U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 21 Entra en la lista prioritaria
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Capítulo 21 Entra en la lista prioritaria

Doblé la esquina con pasos firmes y un objetivo muy claro en mente: llegar a casa y encerrarme en mi propio refugio.

¿Qué diablos había pasado? Todo iba bien. Muy bien.

Hasta que dejó de hacerlo. Hasta que escuché ese maldito comentario.

Esa noche, el apartamento estaba sumido en un silencio absoluto. Solo la voz en mi cabeza seguía en pie de guerra, analizando todos los motivos por los que debería seguir enfadada.

Me tumbé en la cama y clavé la mirada en el techo blanco, a la espera de que en algún momento la respuesta se dibujara en él.

Pero no ocurrió nada. Ni una señal. Ni una epifanía de último momento. Solo la misma pregunta rondando por mi cabeza: ¿por qué me afectaba tanto?

Me dormí así, enredada en pensamientos inconclusos.

A la mañana siguiente, me vestí sin prisas, con una resaca emocional que ni el mejor ibuprofeno habría podido curar.

Me acerqué a la puerta en busca de un paquete que recordaba haber recibido días atrás —mis nuevas bandas de resistencia; porque, sí, el lado oscuro de empezar a quererte es que te apetece cuidar de tu cuerpo—, pero algo en el suelo llamó mi atención.

Era una nota, doblada en dos, justo al lado de la puerta.

«Genial. Seguro que es del vecino del tercero otra vez».

El hombre tenía una habilidad casi artística para dejar notas pasivo-agresivas por todo el edificio: «¿Alguno conoce la función de una escoba?

Firmado: Quien sí la usa» o «No es tan difícil cerrar bien la puerta del portal. Vamos, que no es astrofísica».

La recogí, lista para otra crítica absurda, pero al abrirla, todo cambió.

«Voy a la Antártida otra vez. Sé que el de ayer no fue el mejor de los finales…, culpa mía. Por si alguna vez te apetece manifestar una segunda oportunidad, aquí te dejo mi número. Espero que tu aplicación salga pronto, así podré pedir café caliente por delivery desde allá».

Al pie, su número de teléfono.

Mi corazón se detuvo medio segundo antes de seguir latiendo.

En diez minutos, ya había leído la nota unas veinte veces. Cada palabra, cada pausa.

El humor seguía ahí. La torpeza, también. Y entre bromas, esa disculpa sutil que yo no esperaba.

Escribí al menos cuatro mensajes distintos en la pantalla de mi móvil.

«Hola».

«Olvida lo de ayer, fue un malentendido».

«Tengo preguntas. Muchas».

«No sé qué pensar».

Pero uno tras otro, los fui borrando. Porque la verdad era que sí sabía qué pensar. Estaba dolida. Por mucho que intentara minimizarla, la incomodidad seguía ahí, adherida a mí como esas etiquetas que se resisten a despegarse.

Exhalé con resignación, dejé el móvil sobre la mesa y me encaminé hacia la terraza.

Apoyé los codos en la barandilla y miré hacia la de Marcos.

Vacía. Sin rastro de él. Aunque la imagen estaba ahí, en mi cabeza: su sonrisa ladeada, esa mirada que parecía derribar cualquier defensa y esa carcajada profunda que ahora se sentía absurdamente lejana.

Estúpida nostalgia. Por un segundo, fantaseé otra vez con la idea de escribirle. Algo simple. Algo que dejara abierta una puerta.

Y en el mismo segundo, la cerré. No porque no quisiera. Sino porque aún no sabía si estaba lista para cruzarla.

«Si quiere hablar, sabrá dónde encontrarme». Esa fue mi decisión. No era orgullo. Era autoprotección.

Me arreglé a medias, más por inercia que por ganas, y traté de sacarlo de mi cabeza.

Cuando salí de casa rumbo al trabajo, pasé frente a la puerta de Marcos y Sara y…

lo sentí de nuevo. Ese leve tirón en el pecho, ese impulso que quería romper el silencio.

Pero no le di el tiempo suficiente para que me convenciera.

Mi voz menos empática intervino de inmediato, autoritaria y cortante: «Si quiere hablar, sabrá dónde encontrarte».

Esa advertencia bastó para mantener mis pies en movimiento.

El ascensor tardó más de la cuenta, porque, claro, aquel día todo iba a ritmo de tortuga.

Cuando por fin llegué a la calle, una tenue brisa alivió el calor sofocante, despejándome un poco.

Caminé rápido, esquivando peatones y pensamientos incómodos.

Solo el eco de mi propio debate interno sobre si estaba actuando con madurez o simple terquedad me acompañó hasta la oficina.

Al llegar, Enzo me recibió con su característica mirada evaluadora.

—No hace falta que digas nada —solté antes de que abriera la boca.

Él, por supuesto, dijo algo:

—Vaya, parece que alguien ha dormido fenomenal. —Se recostó en su silla, entre divertido y analítico—. ¿Resaca emocional o solo un mal día?

Puse los ojos en blanco.

—Un combo especial. Pero gracias por preguntar.

Se inclinó hacia delante, bajando la voz.

—¿Tiene algo que ver con cierto fotógrafo?

—No quiero hablar de eso.

—Genial, hablemos de ello, entonces. —Sonrió, encantado de ir directo al drama.

—Enzo…

—Vale, vale. —Levantó las manos en un gesto de rendición—. Pero si necesitas desahogarte o soltar un comentario sarcástico, ya sabes dónde estoy.

Suspiré, aunque no pude evitar sonreír.

Y sí, quizá más tarde le contaría todo. Pero por el momento, solo necesitaba empezar el día.

Un par de horas después, mi móvil vibró sobre la mesa. Número desconocido. Respondí sin pensar demasiado.

—¿Sí?

—¿Ava Carter? —preguntó una voz formal.

—Sí, soy yo.

—Llamamos de NextWay Solutions. Hemos revisado tu propuesta y queremos seguir adelante con tu aplicación. Creemos que tiene mucho potencial y queremos llevarla al siguiente nivel contigo.

Me quedé en silencio. La frase flotó en el aire como si mi cerebro necesitara un segundo extra para procesarla.

—¿Ava? ¿Sigues ahí?

Parpadeé, volviendo en mí.

—Sí, sí, sigo aquí. —Aclaré mi garganta—. ¡Por supuesto que quiero! Gracias por confiar en mí.

—Perfecto —respondió la voz al otro lado, ahora con un tono más sereno—. En breve te enviaremos los próximos pasos.

Colgué la llamada con el corazón a mil por hora. Enzo, que estaba cerca, se alarmó al ver mi expresión congelada.

—¿Qué pasa? —susurró.

—Me han aceptado —murmuré, todavía en shock .

—¿ qué ?

—Sí. Han aceptado la app .

Me quedé sentada un segundo, con la mirada fija en la pantalla apagada del móvil, esperando otra confirmación. Pero no hacía falta. Ya era real.

Inspiré hondo. Tenía que hacer algo. Tenía que mover ficha.

—¿A dónde vas? —me preguntó Enzo al ver que me levantaba con decisión.

—A apostarlo todo por mí misma.

Y sin esperar respuesta, me fui directa a recursos humanos.

Mientras caminaba hacia allá, la familiar figura de Sofía captó mi atención. Estaba de pie junto a un compañero, revisando unos papeles con su característico aire de autoridad inquebrantable. Había tantas cosas que ahora me atrevía a decirle que, sin vacilar, me acerqué.

—Hola, Sofía.

Ella se giró con lentitud.

—Eh…, ah, hola, Ava.

—Voy a recursos humanos. Quiero pedir una excedencia —dije, sin apartar la mirada.

Tardó un momento en contestar.

—¿Eh, y eso? ¿Es por…?

—No, no. Es por un proyecto personal —respondí, con más firmeza de la que esperaba.

—Ah…, bueno…, de acuerdo. Pero… danos al menos unos días para reorganizarnos y buscar a alguien.

—No hace falta —corté con una sonrisa—. Contratad a Mariona, la becaria que estuvo con nosotros hace unos meses. Era brillante, y conoce el sistema. Es perfecta para el puesto.

Su sorpresa fue evidente. No se esperaba que aportara una solución tan inmediata.

—Oh… Bueno… —murmuró, todavía un poco desconcertada.

—Y por cierto, aprovecharé los días que me quedan de vacaciones antes de que empiece la excedencia. Me los he ganado, ¿no crees?

La contrariedad en su rostro resultó casi cómica, pero al final asintió.

—Ah, y quería decirte algo más.

—¿Más? —Ladeó ligeramente la cabeza, como si intentara adivinar mis intenciones.

—Sí.

Dudé un segundo. No era mi estilo, y menos con Sofía, pero algo en mí necesitaba cerrar ese ciclo a mi manera. Sin reflexionar demasiado, me incliné hacia ella y le di una palmada suave en el brazo. Un gesto rápido, casi casual, pero cargado de significado.

—Gracias, Sofía.

Ella me miró inmóvil, con ese recelo contenido que la volvía hermética.

—¿Perdona? ¿Por qué?

—Por muchas cosas. Pero sobre todo, por empujarme a descubrir quién soy —añadí, sonriente—. Me costó, pero aprendí.

Sofía frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa?

—Que, a veces, solo se trata de cambiar la forma en que miramos las cosas —respondí, encogiéndome de hombros—. Ver la otra cara de la moneda. Solo con eso, todo se transforma.

Sofía me observó en silencio, y aunque no verbalizó nada, pude apreciar cómo sus pensamientos chocaban entre sí.

Finalmente, y más por cerrar el tema que por comprensión, exhaló un suspiro corto.

—Pues de nada…, supongo. Aunque no tengo ni idea de por qué.

—No te preocupes, no siempre hay que entenderlo todo.

Ella me lanzó una última mirada escéptica.

—¿Puedo volver a mi jornada? —inquirió, alzando una ceja.

—Por supuesto.

Y antes de que pudiera decir nada más, di media vuelta y seguí mi camino.

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Es momento de cerrar este manual con algo único: el secreto mejor guardado de la comunidad de U-Delivery. ¿Listo para entrar en la lista prioritaria?

Aquí lo tienes: la clave está en la gratitud. Pero no una cualquiera, sino la que viene antes de recibir el pedido.

Ya sabemos que en esta empresa el servicio que recibes refleja la solicitud que haces.

Y pocas cosas expresan mejor tu satisfacción que dar las gracias por adelantado.

No solo supone un gesto de confianza en el proceso: endulza los tiempos, vuelve más sabroso lo cotidiano y deja espacio en la mesa para banquetes que aún no has imaginado.

Eso sí, no reserves tus agradecimientos solo para los crepes de chocolate; esa ensalada de garbanzos que parece aburrida también tiene su mérito.

Agradecer las partes menos agradables de nuestro menú no solo modifica lo que ves, sino también lo que recibes. La gratitud es el ingrediente que realza incluso lo que parecía insípido. Puede transformar esa simple ensalada de garbanzos en un hummus extraordinario.