U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 20 De boca en boca
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Capítulo 20 De boca en boca

Por un momento —uno bastante largo, si somos honestos—, me planteé renunciar a la oportunidad que me ofrecían. Al fin y al cabo, tenía argumentos sólidos:

«¿Qué necesidad tengo de complicarme la vida? Seguro que hay alguien más cualificado. Mejor lo dejo. Total, pensarán que es una soberana tontería».

Incluso barajé la opción de tomarme un calmante antes de la presentación. Pero lo descarté al recordar la última vez. Era un vuelo largo y pensé que sería buena idea «relajarme».

Efecto secundario inesperado: me pasé medio trayecto discutiendo con el sobrecargo sobre por qué el avión debería disponer de una zona de discoteca para adultos, con música potente y luces de colores.

Al aterrizar, todo el pasaje aplaudió. Y no fue por la maniobra impecable del piloto.

Ni de broma repetiría aquello.

Así que ahí estaba de nuevo, mi lista de miedos de siempre: hacer el ridículo en vivo y en directo, exponerme al mundo sin filtros, pasar vergüenza a lo grande… Eran monstruos temibles, sin duda. Monstruos que, en el pasado, habían sido motivo suficiente para mantenerme escondida.

Pero esta vez, algo era distinto. Detrás de todos esos temores se agazapaba uno aún más grande, uno que yo no podía ignorar, uno que no podía dejar pasar: el miedo a defraudarme a mí misma.

Había aprendido a respetar a esa nueva Ava. Apreciaba su valentía, su creatividad, su forma de ver el mundo y de construir algo significativo.

¿En qué demonios había estado enfocada todos esos años?

Repasé cuántas veces había escogido el camino con menos baches, aquel que no suponía un desafío, aquel que me alejaba de la pequeña Ava.

Y en ese instante, lo vi claro.

¿Mi vida había sido el resultado de mis decisiones o de mis miedos?

Respiré hondo. Esa era la verdadera batalla que debía librar. No contra los nervios, ni contra el posible ridículo, sino contra la versión de mí misma que siempre había jugado a lo seguro.

No podía dejar plantada a la niña que cantaba feliz en el jardín de sus abuelos.

No. Esta vez, no.

Me sumergí en el manual de U-Delivery con la determinación de crear algo que estuviera a la altura de aquella niña soñadora. No podía perder más el tiempo. El verdadero trabajo apenas había comenzado.

Pasé horas escribiendo, borrando, reescribiendo y ajustando cada detalle. Había algo mágico en el proceso de plasmarlo todo en palabras. Cuanto más lo desarrollaba, más cosas entendía, no solo acerca de la aplicación, sino sobre mí misma.

Percibía cada símil, cada ejemplo que utilizaba para explicar la relación entre manifestar y pedir algo que realmente deseas, como un descubrimiento, una pequeña revelación que me arrancaba una sonrisa.

Después de un par de noches de insomnio por razones creativas y café en vena, ahí estaba yo, en el gran día, sola con mi propuesta… y un sudor frío como compañero de viaje.

Mientras esperaba el ascensor de mi edificio, repasaba mentalmente cada detalle, sintiendo cómo la adrenalina se mezclaba con un leve temblor en las manos.

La otra puerta del rellano se abrió de golpe, y Sara apareció acompañada de dos amigas; todas hablaban entusiasmadas, con el ímpetu de una olla a presión a punto de explotar.

—¡Ava! —exclamó, visiblemente encantada de verme.

Se separó del grupo y avanzó hacia mí con pasos ágiles, sin perder el brillo en los ojos.

—¡Hola, Sara! —respondí, con una sonrisa en la cara y la huida en mente.

—¿Te has enterado de lo de Marcos? —preguntó sin darme tiempo a responder—. ¡Le han ofrecido hacer una exposición gracias a una foto!

—¿De verdad?

Mi intento de indiferencia se desmoronó más rápido que un castillo de naipes.

—Sí, llega mañana, justo para la inauguración. Le han dado facilidades para que pueda venir y luego volver rápido a terminar su trabajo.

—¿¿Mañana??

Esa vez, la sorpresa fue imposible de disimular.

—Eso es; deberías pasarte. Será aquí al lado, en la Galería Lumen 36 —añadió con una sonrisa cómplice—. Estoy segura de que a Marcos le haría mucha ilusión verte allí.

Intenté articular algo coherente, pero solo salió un carraspeo torpe. Sara me guiñó un ojo y desapareció escaleras abajo con sus amigas; el eco de sus risas quedó flotando en el aire.

Yo me quedé allí, inmóvil, mientras procesaba la información. Marcos llegaba mañana. «Mañana». Esa palabra rebotaba en mi mente con fuerza, reavivando el conflicto entre la duda y la esperanza.

Si Sara tenía razón y a Marcos realmente le haría ilusión verme allí, entonces… tal vez no le había asustado lo que leyó en mi correo. Tal vez no pensaba que yo estaba loca por toda esa historia de la manifestación y el Universo.

Sacudí la cabeza para despejar mi revoltijo mental, pero las preguntas no tardaron en arremolinarse de nuevo. ¿De verdad él quería que fuera? ¿O era solo una interpretación demasiado optimista de Sara?

Cuando las puertas del ascensor se cerraron con un roce metálico, supe que ya no había vuelta atrás. Me obligué a centrarme en lo inmediato: la presentación. Todo lo demás podía esperar…, o al menos eso me repetí, sin demasiado éxito.

Cada paso hacia la consultora digital parecía avivar aún más mis nervios.

Notaba la tensión concentrándose en mis hombros, en la rigidez de mi mandíbula, en la absurda sensación de que mis piernas se movían demasiado desmañadas o demasiado rápido.

Mi mente iba a la deriva, atrapada en un bucle de pensamientos inquietos, hasta que una visión familiar me ancló de golpe a la realidad.

Allí estaban Allegra y Enzo, esperando frente a la entrada. Allegra, impecable, móvil en mano; Enzo, con su clásico aire de travesura y provisto de una taza de café gigante.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, sorprendida. Una sonrisa se me escapó antes de poder contenerla.

—Vamos a darte el empujón final. —Allegra guardó el móvil—. No íbamos a dejarte sola en esto.

Enzo levantó su café a modo de brindis.

—Y sinceramente, no iba a perderme la oportunidad de ver tu cara antes de entrar. Oro puro.

Mi risa brotó casi por instinto, liberando parte de la presión que llevaba acumulada desde que me desperté.

—Ava, respira. —Allegra posó una mano en mi hombro con esa calma que yo tanto admiraba en ella—. Recuerda: esto no va de ti, es para compartir con aquellos a quienes puedas inspirar.

—Y pase lo que pase, no hables de atraer a celebridades —añadió Enzo, dándole un trago a su café mientras me empujaba suavemente hacia la entrada.

—Gracias. Muy útil. —Me giré y le lancé a mi amigo una mirada de falsa indignación. Allegra rio, con esa carcajada elegante que casi parecía un cumplido.

Inspiré hondo antes de cruzar las puertas giratorias, intentando mantener la compostura. Pero resultó inútil: un ejército de mariposas anárquicas libraba una batalla en mi estómago.

Para colmo, cuando accedí a la sala de reuniones, la primera impresión no ayudó mucho.

Tres hombres con trajes de colores apagados, semblantes impenetrables y entradas pronunciadas estaban alineados a un lado de la mesa, formando un muro silencioso que parecía sacado de un manual de intimidación empresarial.

Frente a ellos, una mujer de gesto sereno y titubeante sonrisa, la única que parecía un poco amigable.

No era exactamente el público cálido y receptivo que yo hubiese escogido.

¿Y si lo de manifestar hombres perfectos como si fueran pizzas no les parecía tan gracioso como a mí?

Ahí sentí el primer tirón de pánico. Intenté recordar mi esquema mental, pero los pensamientos se emborronaron tan rápido como se habían formado.

¿Y si se reían de mí? ¿Y si hacían preguntas que no sabía responder? ¿Y si…?

Entonces, como si yo no tuviera ya suficientes problemas, el técnico entró y pronunció las palabras que nadie quiere escuchar antes de una presentación:

—El PowerPoint no funciona.

Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Qué? —Mi voz sonó tan frágil como un hilo de algodón.

—Hemos intentado de todo, pero parece que hay un problema con el proyector. Tendrás que continuar sin él.

¿Sin mi PowerPoint? Mi PowerPoint, que era básicamente mi red de seguridad, mi guion visual, mi compañero fiel en esa odisea profesional.

Miré a los directivos y luego al técnico, esperando que alguien acudiera a sacarme de ese trance, pero nada.

En menuda consultora me había ido a meter. Una que presumía de innovación y vanguardia, pero que no podía hacer funcionar un simple proyector.

Ahora ya no era solo un tirón, sino que el pánico me envolvió entera, como una ola gigante. Mi garganta se cerró y sentí las lágrimas acechando. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo iba a afrontar la presentación?

Mi mente buscó, desesperada, algo a lo que aferrarse, un ápice de claridad en medio del caos.

Y entonces, se me ocurrió algo.

Había leído sobre la técnica del alter ego ; ya sabéis, esa estrategia en la que te imaginas en la piel de alguien valiente, seguro, imparable. Como si activaras una versión tuya más fuerte y decidida. La persona que eres cuando dejas de escuchar la voz del miedo.

Una tontería para muchos, lo sé, pero tenía entendido que funcionaba, y la verdad, ¿qué otra cosa podía hacer? Salir llorando de ahí como una niña asustada quedaba descartado. Me lo había prometido.

Cerré los ojos y me pregunté: ¿quién quiero ser en este momento?

La respuesta surgió de inmediato: alguien que actuase como si el PowerPoint no importara. Alguien que no se acobardase ni perdiera el control.

Y ahí, entre la incertidumbre y la adrenalina, surgió lo que llamo el «efecto Sparkles».

¿Por qué lo designé así? Porque sentí cómo una chispa vibrante y luminosa se encendía dentro de mí, como si una bebida energética corriera por mis venas.

No era otra persona. Era yo, pero sin todas esas dudas que a veces me frenaban.

La Ava segura de sí misma que había permanecido en mí desde siempre, esperando su momento.

La Ava en «modo Sparkles» no se disculparía por un PowerPoint fallido. Se plantaría con la cabeza alta, miraría a los ojos de los presentes y convertiría el desastre en oportunidad.

Y eso fue lo que hice.