Capítulo 17 La felicidad se sirve aparte #3
—¿Qué? —me preguntó Renata al oído, intentando seguir mi mirada.
—Eh, nada, he visto a alguien.
—¿Quién?
—… Un colega del trabajo.
—Ah, ¡qué bien!
—Oye, voy a saludarlo. Ahora vuelvo.
Cada fibra de mí resonaba al son de las palpitaciones de mi desbocado corazón. Aquel torrente incontrolable de nerviosismo apenas dejaba espacio en mis pulmones para respirar. Entre la euforia y la falta de aire, me convertí en una amenaza pública en la pista de baile.
Estoy segura de que lesioné unos cuantos pies y desperdicié más de una copa de los asistentes con los que me topaba. Si alguno estáis por aquí, os pido disculpas por cualquier daño colateral. Juro que no fue premeditado.
Al final, dejando tras de mí el reguero de invitados molestos, conseguí alejarme de la multitud que abarrotaba la pista y, con la poca sangre que llegaba a mi cerebro, traté de encontrar a mi media naranja entre los trajes oscuros que paseaban por allí.
Examiné cada rincón del recinto; hasta revisé la habitación donde se cambiaban los músicos, pero no hubo suerte. Cuando ya me había dado por vencida y volvía a la barra en busca de consuelo, lo encontré. Ahí estaba, pidiendo algo al camarero.
Me empiezan a sudar las manos solo de pensar en ese momento. Sigamos.
Estábamos a unos pocos metros de distancia: él no me había visto, y sonaba, me acuerdo a la perfección, The greatest , de Sia.
Resultaba mágico y perturbador al mismo tiempo.
Yo no solo había encontrado el amor para siempre, sino también la confirmación de que aquella teoría tan descabellada sobre la ley de la asunción era cierta y funcionaba de forma asombrosa.
La aparición de Marcos suponía una anécdota increíble que transmitir a todas aquellas personas que quisieran aprender cómo manifestar sus deseos, igual que vosotros, que ahora la estáis escuchando.
Y creedme, me hubiese encantado compartir con todo el mundo un relato así de fascinante, pero no puedo.
Por desgracia, aquel sueño no llegó a cumplirse.
El éxtasis momentáneo del que os hablaba me fue arrebatado de forma brusca en cuanto el supuesto Marcos se giró.
Aquella silueta no pertenecía a mi vecino (ni a ningún sujeto masculino que pudiera aliviar la decepción que me embargó).
El cuerpo que hacía un minuto casi levitaba, ahora pesaba mil kilos de pronto, como si la gravedad me empujara con fuerza hacia el suelo mientras los demás parecían no inmutarse.
No me avergüenza admitir que me desinflé.
La confianza, la fe y la alegría encontraron un resquicio por el que escapar.
Él no era Marcos, y yo tampoco era yo. Lo único que quedaba de mí era la carátula —la parte visible, bonita y vacía de un disco rayado—.
Todo lo demás era pura desilusión y tristeza.
A pesar de ese golpe devastador, no podía renunciar a la estúpida esperanza de ver a Marcos aparecer de un momento a otro. ¿Puede el ser humano ser tan ingenuo?
Pues sí. Un obstinado hilo de esperanza se mantenía a flote.
No os voy a contar una historia como las de esas películas románticas de Hollywood, donde Marcos se presenta en el último momento, u otro chico encantador, al verme hundida, se interesa por mí, me pregunta qué me pasa, me hace reír, me invita a bailar y resulta ser mi chico ideal.
El mundo en el que vivimos no funciona así.
¿Sabéis qué sucede en la vida real?
Que el disc-jockey desgraciado pone la última canción y, en tres minutos, acaba con cualquier sueño iluso que estuvieras intentando reanimar.
Nada. La boda terminó y allí no quedaban ni los borrachos de turno. Solo yo.
Mi sofá fue el único testigo de mis lágrimas. Podéis imaginar las horas que había dedicado a ese día. Incontables.
Lo había vuelto a hacer. Había vuelto a enredarme en las expectativas como quien pisa chicle en pleno verano: de lleno y sin escapatoria.
Sí, ya sé que «soltar el control» era la regla de oro, pero ¿qué queréis que os diga?
Cada una de mis células estaba convencida de que Marcos era con quien quería estar.
No se trataba de un simple capricho, no era una obsesión.
Era la certeza absoluta de que el Universo tenía una deuda pendiente conmigo.
Aquella noche, deseé con todas mis fuerzas apagar el mundo y hundirme en un sueño reparador, pero solo conseguí cerrar los ojos cuando el agotamiento arrasó con mi tristeza.
Al día siguiente, después de despegar con dificultad los párpados, me apresuré a comprobar si mi corazón seguía en su sitio y si funcionaba con normalidad. El varapalo emocional había sido tan intenso que temía haber sufrido algún daño real.
Mientras repasaba los hechos, la tristeza y el desánimo empezaron a transformarse en rebeldía. Había leído cientos de testimonios en los que la ley de la asunción les había funcionado haciendo lo mismo que yo.
Entonces, ¿qué narices había pasado? ¿Acaso había hecho yo algo mal? ¿Es que no tenía derecho a ser feliz?
La resignación no me valía como respuesta.
La necesidad profunda de descubrir por qué no lograba mi deseo era mucho más grande.
Tenía que llegar hasta el fondo de la cuestión.
O lograba entender qué había ocurrido o tendría que volver a vivir a expensas de la suerte. Y eso, amigos, ya no me apetecía.
«¿Cómo vas a averiguarlo, Ava?», me pregunté en medio de esa tormenta de pensamientos.
Y lo vi claro. Había llegado la hora de hablar con Marcos, de descubrir si la idea de asistir a la boda conmigo había cruzado por su mente en algún momento.
Ya no tenía nada que perder. Ni siquiera mi orgullo tenía el valor necesario para pararme.
La felicidad se sirve aparte
U-Delivery no entrega felicidad; esa salsa la añades tú.
Desde sus inicios, lo han dejado claro: «Elaboramos platos con ingredientes naturales y de calidad. No proporcionamos sucedáneos». Esta empresa no vende humo, como otras; sabe que el condimento que tanto buscas no viene de fuera, sino de dentro.
Aunque te digo algo: si estás leyendo esto, ¡felicidades, estás vivo! Si ese no es motivo suficiente para sonreír, ¿cuál podría serlo?
Pero, ojo, no te confundas: no se trata de estar alegre todo el tiempo. Eso es imposible.
Imagina que decides comer tu plato favorito, pizza, en todas las comidas, todos los días. ¿Cuánto crees que tardarías en suplicar por una ensalada?
Perseguir ese subidón constante resultaría igual de absurdo. Las emociones vienen y van, y sin sus contrastes, muchas veces pierden sabor.
Ahora bien, estar contento todo el día quizá no sea realista…, pero vivir en paz, sí. Esa paz no siempre brilla ni sonríe; incluso puede venir acompañada de lágrimas, pero se nota cuando está.
Por eso, U-Delivery insiste: tu sensación de plenitud no puede depender de la entrega de un pedido.
¿Cuántas veces has pensado algo como: «Cuando tenga delante esa jugosa ternera wagyu, sí que me sentiré bien»?
El problema no es desearlo, sino vivir como si todo lo demás fuera un aperitivo a la espera del plato principal.
El verdadero secreto está aquí y ahora. Cada plato que recibes tiene un matiz que observar, también las humildes lentejas.
Nadie sabe cuándo llegará el plato de sus sueños, así que aprender a saborear el presente es la mejor receta.
Al fin y al cabo, ¿has intentado disfrutar en otro momento que no sea ahora?
Buena suerte con eso.
Recuerda: si llega el plato que pediste, genial. Y si no, busca algo en el congelador y sigue adelante. Cuando disfrutas sin necesidad de tenerlo todo resuelto, ya estás en la mesa. Y desde ahí, la vida se saborea de un modo distinto.