Capítulo 17 La felicidad se sirve aparte
Los días pasaban y el frío de la Antártida que Marcos había traído consigo poco a poco se iba fundiendo.
Al principio, no mostraba mucho interés en retomar la relación donde la habíamos dejado, y mucho menos en volver a la ligereza que compartíamos antes de que todo se complicara en el umbral de mi puerta.
Era normal. Cuando frenas un beso en el último segundo, no basta con hacer como si nada para que todo vuelva a su cauce. No hay que ser una experta en psicología para saber que un rechazo sin anestesia suele retrasar el proceso.
A pesar de su impasibilidad glacial, conseguí que charlar desde nuestras respectivas terrazas después de cenar se convirtiera casi en una tradición.
Con la misma paciencia con la que intento que el delineado del párpado salga simétrico, su cordial saludo nocturno fue alargándose hasta dar paso a conversaciones más extensas.
No os voy a mentir, no teníamos una relación de amigos íntimos, pero, por una cosa u otra, no pasaba ni un día sin que nos viéramos.
A veces, su hermana se unía a la reunión improvisada de vecinos, y debo admitir que su naturaleza huracanada empezó a resultarme hasta graciosa y entrañable.
Pero vayamos al meollo del asunto: con la presencia de su hermana o sin ella, mi plan maestro consistía en dejar caer miguitas de pan para recuperar la atención de Marcos.
Y quien dice atención dice interés emocional y, sobre todo, carnal.
Quiero puntualizarlo, debido a las experiencias previas, ya me entendéis.
A medida que se aproximaba el día de la boda, la sutileza se volvió un lujo innecesario. Así que ya no dejaba migas, sino que iba lanzando la barra entera.
—¿Te he enseñado el sitio bestial donde se casa mi amiga Amanda?
—No, pero algo me habías comentado.
—Te encantaría. Mira qué fotos. —Giré el móvil hacia él con una sonrisa expectante.
Marcos echó un vistazo rápido a la pantalla y asintió con educación.
—Ah, sí, muy bonito.
—Es el tres de junio. Cae en sábado.
Antes de que me juzguéis, que conste que no intentaba forzar nada. Solo le estaba echando una mano al Universo, facilitándole la logística para que todo fluyera con naturalidad.
* Nota para los que os cuesta leer entre líneas: hubiese metido un elefante en un Seiscientos si con ello conseguía que Marcos viniese a la boda. Punto.
Así estaban las cosas. Y aunque los días se esfumaban más rápido que los chollos en segundas rebajas, mi meta iba avanzando.
¿Como me hubiese gustado? Pues no, pero al menos volvía a recibir esas miradas furtivas que hablaban más de la cuenta, esas insinuaciones pícaras con intenciones poco decorosas o esas sonrisas cómplices que nos unían más que las palabras. Señales de que había esperanza.
Y esa fe no venía sola. Se apoyaba en una rutina meticulosamente diseñada para manifestar a mi pareja ideal.
Desde técnicas de visualización hasta estrategias que harían sonrojar a cualquier monje budista, pasando por ciertos métodos…
digamos, de «activación energética». Allegra los aprobaba con una ceja arqueada y una copa de vino en la mano.
Pero eso os lo contaré en otra ocasión. Ahora no podemos entretenernos en detalles, porque lo importante es que… ¡por fin llegó el día!
Para ser sincera, la boda me importaba lo justo. Mi verdadera preocupación no era el vestido de Amanda ni el banquete, sino lo que el destino me tenía preparado. Ese día, el Universo me iba a confirmar lo que yo ya sospechaba: que Marcos era el elegido. ¡Ay, qué bien sonaba aquello!
Me levanté con la firme intención de no dejarme arrastrar por la impaciencia y de mantener la mente en blanco para no interferir en el proceso.
Nada de especular, nada de intentar descifrar cómo se las ingeniaría el Universo para traerme a Marcos.
Solo centrarme en el resultado y dejar que la magia hiciera su trabajo.
Y lo logré.
Bueno…, hasta que mi cabeza decidió ponerse creativa:
Ava Romántica: A ver, no creo que aparezca de repente para decirme que quiere acompañarme cuando queda tan poco tiempo.
Ava Racional: No, imposible.
Ava Romántica: ¿Y si ha hablado con Amanda y quiere darme una sorpresa?
Ava Racional: Sigue soñando.
Ava Romántica: Tranquila, ¿eh? ¿No recuerdas que Sara preguntó con quién ibas a la boda?
Ava Racional: ¿Y?
Ava Romántica: Seguro que lo hacía por Marcos.
Ava Racional: Sí, seguro. Y también le pidió la talla para un anillo.
Ava Romántica: Oye, pues Amanda podría haberlo contratado para la boda…
Ava Racional: Sí, claro.
Ava Romántica: ¿Te imaginas? ¡Guauuu!
Las instrucciones eran claras y concisas: soltar y confiar. Pero mi cabecita, todavía en fase de reeducación, seguía haciendo de las suyas. Quien inventó esa frase seguro que no tenía una mente tan chispeante como la mía.
No me quedó más remedio que ejercer de canguro de mi cerebro las veinticuatro horas del día. Y madre mía, qué criatura más rebelde. Le tenía que recordar en todo momento quién mandaba ahora.
«Suelto y confío. Suelto y confío. Suelto y confío».
Ese fue mi mantra durante el tiempo que tardé en arreglarme, mientras escuchaba la canción Shivers, de Ed Sheeran.
Si alguna vez necesitáis un antídoto para la desconfianza, os la recomiendo.
Desprende algo que te hace sentir sexi y poderosa.
Cualidades que yo necesitaba para esa fecha tan especial.
Entre la música, el vestido y mi impecable actitud de ganadora, mi entusiasmo iba en aumento.
Bueno…, lo del vestido era debatible. Amanda, en su infinita generosidad, había decidido escoger ella misma los modelos de todas las damas de honor.
Según sus palabras, «un diseño elegante y favorecedor para todo tipo de cuerpos».
Según mi criterio personal, un tono berenjena que yo jamás habría elegido voluntariamente y un corte que me hacía dudar si desafiaba o favorecía las leyes de la gravedad.
Pero daba igual. Un pequeño desliz cromático no iba a influir en que el Universo me entregara mi pedido.
Y la verdad, con la actitud adecuada, cualquier vestido puede ser un arma de confianza masiva.
Y hablando de señales del Universo, mi intuición me proporcionó otro motivo para entusiasmarme. En un descuido, miré por la terraza y me pareció ver a Marcos enfundado en un traje. Y si mi sentido arácnido para detectar el buen gusto no fallaba, iba perfecto para un evento glamuroso.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Salí de casa arropada por la seguridad de esa música revitalizante, vestida para impresionar (berenjena o no) y mentalizada para triunfar.
Me concentré en la emoción de compartir la boda con mi chico, recreando mentalmente la escena ideal, dejándome llevar por la certeza de que todo encajaría a la perfección.
Hasta que, en plena calle, la realidad me dio un tirón de orejas.
Mientras aguardaba a que Milena y su marido pasaran a buscarme, caí en la cuenta de que tendría que justificar la ausencia de mi «pareja».
Ay, madre. No había preparado nada. Y por si fuera poco, la historia debía ser lo bastante flexible para que encajara en ella una aparición sorpresa de última hora.
El coche se acercaba y mi margen de maniobra se esfumaba a la velocidad de la luz. Sentí cómo mi corazón se aceleraba, bombeando nerviosismo por todo mi cuerpo.
—Ava, estás impresionante. Oye, ¿y tu chico? ¿Tenemos que esperarlo?
Toma ya, en la primera respiración.
—Eh, no…, no, es que le ha surgido un trabajo en el último momento y, si puede, irá más tarde, directamente allí.
Pude notar la decepción de Milena, lo cual afectaba seriamente la confianza que me había prestado el Sr. Sheeran.
—Sí, no te preocupes. Tenía tantas ganas de venir que seguro que aparecerá —añadí, con un tono tan convincente que casi me lo creí yo también.
Esa mentirijilla de patio de colegio tendría que servirme hasta nuevo aviso. Mientras tanto, me encargaría de llenar los silencios con cualquier conversación que no diera pie a un interrogatorio. No fue fácil, pero al final logré improvisar lo suficiente para mantener la calma.
Gracias a mi nueva habilidad para hablar sin respirar, superé el trayecto sin incidentes.
Primer asalto finalizado.
Salí del coche después de recuperar el aliento y nos dirigimos hacia el infierno. Perdón, quise decir «centro», hacia el centro del patio, donde nos esperaba el resto del grupo.
Durante el último mes, había logrado esquivar la mayoría de preguntas incómodas con maniobras dignas de una experta en evasión. Pero claro, el día D había llegado y, con él, la prueba de fuego.
—Hola. ¡Qué guapos estáis! —saludé, deslumbrando con mi mejor sonrisa.
—Ava, ¿dónde está tu chico?
—Sí, cuéntanos. Todavía no nos has dicho nada…
Y ahí estaba. Segundo asalto en camino.
Mi vida amorosa parecía ser el tema oficial del evento. La inquietud volvió a apoderarse de mí, y mi mente trabajó a toda máquina para mantener la fachada.
—Eh…, ya habrá tiempo de hablar. Prefiero que sea él quien os cuente lo que queráis saber. Más tarde, si todo va bien.
Cada pregunta constituía un recordatorio de la farsa que sostenía con hilos cada vez más frágiles, pero no podía flaquear.
Con una sonrisa que ocultaba mi nerviosismo, y el corazón latiendo al compás de mi ansiedad, sabía que tendría que seguir navegando entre mentiras hasta que el destino decidiera echarme una mano.
—¡Qué misterio, tía! ¡Ni que fuera un espía o algo así! —exclamó Bárbara con su descaro habitual, acompañando la pulla de una risa maliciosa.
Hablando de espías: me merecía una recompensa por aguantar aquel interrogatorio sin derrumbarme.
En serio, deberían incluir uno similar en los procesos de selección de las agencias de inteligencia: si un candidato logra esquivar preguntas sobre su relación amorosa en una boda sin revelar información comprometida, queda automáticamente contratado.
En otras palabras, casi me tumban por KO técnico. Solo podía rezar para que lo peor hubiese pasado.
De momento, lo mejor era aparentar normalidad y disfrutar de la fiesta.