U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 16 Déjanos sorprenderte #3
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Capítulo 16 Déjanos sorprenderte #3

Empecé con una breve introducción —un poco torpe, lo admito—, para tratar de describir en qué consistía la aplicación.

No sabía muy bien cómo enfocarlo, pero sentía que necesitaba cierto contexto para que todo cobrara sentido.

Una app para manifestar deseos no era precisamente algo que se explicara en dos líneas, pero hice lo posible por resumir el concepto con una pizca de lógica y sin demasiados adornos esotéricos.

Después intenté plasmar el funcionamiento general: una estructura intuitiva, pantallas fáciles de seguir y una intención clara detrás de cada paso. En definitiva, que se entendiera que, aunque el concepto rozaba lo místico, detrás había una mente organizada y (casi siempre) en su sano juicio.

Para ilustrarlo, añadí algunos ejemplos de posibles deseos.

Improvisé sobre la marcha cosas que, en teoría, podría querer la mayoría de los mortales…

y que, sinceramente, a mí tampoco me importaría manifestar.

Algo como crédito ilimitado en GlamHouse (la meca de los grandes almacenes, con probadores decentes y personal que te llama por tu nombre), un vestidor del tamaño de una pista de pádel para meter todo lo que hubiera comprado en GlamHouse…

y ya que estamos, un viaje con todo incluido a las Maldivas.

Aguas turquesas, sol radiante y un único dilema diario: ¿coco natural o mojito?

Y luego, claro, añadí el más completo. El más personal. El que más me incomodaba.

El de la boda.

No porque me encantara desnudar mis anhelos en público, sino porque era el único que tenía tan trabajado que me permitía mostrar cómo funcionaba la aplicación en su máximo esplendor.

Además, era justo lo que necesitaba para explicar dos aspectos fundamentales: que el apartado de requisitos no debía ser una lista interminable y que, más allá de los detalles concretos, también había un espacio para detallar las sensaciones que ese deseo despertaba en quien lo pedía.

Allegra ya me lo había dicho: «Si te obsesionas con tachar casillas, puedes acabar olvidando lo que de verdad importa».

¿Me daba vergüenza? Bastante. Pero nadie sabía que era real, así que decidí correr el riesgo.

Si iban a pensar que estaba loca, como mínimo, que fuese una loca con método, propósito… y un deseo nupcial bien estructurado.

Busqué la dirección que me había facilitado Allegra por mensaje para arrastrarla directamente al correo.

Lo intenté una, dos… hasta cinco veces, pero el sistema parecía resistirse.

Algún fallo del ratón, o eso quise creer.

Aunque, en el fondo, me asaltó una hipótesis aún más absurda: quizá mi subconsciente intentaba protegerme, evitando que expusiera mis deseos más íntimos sin filtros.

Al final, en el último intento antes de perder la paciencia, lo conseguí. Sin pensarlo mucho, di a «enviar».

Alguien pensaba que mi aplicación tenía potencial cósmico y yo había hecho las paces con la ley de la asunción. Todo se estaba alineando. El Universo, la manifestación… y mis ganas de que, por una vez, las cosas entre Marcos y yo salieran mejor de lo previsto.

Con esa paz mental transitoria, los días fueron pasando con una normalidad engañosa. Intenté mantenerme ocupada, resistiéndome a la tentación de releer el borrador de mi propio correo cada dos horas o de preguntarme, una y otra vez, si debía enviárselo a Marcos o no.

Y ahí estaba yo, atrapada en esa duda existencial: ¿era mejor mover ficha o quedarme quieta y dejar que el Universo hiciera su jugada?

Justo cuando estaba a punto de rendirme, adivinad a quién me encontré en el pasillo al salir de casa…

¡A Marcos!

Sara me había dicho que estaría fuera dos semanas como mínimo, pero allí estaba él, de pie en el rellano, buscando las llaves, con su atractivo intacto y sorprendiendo mis expectativas.

¿Acaso el Universo ya estaba conspirando a mi favor?

Fui a averiguarlo.

—Hola, Marcos. ¿Ya has vuelto? —pregunté, obligándome a no parecer demasiado emocionada.

—Ah, hola. —Tardó un segundo en responder, como si de repente se hubiera dado cuenta de que yo existía, a pesar de que me había visto salir de casa hacía un momento.

—¿Qué ha pasado?

—Nada…, el maldito tiempo. Tenía un trabajo estupendo en la Antártida, pero lo han pospuesto por tormentas.

—¡Oh, qué pena!

Y una leche. ¡Gracias, Universo!

—¡Qué le vamos a hacer! —respondió, desanimado.

—Bueno, no te preocupes. Seguro que te sale algo pronto.

—Ya veremos. Bueno…, nos vemos.

—Sí, nos vemos… ¡Que tengas un buen día! —solté justo antes de que cerrara la puerta tras de sí.

No sabía si me pasaba de optimista, pero me pareció que no había ido nada mal, considerando las circunstancias.

Vale, no había enviado el correo y, por lo tanto, este no podía haber surtido efecto. Pero… ¿y si simplemente el hecho de haber estado a punto de hacerlo, de tomar la decisión y luego soltar, había logrado que todo empezara a fluir?

¡Buf! No tenía ni idea. ¡Cuántas veces deseé que alguien me susurrara las respuestas al oído!

Pero, nada. Como siempre, silencio. Me tocaba improvisar.