U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 20 De boca en boca #3
92%

Capítulo 20 De boca en boca #3

Al ver el nombre en la pantalla, esbocé una sonrisa. Justo lo que necesitaba para parecer interesante y ganar unos segundos de respiro.

Me aparté ligeramente del grupo que rodeaba a Marcos, proyectando la actitud de alguien que siempre tiene algo importante entre manos.

—¡Bárbara! —exclamé, alargando su nombre más de la cuenta.

—¡Ava! Rápido, ¿cómo se llama el sitio ese de brunch donde sirven las tostadas de aguacate gigantes?

—Eh…, Green & Co. —respondí, con la rapidez de quien se juega el bote en la última pregunta.

—¡Eso! Eres la mejor. ¡Gracias! —Y colgó sin más.

Me quedé mirando el teléfono un segundo más de lo necesario, esperando que la conversación hubiera durado lo suficiente para parecer relevante. Aun así, guardé el móvil con aire triunfal, fingiendo que acababa de coordinar un asunto épico.

Di un paso hacia Marcos, deseando retomar nuestra conversación, cuando una voz femenina cerca de mí —despreocupada, pero lo bastante alta como para no pasar desapercibida— cortó la atmósfera de golpe.

—¿No es esa la de la foto en la ducha?

Durante un segundo, barajé la absurda posibilidad de haberme hecho una sesión de fotos bajo la ducha… y haberla olvidado por completo.

Pero antes de que pudiera reaccionar, alguien respondió:

—Sí, esa misma. Plastificada y enmarcada.

Y luego…, risas.

La frase me atravesó como un disparo.

¿ qué ?

No, no podía ser. Mi corazón atronaba tan fuerte que el bullicio de la galería se desvaneció.

¿La de la foto en la ducha? ¡Ay, Dios…!

Mi mente retrocedió a toda velocidad, directa al momento ridículo en que plastifiqué mi obra maestra y la colgué en la ducha.

Nadie en esa sala había estado en mi lavabo. Nadie, salvo una persona.

Madre mía, ¿Marcos la había visto?

Y no solo eso, sino que… ¿se lo había contado a alguien más?

¿Cuántas personas estaban al corriente?

¿Cuántas se habrían reído de mí todo ese tiempo?

Claro, ahora cobraba sentido.

Marcos lo sabía, por supuesto que lo sabía. Yo no era más que un entretenimiento. Un buzón con material de primera para sus anécdotas privadas. Su candidata perfecta para la cena de los idiotas.

El rubor ascendió a mi rostro con una intensidad abrasadora.

Busqué su mirada antes de irme. Solo unos segundos. Solo para atisbar en su expresión algo que mi mente, ofuscada por el pánico, se negara a reconocer.

Sin embargo, su rostro era ilegible. Parecía confundido, intentando discernir por qué demonios lo miraba de ese modo.

Lógico que no entendiera nada. No sabía que acababa de desenmascararlo. Que por fin había descubierto su juego.

Eso fue todo lo que necesité.

Mis pies se movieron antes de que mi cerebro pudiera detenerlos. Necesitaba alejarme. Cuanto antes. Cuanto más lejos, mejor.

Me marché con la respiración entrecortada y el calor de la humillación quemándome la piel.

Pero no llegué muy lejos.

—¡Ava! —La voz de Marcos me hizo frenar en seco.

Me giré y lo vi en la acera, con el ceño fruncido y los ojos fijos en mí.

—¿Por qué te vas tan pronto?

Me crucé de brazos. No iba a hacerme la despistada.

—¿Le contaste a alguien sobre la foto?

Marcos parpadeó varias veces, sorprendido por la pregunta.

—¿Qué foto?

—No te hagas el inocente.

—Ava, no sé de qué estás hablando.

Lancé una risa amarga, esa que sale cuando estás a punto de perder los estribos.

—No me tomes el pelo, Marcos. Mi foto.

Él abrió la boca para responder, pero algo hizo clic en su cabeza.

—Espera… —Sus ojos se abrieron un poco más—. ¿Te refieres a la imagen del baño?

Ahí estaba.

El reconocimiento.

El momento exacto en el que supe que la había visto.

—¡La viste! —exclamé, alzando el dedo con gesto acusador.

Por eso había actuado tan raro al salir del baño aquella tarde. Por eso tampoco me había dicho nada acerca del correo.

Quise creer que había sido por discreción. Pero no. Había sido un silencio intencionado. Cómplice.

—Sí, la vi. Aunque al principio…, no entendí nada. —Marcos soltó una risa tensa y bajó la vista durante un segundo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté con recelo.

—No sé, Ava. ¿Qué probabilidad había de que otro tío entrenara con unos calcetines de plátanos? —Sonrió, casi con ternura—. Idénticos a los que compré en un mercado en Tailandia. Fue lo primero que me hizo sospechar.

Mi cara ardía. Pero él continuó:

—Luego vi el lunar en la clavícula. —Se señaló el cuello—. Ahí confirmé que era yo… con la cara de otro tío superpuesta. —Se encogió de hombros, entre divertido y desconcertado—. Recuerdo que me quedé pensando: «¿Esto es una amenaza o un halago?».

Mi bochorno alcanzó niveles cósmicos.

—¿Y te pareció gracioso? —pregunté con voz temblorosa, atrapada entre la rabia y la vergüenza.

—¿Qué? ¡No! —Negó con vehemencia, abriendo las manos en señal defensiva.

—Pues a alguien, sí. Acabo de escuchar a una desconocida decir: «¿No es esa la de la foto de la ducha?».

—¿Cómo?

—Tal cual lo oyes. Dijeron: «Plastificada y enmarcada». ¿Te suena?

Marcos se quedó en blanco un par de segundos, con los labios apretados, antes de exhalar un suspiro.

—Vale… —admitió finalmente—. Se lo mencioné a Sara, pero no pensé que fuera a…

—¿A qué? ¿A contárselo a alguien? ¿A hacerme quedar como una idiota?

—¡No lo hice con mala intención! Solo… me pareció curioso. Fue raro ver esa foto, Ava.

—¿Raro? Era solo un tablón de manifestación, Marcos —repliqué, fingiendo una naturalidad que no sentía.

—Lo sé. Lo comprendí todo cuando leí tu correo.

Ajá. Otra gran confesión. Tarde, pero ahí estaba.

—Por cierto —añadí, con la frialdad justa para disfrazar mi orgullo herido—, ese correo no era para ti. Lo envié por error.

Marcos agachó la mirada un segundo y luego asintió, como si, en el fondo, hubiese estado esperando que lo dijera.

—Ya me lo suponía.

Contuve el aliento.

—Pero quiero que sepas que no me burlé de ti. En serio, no me reí. No hice chistes. Y nunca pensé que fuera ridículo.

—Entonces, ¿qué pensaste?

Se tomó su tiempo antes de contestar.

—Que tenías muy claro lo que querías. Que no tenías miedo de ponerlo por escrito, imprimirlo y hacerle frente cada día.

No supe qué decir. Porque, sí, claro, sus palabras eran bonitas. Pero eso no quitaba el hecho de que lo había ventilado y yo me había convertido en la «chica de la foto en la ducha». Menudo honor.

Apreté los puños a los costados, sintiendo cómo la ira y la confusión peleaban por ganar terreno.

Por un momento, mis hombros se relajaron, como si yo fuera a ceder, a permitir que ese diminuto destello de sinceridad entre nosotros arreglara las cosas.

Pero no pude dejarlo pasar. La punzada de humillación era más fuerte.

—Marcos, ¿sabes qué? No importa —dije al final, sacudiendo la cabeza—. Todo esto no importa. Ha sido un error. No tenía que haber venido.

Él me observó perplejo, esperando que añadiera algo. Pero no lo hice.

Di media vuelta, dispuesta a largarme de una vez por todas.

—Ava, no le des tanta importancia. ¿Por qué te avergüenza tanto?

Me detuve un segundo, sin girar la cabeza.

—No es vergüenza —mentí.

Y sin darle la oportunidad de responder, seguí caminando.

Esa vez, no intentó detenerme.

De boca en boca

Pedir comida a domicilio es simple: abres la app, seleccionas lo que quieres, confirmas el pedido y luego… esperas.

No te avergüenza reconocer que probaste un nuevo restaurante de sushi, ni que llevas media hora refrescando la app para comprobar si el repartidor está cerca. Nadie te mira raro por eso. Es normal. Está aceptado.

Pero ¿qué pasa si el pedido lo realizas a U-Delivery?

De repente, la cosa cambia.

Admitir que confías en un método diferente para «que te traiga» ese puesto de trabajo, esa relación amorosa o ese cambio de vida… ya no suena tan convencional. No es algo que comentes en la cola del súper, entre el pitido de la caja registradora y los carritos chirriantes.

Porque, claro, ¿qué pensarían los demás si supieran que crees que existe otra forma de gestionar tus pedidos?

Que eres ingenuo. Que vives en las nubes. Que algún día «despertarás» y verás que no has podido tachar nada de tu lista de la compra.

Manifestar sigue siendo un tema que se habla en susurros. Casi tan escandaloso como confesar que has tenido un encuentro con extraterrestres.

Pero ya sabemos la verdad: todo el mundo hace pedidos al Universo. La diferencia es que algunos son más conscientes de lo que están pidiendo, mientras que otros ni siquiera saben que ya marcaron algo del menú.

Entonces, ¿por qué esconderlo? ¿Por qué manifestar parece un acto de fe excéntrico, mientras que pedir pizza es de lo más normal?

U-Delivery quiere cambiar eso.

Este manual no es solo para los que creen en la energía de los cristales o en que la luna llena afecta a la productividad (aunque si estas cuestiones te gustan, adelante).

Es para todos.

Para ti. Para tu vecino del tercero. Para el camarero que siempre recuerda tu café sin azúcar.

Lo que U-Delivery pretende es fácil: que puedas hablar de esta forma de ver la vida —es decir, de cómo funciona el sistema de pedidos— con la misma naturalidad con que comentas el precio de los melones fuera de temporada.

Y sobre todo, que puedas hacerlo en cualquier sitio, con cualquier persona. Sin pudor. Sin secretos.

Así que, la próxima vez que dudes si manifestar algo resulta «demasiado místico», pregúntate:

¿Me da vergüenza decir que pedí una pizza solo porque todavía no he visto al repartidor?