientras la modelo hacía su última pose y Allegra se asomaba desde detrás del telón para recibir los vítores.

Me levanté junto a los demás, dejándome arrastrar por la euforia colectiva. Las palmas retumbaban en el aire; su sonido era tan potente que casi opacaba el torbellino que me invadía por dentro.

El público continuaba aplaudiendo cuando sentí algo. Una presencia a mi lado.

Me giré… y ahí estaba él.

Marcos. De pie, a mi lado, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya, ladeada y letal.

—Sabía que te gustaría —comentó en voz baja.

Y mi mundo, por un momento, dejó de girar.

—¡Marcos! ¿Qué haces aquí?

—Tenía que verlo. Y… tenía la esperanza de encontrarte.

—Pues yo, la verdad… no tenía ni idea de que te vería aquí.

—¿En serio? Ah, es verdad. Si me hubieras dicho algo… —Inclinó la cabeza—. Porque yo te dejé mi número y no recibí ni un OK.

—Lo siento. He estado… ocupada.

—Claro. Ocupada ignorándome.

—Disculpa —dije en tono irónico—. No sé si te acuerdas, pero descubrí que habías estado hablando por ahí de mi tablón de manifestación. Y ¿esperabas que te enviara un mensajito amigable?

Marcos se rio, bajo y ronco.

—Ava, ¿de verdad crees que me burlaba de ti?

Le lancé una mirada afilada.

—No lo sé.

Sus ojos se suavizaron.

—Nunca lo haría. Y con respecto a Sara…, se le escapó sin mala intención. Ya te lo expliqué: pensé que era la cosa más loca y atrevida que alguien podría hacer.

Bajé la guardia.

—Y… ¿también sabías que te esperaba en la boda? —pregunté, más bajito de lo que pretendía.

—Bueno, entre el pedido de tu correo y las sutiles insinuaciones que dejabas caer, lo intuí… O al menos, quise creer que era así.

—Entonces, ¿por qué no dijiste nada? ¿Por qué no apareciste?

Mi voz sonó más herida de lo que me hubiese gustado.

Su sonrisa se desvaneció de forma progresiva, dando paso a una seriedad que pocas veces mostraba.

—Porque no estaba seguro de si debía. —Desvió la mirada un segundo—. Desde que leí tu correo, pensé que si decía o hacía algo, podría confundirte. Quería que, si pasaba algo entre nosotros, fuera real, porque ambos lo sentíamos.

Mi estómago se contrajo, aunque algo en sus palabras me alivió.

—Preferí apartarme hasta que todo…, bueno, hasta que pasara…

—La boda —completé, casi en un susurro.

Él asintió. Apretó los labios, conteniendo una respuesta que parecía costarle articular.

—Sentí que cualquier movimiento por mi parte era forzar algo que debía suceder de forma natural. No quería interferir ni influir en tus decisiones.

El nudo en mi garganta se tensó aún más.

—Así que me quedé al margen —añadió en voz baja—. Si estaba destinado a pasar, pasaría… sin que yo empujara las cosas.

Su mirada bajó al suelo, como si le costara sostener el peso de sus propias palabras.

Y ahí estaba. El miedo. El suyo y el mío.

—Marcos, ¿sabes qué es lo peor? —Mi voz era apenas un hilo tembloroso—. Que me avergoncé de algo que nunca debí esconder. Esa aplicación, mi nueva visión de las cosas, todo… Los traté como secretos vergonzosos cuando, en realidad, tendríamos que poder hablar de estas cosas con naturalidad.

Marcos esbozó una sonrisa radiante.

—Cuando leí ese correo, lo único que pensé fue: «Ojalá pudiera entrar en su vida así, sin filtros». Y aunque parezca raro, me gustó. Fue como ver a la Ava que no teme ir a por lo que quiere.

—Pero…

—Nada de peros —me interrumpió, acercándose un poco más—. Me encantó. Porque habla de ti. De que sueñas sin miedo. De lo valiente que eres.

Su proximidad me nubló la cabeza.

—Bueno, últimamente no he sido tan valiente.

—¿Ah, no? Pues dar el paso solo depende de ti. ¿Vas a seguir escondiéndote o vas a ser esa Ava auténtica que pone sus sueños en la ducha?

Nos miramos. Y lo sentí.

El miedo, la vergüenza, el orgullo… todo desapareció.

Sonreí, esta vez sin rastro de vergüenza.

—Supongo que ya es hora de dejar de esconderme.

Permití que ese segundo de duda se desvaneciera, igual que el murmullo lejano del público. Mi corazón golpeaba con fuerza, pero por primera vez, no me importó.

Sus ojos recalaron en mis labios y… crucé la escasa distancia entre los dos.

Lo besé.

No debido a una señal. No por la aplicación.

Sino porque era mi elección.

Y vaya si fue una buena elección.

Cuando nos separamos, aún sentía su aliento entrecortado rozando mi piel; mi corazón tamborileaba inquieto, ignorando que el beso había terminado.

Marcos sonrió. La suya fue la clase de sonrisa que nace despacio, cargada de algo más profundo que las palabras.

—Ava… —susurró mientras apretaba con delicadeza mi cintura.

Su voz sonaba diferente. Baja. Segura.

Me alejé apenas lo suficiente para mirarlo, aún con el pulso acelerado. Entonces, él alzó la vista y señaló el escenario con un leve gesto de cabeza.

Fue ahí cuando lo escuché. Una banda había comenzado a tocar y la melodía se elevaba en el aire, alegre y envolvente. No tengo ni idea de cuándo empezaron, ni siquiera recuerdo qué canción era, y eso que suelo acordarme de todas.

Pero de esa…, nada.

Borroso.

—¡Vamos a bailar como aquella noche! —dijo Marcos, con una de esas sonrisas que funden cualquier resistencia.

Me reí, medio incrédula, medio tentada.

—¿Aquí? No hay pista de baile.

—¿Y desde cuándo necesitas reglas? —replicó él, tendiéndome la mano.

Algo se encendió dentro de mí. El mismo fuego, la misma chispa que había sentido la primera vez que bailamos.

Tomé su mano. Y bailamos. Ahí mismo.

Sin pista, sin normas.

Nos movíamos entre el público disperso por el recinto, con la sensación de que el espacio se abría solo para nosotros. Cada paso fluía con una facilidad inquietante. Como si mi cuerpo y el suyo se reconocieran de antes.

La música se difuminaba en el fondo cuando una voz familiar irrumpió entre nosotros.

—¡Ejem! ¿Interrumpo? —Allegra apareció con una sonrisa inmensa y ojos brillantes.

Marcos y yo nos separamos ligeramente, aunque nuestras manos seguían entrelazadas.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó Allegra, dedicándome un guiño.

Supe que no se refería solo al desfile.

—Increíble —susurré, aún respirando rápido.

—Ganaste, ¿no? —preguntó Enzo desde atrás, con media copa de vino en la mano.

—Eso se sabrá al final del evento. —Allegra encogió los hombros—. Ahora están deliberando mientras nos entretienen con copas y música. Ya sabes, mantener la intriga hasta el último segundo.

Se giró hacia mí con una sonrisa que irradiaba pura satisfacción.

—Pero, honestamente, siento que ya gané.

Un murmullo de complicidad recorrió al grupo cuando sus miradas repararon en nuestras manos enlazadas. No dijeron nada, pero el brillo en sus ojos fue suficiente para saber que las preguntas llegarían tarde o temprano.

Estuve a punto de adelantarme, de explicar algo, cualquier cosa, antes de que sacaran sus propias conclusiones, pero un bullicio repentino desvió la atención: Amanda y Víctor acababan de llegar, ambos radiantes, con sonrisas que parecían demasiado grandes para sus caras.

Los ojos de mi amiga alternaron de mí a Marcos y de nuevo a mí un par de veces.

—¿Este es el famoso «Tiene trabajo y vendrá más tarde»? Porque si es así, la espera ha merecido la pena —murmuró con expresión traviesa cuando llegó a mi lado.

Abrí la boca para responder, pero ella me lo impidió, con su estilo de siempre.

—Tranquila, no voy a interrogarte… todavía. Solo espero que Allegra no se haya enfadado con nosotros por llegar tarde. Tuvimos que pasar por el ayuntamiento antes de venir.

Elevé una ceja.

—¿El ayuntamiento?

Bárbara frunció el ceño.

—Oye, nosotros también queremos saber.

—¡Lo logramos, chicas! —exclamó Amanda entre risas.

Milena la miró, perpleja.

—¿Logramos qué?

Víctor soltó una carcajada y tomó la mano de Amanda en el aire.

—¡¡Por fin nos hemos casado!!

Hubo un segundo de silencio antes de que todos explotáramos en felicitaciones y aplausos.

—¡Claro! —dijo Emir con una sonrisa pícara, señalando la barriga de Amanda—. Organizasteis todo tan rápido que casi os saltáis los papeles.

Amanda, risueña, alzó las manos en señal de rendición.

—¡Ey! La celebración era lo importante. Firmar podía esperar unos días.

En medio del alboroto, Allegra volvió a girarse hacia mí. Sus ojos estaban llenos de intención.

—Ava, ¿te acuerdas de tu pedido?

Mi mente viajó al pasado. A la pantalla de mi aplicación. A las palabras exactas que yo había escrito, a caballo entre el escepticismo y la esperanza:

«Estoy bailando con mi pareja ideal el día de la boda de Amanda».

Miré a Marcos. Él me esperaba, sabiendo lo que acababa de pasar por mi cabeza.

—No puede ser… —susurré, y un escalofrío me recorrió.

Allegra sonrió, como quien ya conocía el final de la historia desde el principio.

—Entrega justo a tiempo.