Capítulo 17 La felicidad se sirve aparte #2
El ambiente se había cargado de expectación contenida. Los novios no habían revelado casi nada acerca del enlace, por lo que no teníamos ni idea de cómo nos iban a sorprender. Conociendo a Amanda, lo mínimo que podía esperar era algo llamativo y muy exclusivo.
En medio de los saludos y las charlas para ponerse al día, un suave alboroto empezó a ganar terreno. Sin embargo, hasta que no vimos a la organizadora dar instrucciones frenéticas por el walkie talkie , no comprendimos que la entrada triunfal de los protagonistas era inminente.
Tendríais que haber estado allí. Fue un momento surrealista: nadie sabía hacia dónde mirar. Algunos alzaron la vista al cielo, esperando una avioneta o un helicóptero; otros estaban convencidos de que aparecerían a lomos de un caballo, atravesando el campo.
Mis amigas y yo nos pusimos tan nerviosas con aquel silencio contemplativo que no pudimos evitar estallar en carcajadas. Eso sí, las risas se silenciaron en cuanto la mirada fulminante de la planificadora nos atravesó como un cuchillo bien afilado.
—¡Ya llegan, ya llegan! ¡Todo el mundo preparado! —gritaron los familiares.
—¿Preparados? ¿Cómo? —nos preguntamos las unas a las otras, sin saber qué hacer.
—Hagamos lo mismo que su hermana —sugirió Renata.
Cogimos nuestros teléfonos y apuntamos hacia el horizonte. Pasó un minuto, luego dos, y finalmente tres, hasta que en la distancia empezó a dibujarse una pequeña mancha clara, una diminuta silueta que avanzaba a ritmo de caracol extasiado.
Justo cuando mi brazo estaba a punto de sucumbir al entumecimiento, la mancha amorfa empezó a definirse.
Era un coche. Blanco. De época.
«Buah, no es para tanto», pensé, decepcionada.
Tanto suspense para eso. Esperaba algo más original, más impactante, más…
glamuroso. Pero en cuanto el vehículo cruzó el acceso a la finca, empezó a sonar la melodía hollywoodense preferida de Amanda.
Y en una sincronización extraordinaria, un centenar de drones ascendió al cielo, formando una coreografía de luces y colores que nos dejó a todos boquiabiertos.
Era imposible abarcar con la mirada la totalidad del espectáculo. Te atrapaban en su danza, como si fueran fuegos artificiales digitales. Si los novios querían sentirse como estrellas por un día, lo habían conseguido.
Y ahí no acababa la cosa. Apenas Amanda y su futuro marido pusieron un pie fuera del coche, una lluvia de confeti brotó de la nada y los cubrió con un abanico de colores.
Los gritos y aplausos se mezclaban con los destellos vibrantes que flotaban en el aire, creando un ambiente de alegría contagiosa.
Me dejé llevar por la emoción general.
Por unos segundos.
Porque justo cuando mi rostro iluminado esbozaba una sonrisa abierta, Amanda me localizó entre la multitud.
—Y… ¿dónde está? —preguntó con una mirada inquisitoria.
—Eh, eh…, vendrá, vendrá. Más tarde.
Mi excusa sonó tan endeble como mi tono de voz, pero no hubo tiempo para más. Su tío José la tomó del brazo con entusiasmo y la arrastró consigo para hacerse fotos. En ese momento, supe que le debía a ese hombre mi eterna gratitud. Hasta el infinito y más allá. No lo sabe bien.
Por un instante, consideré elaborar un cartel que dijese: «No tengo novio ni se le espera» y pegármelo en la frente. Pero no. Tenía que resistir. Había repetido hasta la saciedad los ejercicios de manifestación y no podía darme por vencida antes de tiempo.
No era momento para desmoronarse. Era momento de confiar.
Respiré hondo y me tragué toda la ceremonia sin pensar en mi precaria situación sentimental.
La duración infinita de las formalidades conyugales —lo siento, alguien tenía que decirlo— supuso una prueba de resistencia.
Aguanté, aunque muchos lo pondréis en duda después de todo lo que os he contado.
Lo logré, de verdad que sí. Incluso cuando los novios se fundieron en un tórrido y prolongado beso, uno capaz de sonrojar incluso al más indiscreto.
Ese mérito, por cierto, se lo ganó su tío Christopher, que se atragantó con el canapé en plena ovación.
Después de esa demostración empalagosa de amor, la organizadora nos «acompañó» hacia el tablón donde estaban indicadas las mesas para la cena. Como de costumbre, la impaciente de Bárbara se adelantó unos pasos para cotillear.
—¡Qué bien! Nos ha tocado la número cuatro. ¡La mejor! —dijo, emocionada.
—¿Qué tiene de especial? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Mira, tenemos a los novios justo enfrente. No nos perderemos detalle.
—¿Ah, sí? A ver… —Me incliné hacia el tablón, buscando la supuesta ventaja.
Tan pronto como clavé la vista en el mapa de situación de las mesas, me fijé en algo mucho más visible que la absurda posición de la mesa cuatro. Allí, en la silla contigua a la mía, en una letra casualmente mayor que el resto, había un vistoso signo de interrogación.
«¿En serio, Amanda? ¿No había otra forma más sutil para humillarme?».
Vale, me habéis pillado, esas no fueron las palabras exactas que pronuncié en silencio. Sin embargo, me han recomendado, por el bien de todos, que utilice una traducción más amable de los improperios que resonaron en el rincón más oscuro de mi mente.
Me sorprendió el desbarajuste que puede causar un simple garabato. Ese símbolo grotesco englobaba mis mayores temores: a ser preguntada de nuevo por mi acompañante; a que descubrieran mi engaño; la incógnita de si Marcos iba a aparecer.
Y allí estaba, expuesto para que no lo perdiera de vista. Ni yo, ni nadie.
Aunque, siendo sincera, la silla vacía a mi derecha era un recordatorio aún más gráfico.
Intenté ignorarla por completo. Abrumada, me abalancé sobre la pobre Renata para intervenir en cualquier conversación que pudiera mantenerme distraída.
Aun así, la presencia melancólica de aquel espacio vacío captaba mi atención cada vez que me despistaba.
Pero no voy a seguir detallando mi agonía.
Solo os diré que para cuando llegó el corte de la tarta nupcial, la silla seguía más estática que el pelo que asoma por la nariz de mi tío abuelo Gabriel.
La pobre se pasó toda la noche mendigando un ápice de calor humano, pero nadie tuvo la suficiente misericordia para sentarse en ella.
Un círculo de respeto tácito se había formado a su alrededor, como si de un monumento a la humillación se tratara.
Mientras los comensales conversaban entretenidos, los novios se situaron en el centro de la pista. Todo el mundo esperaba una apertura de baile relajada y romántica, pero cambiamos de idea al ver que se posicionaban el uno al lado del otro, mirando al frente.
La organizadora alzó el dedo pulgar para indicar que todo estaba listo y los novios respondieron asintiendo con la cabeza. De repente, la melodía de Bad Romance , de Lady Gaga, retumbó en los altavoces.
Un inciso: ¿fue una elección curiosa para una boda?
Absolutamente. Pero para ser sincera, no me parecía nada mal.
Al contrario: siempre he admirado a los artistas que persiguen su sueño sin rendirse, sin importar cuántas puertas se les cierren en la cara.
Esos que pese a ser cuestionados, ignorados o ridiculizados, siguen adelante con la certeza de que tarde o temprano el mundo apreciará su arte.
Admiro en profundidad su perseverancia; el tiempo les ha dado la razón.
A veces me preguntaba cómo habría reaccionado yo si mis profesores, mis padres o cualquier figura de autoridad hubiesen puesto en duda mis sueños y mi talento. ¿Habría apostado por mí con la misma convicción con la que ellos apostaron por sí mismos?
¿Para qué engañarnos? Seguro que no.
No sabéis cuánto envidiaba ese tipo de confianza, la que no te pueden arrancar ni tirando con fuerza. Me habría encantado hacer gala de ella, ya que mi amor propio no se comportaba así; más que un inquilino fijo, era un visitante ocasional, alguien que nunca llegaba a deshacer la maleta.
Aunque, pensándolo bien…, ya no era tan pasajero. Para entonces, se quedaba más tiempo. No alardeaba de su presencia ni causaba revuelo, pero estaba allí, en la sombra, esperando por si lo necesitaba.
Y con respecto a cosas que se quedan más tiempo del previsto… Me estoy desviando otra vez.
Volvamos a la boda.
Los novios permanecían inmóviles mientras una mujer, ataviada con un body brillante y una cresta de colores en la cabeza, subía al escenario.
En cuanto la recién llegada —que resultó ser la cantante— soltó el primer « whoa whoa whoa » en el micrófono, los recién casados empezaron a brincar y a retorcerse en cada una de las direcciones en las que el cuerpo humano puede flexionarse, algunas incluso desconocidas hasta ese momento.
Sin ánimo de ofender a nadie: hay cosas que más vale dejar a los profesionales. Esta es mi humilde opinión y la de cualquier fisioterapeuta con sentido común.
—Por Dios, el niño saldrá mareado —sentenció Milena, siempre pendiente de los más vulnerables.
Tras esa sorprendente exhibición de posturas imposibles, los novios invitaron al resto a disfrutar del repertorio musical que habían seleccionado con mucho mimo. Cada canción nos transportaba a momentos clave de nuestra juventud y de esa etapa en la que aún crees que la vida adulta es opcional.
Tengo la extraña habilidad de asociar cualquier emoción con una canción específica; mi mente es como un disc-jockey interno que nunca descansa, eligiendo la banda sonora exacta para cada instante. Es como vivir dentro de un videoclip interminable.
Así que, ¿cómo no iba a disfrutar de esa música? Y mucho más, después de tomarme mis copas y las que mi acompañante imaginario me cedió con gusto.
Sin pensarlo dos veces, capturé a Renata como mi rehén y la arrastré del brazo hasta la pista de baile.
Estaba en plena coreografía de Saturday night —sí, la de «Di di na na na»— cuando, en pleno giro, vislumbré entre los invitados un perfil que, perdonad la escasa elegancia de la descripción, me erizó hasta el último vello del cuerpo; incluso aquellos ubicados en sitios donde no puedo ni asomarme para verlos.
—¡Es Marcos! —grité al cielo.