U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 19 El invitado más temido
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Capítulo 19 El invitado más temido

Marqué el número de Allegra antes de darme opción a cuestionarlo.

—¿Ava? Qué sorpresa —respondió, con una pizca de sarcasmo.

—Allegra, escucha, tengo que contarte algo. —Hice una pausa. Sentía un nudo de nervios en la garganta, pero continué—: Voy a instalar unas mejoras en la aplicación antes de avanzar con la propuesta de la empresa.

—Ah, ¿sí? ¿Qué tipo de mejoras? —preguntó. Su tono evidenciaba que ya sabía por dónde iba.

—Pues mira, he estado pensando y… hay tantas cosas que quiero compartir…

Quiero que U-Delivery sea más que un «catálogo para pedir deseos».

Quiero que sea una herramienta útil, algo transformador, que ayude a las personas a conocerse de verdad.

—Mi tono sonó más firme de lo que esperaba y, para mi sorpresa, también más seguro.

—¡Fantástico!

—Sí, ya se me están ocurriendo un montón de ideas. Voy a profundizar en la analogía entre pedir comida a domicilio y manifestar deseos. Añadiré una parte explicativa para sacar el máximo rendimiento. ¡Como un manual! Todo el mundo comprenderá lo que yo he tardado meses en entender.

Escuché su risa al otro lado de la línea.

—Por fin, Ava. Sabía que tenías esto dentro de ti.

—Allegra… —Sonreí, dejando que esa incipiente alegría se filtrara en mi voz—. A pesar de todo lo que ha ocurrido, ahora mismo me alegro de ser quien soy.

—¿Lo ves? Todo lo que has pasado te ha traído hasta aquí. Es perfecto.

—Bueno, yo no diría tanto…

Ambas nos echamos a reír como si no hubiera un correo humillante en la bandeja de entrada de Marcos.

—Me ayudarás, ¿verdad?

—Claro, me apunto. Pero solo si tú lideras.

Suspiré, sabiendo que la única respuesta que podía darle era la que más miedo me infundía.

—Lideraré.

Colgué con una sonrisa en los labios. Tenía un equipo, tenía un plan y, por primera vez, sentía que estaba donde debía estar.

Mi disc-jockey interno decidió que aquel era el momento perfecto para pinchar Don’t stop me now , de Queen. Al parecer, mi revelación necesitaba una banda sonora épica.

—¡Vale! —expresé en voz alta, aunque solo el eco fue testigo de mi recién estrenada determinación.

Había llegado la hora de darle un nuevo rumbo a U-Delivery.

Me senté frente al ordenador para empezar a redactar el manual, intentando domar la mezcla de seguridad y nervios que corría por mis venas. Hacía tiempo que no experimentaba esa energía. Resultaba tan reconfortante como abrir la ventana después de una tormenta y llenar los pulmones de aire fresco.

«Hay quien dice que manifestar es como pedir comida a domicilio», escribí, dejando que las palabras fluyeran. La idea me parecía tan natural, tan obvia, que parecía haber estado ahí todo el tiempo, esperándome pacientemente, sabiendo que al final la encontraría.

Mis dedos volaban sobre el teclado en pleno trance creativo, poseída por una especie de musa hiperactiva con prisa por contar su historia.

Las ideas brotaban sin filtro, una tras otra, y en algún punto dejé de cuestionarlas.

Había escrito de un tirón tres párrafos que no parecían venir de mí, sino de alguien más sabio, como si me los hubiera susurrado al oído. Bueno, o al menos así los sentía.

Todo iba genial hasta que escuché un golpe seco en mi puerta, seguido de una voz dramática.

—¡Avaaaaaa! Abre la puerta, sé que estás aquí. O me abres o te juro…

Sí, era Enzo, repitiendo exactamente lo mismo que me dijo el día que todo empezó. La ironía me arrancó una sonrisa.

Esta vez, no iba a dejar que maltratara mi puerta. Guardé mi progreso (nunca subestiméis el valor de un buen Ctrl+S) y fui a abrirle.

—¡Hola, Enzo! ¿Qué haces aquí?

—¿Qué hago aquí? ¿Qué haces tú aquí? Le dijiste a Sofía que estabas enferma, pero yo sabía que era mentira. —Me escaneó con la mirada, de arriba abajo—. Espera…, ¿estás bien? —Frunció el ceño con desconfianza.

—Sí, estoy bien.

—No, no lo estás. —Entró sin permiso, cerrando la puerta detrás de él. Al mirar alrededor, pareció aún más confundido—. ¿No hay cajas de pañuelos, ni helado derretido, ni montañas de clínex en el suelo?

—¿Qué esperabas, que estuviera tirada en el sofá viendo dramas turcos y llorando por lo de la boda?

—Pues… sí, algo así. Pero veo que me equivocaba. ¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan… activa?

—Estoy trabajando. Perdona por no avisarte antes. —Me encogí de hombros con una media sonrisa, rindiéndome ante lo inevitable—. Ya sabes, inspiración divina. El manual de la aplicación.

—¿Manual?

—Sí, ven. Siéntate y te lo explico.

Enzo se acercó a la mesa, pero antes de tomar asiento se detuvo y se pasó la mano por la frente con dramatismo.

—Un momento, ¿soy yo o aquí dentro hace un calor infernal?

Cogió una carpeta que había encima de la mesa y empezó a abanicarse compulsivamente.

—No he abierto la puerta de la terraza. Necesito silencio para concentrarme —repliqué, con tono de advertencia.

—Silencio… Claro—murmuró, aunque sus ojos desafiantes ya estaban fijos en la terraza.

—¡No, Enzo! —grité, pero ya era tarde. La abrió de par en par, y la brisa caliente y el murmullo de la ciudad invadieron mi santuario.

—Mucho mejor. —Respiró hondo, disfrutando del aire como un prisionero que pisa la calle tras años de encierro.

Se acomodó en el marco de la puerta de la terraza, cruzando los brazos y adueñándose del espacio con la confianza de quien lleva toda la vida ahí.

Resoplé con fuerza y me giré hacia el ordenador dispuesta a ignorarlo, cuando su voz volvió a atravesar el salón.

—¡Espera, escucha esto!

—¿Qué pasa ahora? —pregunté, irritada.

—Sara. Está hablando de Marcos. Escucha.

Me quedé quieta, conteniendo la respiración mientras Enzo se inclinaba para oír mejor.

—Que no, tía, en serio, lo han entrevistado —decía Sara con claridad—. Fotografió un fenómeno austral rarísimo. Una suerte increíble. La llaman «la foto perfecta».

Sentí un cosquilleo en el estómago, igual que en la primera gran bajada de una montaña rusa.

—Espera… Habla de un artículo. —Enzo sacó su móvil con rapidez—. A ver, ¿cómo dijiste que se llamaba?

—Marcos Ribas —respondí, sin pensar demasiado.

—Ribas… Interesante. —Enzo tecleó a toda velocidad—. Vamos a ver si hay suerte.

Me pegué a él mientras pinchaba en el enlace y, en cuanto este se abrió, mis ojos se clavaron en la pantalla.

—¡Aquí está! —exclamó, girando el móvil hacia mí.

Era una entrevista a Marcos, acerca de su fotografía.

Bajé la mirada, deslizándome por las preguntas hasta que una captó mi atención. Mi estómago se encogió al instante.

«¿Qué ha significado esto para ti?».

«Es un sueño hecho realidad, como si el Universo me hubiera entregado en bandeja lo que tanto deseaba», respondía Marcos.

«La llaman “la foto perfecta”. ¿Qué opinas tú?», le preguntaba la periodista.

«No busco la perfección. Prefiero dejar que el momento me sorprenda, que me enamore por la luz, los colores, el contraste…, por sus cualidades únicas».

—¿Ves? —Enzo señaló la pantalla con entusiasmo—. «Universo», «me enamore», «cualidades únicas»… ¡Esto huele a mensaje oculto por todas partes!

—¿Un mensaje? No lo creo. —Intenté restarle importancia, tratando de disimular el revoltijo de emociones que se había desatado en mi cabeza.

—¡Vamos! Esto grita «Ava» por todos lados.

—O se está burlando de mí —repuse, escéptica.

—¿Burlándose? No seas paranoica. Es un mensaje con… no sé…, ¿cariño?

—O solo una frase bonita para rellenar el artículo.

—Tú siempre dices que el Universo manda señales. ¿Y si esta es una?

Mi mirada seguía fija en la pantalla; las palabras de Marcos todavía resonaban dentro de mí.

—Da igual, Enzo. Ahora mismo tengo cosas más importantes en las que centrarme.

No me apetecía contarle lo del correo. En plena luna de miel con mi aplicación, admitir que le había enviado un mensaje a Marcos por error era como rociar vinagre en mi cóctel de ilusiones.

Y peor aún: si se lo decía, no tardaría ni un segundo en montarse su propia película, justo cuando yo intentaba archivar ese episodio en la carpeta de «momentos que prefiero olvidar».

—Ya, claro.

Su tono sugería que no me creyó.

Regresé a mi escritorio con el artículo aún rondando en mi mente. Intenté concentrarme en el manual, pero las palabras de Marcos seguían ahí, flotando como un eco persistente. ¿Y si mi amigo tenía razón?

—Ava —dijo Enzo, sacándome del bucle.

—¿Qué?

—Prométeme una cosa.

—¿Que voy a dejar de obsesionarme con este artículo?

—Eso, y que mañana irás a trabajar. Sofía ya me ha interrogado medio en broma, medio en serio sobre tu repentina ausencia. Le dije que era algo del estómago, pero ya sabes cómo es… No se le escapa nada.

Tenía razón.

—Está bien, lo prometo. Mañana iré a trabajar.

Cumplí mi palabra. Estaba en la oficina, con Enzo sentado al otro lado de la mesa, fingiendo trabajar mientras me enviaba memes cada dos minutos.

Me esforcé en ignorarlo y me enfoqué en las mejoras de la aplicación, cuando, de repente, Allegra apareció con su estilo elegante y cómodo: chaqueta oversize , zapatillas blancas inmaculadas y una coleta alta pulcramente desenfadada.

—¿Allegra? —Alcé las cejas.

—La misma —respondió, con una sonrisa tranquila, a medida que se acercaba a mi escritorio.

Enzo dejó su móvil y se giró hacia ella con un gesto espléndido.

—¡Hombre, si es la gran Allegra! —Se levantó y le dio dos besos con naturalidad, como si hubieran compartido mil cañas juntos—. Ya era hora de que vinieras a supervisar en persona a esta cabezota.

—Y tú debes de ser el famoso Enzo. Te he reconocido por la voz —dijo ella, divertida—. Ava habla mucho de ti.

—Todo bueno, espero —bromeó él, guiñándome un ojo.

—Bueno, chicos, vengo por razones de trabajo. —Allegra se acomodó en el borde de la mesa con esa seguridad suya que nunca resultaba invasiva.

Enzo se dejó caer en su silla de nuevo, entre entretenido y curioso.

—Venía a hablar contigo en persona, Ava. Lo de las mejoras que comentaste está genial, pero la empresa quiere una propuesta clara para finales de esta semana.

Sentí que mi corazón daba un vuelco.

—¿¿Finales de esta semana??

—Ya sabes cómo es el mundo digital. La rapidez es clave.

—Vale, bueno…, no pasa nada. Daré el máximo. —Aparenté calma mientras mi cerebro ya entraba en «modo catástrofe».

Allegra asintió con aprobación, pero entonces dejó caer el verdadero desafío.

—Ah, y otra cosa: la presentación será en sus oficinas.

—¿¿Presentación?? —La palabra salió de mi boca como un grito ahogado.

—Sí. Tendrás que exponer tu propuesta ante ellos. Nada complicado.

—¿Nada complicado? ¡Yo pensaba que solo tenía que entregar la documentación!

Enzo se inclinó hacia mí con una sonrisa burlona.

—Vamos, Ava. Esto no es tan diferente a presentar un trabajo en la uni.

—¡Enzo, en la uni me temblaban las manos cada vez que tenía que hablar en público! —exclamé. El pánico empezaba a instalarse en mi pecho.

Allegra intervino, con su tono calmado pero firme:

—Escucha, esto representa una gran oportunidad. Sé que puedes hacerlo. Solo necesitas un poco de preparación… y confianza.

Dejé caer los hombros, sintiendo el peso de la responsabilidad, y me froté las palmas de las manos contra los vaqueros, en un intento torpe de despejar el agobio.

Justo en ese momento apareció Sofía, con su andar estudiado y ese aire de «sé más de lo que parece».

—Ava, ¿cómo te encuentras? —preguntó. Intentó sonar casual, pero destilaba curiosidad malsana.

Allegra, que captó al instante las intenciones que se ocultaban bajo la fachada de Sofía, decidió que era el momento perfecto para desaparecer.

—Bueno, Ava, ya lo sabes. Confío en ti —dijo, cómplice, antes de girarse hacia Enzo—. Y cuídala.

—Siempre —respondió mi amigo, con su típica sonrisa indolente.

Sofía seguía ahí, plantada junto a mi escritorio, esperando alguna confesión jugosa que yo no pensaba darle.

—Estoy bien, gracias. Algo me sentó mal.

Luego, me volví hacia el ordenador con una energía que decía a las claras: «Estoy demasiado ocupada para tus preguntas».

Pero lo cierto es que ni siquiera tenía que disimular, ya que dos ideas resonaban en mi mente como una alarma de incendio:

Una presentación.

En sus oficinas.

Mi cerebro ya estaba en plena enumeración de todo lo que podía salir mal:

Tartamudear.

Quedarme en blanco.

Desmayarme en mitad de la presentación.

Vomitar (sí, era una opción).

Activar el proyector y, en lugar de mi presentación, proyectar mis búsquedas recientes en Google.

Nadie necesitaba saber que una vez, en un arrebato de curiosidad insólito, busqué «cuántas veces se ha casado Jennifer López» o si «los pingüinos tienen rodillas».

Cada escenario resultaba más catastrófico que el anterior, y todos tenían algo en común: yo quedando en ridículo.

Ya era oficial: el pánico había llegado para quedarse.

El invitado más temido

Imagina que haces un pedido en U-Delivery. Escoges lo que deseas, lo envías y te relajas, convencido de que llegará. Pero entonces, el miedo llama a tu puerta. ¿Y si no es para mí? ¿Y si me he equivocado? ¿Y si algo sale mal?

Así funciona el miedo: es como ese invitado no deseado que se cuela en tu cena sin previo aviso. Y cuando aparece, suele hacerlo sin modales, sin preguntar si tiene sitio en la mesa. Pero aquí está el truco: cuanto más intentas ignorarlo, más fuerte golpea en la entrada.

Por eso, cuando el miedo se presente, no le cierres la puerta en las narices.

Invítalo a sentarse contigo. Míralo de frente y pregúntale: ¿qué regalo me traes?

Porque cada miedo supone una pista. Un mensaje que revela los pensamientos que te están limitando en silencio.

No señalan errores, sino las partes de ti que todavía dudan.

Cuando tienes claridad interna, el miedo pierde fuerza.

Es como estar en una fiesta y que alguien, con buena intención, te advierta: «Cuidado con ese postre, creo que puede llevar frutos secos».

Pero tú sonríes y le das un bocado sin pensarlo.

Eres alérgica, sí, pero ese bizcocho lo has preparado tú.

Sabes exactamente lo que lleva, y no necesitas convencerte ni protegerte.

La certeza habla por sí sola, y el miedo simplemente no encuentra lugar donde anclarse.

¿Y sabes qué es lo mejor? Que el miedo y el entusiasmo comparten la misma raíz energética. La única diferencia radica en el filtro de tus creencias. Si eliges una nueva forma de ver la situación, esa energía se transforma. Lo que antes era miedo ahora es inspiración, coraje, creatividad.

Transformar el significado que le das a tu vida es la clave. Puedes ver el miedo como un obstáculo, o como una invitación a descubrir algo más profundo sobre ti. Una ocasión de aprender, de reajustar tus creencias y de abrir espacio para lo que realmente deseas.

Cuando transformas tu percepción del presente, transformas tu vida.

Así que, la próxima vez que el miedo toque a tu puerta, no hace falta que lo eches. Puedes dejarlo entrar… y sentarlo a la mesa. Te aseguro que será una cena que no olvidarás, porque al otro lado de ese encuentro puede revelarse tu próxima expansión.