Capítulo 21 Entra en la lista prioritaria #2
No obstante, no hay que confundir gratitud con conformismo.
Puedes sentirte afortunado por tu hamburguesa simple con queso y pensar en todo lo que vas a incluir en tu próximo pedido: beicon, huevo frito y cebolla caramelizada.
La gratitud no cierra puertas; las abre.
Te permite disfrutar del presente mientras imaginas un futuro aún mejor.
Mantener ese estado es más sencillo de lo que parece. Elabora una lista de los pequeños placeres que te emocionaron hoy. Agradece todo lo que encuentres en tu nevera o imagina que cada puerta que cruzas te lleva a tu restaurante favorito.
Al principio puede parecer forzado, pero poco a poco agradecerás de manera natural.
Y con el tiempo, verás que la gratitud amplía el menú.
No hace falta ir muy lejos para empezar. Mira a tu alrededor. Ese plato que tienes frente a ti, al que no das importancia, es el sueño de alguien más.
Te haré una pregunta que llenará tu corazón de agradecimiento, por mucho que te resistas:
¿Y si solo tuvieras hoy lo que agradeciste ayer?
Vuelve a leerla. Siéntela. Y disfruta con la respuesta.
La despedida en la oficina fue extrañamente emotiva para alguien que, en el fondo, deseaba que fuera un adiós largo… quizá incluso permanente. No es que no me importara la gente con la que había compartido tanto tiempo, pero algo en mí sabía que necesitaba cerrar esa etapa de forma definitiva.
Y sobre todo, quería hacerlo antes de que la noticia se esparciera como pólvora y se convirtiera en el tema estrella de la máquina de café.
No estaba preparada para las preguntas. Ni para las bromas fáciles sobre « apps místicas».
No era el tipo de tema que se comenta entre charlas triviales y quejas sobre el aire acondicionado:
«O sea, ¿que has creado una aplicación para pedir deseos? ¿Y qué es lo siguiente? ¿Un chatbot que hable con tus guías espirituales?».
No. Mejor escapar antes del tsunami.
Sin embargo, Enzo no podía dejar que huyera sin uno de sus discursos dramáticos.
—¿Así que este es tu gran adiós? —dijo, apoyado contra mi escritorio como si se preparara para una confrontación de película.
—Es una excedencia, Enzo. No me estoy fugando del país… todavía.
—Ya, claro. Pero sabemos que cuando te lances de lleno a U-Delivery, esto quedará en el olvido. Y sinceramente, te prefiero rompiendo las reglas que diseñando encuestas aquí. —Sonrió y, antes de que yo pudiera soltarle alguna frase sarcástica, me atrapó en un abrazo de esos que te dejan sin aire.
—Gracias, Enzo —murmuré, porque a veces los momentos cursis también tienen su lugar.
—Por cierto, si te haces rica, recuerda que soy tu socio moral. Solo quiero reconocimiento. Y si no es mucho pedir, un busto dorado en tu sede.
—Lo apunto.
Y entonces, el plan de huida volvió a activarse.
Pasé por recepción a toda prisa, el bolso colgado al hombro y la mirada fija en el ascensor… hasta que la voz de Judith me frenó en seco.
—¿Ya te vas, Ava?
Me giré con rapidez, intentando que mi cara no gritara «culpable». Judith estaba tras el mostrador, con su auricular de diadema torcido en una mano y esa mirada aguda de quien colecciona chismes como si fueran trofeos.
—Sí…, solo voy a hacer unas gestiones. —Compuse una sonrisa que crujía por las costuras.
—Ah, vale. Oye, ¿te has enterado de lo de Sofía y David?
—No, ¿qué pasa con ellos? —pregunté, asumiendo que escucharla sería más eficaz que intentar escabullirme.
—Han alquilado un apartamento en el centro. Un sitio carísimo. Ya sabes cómo son ellos. Me lo contó Joel, de contabilidad. —Su tono era casi triunfante, ansiosa por arrancar alguna reacción de mi parte.
No la tuvo. Ni asombro, ni enfado. Nada. Aun así, la información flotó en mi cabeza. Mi subconsciente se negaba a dejarla marchar del todo.
Un leve pitido rompió el momento y las puertas del ascensor se abrieron con suavidad. Para mi sorpresa, allí estaba él, David.
Salió del ascensor con la misma elegancia casual de la que siempre había hecho gala, luciendo impecable incluso en un día cualquiera.
—Ah… Hola, Ava —saludó, sorprendido de verme—. ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú? —Intenté sonar neutral, aunque el encuentro era tan inesperado que no sabía exactamente qué hacer con las manos.
—Bien, bien. Me alegra verte.
Sofía apareció al fondo del pasillo, mirándonos de reojo, y David aprovechó la distracción para despedirse rápidamente.
—Bueno, cuídate —dijo, y se alejó hacia ella con pasos presurosos.
Cuando pasó por mi lado, inspiré profundo. Quería percibir de nuevo ese perfume que antes me resultaba irresistible, esa fragancia hipnótica que me había obsesionado tanto. Pero fui incapaz. Ya no estaba. Solo quedaba un aroma: el de la indiferencia.
Antes de montarme en el ascensor, me detuve un instante para despedirme mentalmente de la oficina.
Todo seguía igual que siempre: los mismos compañeros tecleando de forma furiosa, el zumbido constante de la fotocopiadora en la distancia y ese murmullo de conversaciones apagadas.
El lugar era el mismo, pero algo había cambiado. Yo había cambiado.
Salí del edificio con una ligereza que no recordaba haber experimentado desde hacía mucho tiempo. Había hablado con Sofía, había visto a David… y por primera vez en años, me sentía libre. Verdaderamente libre.
Había encontrado mi nueva definición de abundancia: ser auténtica. Ser yo misma. Y sentir que eso, al fin, era suficiente.
Cuando llegué a casa, me puse ropa cómoda, me tiré en el sofá y solté un largo suspiro de satisfacción.
Y como si el Universo quisiera recompensarme, mi móvil vibró con un mensaje de Allegra.
Allegra: Prepárate para el evento del año.
Yo: ¿Qué evento?
Allegra envió una captura de pantalla. Era la lista de seleccionados para el concurso de diseñadores revelación de la ciudad. Su nombre estaba en ella.
Yo: ¿ qué ?
Allegra: Te dije que acabarías invitada a un gran evento.
Yo: ¡Brutal!
Allegra: Habrá jueces, prensa, influencers … Necesito apoyo visible.
Yo: ¿Aviso a Enzo y a las chicas?
Allegra: Me iría genial. Cuanta más gente, mejor.
Yo: ¿Cuándo es?
Allegra: Este sábado.
Yo: Allí estaremos.
Creí que ahí terminaba todo, pero no.
Allegra: Ah, y no solo vas de espectadora…
Yo: ¿Cómo?
Allegra: El diseño estrella está inspirado en…
Yo: Allegra…
Allegra: Va a ser el momento.
Me quedé en silencio, dejando que el peso de la revelación cayera sobre mí.
Yo: ¿Qué has hecho?
Allegra: Confía en mí.
Yo: Vale…, pero tú eliges el look .
Allegra: Pensaba hacerlo.
No pude reprimir una sonrisa.
El sábado llegó antes de que pudiera mentalizarme del todo.
Tenía muchas ganas de ver a Allegra y, por supuesto, de lucir el vestido que había elegido para mí.
Este jugaba en otra liga. Un diseño en tono burdeos intenso, de tirantes finos y escote en pico, con transparencias estratégicas y un talle que se ajustaba con fluidez a mi cuerpo sin ceñirse demasiado.
Elegante sin excesos, con ese punto de modernidad que hacía imposible pasar desapercibida.
Un modelo que yo no habría escogido, pero que, al ponerme, me hizo sentir como si siempre hubiera sido mío.
Intenté no darle demasiadas vueltas al evento.
No quería ponerme nerviosa pensando en las sorpresas que Allegra podría tener preparadas.
Sin embargo, por mucho que tratara de restarle importancia, la idea de que tal vez se hubiera inspirado en mí, en mi nueva determinación, me ilusionaba bastante, no podía negarlo.
Enzo pasó a recogerme.
—¿Lista? —me preguntó, echándome un vistazo de arriba abajo—. Vaya, Ava, pareces una persona que tiene su vida bajo control.
—No te acostumbres —respondí, ajustando mi vestido—. Esto es solo un espejismo bien peinado.
—Bueno, disfruta del espejismo mientras dure.
Llegamos al lugar del evento y me sorprendí al calibrar la magnitud de este. Nada de un desfile modesto y acogedor. Había focos, alfombra roja, fotógrafos y un bar lleno de gente guapa que bebía cócteles imposibles de pronunciar.
Allegra nos recibió en la entrada con una energía capaz de encender todas las luces de un estadio. A su lado, un hombre alto, de sonrisa cálida y aire despreocupado, no le quitaba ojo.
—¡Estáis aquí! —exclamó ella, y nos abrazó—. Esto va a ser una locura.
—¿Tú estás bien? —pregunté. A pesar de su entusiasmo, noté que tenía las manos frías.
—Nerviosa, pero emocionada. Es el momento, Ava.
Entonces se giró hacia el hombre y, con una sonrisa orgullosa, lo presentó.
—Por cierto, este es Paolo. El famoso manifestado.
El susodicho lanzó una risa suave y me tendió la mano.
—Encantado de conocerte, Ava. Allegra me ha hablado muchísimo de ti.
—¿Eso es bueno o malo para mí? —bromeé, estrechándole la mano.
—Depende del día —intervino Allegra con una sonrisa traviesa.
Paolo soltó otra carcajada y le rodeó los hombros con el brazo.
Antes de que pudiera responder, llegaron las chicas con sus respectivos: Renata y Xavier; Bárbara con Emir, y Milena, que vino sola porque Elías tenía un vuelo a Estambul.
Como siempre, Amanda y Víctor seguían sin aparecer. Crónica de una tardanza anunciada.
Allegra se giró hacia mí y me susurró:
—Te prometo que será una noche inolvidable.
Y con eso, desapareció entre la multitud, llevándose a Paolo consigo.
Nos dirigimos a nuestros asientos mientras el público tomaba posiciones. El sitio era alucinante: estructuras metálicas minimalistas, focos suspendidos como estrellas y un escenario que parecía sacado de un desfile internacional.
El evento comenzó con fuerza. Varios diseñadores presentaron sus colecciones antes que Allegra.
Las primeras piezas de mi amiga arrancaron aplausos espontáneos. Los jueces no paraban de tomar notas, y Allegra, desde bambalinas, irradiaba seguridad. Cada diseño contaba su propia historia, derrochaba su propio carácter. Pero algo me decía que el momento cumbre aún no había llegado.
Y entonces, las luces se apagaron.