Capítulo 20 De boca en boca #2
Abrí los ojos y sonreí, aunque el corazón me golpeara las costillas.
—Buenos días.
Recorrí la sala con la vista, impostando una seguridad que no sentía. Si alguien notó el ligero temblor en mi voz, lo ignoró de forma educada.
Y así, comencé a hablar. Sin PowerPoint, sin gráficos, solo yo, confiando en esa chispa que acababa de prenderse.
Al principio, mis palabras tropezaron un poco, pero pronto encontré el ritmo. Les hablé de cómo la manifestación podía ser accesible para todos; de cómo U-Delivery no constituía un simple escaparate de anhelos, sino una forma de conocerse, de sintonizar con lo que realmente querían.
Las miradas severas de los tres hombres empezaron a suavizarse. La mujer incluso asintió en varias ocasiones, lo que interpreté como una victoria silenciosa.
Cuando terminé, sentí como si acabara de cruzar la avenida Central en plena hora punta, esquivando turistas despistados, carritos de bebé y grupos de adolescentes equipados con auriculares gigantes, todo mientras intentaba no ser arrollada por un patinete eléctrico.
Agotador, caótico, pero al final, lo logré.
El silencio que siguió pareció interminable, aunque no era incómodo. Era el tipo de silencio que retiene el aire justo antes de exhalar.
—Gracias, señorita. —Uno de los hombres habló con un tono más amable del que había esperado—. Analizaremos la propuesta y nos pondremos en contacto con usted.
Sonreí y agradecí antes de salir de la sala con toda la dignidad que pude reunir, a pesar de que en mi fuero interno sentía que acababa de sobrevivir a la última pantalla de un videojuego en modo experto.
En cuanto crucé la puerta, Allegra y Enzo me rodearon, a la espera de comprobar si iba a llorar o a dar saltos de alegría.
—¿Y bien? —preguntó ella. Sus ojos brillaban de expectación.
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Creo que bien. No me desmayé, no salí corriendo y no mencioné a Shawn Mendes. Así que…, diría que fue un éxito.
Ambos estallaron en carcajadas mientras yo soltaba un suspiro de alivio. Aún no sabía qué opinarían los directivos, pero había superado el mayor obstáculo de todos: a mí misma.
—Ahora toca celebrarlo. Vino, comida y alabanzas a la gran Ava, en mi casa —sugirió Enzo, pasándome un brazo por los hombros.
No discutí. La idea de una copa de vino, una cena improvisada y unas cuantas risas con ellos era justo la recompensa que necesitaba.
Horas después, con la segunda botella de vino medio vacía, Enzo agitó su vaso mientras la conversación tomaba un rumbo filosófico inesperado.
—Imagina esto —empezó, con los ojos vidriosos por la mezcla de vino e inspiración—: U-Delivery podría ser el Tinder cósmico definitivo. Olvida los deslices al azar. Aquí funciona con «me gusta». Cada vez que te gusta algo (una persona, un trabajo, un viaje), el Universo lo registra.
—¿Y luego te lo manda directo a casa? —preguntó Allegra, alzando su copa.
—No tan rápido. Primero, el Universo se asegura de que estés preparado para recibirlo. Es como cuando marcas un artículo como favorito en una tienda online y, de repente, te llega un descuento… o, al revés, te enteras de que está agotado justo cuando ibas a comprarlo.
Las risas explotaron en la sala.
—¡O peor aún! —añadí—. Te llega un mensaje de «artículo en espera». La vida te está diciendo: «Tranquila, aún no estás lista para esto».
—Exacto. —Enzo señaló con su copa—. El Universo tiene su propio algoritmo. Y créeme, no le importa cuántos «me gusta» des si no has llevado a cabo el trabajo interno.
Incluso yo, que aún tenía la cabeza medio embotada por la presentación, no pude evitar reírme.
Fue entonces cuando detoné la bomba:
—Sara me ha dicho que a Marcos le han ofrecido hacer una exposición. Y se inaugura mañana.
Allegra y Enzo intercambiaron miradas.
—¿Y? —preguntó él, como si la respuesta fuera obvia.
—Y nada, que no sé si ir.
—Vamos, Ava —Allegra se inclinó hacia mí—, hace meses que no paras de pensar en él. No te hagas la indiferente.
—No es indiferencia, es… precaución —repliqué, jugueteando con el borde de mi copa—. No quiero leer señales donde no las hay.
—Ajá, claro. Y la mención al Universo, a «enamorarse» y las «cualidades únicas» en la entrevista, ¿qué es? ¿Pura coincidencia? —Enzo levantó una ceja con sorna.
Bufé antes de darle un trago al vino.
—¿Tienes la foto? —preguntó Allegra, con las pupilas encendidas por la curiosidad.
Enzo sacó su móvil, buscó la imagen y se la pasó.
—Aquí está.
Allegra observó la pantalla en silencio durante unos segundos, absorbiendo cada matiz de la fotografía. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta.
—Vaya…, es impresionante. La composición, los colores… Tiene algo especial.
—¿Ves? —saltó Enzo—. Hasta Allegra lo nota. Esta no es cualquier foto.
Mi estómago se contrajo. Había algo que Enzo aún no sabía, y que ya no tenía sentido seguir guardando.
Tragué saliva y apoyé la copa en la mesa antes de hablar.
—Bueno, hay otro detalle que no te he contado.
—¿Cuál?
—Marcos leyó mi correo. El de la aplicación. Se lo envié por error.
Enzo parpadeó un par de veces.
—¿Qué? ¿Lo leyó?
—Sí. Sara me lo insinuó el otro día.
Allegra asintió con calma; ella ya lo sabía. Pero Enzo…
—A ver si lo entiendo. —Se acercó a mí con los ojos entrecerrados—. Te enteras de que leyó tu correo, encuentras una entrevista en la que suelta perlas sobre manifestación, enamoramiento y demás… ¿y ahora que tienes la oportunidad de verlo en persona, te lo estás pensando?
Me revolví en el sofá, incómoda.
—Es que no quiero hacerme ilusiones. Después del chasco de la boda…
—Ava, por el amor de Dios. —Enzo abrió los brazos—. No es hacerte ilusiones, es atar cabos.
—Entonces, ¿por qué no me dijo nada? —repliqué al instante, con un nudo en la garganta—. Si lo leyó y le pareció normal, ¿por qué no me comentó nada?
Enzo abrió la boca, pero no tuvo una respuesta inmediata.
Percibí esa presión familiar en el pecho, la que precede a la aparición triunfante de las inseguridades.
—Tal vez piense que estoy como una cabra. Que todo lo del correo le parezca una locura. Seguro que la invitación de Sara solo fue un gesto de amabilidad y ya está. Ni interés, ni señales, ni nada.
—¿Y si no? —intervino Allegra—. ¿Y si esto es exactamente lo que has estado manifestando y ahora te echas atrás?
Me mordí el labio, incapaz de responder.
—Voy a pensarlo —dije finalmente.
Lo que significaba, claro, que ya había decidido.
Eso sí, cuando llegué a casa y el efecto del vino empezó a desvanecerse, cualquier certeza se diluyó, y me sorprendí dándole vueltas al asunto más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
Quizá era una mala idea. Tal vez estaba a punto de abrir una puerta que era mejor dejar cerrada. Negué con la cabeza. «No dramatices, Ava».
Solo era una exposición. Nada más. Podía ir, felicitar a Marcos, echar un vistazo a su trabajo y volver a casa con la cabeza bien alta. Fin de la historia.
La galería destilaba un aire moderno y sofisticado, con luces estratégicamente colocadas para resaltar cada imagen. Caminé con paso firme, ignorando el vaivén en mi estómago.
Me había mentalizado para ese momento. Si Marcos mencionaba el correo, tenía preparada una respuesta casual, racional, algo que no me hiciera parecer una mística con delirios tecnológicos. Había ensayado varias posibilidades en mi cabeza para que nada me tomara por sorpresa.
Todo parecía bajo control.
Hasta que lo vi.
Marcos estaba de pie junto a una de sus fotografías, flanqueado por los visitantes, sonriendo con esa facilidad que siempre me había desconcertado. Me localizó en cuanto crucé la sala, y su expresión se iluminó, en un gesto tan espontáneo que parecía lo más normal del mundo.
—Ava.
—Hola —respondí. Mi pulso se aceleró.
—No sabes cuánto me alegra que hayas venido.
Vaya, a lo mejor mis amigos tenían razón. Ese brillo en sus ojos… no parecía el de alguien que solo se está comportando de un modo amable.
Me invitó a acercarme y, por un instante, todo fluyó con una soltura inesperada que casi me hizo olvidar el torbellino de pensamientos en mi cabeza.
Nada de tensiones. Nada de miradas incómodas.
—Ven, quiero enseñarte algo —dijo, guiándome hacia una de las fotografías.
Era impresionante. La aurora austral se extendía sobre un paisaje helado; los colores vibrantes se reflejaban en la nieve, como si el cielo hubiera dejado caer una pincelada de acuarela sobre la tierra.
—Es increíble, Marcos.
—Fue pura suerte. El momento justo, la luz perfecta… No tuve que hacer nada, simplemente… dejar que me enamorara.
Sus palabras me golpearon con más fuerza de lo esperado.
Antes de que pudiera responder, un amigo de Marcos apareció con una sonrisa cómplice y le rodeó los hombros en un gesto efusivo.
—¡Hermano! Felicidades. La exposición es un éxito.
Reconocí su rostro al instante. Había estado en aquella cena, la noche del «casi beso».
—Qué alegría verte aquí, Ava —dijo con tono relajado—, aunque, para ser sincero, no me sorprende.
Marcos le lanzó una mirada de advertencia.
—¿Ah, no? —pregunté con una sonrisa amable.
—Bueno… —el amigo se encogió de hombros, divertido—, digamos que tu nombre ha salido en más de una conversación.
Me reí, sin saber muy bien qué hacer con esa información. Aquel chico me había caído bien en la cena, y ahora parecía incluso más simpático.
—Ya nos veremos luego —comentó. Le dio un apretón a Marcos en el brazo antes de alejarse para saludar a otra persona.
Cuando volví a fijarme en mi vecino, me encontré con su mirada tranquila, expectante.
—Por cierto —dijo con una sonrisa traviesa—, por fin me he comprado un móvil nuevo. Ya sabes…, por si surge algo próximamente.
Mi expresión se congeló. El ruido de la sala pareció atenuarse mientras mi cerebro se esforzaba en descifrar si era un comentario casual o una referencia directa. ¿Era una manera sutil de mencionar el correo? ¿O tan solo estaba lanzando una indirecta inocente sin saber lo que me provocaba?
Me debatí entre justificarme o hacerme la loca, pero cuando iba a decir algo, mi móvil vibró en el bolso.
—Perdón, un momento.